CAPÍTULO SETENTA Y CUATRO. KASTELL
CAPÍTULO SETENTA Y CUATRO
KASTELL
Kastell se encaramó con esfuerzo al tronco semienterrado de un olmo caído; se dejó resbalar por el otro lado y miró atrás mientras Maquin, el viejo guerrero, lo seguía.
Llevaban ocho noches abriéndose paso por aquel bosque maldito, viviendo en perpetuas sombras.
Debería estar acostumbrado, después de tanto tiempo con los Gadrai, pero habían pasado su vida junto al río Rhenus, donde los árboles eran menos densos y el cielo al menos se dejaba ver la mayoría de los días.
Allí la luz del sol aún encontraba resquicios; aquí, en cambio, apenas tenía posibilidad alguna de atravesar la espesura del dosel que los cubría.
Los árboles crecían apiñados, y las ramas se entrelazaban sobre sus cabezas como un telar antiguo abandonado.
Maquin resbaló en el tronco, se sostuvo con la lanza y masculló una imprecación.
—Cuidado, canoso —le advirtió Kastell, y recibió a cambio una mirada torva.
En otras circunstancias Maquin habría sonreído, pero ocho noches recluidos en el Forn empezaban a pasar factura. Los hombres estaban más tensos, sobre todo desde que se había difundido la noticia de que se aproximaban a Haldis, lugar de enterramiento de los gigantes Hunen.
Tras Maquin apareció la cabeza calva de Orgull, reluciente de sudor.
—En marcha —ordenó el capitán.
Avanzaban desplegados en una línea irregular por delante del grueso de la hueste, con los Gadrai actuando a la vez como vanguardia y exploradores.
Kastell se internó entre la maleza, miró al frente y vio la ancha espalda del gigante que los guiaba, Alcyon. A su lado marchaba Vandil, inconfundible por el perfil de las dos espadas cruzadas a su espalda.
Por extraño que resultara, la presencia del gigante había sido de gran ayuda. No solo los conducía sin error hacia su destino, sino que había demostrado ser decisivo para repeler los ataques Hunen que habían sufrido hasta entonces.
Todo había permanecido en calma hasta la tercera noche en el bosque.
Las únicas bajas habían sido guerreros que montaban guardia en solitario, succionados hasta quedar como cáscaras vacías por los grandes murciélagos del Forn.
Ninguno de los Gadrai había caído así; llevaban demasiado tiempo en el bosque como para cerrar los ojos durante la guardia.
El único aviso de la muerte podía ser un susurro de alas.
Después habían penetrado en una niebla espesa y alta. Alcyon ordenó detenerse y aguardó a su compañero, Calidus, y juntos se pusieron a cantar.
Al principio no ocurrió nada. Luego una brisa recorrió el bosque, que fue ganando fuerza con rapidez hasta convertirse en un vendaval que sacudía los árboles.
La niebla se deshizo ante él y reveló a una veintena de Hunen ocultos en la arboleda.
Los gigantes arrojaron sus lanzas y se retiraron al comprender que habían sido descubiertos.
Desde entonces se habían sucedido las escaramuzas a lo largo de la extensa columna de huestes. Alcyon y Calidus mitigaban el filo elemental de los ataques y advertían de las emboscadas de gigantes. Aun así, muchos habían muerto y el avance se había visto ralentizado por los Hunen.
Ese día, sin embargo, no había rastro de ellos: ni emboscadas, ni fosas ocultas, ni trampas, ni niebla. Y hacia el mediodía Alcyon anunció que se encontraban a una jornada de marcha de Haldis.
—No atacarán hoy —había asegurado el gigante a Vandil—. Emplearán el tiempo en preparar las defensas de Haldis.
Cuando se ordenó un descanso, Kastell se alegró de sentarse junto a otros Gadrai. Hasta que vio a Romar, que al parecer se dirigía a reunirse en consejo con Calidus, Alcyon y Vandil, y distinguió a Jael en el grupo. Su tío le lanzó una mirada, pero Kastell frunció el ceño y apartó la vista.
Romar lo había mandado llamar cuando los Gadrai llegaron a Halstat. Kastell había entrado en la tienda con una mezcla de expectación y recelo; su tío lo había abrazado con cierta torpeza.
—He oído que te va bien —había dicho el hombre corpulento; parecía contento.
