Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO SETENTA Y TRES. CORBAN #3
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CAPÍTULO SETENTA Y TRES. CORBAN #3

Era ya casi mediodía cuando cambiaron al trabajo con lanza. Halion gruñía con aprobación ante las acometidas y los bloqueos firmes de Corban.

—Ya falta poco —dijo Corban cuando se tomaron un descanso.

—¿Para qué? —preguntó Halion.

—Para mi prueba del guerrero. La Noche Larga.

—Sí. —Halion asintió—. ¿Te sientes preparado?

—No lo sé —confesó Corban—. Creo que sí. Eso espero. —Torció el gesto—. ¿Tú qué opinas?

—También lo creo. Por eso he pedido que tu Noche Larga se adelante.

—¿Qué? —Corban lo miró atónito—. ¿Por qué?

Halion echó un vistazo al Campo y a los innumerables guerreros que se entrenaban.

—Porque pronto partiremos de aquí. Te vi en el Bosque Oscuro, Corban.

Me demostraste lo que vales. —Se rascó la barba incipiente—.

Y he pensado que te resultaría difícil quedarte aquí...

, no venir. No sé cuándo cabalgaremos, pero presiento que será pronto.

Tal vez antes de tu onomástica. —Lo miró con atención—.

La decisión es tuya, Corban, pero Brenin ha aceptado mi petición.

Puedes adelantar tu prueba del guerrero y tu Noche Larga, si así lo deseas.

—¿Para cuándo?

—Para mañana.

—¿Mañana?

Halion sonrió.

—Así tendrás menos tiempo para sufrir de los nervios.

—Le cambió la cara—. Ir a la guerra no es una tontería, Corban.

Pero te he entrenado, te he visto crecer.

El Bosque Oscuro fue lo que me decidió. Tal como yo lo veo, allí afrontaste tu prueba del guerrero.

Te enfrentaste a un hombre, a un guerrero, y lo venciste en combate limpio.

—Sonrió otra vez—. He hablado con Gar, sé lo que hiciste.

Estás más preparado que muchos que superan su Noche Larga, Corban.

Y más aún: lo mereces y te lo has ganado.

—Y, sin darle más importancia, añadió—: ¿Qué cambia en adelantarla unos días?

Corban recorrió el Campo con la mirada. Había guerreros por todas partes. Llevaba toda la vida soñando con ser uno de ellos. Y ahora, por fin, había llegado el momento.

—¿Y bien? —insistió Halion—. ¿Qué decides?

—Sí —dijo Corban con determinación—. Sí. Y te doy las gracias, Halion. Me honras.

—Bien —respondió Halion, satisfecho—. Entonces asegurémonos de que estás listo.

De pronto sonaron los cuernos y su eco se extendió por el Campo. Corban vio que una fila de hombres entraba por el túnel de los serbales con Brenin a la cabeza. A su lado marchaban Pendathran y Edana; detrás, Evnis y Heb, seguidos por una decena de guardias del rey.

Corban observó a Edana. No la había visto desde la huida del Bosque Oscuro, salvo en el funeral de Alona.

El túmulo de la reina se había alzado en la colina más allá de las murallas de la fortaleza, y Brenin había recitado en voz alta los nombres de los muertos que no habían podido volver a casa.

Cywen había llorado en silencio al oír el de Ronan.

Edana tenía el mismo aspecto que entonces: ojeras y la tez pálida salvo por las marcas rojizas que se había hecho al arañarse por el dolor, como lágrimas de sangre surcándole las mejillas.

Brenin avanzó hacia la palestra; los guerreros se apartaban a su paso.

—¡Bienvenidos, guerreros de Ardan! —declaró—. Os traigo noticias. Pero antes debo ocuparme de una tarea largamente postergada.

Los hombres se apretaban hombro con hombro, atentos al rey.

Todos, salvo Corban, que tenía un pequeño círculo libre a su alrededor donde dejaban espacio a Tormenta; la historia de lo que había hecho a Rafe ya corría de boca en boca.

