CAPÍTULO SETENTA Y TRES. CORBAN #2
—Cuando partimos, y te aseguro que salimos de allí a toda prisa, en Uthandun se estaba cociendo algo. Sonaban muchos cuernos. Y luego nos persiguieron. Pendathran lideró un grupo para enfrentarse a ellos, desde luego, pero sospecho que volverán cuando el rey Owain haya reunido a más guerreros.
—Craf nos ayudó —dijo Corban de pronto.
Brina rascó el cuello del cuervo, satisfecha.
—A veces puede resultar útil.
El silencio se instaló entre ellos y continuaron cabalgando en la noche.
Mucho más tarde, Corban divisó luces titilantes a lo lejos; eran antorchas. Habían alcanzado al resto del séquito de Brenin. Gwenith rompió a llorar al ver a Corban y a Cywen y los abrazó casi con la misma fuerza que Thannon.
Entonces un grito sobrecogedor desgarró la noche. Corban dirigió la mirada hacia la cabeza de la columna y vio a Brina inclinada junto a las parihuelas de Alona. El rey Brenin sostenía a su mujer entre sus brazos y Edana le cogía una mano, consumida por el dolor y el llanto.
Alona había muerto.
El viaje de vuelta a Ardan fue muy distinto al que los había llevado a Uthandun. Sobre todos ellos pesaba una sensación de temor y tensión.
No sufrieron ningún ataque más de Owain y, tras poco más de un día de dura cabalgada, dejaron atrás el Bosque Oscuro y divisaron el círculo de piedras de los gigantes, con las murallas de Badun a lo lejos.
Brenin convocó una reunión de su consejo al llegar a la ciudad.
Gethin abogó por la reconciliación con el rey Owain, aún con la esperanza de salvar el enlace entre Kyla y su hijo Uthan.
Brenin y Pendathran, en cambio, tenían la mirada puesta en la reina Rhin, aunque coincidieron en que Owain sería mejor aliado que enemigo.
Brenin redactó un pergamino para el rey de Narvon, en el que detallaba la muerte de Alona y la implicación de Rhin, y envió a un mensajero de vuelta al Bosque Oscuro por la Calzada de los Gigantes.
—Empieza a reunir tropas para la guerra —ordenó Brenin a Gethin al despedirse—. Haya guerra o paz con Owain, marcharé contra Rhin. Pronto.
Después partieron hacia Dun Carreg.
La primavera había llegado con la Luna del Nacimiento y la vida nueva era visible por doquier, en marcado contraste con el ánimo sombrío de la comitiva.
Corban se sentía exhausto y abatido cuando Dun Carreg apareció ante ellos, encaramada en su colina, con Havan a sus pies.
Los vítores de bienvenida de los aldeanos se tornaron pronto en lamentos cuando se conoció la muerte de Alona.
Corban vio a Dath en la multitud y le dedicó un saludo adusto con la cabeza; reparó en las miradas clavadas en Tormenta.
Nada se había dicho aún del regreso de la lobona, pues asuntos más urgentes ocupaban la mente de todos, pero Corban sabía que habría de rendir cuentas ahora que habían vuelto a Dun Carreg.
Rafe y Helfach, al menos, no dejarían el asunto en el olvido.
Confiaba en que la intervención de Tormenta en el rescate de las prisioneras bastara para permitirle regresar a la fortaleza, aunque el estado de ánimo de Brenin no permitía dar nada por seguro.
«No pienso renunciar a ella», pensó. Y, con el corazón encogido, atravesó de nuevo las murallas de Dun Carreg.
Corban se agachó para esquivar la espada de práctica de Gar, giró sobre el talón y se apartó con una media vuelta al mismo tiempo que asestaba un golpe de revés.
Gar lo desvió sin esfuerzo e insistió en su ataque.
Corban detuvo uno, dos, tres, cuatro golpes; cada impacto le estremecía el brazo, hasta que resbaló sobre la paja y la punta del arma de Gar quedó apoyada en su garganta.
Quiso decir algo, preguntarle por qué lo estaba presionando con tanta dureza, pero le faltaba el aliento para articular palabra. Se enjugó el sudor de los ojos, caminó hasta el barril de agua y hundió la cabeza entera. La sacó rociando el aire a su alrededor.
Se apoyó en el barril y observó a Gar unos instantes. El jefe de cuadras guardaba las armas de práctica en un viejo arcón, bajo un montón de arreos y aparejos. Desde que había vuelto del Bosque Oscuro estaba distinto: menos reservado, más resuelto, como si algo se hubiera despertado en él.
Corban parpadeó al pensar en el Bosque Oscuro. Apenas habían pasado veinte noches desde que se arrastraba por la orilla del arroyo. Se miró la mano, rememoró la sensación de la sangre caliente derramándose sobre ella y un escalofrío lo recorrió.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Gar, que se había acercado al barril y bebía con un cucharón.
—Ajá —murmuró Corban—. Solo recordaba. El Bosque Oscuro.
Gar asintió despacio.
—Eso es algo que un hombre nunca olvida: la primera vez que arrebata una vida en combate.
—Aún veo su rostro —dijo Corban—. A veces incluso creo percibir su olor.
—Sí —respondió Gar—. El recuerdo se atenuará, pero no te abandonará nunca, y no debe hacerlo. No del todo. Quitar una vida no es ninguna tontería. —Suspiró—. Lo hiciste bien, Ban. Me sentí orgulloso de ti.