—¿A mí? Sí —respondió Kastell sin darle más importancia—. Sigo vivo. En los Gadrai eso ya es bastante. —Se le ocurrió una idea—. ¿Me tienes vigilado?
—Nada de eso. Pero sería un mal tío si no me interesara por ti. —Romar lo había invitado a sentarse y le sirvió una copa de vino—. Me lo ha contado Vandil. Has sobrevivido a incursiones de gigantes, has matado a Hunen. Te estás convirtiendo en el hombre que tu padre decía que llegarías a ser.
Kastell removió el vino en la copa, incómodo.
—¿Y tú cómo estás, tío? —preguntó para cambiar de tema—. ¿Cómo avanzan tus planes?
Romar había adoptado entonces un gesto preocupado.
—Las cosas se han complicado desde que te marchaste. ¿Has oído las noticias de Tenebral?
—Algo, aunque no presté mucha atención.
—Aquilus ha muerto —dijo Romar—. Su hijo, Nathair, es ahora rey.
A Kastell le vino a la mente Veradis, el hombre del príncipe que había intervenido cuando los compinches de Jael se enfrentaron a él y se había puesto de su parte.
—¿Cómo murió Aquilus?
—Asesinado en sus propios aposentos. Dicen que Mandros de Carnutan fue el responsable. Pero nunca se sabrá con certeza. Huyó, aunque después fue abatido por una hueste de Tenebral. —Romar apuró la copa y se sirvió otra—. Lo mató tu amigo. Veradis.
—Ah —exclamó Kastell, ahora mucho más interesado.
—Sí. Tu amigo ha ascendido mucho. Es la primera espada de Tenebral. Lo verás pronto. Dirigirá la aportación de Tenebral en esta campaña.
Kastell se alegró. Veradis había sido un amigo cuando los amigos escaseaban. Pero entonces advirtió la expresión de Romar.
—¿Por qué te inquieta tanto? —quiso saber—. Veradis es un buen hombre.
—Sí... —Romar dudaba—. Eso creía. Pero algo no me gusta; este cambio de poder me incomoda. Todo se ha gestionado mal, y Mandros no ha sido juzgado. Estoy reconsiderando la alianza con Tenebral.
Kastell no supo qué decir. En otro tiempo la alianza le habría interesado, cuando Romar habló de ella por primera vez. Pero ya no. Ahora tenía una nueva familia; los Gadrai eran lo único que le importaba. Tenebral le quedaba muy lejos.
Entonces Romar habló con franqueza.
—Vuelve conmigo, Kastell —le había dicho.
—¿Qué? No creo que sea prudente.
—Son tiempos turbulentos —insistió Romar—. Necesito a mi lado gente en quien pueda confiar. Eres sangre de mi sangre, el hijo de mi hermano.
—Tienes a Jael —replicó Kastell, que procuró que no se le notara la amargura.
—Sí, Jael —dijo Romar—. Está entusiasmado con esta campaña, con la alianza con Tenebral. A veces diría que demasiado...
—¿Qué quieres decir?
Romar hizo un gesto impaciente con la mano.
—Nada. Dejando a Jael aparte, me vendría bien que estuvieras conmigo.
Te llevas bien con ese Veradis, ¿no? Eso podría beneficiarme.
Necesito a alguien próximo al círculo íntimo de Nathair.
Las cosas ya no son como en tiempos de Aquilus.
Lo de la muerte de Mandros... exigiré que se investigue.
Nathair debe responder por sus actos, y hay algo en todo esto que me da mala espina.
—Así que quieres que espíe para ti —había dicho Kastell.
Romar alzó las cejas con resignación.
—En cierto modo. Todos tenemos intereses que proteger, Kastell. Yo, por ejemplo, quiero recuperar mi hacha, y recompensaré generosamente a quien me ayude. —Le aferró entonces la muñeca—. Has demostrado tu valía con los Gadrai, pero no son tu sangre. Nosotros sí. Vuelve conmigo.
Kastell recordaba aquella mirada, casi suplicante. Resultaba impropia de su tío, siempre tan resuelto, tan líder. Quiso decir que sí, pero el recuerdo de Jael le asaltó.
—Jael dijo cosas. Sobre mi padre —dijo en su lugar.
Esto pareció molestar a Romar, pero guardó silencio.
—Habló de las deshonras de mi padre...
Ahora Romar estaba enfadado, aunque siguió sin responder.
—¿Qué quiso decir? —insistió Kastell.
—No hablaré de eso —zanjó Romar.
