CAPÍTULO SETENTA Y DOS. CORBAN #2
Reanudaron la marcha. Corban distinguió figuras moviéndose en torno al resplandor de una pequeña hoguera; oyó el tintineo del metal y conversaciones apagadas mientras el campamento empezaba a despertar.
Llevó instintivamente la mano a la espada que le colgaba del cinturón, pero Gar le sujetó la muñeca y negó con la cabeza.
Desde más allá de la hoguera les llegaron voces más altas.
Corban escrutó el campamento unos instantes y distinguió a un grupo de hombres con capas rojas reunidos ante un árbol de tronco ancho; otras figuras permanecían sentadas junto al tronco.
Vio a Alona, con Edana a su lado, y luego a Cywen.
Sintió que Tormenta se tensaba y la sujetó por el pelo.
La luz aumentaba poco a poco y los detalles se volvían más nítidos. Media docena de hombres se alzaba frente a las mujeres atadas; uno de ellos parecía dirigirse a ellas. Entonces oyó la voz de Cywen, clara y cortante. Estaba enfadada, furiosa; no cabía error. El corazón le dio un vuelco.
De pronto todo se precipitó. Uno de los hombres con la capa roja levantó la lanza y se abalanzó sobre Cywen. Otro asestó un espadazo al asta y la partió antes de colocarse delante de las mujeres. ¿Las estaba defendiendo? Aquel hombre le resultaba familiar.
Otro hombre desenvainó la espada.
Corban reconoció a ambos. El que había sacado la espada era Morcant, el paladín de Rhin, y el otro era Camlin, el bandido. Pero eso no tenía sentido.
—Preparaos —musitó Marrock.
Un grito estalló entre los árboles y Conall irrumpió desde la maleza, con una espada en una mano y un cuchillo en la otra, y hundió la hoja hasta la empuñadura en el cuerpo de un hombre con la capa roja.
Halion y los pocos que lo acompañaban salieron tras él y arremetieron contra los hombres del campamento.
Marrock maldijo y cruzó el arroyo de un salto seguido por sus guerreros.
Y entonces la locura se apoderó del mundo.
Corban trepó por la ribera y se quedó inmóvil un instante, con una mano en la empuñadura de la espada y la otra aún aferrada al pelaje de Tormenta. La espada de Gar salió de la funda con un siseo y el jefe de cuadras se plantó delante de él.
La frenética batalla se extendió en todas direcciones. Los hombres chillaban, proferían gritos de batalla y morían. Entre Corban y las prisioneras se interponía ahora una masa convulsa de carne, hierro, cuero y sangre que se las tapaba.
Varios hombres de capa roja yacían en el suelo, abatidos en la primera embestida, pero los demás reaccionaron con rapidez y contraatacaron con la ferocidad de quien se siente acorralado.
Mientras intentaba comprender el caos que se desplegaba ante él, Corban tuvo la sensación de que aún había más capas rojas que grises.
Vio caer a uno de los hombres de Marrock —no alcanzó a distinguir cuál— con una lanza clavada en el vientre. Marrock estampó la empuñadura de la espada en la cara del lancero, pero enseguida dos hombres de capa roja se abalanzaron sobre él y Corban lo perdió de vista.
Corban sacó la espada y sintió el peso excesivo y desconocido del arma en la mano. Por un momento no supo qué hacer. Dio un paso vacilante hacia el tumulto.
—¡No! —bramó Gar.
—Pero, Cywen... —Corban se quedó quieto. Una parte de él sentía que tenía que hacer algo; sin embargo, otra parte se contentaba con mirar. Su valor hacía equilibrios por el alambre. Dudó, pero la decisión dejó de estar en sus manos.
Un grupo de bandidos los había visto y corría hacia ellos. Eran cuatro, quizá cinco.
Gar avanzó unos pasos y alzó la espada con ambas manos justo antes de que se les echaran encima.
Desvió la punta de una lanza dirigida a su pecho y la hundió en el suelo, y el hombre que la empuñaba hizo un sonido sordo cuando el hierro de Gar le abrió un tajo en la garganta.
Acto seguido, Gar se agachó y propinó un mandoble en las costillas del siguiente bandido.
Corban se dio cuenta de que todo lo que había visto de Gar durante los entrenamientos no era más que un atisbo de lo que era capaz de hacer. Contemplarlo resultaba casi hermoso.
Tormenta, con los músculos tensos, se lanzó como una exhalación, se coló por debajo de la guardia de un guerrero antes de que este pudiera reaccionar y le destrozó el torso con las garras mientras le arrancaba la cara a mordiscos.
Otro hombre intercambiaba golpes con Gar; se notaba que conocía su oficio, aunque apenas lograba mantenerse con vida ante la implacable lluvia de ataques de Gar, quien convertía sin esfuerzo cada acometida rechazada en un nuevo asalto.
Un guerrero pasó junto a Gar y Tormenta y cargó hacia Corban con la espada en alto.
Corban dio un paso atrás y bloqueó instintivamente un espadazo descendente.