Corban saludó con la cabeza a Dath y Farrell cuando se abrieron paso y se colocaron a su lado.

—Tull, mi primera espada, cayó a mi servicio defendiendo a mi amada esposa hace menos de una luna —dijo con la voz temblorosa—. No ha habido hombre mejor, más leal ni más fiero, y temo que no volveremos a ver otro como él.

Inclinó la cabeza y el silencio se extendió por el Campo.

—Sin embargo —continuó Brenin mientras miraba de nuevo hacia todos lados—, no es apropiado que un rey de Ardan carezca de primera espada. Y menos en tiempos como estos.

Un murmullo recorrió el Campo cuando los hombres comprendieron hacia dónde se dirigían sus palabras.

—Uno de vosotros ha ascendido en mi estima, me ha servido con valentía, ha arriesgado su vida por mi honor y ha demostrado su valía en combate.

El silencio volvió a caer, denso, casi palpable. Corban sentía que casi podía tocar la tensión que impregnaba el aire.

—¡Halion, da un paso al frente!

Se abrió un pasillo entre los hombres y Halion avanzó hasta situarse ante el rey, con expresión de asombro.

—¿Aceptas este cometido? —preguntó Brenin—. ¿Convertirte en mi paladín, defensor de mi carne, de mi sangre, de mi honor?

Halion hincó una rodilla en tierra.

—Lo acepto, mi rey —proclamó con voz clara y firme.

—Entonces, entrégame tu espada.

Halion se puso en pie, desenvainó y hundió la hoja en el suelo entre dos losas, donde quedó vibrando.

Brenin se extrajo un cuchillo del cinturón y, con un movimiento rápido, se hizo un corte en la palma.

Sostuvo el puño sobre la espada y la sangre goteó sobre la empuñadura y la cruz y resbaló por la hoja.

Hizo un gesto a Edana, que avanzó, cogió el cuchillo y se hizo un corte también, y dejó que su sangre se mezclara con la de su padre en la empuñadura.

Después Brenin entregó el cuchillo a Halion.

El guerrero lo sostuvo un instante, miró a Brenin y a Edana, y se hizo un corte en la mano; dejó que su sangre se uniera a la de ambos.

—Bien. Ya está —dijo Brenin.

Un clamor estalló en el Campo. Corban alzó el puño y gritó tan fuerte como el que más. Apenas podía creer el honor que Brenin acababa de conceder a Halion, que muchos aún consideraban un forastero. Mientras observaba, vio a Evnis acercarse unos pasos y susurrar algo al oído de Conall.

—Hay más —anunció Brenin, levantando la mano ensangrentada.

Poco a poco, la multitud guardó silencio. Brenin se volvió hacia Heb, que le entregó una pequeña cesta de mimbre.

—Envié un mensajero a Owain para informarle de la traición de Rhin y de la muerte de mi esposa. Esta es su respuesta.

Introdujo la mano en la cesta y extrajo una cabeza cercenada, que alzó para que todos la vieran.

—¡Así es como Owain trata a mi mensajero! ¡Preparaos para la guerra! —bramó el rey—. En menos de diez noches cabalgaremos hacia la batalla, primero contra Narvon y después contra Cambren.

Los vítores estallaron de nuevo, guerreros clamando el nombre de Brenin y lanzando gritos de guerra.

Por encima del fragor general resonaron los cuernos, cada vez más fuerte.

Al principio Corban creyó que formaban parte de la proclama de guerra, pero poco a poco el Campo fue enmudeciendo.

Los cuernos seguían sonando desde la muralla norte, no desde la guardia del rey.

Primero despacio, luego con mayor premura, los hombres se dirigieron hacia la muralla septentrional; Corban, Dath y Farrell entre ellos. Subieron los anchos escalones y miraron hacia la bahía.

Un barco de aspecto extraño entraba en ella, largo y estilizado, con los remos hundiéndose en el agua y alzándose como las patas de un insecto gigantesco. De uno de sus mástiles ondeaba un estandarte, un águila blanca sobre un fondo negro.