Maldad (Los fieles y los caídos 1) SETENTA Y CINCO. CYWEN
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SETENTA Y CINCO. CYWEN

SETENTA Y CINCO

CYWEN

Cywen yacía cerca del borde del acantilado, contemplando la bahía y el barco recién llegado, y la hierba le cosquilleaba el cuello. Debería estar ayudando a Gar en los establos y sabía que recibiría una reprimenda por su ausencia, pero le daba igual.

Desde el Bosque Oscuro, desde que sostuvo a Ronan mientras moría, nada le parecía importante.

El único pensamiento que lograba arrancarle alguna emoción era el de clavar sus cuchillos en el paladín de Rhin.

Lo odiaba. Pasaba el tiempo imaginando su venganza y luego rompía a llorar, con amargura y frustración al comprender lo improbable que era.

Ahora los guerreros comenzaban a desembarcar, bajo el estandarte del águila que aún ondeaba en el mástil. De pronto sintió una inquietud que la impulsó a levantarse y correr hacia la fortaleza para unirse a la multitud que acudía a recibir a los recién llegados.

Entonces vio a Tormenta acercándose con paso ligero, seguida de Corban, con Dath y Farrell siguiéndoles el ritmo a duras penas.

—¡Cywen! ¡Cywen, no te vas a creer lo que me ha pasado! —exclamó atropelladamente Corban en cuanto llegó a ella.

—¿Qué?

Parecía tan emocionado que intentó mostrarse interesada.

—¡Mañana haré mi prueba del guerrero! ¡Celebraré mi Noche Larga!

—¿Qué? —Eso sí captó su atención—. ¿Estás preparado?

Vio cómo la duda sustituía el entusiasmo de su hermano.

—No lo sé —reconoció con franqueza.

—Lo que quiero decir —se apresuró a añadir ella— es si tú te sientes preparado. ¡Claro que lo estás! Esos moratones lo demuestran, ¿verdad, Dath? —Dio un codazo al amigo de Corban.

—¿Eh? ¡Ya lo creo! —Dath asintió con vehemencia.

Entre la multitud que ya los rodeaba, Cywen divisó a Gar. Intentó ocultarse tras la corpulencia de Farrell, pero fue demasiado tarde; el jefe de cuadras se dirigía cojeando hacia ellos con semblante firme.

—¿Dónde estabas? Te necesitaban en los establos.

Cywen lo miró, buscando algo que decir, pero no encontró palabras.

El gesto adusto de Gar se acentuó. Abrió la boca, sin duda para soltarle un buen reproche, cuando la multitud elevó de pronto la voz. Los recién llegados entraban ya en el patio y los cascos de sus caballos resonaban en la piedra. Cywen se los quedó mirando y se olvidó de inmediato de Gar.

Alrededor de una docena de guerreros cruzó el patio, espléndidos con sus cotas de malla y el cuero lustroso, con las águilas ribeteadas de plata grabadas en las corazas.

Pero la mirada de Cywen se detuvo en los dos que cabalgaban al frente.

Ambos se erguían en la silla; uno vestía como los demás, montaba un brioso semental blanco y llevaba dos espadas colgadas del cinturón.

Era joven, con el cabello oscuro y rizado enmarcando un rostro curtido y atractivo; sus ojos azules, vivos, recorrían la multitud.

Sonreía, sin dirigirse a nadie y a todos a la vez; Cywen tuvo la súbita impresión de que la miraba solo a ella.

Apartó la vista con esfuerzo y se fijó en el hombre que cabalgaba a su lado.

Se le escapó un suspiro al ver su montura: un palomino como nunca había contemplado.

Más ligero de osamenta que los otros caballos, y de patas más largas, parecía danzar al cruzar el patio; era la imagen perfecta de elegancia y potencia.

El hombre que lo montaba era mayor y también vestía como un guerrero, pero saltaba a la vista que no era como los demás.

Llevaba el cabello negro azabache sujeto con una tira de cuero en la nuca, y una espada larga y curva cruzada a la espalda.

Por algún motivo le recordó a Tormenta. Permanecía erguido en la silla con elegancia natural, irradiando una sensación de fuerza y violencia contenidas, una suerte de fiereza latente.

Cywen fue a decir algo a Corban y entonces advirtió que Gar se perdía entre la multitud. Corban, por su parte, se había quedado pálido y miraba fijamente al guerrero de cabello rizado.

—Corban —dijo ella, apretándole el brazo—. Corban, ¿te encuentras bien?

Su hermano pareció volver en sí y asintió; el color regresó poco a poco a su rostro.

—Sí. No es nada —respondió.

Entonces el rey Brenin salió de entre la multitud junto a Pendathran; Halion caminaba tras ellos, visiblemente incómodo en su nuevo papel.

—Bien hallado, Nathair —dijo Brenin, que estrechó el brazo del hombre de cabello rizado mientras este se inclinaba en la silla.

El clamor de la multitud ahogó el resto de sus palabras y, poco después, la comitiva se dirigió a la torre.

Mucho más tarde, tras el banquete, Cywen permanecía sola en el salón.

Thannon se había llevado a Corban, ansioso por repasar los últimos detalles del día siguiente.

Edana se dejó caer en una silla cercana; tras ella se recortaba la silueta de un guerrero.

Por un instante Cywen esperó ver a Ronan, pero era Conall.

—Hola —dijo Edana, aún demacrada por todo lo sucedido.