Corban parpadeó y se sonrojó. Nunca había oído hablar así a Gar.
El jefe de cuadras lo observó largo rato, escrutándolo.
—Ya no eres el muchacho que perdió la espada de práctica en el Festival de Primavera.
Corban no pudo sostenerle la mirada.
—Por dentro me siento igual —dijo, golpeándose el pecho con los dedos—. En el Bosque Oscuro tuve miedo. Estaba aterrorizado. Todo ocurrió tan deprisa... No fui valiente. Él quería matarme, ¿qué otra cosa podía hacer?
—¿Qué otra cosa podías hacer? Muchas. Escucha, todos los hombres de aquel campamento sintieron el mismo miedo que tú.
Yo también. El valiente y el cobarde sienten lo mismo.
La única diferencia es que el valiente afronta su miedo; no huye.
—Lo miraba con una intensidad desconocida hasta entonces—.
Pudiste haber huido, y no lo hiciste. Pudiste haberte quedado oculto junto al arroyo, y no lo hiciste.
Te levantaste y cumpliste con tu deber. Eso es todo lo que es el valor.
No pediría más a ningún hombre, ni esperaría más.
—Casi sonrió—. Lo hiciste bien, Ban, muy bien.
Y, lo más importante, sigues con vida para contarlo.
—De esa parte me alegro —repuso Corban con ironía—. Dime, cuando estábamos junto al arroyo intenté desenvainar la espada, pero me detuviste. ¿Por qué?
—Ah. El sonido de una espada al salir de la vaina es el más familiar del mundo para cualquier guerrero. Si había un ruido capaz de delatarnos, era ese.
Tenía sentido. Corban se despidió del jefe de cuadras para volver a casa y desayunar antes de ir al Campo de los Serbales.
—¡Tu pierna parecía mucho mejor mientras corrías por el Bosque Oscuro y cuando después luchaste con los capas rojas! —gritó por encima del hombro.
Gar lo miró un instante.
—Hay días mejores y días peores —respondió con el rostro impertérrito, y le guiñó un ojo.
Corban nunca había visto tanta gente en el Campo de los Serbales.
Llegaban guerreros de todos los rincones de Ardan.
Desde que había regresado a Dun Carreg, había corrido la voz de lo ocurrido en Narvon, y pronto empezaron a presentarse hombres, primero de uno en uno o en pareja, y luego en grupos de treinta o cuarenta.
Todos sabían que el rey Brenin estaba reuniendo tropas para la guerra, aunque poco más había claro.
Cuando Dalgar llegara desde Dun Maen y trajera consigo la mayor hueste más allá de Dun Carreg y Badun, el grueso de la fuerza de Ardan estaría reunido.
Entonces, se decía, cabalgarían hacia Cambren para atacar a Rhin y cobrarse venganza por la muerte de Alona.
Aún no había noticias de Narvon; el mensajero enviado por Brenin no había regresado.
Corrían rumores que aseguraban que Owain había muerto, asesinado por Rhin; que Uthan había muerto; que Rhin había invadido las fronteras de Narvon.
Corban sacudió la cabeza. «Deja que Brenin se preocupe de eso», pensó mientras se acercaba a un armero.
Tormenta avanzaba a su lado, y muchas cabezas se volvían para mirarla mientras cruzaban el Campo. Todavía no se había hablado de ello, pero Brenin tenía preocupaciones más urgentes. Sin embargo, en algún momento le tocaría. Corban ya había oído cuchichear a Rafe y a Helfach.
Llegó al armero, eligió una gastada espada de práctica y un escudo y buscó con la mirada a Halion. Sopesó la espada de madera. «Ya falta poco», pensó.
Solo faltaban diez noches para su onomástica.
Sintió un cosquilleo nervioso en el estómago.
Su prueba del guerrero. Su Noche Larga. Thannon lo había tenido trabajando en la forja en su espada; primero habían discutido los detalles (longitud, peso, empuñadura), y luego había llegado el turno del trabajo arduo de fundir y forjar, martillar y templar.
Estaba casi terminada. Thannon le había prohibido acercarse a la forja los dos últimos días porque quería ocuparse él mismo de los últimos retoques.
También le había encomendado otro proyecto. Su padre deseaba un arma nueva y estaba forjando un martillo de guerra, semejante al del gigante que colgaba en la cocina de casa, pero más pequeño. Ese también estaba casi concluido.
—¡Aquí, muchacho! —gritó Halion alzando un brazo para que le viera.
Se abrieron paso entre la multitud hasta una zona del Campo con espacio suficiente.
Con el rabillo del ojo, Corban vio a Dath practicando con el arco, con Tarben detrás de él y Marrock y Camlin a un lado, observando.
El montaraz se había quedado en Dun Carreg e incluso parecía haber trabado cierta amistad con Marrock.
Tormenta se dejó caer al suelo con un suspiro y meneó la cola; sus ojos cobrizos seguían a Halion mientras este apuntaba a Corban con la espada de práctica.
—Vamos —dijo Halion, mirando de reojo a Tormenta—. Me alegra que haya aprendido la diferencia entre un ejercicio y un combate real.
Comenzó a repasar con él la técnica y luego se batieron, como con Gar, con una intensidad y una fuerza que no había mostrado antes del Bosque Oscuro.