Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO SETENTA Y SIETE. VERADIS
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CAPÍTULO SETENTA Y SIETE. VERADIS

CAPÍTULO SETENTA Y SIETE

VERADIS

Veradis se acomodó la cota de malla sobre los hombros y alzó la vista para contemplar el cielo azul pálido entre las ramas desnudas. Era temprano; una fina capa de niebla se aferraba al suelo y la hojarasca del bosque relucía húmeda de rocío.

Avanzó entre grupos de guerreros silenciosos hacia Alcyon, rodeado por los líderes de esa pequeña alianza. La noche anterior se habían reunido para trazar el plan de batalla, pero Braster había insistido en volver a congregarlos al amanecer para repasar los detalles.

El rey pelirrojo saludó con la cabeza a Veradis.

—Todos sabemos lo que nos aguarda hoy, y solo hemos llegado hasta aquí gracias a quienes no tenían obligación de estar presentes. —Miró de Veradis a Alcyon y les dedicó una breve inclinación de cabeza—. Es justo agradecerlo.

Romar apartó la mirada.

—Eso es todo —zanjó Braster—. Esta noche beberemos para celebrar la victoria. Hasta entonces, verdad y valor, y que la mano de Elyon esté con vosotros.

—Verdad y valor —repitió Veradis mientras el grupo se dispersaba hacia sus respectivas huestes.

Caminó junto a Calidus y Alcyon. Debían formar tras las fuerzas principales de Braster y Romar, que entre ambos reunían cerca de tres mil hombres.

La misión de Veradis y los suyos era doble.

Primero, proteger a Alcyon y a Calidus de cualquier ataque directo.

El gigante y el Vin Thalun eran el único contrapeso a los Elementales de los Hunen.

En segundo lugar, y solo si la primera tarea dejaba de ser necesaria, Veradis debía conducir a su hueste hacia un flanco y causar el mayor daño posible, y dejar a los Jehar que protegieran a Alcyon y Calidus.

Este último había señalado que los Jehar eran más que suficientes para ello, pero Romar había insistido en que Veradis permaneciera como fuerza de retaguardia.

—A media legua verás Haldis, hombre del rey —dijo Alcyon, que mostró los dientes con fiereza.

—Esos gigantes... —respondió Veradis—. Habrá muchos. ¿Muchos Elementales también?

—Ajá. Pero nosotros os protegeremos, pequeño guerrero —replicó el gigante, con una sonrisa apenas insinuada bajo el mostacho.

—No es eso lo que quiero decir. ¿Cómo podéis tú y Calidus hacer frente a tantos Elementales?

—Ya lo has visto —respondió Alcyon—. Sabes lo que él es. Nosotros, los gigantes, hemos vivido mucho tiempo; hemos tenido siglos para perfeccionar nuestro arte. Pero él es más antiguo, mucho más. —Y añadió como si nada—: Es poderoso.

Y sin más se alejó hacia la oscura masa de los Jehar, con su enorme espada ancha cruzada a la espalda.

La hueste de Veradis se agrupaba ante él en formación suelta: cincuenta hombres, en filas de diez en fondo. Bos le sonrió y avanzó para ocupar su puesto en la primera línea.

En algún punto por delante, sonó un cuerno, breve y seco, y la hueste entera avanzó entre los árboles cada vez más escasos.

Al alcanzar la cresta de una loma, miraron abajo y divisaron tierras labradas y cultivadas, surcos ordenados que resultaban extraños en medio del bosque.

Entonces Veradis contuvo el aliento al ver Haldis por primera vez.

Ante ellos se extendía una muralla en ruinas, cubierta de enredaderas; muchos tramos habían caído y habían dejado boquetes irregulares como la dentadura de una anciana.

Por dentro se alzaban enormes túmulos, centenares, con las piedras cubiertas de musgo y líquenes amarillentos.

Más allá, la pared de granito oscuro de un barranco se elevaba desde el suelo, coronada por una hilera de árboles.

Toda su superficie estaba cubierta de relieves: rostros gigantescos y feroces, guerreros en combate y toda suerte de criaturas.

Lobos, águilas, osos, draigs y serpientes se entrelazaban entre runas sinuosas.

En la base del escarpe se abría una gran puerta arqueada, más alta y ancha que una docena de gigantes, negra como la noche. Un escalofrío recorrió a Veradis.

Pero no había rastro de los Hunen. Ningún movimiento.

Un toque estridente de cuerno resonó a su espalda. Alcyon, cuya cabeza y hombros sobresalían por encima de los hombres más altos, alzó el brazo en señal de alto y la hueste se detuvo lentamente en la parte superior de la pendiente.

La ladera inferior ante ellos hervía de movimiento con los hombres que avanzaban en cabeza de la columna; a Veradis le recordaron las hormigas que había observado en los bosques cercanos a Jerolin. Qué lejano parecía aquello.

Las primeras filas cruzaban ya un arroyo poco profundo. Distinguió la corpulenta figura de Braster y, delante de él, a los Gadrai. Los primeros de estos alcanzaron la muralla en ruinas y comenzaron a trepar por los tramos derruidos.

Un sonido rasgó la tensión: un cuerno agudo y vibrante resonó desde algún punto más allá, un lamento etéreo y espectral.

Entonces algo semejante a humo o niebla brotó del gran portal negro abierto en la roca.

