Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO SETENTA Y TRES. CORBAN
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CAPÍTULO SETENTA Y TRES. CORBAN

CAPÍTULO SETENTA Y TRES

CORBAN

Corban vio unas figuras que se deslizaban entre los árboles delante de él y no tardó en alcanzar a Cywen.

Durante largo tiempo no hicieron sino avanzar; hacía ya rato que no oían sonidos de lucha.

Marrock marcaba el paso, con Alona en brazos; no dejaba que nadie más la cogiera.

En un momento dado, el cazador dio un traspié y estuvo a punto de dejarla caer, así que se detuvieron para recuperar el aliento.

Corban se sentó en el suelo junto a Cywen, le cogió la mano y se la apretó con suavidad.

Ella lo miró. Tenía el rostro mugriento y los ojos rojos.

—Creí que nunca volvería a verte —dijo con una sonrisa apenas perceptible.

—Tormenta nos condujo hasta ti —respondió él mientras la lobona empujaba a Cywen con el hocico.

—¿Cómo ha llegado hasta aquí? —preguntó Cywen, que tiró suavemente de una de las orejas de Tormenta.

—Nos siguió desde el Baglun. ¿Estás herida?

—¿Yo? No —murmuró Cywen. Las lágrimas le inundaron los ojos y rodaron por sus mejillas—. Ronan...

—Lo sé. Lo encontramos... —dijo Corban, pero no fue capaz de añadir nada más.

—Debemos continuar —dijo Marrock con Alona acurrucada en su regazo. La reina estaba pálida e inconsciente, con el cabello sudado pegado al rostro. Edana se había sentado a su lado, casi tan blanca como su madre, y le acariciaba la frente.

—No puedes llevarla en brazos hasta Ardan —dijo Gar.

—Puedo y lo haré —respondió Marrock.

—No. Nos retrasarás. Si nos están siguiendo, nos van a alcanzar.

Marrock fulminó con la mirada a Gar, pero no dijo nada.

—Hagamos unas parihuelas con las capas —sugirió el jefe de cuadras—. Entre dos será más fácil llevarla y estará más cómoda.

Marrock guardó silencio un instante y luego asintió con brusquedad.

Rápidamente hicieron unas rudimentarias parihuelas.

Marrock partió el asta de la flecha que sobresalía de la espalda de Alona y acomodó lo mejor que pudo a la reina; después reanudaron la marcha.

Corban iba en cabeza con Tormenta, y Marrock y Gar transportaban a Alona.

Avanzaron así durante largo rato. Gar volvía a cerrar la pequeña comitiva cuando alzó la voz.

—Alguien nos sigue.

Apretaron el paso y Corban sintió que el miedo regresaba y le revolvía el estómago.

—Se están acercando —dijo Gar.

Marrock maldijo, ordenó que se detuvieran y se dieron la vuelta para enfrentarse a sus perseguidores, formando una línea para proteger a Alona y a las jóvenes. Corban desenvainó la espada y tragó saliva.

El ruido de pasos apresurados sonaba cada vez más cerca y vislumbraron entre los árboles unas figuras que se movían deprisa.

De repente, Conall apareció ante ellos, sonriendo entre jadeo y jadeo.

Detrás de él surgieron Camlin y Halion. Aún quedaban en pie otros dos guerreros de Ardan cuando Corban había huido del campamento de los bandidos, pero ya no estaban.

—Para ser... un grupo de... mujeres, niños... y... lisiados, lleváis... buen... ritmo —farfulló Conall con las manos apoyadas en las rodillas.

Muy a su pesar, Corban sonrió.

—¿Os siguen? —espetó Marrock.

Halion negó con la cabeza.

—No lo creo. La lucha fue dura y dos de los nuestros cayeron. Solo vi a unos pocos enemigos huir. —Hizo una mueca—. No creo que regresen.

—Bien. —Marrock le dio una palmada en el brazo.

Descansaron un momento. Mientras se pasaban odres de agua y tiras de carne seca, Corban sintió cómo se disipaba su miedo y lo sustituía el agotamiento.

—Rhin pagará por esto —afirmó Edana, sentada junto a su madre y sosteniéndole la mano.

La reina respiraba con dificultad y tenía sangre en las comisuras de los labios.

—¿Qué quieres decir con Rhin? —preguntó Corban—. Ha sido Owain quien... —Se interrumpió y miró a Alona—. Vi a Morcant, el paladín de Rhin....

—Exacto —dijo Edana—. Rhin está detrás de todo esto. Las capas rojas eran un ardid para echar la culpa a Owain. Ignoro con qué intención, pero esto es obra de Rhin.

—Es verdad —terció Camlin, que había permanecido callado hasta entonces, bebiendo agua a pequeños sorbos de un odre un poco apartado de los demás.

—¿Para qué? —quiso saber Marrock.

—Quiere hacerse con Narvon y Ardan —respondió el montaraz—. Piensa que si Brenin y Owain intentan matarse entre sí le resultará más fácil arrebatarles los torques cuando hayan acabado.

—¿Y por qué te has puesto de nuestra parte? —dijo Marrock, que lo miraba con desconfianza.

Camlin sacudió los hombros.

—Yo no lo expresaría así. —Se rascó la barbilla—. Yo también acabo de enterarme de que Rhin movía los hilos. Y hay algo en todo esto que no me gusta. —Hizo una pausa—. Además, ese Morcant, el paladín de Rhin..., detestaba recibir órdenes de él.

Conall soltó una carcajada.

—¿Y por eso cambiaste de bando? —insistió Marrock, todavía ceñudo.

—Yo no estoy en ningún bando —replicó el montaraz—.

Salvo en el mío. Pero sí, por eso hice lo que hice.

