Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO SETENTA Y SEIS. CORBAN
86%

CAPÍTULO SETENTA Y SEIS. CORBAN

CAPÍTULO SETENTA Y SEIS

CORBAN

Corban apuró el último trago de hidromiel de su madre y sonrió a Thannon, que le guiñó un ojo mientras se levantaba para marcharse.

—¿Adónde vas? —preguntó su padre.

—A ver a Dath.

—Espera un momento —dijo Thannon, removiéndose en la silla—. Mañana es un gran día para ti.

—Lo sé —respondió Corban—. Ya me lo has dicho más de una vez hoy.

Thannon volvió a cambiar de postura.

—Quédate un poco más conmigo.

Corban volvió a sentarse.

—Recuerdo el día que naciste —dijo Thannon con cara de nostalgia—.

Eras tan pequeño que te sostenía con una sola mano.

Y mírate ahora... —Inspiró hondo—. Espero que ya lo sepas, pero es buen momento para decirlo.

Eres mi mayor esperanza, mi alegría. —Le cogió la mano—.

Nadie podría haberme hecho sentir más orgulloso, Ban.

—Se dio unos golpecitos en el pecho—. Me llenas el corazón.

Corban tragó saliva. Quiso responder, pero un nudo en la garganta no se lo permitió.

Thannon se levantó de pronto.

—Ve con tus amigos. Pero no vuelvas tarde; necesitarás fuerzas para mañana. —Sonrió—. Escúchame... Pero si empiezo a parecerme a tu madre.

Corban le devolvió la sonrisa. Su padre salió de la estancia y él emprendió el camino.

Las anchas calles empedradas estaban casi desiertas; el crepúsculo se extendía sobre la fortaleza como un manto.

Su padre nunca le había hablado así. Sintió una oleada de cariño hacia el corpulento hombre.

No obstante, en sus recuerdos de infancia había otro rostro, presente en casi todos. Siempre allí, junto a tantos otros.

Gar.

A su manera brusca, el jefe de cuadras había sido como un segundo padre. Lo había ayudado, instruido, rescatado en el Baglun, seguido hasta el Bosque Oscuro. Lo había protegido, incluso a riesgo de su propia vida. Sin darse cuenta, cambió de dirección y se encaminó hacia los establos.

No había vuelto a ver a Gar desde la llegada de la comitiva de Tenebral.

Estaba con ellos en el patio y de repente desapareció.

Corban recordó la sensación que lo invadió al ver al líder recién llegado —Nathair, rey de Tenebral—.

Le había resultado extrañamente familiar, como si un recuerdo olvidado tirase de los bordes de su conciencia.

Se había sentido súbitamente enfermo, y creyó ver una sombra oscura cernirse sobre el rostro de Nathair.

Solo recordarlo le producía un escalofrío.

Alzó la vista y vio los establos. Una luz parpadeaba en una ventana sin postigos, en lo alto: la cámara de Gar en el pajar. Había vivido allí desde que Corban tenía memoria, con el argumento de que debía estar cerca por si surgía algún problema con los caballos.

Los establos estaban vacíos. Corban entró; el olor familiar a heno y caballo lo envolvió.

Subió la escalera que llevaba al pajar y a la habitación de Gar.

Tormenta lo seguía, silenciosa como un espectro, mientras avanzaba entre montones de heno atados.

Se detuvo antes de llegar a la puerta entreabierta.

Gar estaba sentado en el catre, a la luz temblorosa de una antorcha, concentrado en una hoja larga y ligeramente curvada. Extendía aceite sobre el metal con un paño y luego pasaba con destreza la piedra de afilar por el filo.

Corban se quedó inmóvil. Ni siquiera sabía que Gar poseyera una espada, y menos una como aquella.

Entonces oyó pasos subiendo la escalera y, sin pensarlo, se escabulló entre las sombras del pajar con Tormenta.

La figura que apareció hizo que se le abrieran los ojos. Era su madre.

Golpeó la puerta con los nudillos y entró sin esperar respuesta.

—He recibido tu mensaje —oyó decir a Gwenith con claridad a través del delgado tabique—. ¿Qué ocurre?

Gar no respondió de inmediato. Solo se oyó el roce de la piedra sobre el hierro. De pronto cesó, y el catre crujió cuando se levantó.

—Debemos marcharnos. Abandonar Dun Carreg —dijo.

—¿Qué? —balbuceó su madre—. Eso no es posible. ¿Por qué?

—¿Has visto quién ha llegado hoy?

—Sí, pero... eso no tiene por qué cambiar nada.

—No lo entiendes, Gwenith. El hombre que acompaña a Nathair... lo conozco.

—¿El hombre que...? ¿Cómo? ¿Quién es?

—Se llama Sumur. Y es Jehar.

—Gar, no entiendo. ¿Cómo puede ser?

—No lo sé —respondió él.

—¿No podrías hablar con él, si lo conoces? Averiguar qué significa esto. Tal vez...

—No —la interrumpió Gar con brusquedad—.

Recuerda lo que dijo Meical: no habléis con nadie, ni siquiera si un pariente de Aquilus cruza la Puerta de Piedra.

No he pasado dieciséis años obedeciendo para dejar de hacerlo ahora, cuando estamos tan cerca.

Además, algo va mal. Muy mal. —Hizo una pausa; el silencio se volvió tenso—.

Sumur no me ha visto, de eso estoy seguro.

Pero ¿hasta cuándo será así? No podemos quedarnos aquí.

Corban no puede quedarse. Debemos irnos. Estoy convencido.

—¿Adónde? Es demasiado pronto. No estamos preparados... Ban no está preparado.

Corban oyó a Gar caminar de un lado a otro.

—Los planes rara vez discurren sin obstáculo, Gwenith. En cuanto al destino, está claro, Drassil. ¿Adónde si no?

El tiempo pareció detenerse.

—Muy bien. Pero no mañana. Hará su prueba del guerrero, celebrará su Noche Larga. Meical dijo que debía hacerlo antes de... —La voz de su madre se apagó.

—De acuerdo —cedió Gar con renuencia—. Mañana nos prepararemos. Pasado mañana partiremos.

Los pasos de su madre resonaron al alejarse. Corban abrazó con fuerza a Tormenta hasta que el sonido se extinguió por completo.

No se atrevió a moverse hasta que volvió a oír el roce de la piedra de afilar. Entonces se deslizó fuera de su escondite, conteniendo el aliento, y bajó por la escalera. Tormenta lo siguió en silencio hacia la oscuridad.