La nube se extendió con rapidez entre los túmulos, pegada al suelo, y fluyó hacia la muralla desmoronada y los guerreros.

Muchos ya habían penetrado en el recinto. Los que marchaban en vanguardia se detuvieron al ver la niebla cada vez más cerca. Silenciosa, esta los envolvió y los engulló hasta ocultarlos por completo y llenar todo el espacio entre el escarpe y la muralla.

Durante largos instantes, el valle quedó sumido en un silencio inquietante y misterioso.

Luego comenzaron los gritos.

Veradis dio un paso al frente y tuvo que contenerse. A su espalda oyó alzarse la voz profunda de Alcyon, que se unió a la de Calidus en un canto que crecía en intensidad, lleno de palabras ininteligibles.

Una brisa le rozó el rostro allí donde antes no había viento alguno.

En cuestión de segundos se convirtió en ráfagas que le tironeaban del cabello que le asomaba bajo el casco.

El viento giraba a su alrededor; parecía concentrarse ante su hueste, arrancando hojas y helechos del suelo, y de pronto se precipitó ladera abajo con un aullido, levantando espuma blanca en el arroyo antes de chocar, como si fuera sólido, con la muralla y la niebla que la cubría.

La niebla pegada al muro se disipó al instante, pero enseguida el empuje del viento perdió fuerza, como si hubiese topado con una barrera invisible. Las voces de Alcyon y Calidus se elevaron aún más; el vendaval volvió a abrirse paso, lenta pero inexorablemente.

La niebla comenzó a deshilacharse, a disolverse, y reveló a los guerreros dentro del recinto. Parecían inmóviles, atrapados en el gesto de avanzar.

Veradis forzó la vista. Vio brazos agitarse, oyó el terror en los alaridos, y entonces comprendió.

Los hombres se hundían en el suelo. Compañías enteras habían desaparecido ya, señaladas apenas por un casco de hierro, un mechón de cabello, un escudo, una mano que aún se aferraba al aire. La tierra se había convertido en un lodazal traicionero, un pozo que los succionaba y asfixiaba.

—Que Elyon nos ampare —musitó Bos.

Veradis se abrió paso de nuevo hacia Alcyon y Calidus; los hombres se apartaban para dejarlo pasar.

Ambos permanecían con los brazos alzados, las voces entrelazadas, empapados en sudor, los músculos temblorosos por el esfuerzo.

—¡No es solo la niebla! —gritó Veradis por encima del canto y los gritos que llegaban desde abajo—. ¡Mirad, los guerreros se hunden en la tierra!

La voz de Calidus vaciló; dio un traspié hacia delante y Veradis lo sostuvo.

—Tenemos que acercarnos más —jadeó el Vin Thalun.

Veradis asintió y regresó a su hueste. La encabezó pendiente abajo y se detuvo a una veintena de pasos antes de que el terreno se nivelara. Oyó cómo la voz de Calidus cambiaba de tono y modulaba las palabras extrañas en un ritmo distinto.

Desde allí su vista de Haldis era más limitada, pero Veradis aún alcanzaba a ver más allá de la muralla, donde los gritos eran más intensos.

Los hombres seguían hundiéndose; algunos braceaban desesperados, enterrados hasta las rodillas, las caderas o el pecho.

Muchos estaban ya muertos, con la boca llena de tierra negra.

Otros empujaban contra el suelo que los succionaba con los escudos o intentaban cavar con espada o lanza para liberarse.

El canto de Alcyon y Calidus se elevó todavía más; la niebla estaba casi vencida, reducida a jirones que flotaban deshilachados.

Entonces algo llamó la atención de Veradis, un movimiento en el arroyo. El agua giraba en remolinos. Lo que quiera que fuera se acercaba, dejando a su paso las orillas anegadas y separando las espesas espadañas y los juncos.

—¿Lo ves? —preguntó a Bos señalando.

Antes de que el guerrero respondiera, algo emergió del agua: una cabeza gris plateada seguida de un torso grueso y reptiliano.

—¡Una sierpe! —gritó Veradis.

La criatura se deslizó hasta la orilla y se desenroscó a medida que salía del arroyo para avanzar con alarmante rapidez cuesta arriba. Hacia ellos.

«Va a por Calidus y Alcyon», comprendió Veradis. Bramó una orden y su hueste se cerró con rapidez para formar un muro en la ladera.

A su espalda oyó a los Jehar desenvainar al unísono, con un estrépito metálico como un trueno.

—Esto no me gusta nada —murmuró Bos a su lado.

«A mí tampoco», pensó Veradis, aunque no dijo nada.

La sierpe se detuvo ante el muro de escudos.

Enroscó el cuerpo y se irguió, arqueándose por encima de la línea defensiva.

Era enorme; solo la cabeza era mayor que un hombre, con colmillos curvados más largos que una espada.

Los escudos se hicieron añicos cuando la criatura los embistió y los hombres frente a ella acabaron aplastados en una explosión de sangre y hueso.

El muro se deshizo y los guerreros huyeron en todas direcciones.

Veradis persiguió al monstruo, con Bos tras él, y le asestó un espadazo.

La hoja penetró en su cuerpo, aunque no profundamente, y de la herida manó una sustancia viscosa, gelatinosa.

Pero el golpe no frenó a la sierpe, que irrumpió al otro lado del muro descompuesto, un espacio de hierba y helechos que precedía al grupo disperso de Jehar.