La violencia del impacto le entumeció el brazo.
Al mismo tiempo se echó a un lado y giró sobre el talón para dejar que el guerrero pasara de largo.
Pensó en devolver el golpe por la espalda demasiado tarde, pues el hombre ya se daba la vuelta para arremeter de nuevo.
Corban bloqueó uno, dos, tres golpes, retrocediendo a cada envite; se sentía torpe y el pánico le nublaba la mente.
Saltaban chispas de las espadas al chocar.
Tormenta gruñó a su espalda y los ojos del guerrero se desviaron de los suyos al ver a la lobona detrás de Corban, que aprovechó la distracción para atacar y sintió cómo su hoja atravesaba el cuero hervido y se hundía en el vientre de su oponente.
Tiró hacia atrás y la sangre se precipitó por su mano y su brazo.
El guerrero se desplomó de rodillas, mientras se apretaba la herida.
Corban oyó un grito que parecía muy lejano y se dio cuenta de que era su propio alarido arrebatado.
Tormenta apareció de nuevo a su lado y gruñó al muerto; le goteaba sangre de los dientes.
—¿Estás herido? —le llegó una voz a través de la niebla, pero Corban solo podía mirar la figura tendida en el suelo. Tan inmóvil.
—Ban, ¿estás herido? —insistió la voz, más alta, más urgente.
Una mano le aferró el hombro y le dio la vuelta. Era Gar; la mirada del jefe de cuadras tenía una expresión feroz.
—No... —respondió Corban, negando con la cabeza.
—Bien —se limitó a decir Gar.
Corban dirigió la vista detrás de Gar y vio al resto de sus atacantes muertos; uno de ellos con la garganta desgarrada por Tormenta, y los otros tres, abatidos por Gar.
Más allá, la batalla continuaba, aunque quedaban menos hombres en pie.
Pudo vislumbrar a las mujeres, aún atadas al árbol; un pequeño grupo de guerreros combatía a su alrededor.
—Cywen —dijo Corban, y echó a correr antes de que Gar pudiera reaccionar. Rodeó los distintos duelos y avanzó con rapidez entre los árboles.
Halion y Conall luchaban ante las prisioneras y el suelo a sus pies estaba sembrado de cuerpos.
Un hombre combatía junto a ellos: Camlin.
El bandido desvió una lanzada y con la espada cortó la cuerda que ataba a las mujeres al árbol, que permanecieron inmóviles, aturdidas, durante un instante, y finalmente se pusieron en pie.
Halion se medía con un guerrero alto y de hombros anchos. Corban contuvo el aliento en cuanto lo reconoció.
Braith.
El montaraz dio un paso atrás para salir del alcance de Halion y echó un vistazo primero al campamento y luego a su brazo ensangrentado. Gritó algo, pero sus palabras se perdieron en el fragor del combate.
Corban salió disparado, con Gar y Tormenta pisándole los talones, y logró abrirse paso hasta Cywen y Edana. Las jóvenes contemplaron la carnicería con los ojos desorbitados mientras Corban aserraba las ligaduras que les sujetaban las manos. Cywen se abalanzó sobre él y lo abrazó con fuerza.
Se volvió al oír unos gritos a su espalda y vio que un puñado de bandidos huían del campamento, entre ellos Braith y Morcant.
Marrock llegó con Halion y Conall y rodearon a las mujeres. Marrock sostuvo a Alona y le sonrió. Ella le devolvió la sonrisa, lo abrazó y le dio un beso en la mejilla.
De los doce guerreros de Ardan que Marrock había escogido, solo cuatro seguían con vida. Halion hizo una seña a Conall y ambos se desplazaron hasta el borde del campamento, escrutando los árboles en la dirección de los fugitivos.
Corban cayó entonces en la cuenta de que Camlin seguía allí, con expresión desconcertada. Marrock levantó la espada.
—¡No! —gritó Alona—. Este hombre nos ha salvado. Iban a matar a Cywen. Él la protegió..., nos protegió.
Marrock frunció el ceño, con la espada aún en alto.
—¿Por qué?
Camlin era un cúmulo de dudas.
—Eso mismo me pregunto yo —dijo—. Simplemente ocurrió.
—Estoy en deuda con él —aseveró Alona.
—Entonces, ¿qué hacemos con él? —preguntó Marrock.
—¡Vuelven! —gritó Halion desde la linde del bosque.
Se oyó un zumbido. Alona se tambaleó y se derrumbó contra un árbol con una flecha clavada en la espalda. Edana chilló.
—¡Salgamos de aquí! —bramó Marrock. Se echó a Alona al hombro y se internó corriendo en el bosque.
Edana y Cywen lo siguieron a trompicones.
Camlin permaneció un instante inmóvil y luego siguió a Conall, que salió disparado hacia donde estaba su hermano.
Corban vaciló mientras observaba con atención en dirección al combate.
Cuando atisbó a Halion entre los árboles, se internó en las sombras del bosque tras las jóvenes, con Gar y Tormenta pegados a él.