—Entonces no volveré —replicó Kastell con brusquedad, presa de una ira súbita.
Se había levantado, había salido de la tienda y había dejado a su tío con cara de pocos amigos.
Una discusión que se producía un poco más adelante lo sacó de esos pensamientos. Alcanzó a ver la imponente figura de Alcyon y, a su lado, a alguien que gesticulaba airadamente, casi gritando, a Calidus. Kastell entrecerró los ojos y estiró el cuello para verlo mejor.
La figura colérica se apartó de pronto, seguida por otros. Era Romar, con el rostro encendido y la postura rígida de furia.
Calidus observó su marcha y luego se volvió hacia otro hombre para murmurarle algo al oído. Kastell aguzó la vista y reconoció a Jael.
El sol se había puesto y pequeñas hogueras titilaban entre los árboles hasta donde alcanzaba la vista. Kastell estaba sentado, contemplando las llamas mientras grandes polillas revoloteaban a su alrededor y proyectaban sombras danzantes sobre los guerreros reunidos en torno al fuego.
Una rama crujió en la oscuridad y una figura entró en el círculo de luz. Vandil saludó con la cabeza y se agachó; Orgull le ofreció el odre de vino.
—Todo está dispuesto —dijo, y se limpió la boca—. Mañana será el último amanecer que verán los Hunen.
—Un gran día para los Gadrai —comentó Maquin.
—Pues sí —respondió Vandil, mirando el fuego—. Nunca creí que llegaría a verlo. —Sonrió, con los dientes rojizos a la luz de las llamas—. Es buen momento para estar vivo.
—¿Y después? —quiso saber Kastell, interrumpiendo el ritmo de la piedra de afilar.
—¿Después?
—Cuando los Hunen hayan caído.
—Primero veamos si sobrevivimos a mañana —dijo Vandil con indiferencia—. Ya hablaremos entonces.
—¿Y Drassil? —preguntó Kastell de pronto. Todas las miradas se volvieron hacia él.
—Probablemente no exista. Muchos han intentado encontrarla, en busca del tesoro del que se habla.
Ninguno regresó. No deberías llenarte la cabeza con esas tonterías —advirtió Vandil—.
Sobre todo, cuando mañana necesitarás todo tu ingenio para conservar la cabeza sobre los hombros.
—Se puso en pie, dio otro trago y devolvió el odre a Orgull—.
Espadas afiladas y mentes despejadas, muchachos.
—¡Sí! —respondieron los hombres junto al fuego mientras Vandil se alejaba y se desvanecía en la penumbra.
Poco después, Veradis se acercó a su círculo.
—Ven, siéntate —le invitó Maquin—. Bebe con nosotros.
—No puedo —respondió Veradis—. Pero me gustaría hablar con vosotros.
Kastell envainó la espada y guardó la piedra de afilar. Veradis se dio la vuelta y los condujo hacia la oscuridad. Lo siguieron entre las sombras, donde la luz de la luna plateaba el contorno de sus facciones.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Maquin.
—¿Yo? Sí —murmuró Veradis, que evitaba su mirada. Parecía inquieto. Al fin los miró de frente—. Somos amigos, ¿verdad?
—Claro —respondió Maquin despacio.
Kastell asintió con la cabeza.
—Eso es raro —musitó Veradis, casi para sí—. Algo valioso.
—¿Qué te preocupa? —preguntó Maquin en voz baja pero firme.
—Jurad primero que lo que diga quedará entre nosotros.
—Lo juramos —aseveraron ambos. Maquin frunció el ceño.
—En los próximos días, sed cautelosos y vigilad en quién, o en qué, depositáis vuestra confianza —dijo Veradis—. Permaneced alerta, y no solo lo digo por los gigantes —añadió en un susurro.
—¿Qué quieres decir? —le interrogó Kastell.
Veradis los miró fijamente.
—Romar se está granjeando la enemistad de Nathair. Haríais bien en buscar otro señor.
—Romar es mi sangre —replicó Kastell—. Me acogió. ¿Qué me ocultas, Veradis?
—Vigilad vuestras espaldas —les aconsejó Veradis—. Es todo lo que puedo decir, más de lo que debería.
Y, sin darles tiempo a responder, se dio la vuelta y se internó en la noche.
—¿Qué opinas de esto? —murmuró Kastell.
—No lo sé —respondió Maquin en voz baja—, pero a mí me huele a problemas.