Por eso y por ella —añadió señalando a Cywen—.

Morcant iba a matarla. —Sostuvo la mirada a Marrock—.

No apruebo que se mate a mujeres ni a niños.

Y tienes una lengua afilada, muchacha. Deberías empezar a pensar antes de hablar.

—Como si no se lo hubieran dicho nunca... —murmuró Corban a Gar.

Alona dejó escapar un gemido.

—Debemos llevarla de regreso a Ardan cuanto antes —dijo Halion.

—¿Por qué no a Uthandun? —preguntó Conall—. Está más cerca, y ahora sabemos que no ha sido Owain quien nos ha traicionado.

—No sabemos qué ocurrió cuando Pendathran regresó allí —dijo Marrock—. Mi tío no destaca por su diplomacia. Podría ser que Owain tuviera nuevos motivos para guardarnos rencor.

—Ir a Uthandun sería imprudente —murmuró Camlin.

—¿Por qué? —preguntó bruscamente Marrock.

—Por algo que dijo Braith. Creo que Rhin tenía más de una jugada preparada.

—Entonces debemos dirigirnos a Ardan —sugirió Gar.

—El viaje es largo —repuso Camlin con gesto sombrío—. Pero os guiaré, si confiáis en mí.

—¿Cuánto tardaremos? —preguntó Marrock.

—Depende. Podemos desviarnos hacia la Calzada de los Gigantes y avanzaríamos con buen ritmo, pero es posible que Owain la esté vigilando, o Rhin. Si marchamos en línea recta hasta Badun, cargando con ella todo el camino, quizá lleguemos en cinco o seis noches.

—Es demasiado —replicó Marrock.

Camlin se encogió de hombros.

—Si nos arriesgamos por la Calzada, reduciríamos el viaje a tres noches.

En ese momento, Tormenta alzó la cabeza y gimió. Corban percibió un movimiento entre las ramas y un batir de alas anunció la llegada de un cuervo viejo y desaliñado. El ave se posó en una rama justo encima de su cabeza y comenzó a croar.

—¿Craf...? —susurró Corban.

—Cor... ban —graznó el cuervo—. Cor... ban.

—Por los dientes de Asroth... —musitó Camlin, pálido—. ¿Ese cuervo sarnoso acaba de hablar?

—Ajá —dijo Corban. Se le dibujó una sonrisa—. Es Craf, el cuervo de Brina.

—Brina, Brina, Brina... —repitió Craf saltando de una pata a otra.

—Debe de haberlo enviado a buscarnos.

—Seguid, seguid, seguid, seguid... —insistió el cuervo; luego batió las alas y se posó en otra rama, a unos treinta pasos—. ¡SEGUID!

—Tiene la paciencia de Brina —ironizó Corban.

El pequeño grupo se organizó con rapidez y echó a andar tras Craf.

El resto del día transcurrió así, siguiendo al cuervo que revoloteaba delante de ellos e iba posándose en las ramas para esperarlos.

Corban perdió por completo la noción del tiempo y del espacio, pero, cuando el crepúsculo empezaba a caer, Camlin les informó de que habían recorrido una distancia considerable y ya estaban cerca de la Calzada de los Gigantes.

—Ese viejo cuervo no piensa detenerse —dijo Marrock mirando cómo Craf se internaba en la penumbra.

Siguieron caminando, ahora con Camlin al frente, y no tardaron en llegar a la carretera.

Entre los árboles se vislumbraba el cielo, tachonado de las primeras estrellas.

Apretaron el paso y continuaron a oscuras hasta que oyeron la llegada de caballos.

Abandonaron a toda prisa la carretera, pero entonces Edana echó a correr llamando a Brenin, que encabezaba la columna con Pendathran a su lado.

Corban y los demás salieron de su escondite entre los árboles.

Marrock y Halion llevaban a Alona en las parihuelas.

Una veintena de guerreros montados pasó junto a ellos y formó una línea a lo ancho de la carretera.

Otros los rodearon, saltaron de la silla de montar y dieron voces.

Corban de repente se sintió extenuado y mareado.

Thannon apareció a su lado y se fundió en un abrazo con él y con su hermana.

Corban levantó la mirada y vio lágrimas en las mejillas del herrero; también había lágrimas en sus propios ojos y en el rostro de Cywen.

Thannon volvió a apretarlos contra su pecho, casi sin dejarles respirar, y los besó y les revolvió el pelo.

Cuando se separaron, Thannon agarró a Gar por el brazo en el saludo de guerrero, lo abrazó y le dio fuertes palmadas en la espalda.

Corban miró alrededor y vio a Brina arrodillada junto a Alona, y a Craf posado en el arzón de su silla de montar.

Varios guerreros improvisaron unas parihuelas más firmes y enseguida estuvieron todos montados en caballos.

El grupo de rescate había llevado monturas de más.

La columna se puso en marcha y enfiló la Calzada de los Gigantes.

Brina retrocedió para cabalgar al lado de Corban y Cywen; sonrió al ver a Tormenta trotando al lado de Escudo.

—¿Alona se pondrá bien? —preguntó Corban.

A Brina se le borró la sonrisa.

—Está grave —respondió la curandera, sin concretar más—. Es posible. Si estuviéramos en mi cabaña tendría más esperanzas. Ya veremos. Pero me alegra verte vivo. Al parecer, estás desarrollando un talento especial para encontrarte en el lugar equivocado en el momento equivocado.

Corban hizo una mueca y le narró lo sucedido.

—Así que Rhin, ¿eh? —Brina reflexionó después de oír su relato—. Me parece que aquí se está lanzando más de un dado.

—¿Qué quieres decir?