Cywen inclinó la cabeza.

—Hacía tiempo que no te veía.

—Ya —respondió Edana, sacudiendo la cabeza—. Desde que mi madre... —Apartó la mirada—. Mi padre está preocupado por mí. Más aún desde lo de Uthan. Teme represalias.

La noticia de la muerte del hijo de Owain había llegado a Dun Carreg hacía poco más de diez noches; los rumores la siguieron como cuervos tras la sangre. Lo único cierto era que Uthan estaba muerto y que Owain culpaba a Brenin.

—¿Así que ahora Conall es tu guardaespaldas? —preguntó Cywen para romper el silencio que se prolongaba entre ellas.

—Sí.

—¿Cómo está tu padre?

—Afligido. Furioso. Muy furioso. La idea de la venganza lo consume.

—¿Y tú?

—¿Yo? —Edana bajó la voz—. No puedo creer que mi madre ya no esté... —Cerró los ojos con fuerza—. La echo de menos. Quiero que vuelva. Desearía haberle dicho tantas cosas... Y quiero ser fuerte, por mi padre, pero parece ser que ni siquiera lo nota.

—¿Has hablado con él? ¿Le has dicho cómo te sientes?

—No. Está tan... inestable. Unas veces está muy triste; otras, iracundo. Me asusta.

—Pero te quiere. Y si supiera cómo te sientes, le dolería haberte hecho sentir así.

Edana parecía agotada, pero asintió.

—Tienes razón. Hablaré con él. Pero me ayudaría que estuvieras conmigo.

Cywen quiso negarse; no obstante, la expresión suplicante de Edana la hizo levantarse y seguirla adentro de la torre.

Edana llamó a una puerta conocida y entró sin esperar respuesta.

El rey Brenin estaba sentado en su sillón alto, conversando con Evnis y Heb.

Halion permanecía tras él, con la mano apoyada en la empuñadura de la espada.

La mirada de Cywen se posó en la silla vacía junto a Brenin, donde antes se sentaba Alona.

—Padre, yo... —empezó Edana, que se detuvo ante los semblantes severos que la intimidaban.

—¿Qué ocurre? —preguntó Brenin, molesto por la interrupción.

—Quería hablar contigo, padre. Sobre...

—¿Sí, Edana? —la apremió agitando una mano—. Date prisa. Estoy ocupado.

En ese momento llamaron a la puerta y fueron anunciados tres visitantes de Tenebral.

Dos eran quienes encabezaban la columna: Nathair, rey de Tenebral, y Sumur, un señor, había sabido Cywen después.

El tercero era un miembro de su guardia de honor, un joven guerrero de sonrisa fácil, con el yelmo en forma de ave rapaz bajo el brazo.

—Nathair, bienvenido —dijo Brenin—. A Heb ya lo conoces; este es mi consejero, Evnis.

—Bien hallado —respondió el rey de Tenebral con cordialidad, sonriendo a Evnis—. Gracias por vuestra hospitalidad. Estamos bien alimentados y descansados; por eso he querido hablarte del motivo de mi viaje.

Cywen y Edana se deslizaron hacia el fondo de la estancia, procurando no llamar la atención.

—Como seguramente sabrás, mi padre fue asesinado.

—Sí. Tienes mis condolencias —dijo Brenin, inclinando la cabeza—. Aquilus fue un buen hombre, un gran hombre.

—Te lo agradezco. Su asesino ya ha sido ajusticiado.

—Eso he oído —repuso Brenin, suspicaz—. Ya habrá ocasión de hablar más sobre ello, pero ahora no es el momento.

Nathair prosiguió:

—Al ceñirme la corona de mi padre, soy consciente de sus ambiciones y de sus compromisos.

Ese es el primer motivo de mi visita. Sé que se comprometió a ayudarte con tus problemas, con los forajidos de tus fronteras.

Traigo conmigo una pequeña hueste, aún a bordo del barco.

Quiero ayudarte en esa empresa y limpiar tus tierras de esos bandidos.

Honraría así los deseos de mi padre y la alianza entre nosotros, que confío en que aún mantengas.

—Me temo que llegas un poco tarde para eso —respondió Brenin con sequedad—. Los bandidos del Bosque Oscuro ya no son una amenaza. Nos hemos ocupado de ellos.

—Ah. —Nathair bajó la mirada—. Eso me avergüenza. Los otros compromisos de mi padre, con Rahim, con Braster y con Romar, han sido cumplidos.

—No importa —dijo Brenin—. Has recorrido un largo camino, y eso habla de tu voluntad. No comuniqué a Aquilus cuándo iniciaría mi campaña. Has hecho un gran esfuerzo al venir. No lo olvidaré.

—¿Entonces el asunto está resuelto? —preguntó Nathair—. ¿O podemos ofrecer otra ayuda, en compensación?

—Los bandidos del Bosque Oscuro ya no están, aunque hemos pagado un alto precio —respondió Brenin—. Nuevos y más oscuros problemas han caído sobre mis dominios. Me encuentro en guerra con mi vecina, Rhin. En este mismo momento estoy reuniendo fuerzas para marchar contra ella.

—¿Eh? ¿Cómo es eso posible?

—¿Recuerdas a la reina Rhin?

—Sí. Lengua afilada, mente más afilada aún.

—Al parecer Cambren no colma sus ambiciones. Codicia Ardan y Narvon.

—¿Y cómo pretende derrotaros a ambos? No parece sensato.