Maldad (Los fieles y los caídos 1) SETENTA Y CINCO. CYWEN #2
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SETENTA Y CINCO. CYWEN #2

—Es demasiado astuta para eso, la vieja araña.

Ha habido complicaciones con Owain. Rhin ha provocado la muerte de mi esposa...

—Brenin se interrumpió y miró el torques sobre la silla vacía a su lado—.

Y también la de Uthan, el hijo de Owain.

De algún modo logró que pareciera que Owain y yo éramos los culpables, para enfrentarnos.

Gracias a Elyon he desenmascarado su plan, aunque Owain aún no se ha dado cuenta.

Me sigue responsabilizando de la muerte de su hijo.

Esta es una guerra en la que no te pediré que participes, Nathair, aunque en verdad me superan en número.

Su rostro apenas mostró emoción, pero el dolor era evidente.

—Mis condolencias —dijo Nathair.

—La echamos mucho de menos. Y no solo a ella.

En ese instante, el joven guerrero que acompañaba a Nathair y Sumur dio medio paso al frente.

—Perdonad —dijo—, pero esperaba ver a alguien. A un guerrero con quien trabé amistad en la asamblea de Aquilus. Tull. Es vuestra primera espada.

—Lo era —respondió Brenin—. Cayó defendiendo a mi esposa. Aunque su sacrificio no bastó para salvarla.

—Es una gran pérdida —dijo el guerrero—. Me batí con él en el patio de armas. Me enseñó más de una lección.

Halion rio entre dientes.

—Así era Tull —dijo Brenin, con el atisbo de una sonrisa—. Gracias por tus palabras...

—Rauca —respondió el joven—. Me llamo Rauca.

—Meditaré sobre qué papel puedo desempeñar en todo esto —dijo Nathair—. No fueron muchos los que apoyaron a mi padre y su alianza. Tú lo honraste, y aún tenía la esperanza de poder contar con el respaldo de Owain y Rhin.

—No habrá paz entre Rhin y yo —le advirtió Brenin—. No intentes emprender ese camino, Nathair. Las cosas han ido demasiado lejos. En cuanto a Owain, desearía la paz con él; pero si se interpone entre Rhin y yo, lo lamentará.

Nathair asintió, pensativo. Cywen creyó ver cómo Sumur se tensaba ante aquellas palabras; no parecían hombres acostumbrados a recibir advertencias.

—Como he dicho, meditaré sobre mi papel. Me siento en deuda contigo hasta que el compromiso de mi padre quede saldado.

—Haz lo que consideres oportuno —respondió Brenin con un gesto.

—Hay otra razón para mi viaje —añadió Nathair.

—Habla.

—Busco conocimiento. Información sobre dos asuntos.

—Si está en mi mano, te ayudaré.

—El primero concierne a la tradición de los gigantes, en particular al clan Benothi. Creo que este fue uno de sus bastiones. Intento desentrañar partes de la profecía mencionada en la asamblea de mi padre.

—Desde luego. Heb es mi guardián del conocimiento, y Evnis también posee amplio saber sobre los antiguos moradores de Dun Carreg.

—Te lo agradezco.

—¿Y el segundo asunto? —preguntó Brenin.

—Ah, sí. La muerte de mi padre estuvo rodeada de circunstancias extrañas. Una de ellas es que su consejero más antiguo y de más confianza desapareció. Le vieron abandonar Jerolin poco después de que falleciera.

El rostro de Brenin mostró una emoción fugaz, demasiado rápida para que Cywen pudiera descifrarla, y luego desapareció.

—Que extraño —murmuró.

—Exactamente eso pienso yo —replicó Nathair—. ¿Sabes de quién hablo? De Meical. El que leyó la profecía en la asamblea.

—Sí, sé de quién hablas.

—¿Tienes noticias suyas? ¿Sabes dónde se encuentra?

El silencio se alargó en la cámara, y fue Brenin el primero en apartar la mirada.

—Estuvo aquí, brevemente —reconoció—, aunque poco más puedo decirte. No pasó ni una noche bajo este techo. Ignoro por qué vino y adónde se dirigió después.

Alzó los ojos de nuevo y esta vez no los apartó.

Nathair permaneció inmóvil, inexpresivo. Al cabo, suspiró.

—Si pudieras averiguar con quién habló durante su estancia, te lo agradecería.

—Sí. Por supuesto —respondió Brenin.

La mente de Cywen bullía. Veía con claridad al hombre del que hablaban, sentado en su cocina como si hubiera sido el día anterior. Y ahora un rey había llegado buscándolo. ¿Estaba eso relacionado también con Ban? La visita de Meical, desde luego, lo parecía.

Nathair dio las gracias y se despidió, alegando que estaba cansado del viaje.

El silencio persistió largo rato tras cerrarse la puerta.

—¿Qué opináis? —preguntó por fin Heb, cuya voz sonó demasiado alta tras tanta quietud.

Brenin parecía agotado.

—Cambio —dijo, casi para sí.

—Esa alianza... —terció Evnis— nos convendría cultivarla.

Brenin apretó la mandíbula.

—Tal vez en otro tiempo —respondió en voz baja, y luego añadió con mayor firmeza—: Haré lo que considere correcto, Evnis.

—Sed prudente, mi rey —insistió el consejero—.

Es joven, sí, pero arde en él un fuego. Y hay una alianza en ciernes, reinos que se unen, con vos o sin vos.

Podrían convertirse en una fuerza formidable.

Algo que conviene mantener cerca... o al menos vigilar.

De lo contrario, un día podrían unirse para enfrentarse al díscolo Ardan.

—Nathair es ambicioso —repuso Brenin—. Pero no confío en él. No es Aquilus.

—¿Y ese Sumur? ¿Qué sabemos de él? —apremió Evnis.

—El locuaz... —apuntó Heb con ironía.

Brenin se encogió de hombros.

—Solo lo que Nathair ha dicho al presentarlo, que es señor de una fortaleza lejana y ahora su guardaespaldas personal.

—Sabe manejar esa espada que lleva a la espalda —apuntó Halion.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Evnis—. No ha pisado el patio de armas.

—No hace falta. Se nota... Es peligroso.

Evnis destilaba escepticismo.

Brenin empezaba a impacientarse.

—Basta. Tenemos asuntos más urgentes. Pero vigiladlos. Y vosotros dos —advirtió a Evnis y a Heb—, cuidad lo que le reveláis. ¿Qué busca exactamente sobre los Benothi? Informadme. Quiero saberlo todo.

De pronto reparó en su hija.

—Edana, creía haberte dicho que estaba ocupado. No deberías estar aquí ahora.

—Sí, padre —respondió Edana cabizbaja.

Cywen y Conall la siguieron hasta la puerta y Conall la cerró con firmeza tras ellos.