CAPÍTULO SETENTA Y DOS. CORBAN
CAPÍTULO SETENTA Y DOS
CORBAN
Las ramas fustigaban la cara de Corban y le dejaban líneas rojas en la mejilla. Maldijo entre dientes y se secó el sudor de los ojos.
Corría impulsado por la desesperación a través del bosque, con Marrock al lado. Tormenta iba una docena de pasos por delante, con el hocico pegado al suelo.
No sabía cuánto tiempo llevaban así, pues las copas de los árboles ocultaban el sol, pero le ardían los músculos de las piernas, tenía la espalda empapada en sudor y la garganta seca.
Elevó una plegaria a Elyon para que encontrasen pronto a su presa; tras la súplica llegó el miedo.
¿Y después qué? ¿Una batalla? Apretó los dientes.
«Cywen está por ahí. No me dejaré dominar por el miedo. »
Marrock lo miró de reojo y le dedicó una sonrisa tranquilizadora.
—Lo estás haciendo bien, muchacho —murmuró.
—Bah —resopló Corban.
—¿Qué hace tu lobona aquí? —preguntó el cazador.
—Nos siguió... Me siguió desde Dun Carreg —jadeó Corban—. Lo descubrí después. —Volvió a pasarse la mano por la cara para secarse el sudor—. No la podía dejar sola aquí, en el Bosque Oscuro... —Dejó la frase sin terminar, incapaz de encontrar las palabras para expresarlo mejor.
Marrock asintió.
—Imaginé que podría pasar algo así —confesó—. Tú eres su manada. Es lógico que te buscara.
—Solo quería darle algo de comer —se justificó Corban.
—Ha sobrevivido bastante tiempo sin que la alimentaras —señaló Marrock—. Han pasado, ¿qué?, tres lunas desde que la dejaste en el Baglun.
—Sí.
—Entonces ha aprendido a cazar, pues no habría podido llegar aquí sin comer —añadió, mientras miraba a Corban de soslayo—. Aunque, bien pensado, ha contado con algo de ayuda.
—¿Ayuda? ¿Qué quieres decir?
—He visto a tus amigos darle carne.
—¿Eh? ¿Qué amigos?
—Farrell era uno de ellos. El otro es del pueblo, creo. Un chico bajito y flaco.
«¡Dath!»
—No lo sabía —murmuró Corban.
—Estás rodeado de buenos amigos —dijo Marrock—. Leales.
Corban miró por encima del hombro hacia Gar, que cerraba la marcha del grupo.
—Lo sé.
—De un hombre se puede saber mucho por la compañía que frecuenta, por sus amigos..., y por sus enemigos —añadió Marrock.
Tormenta aminoró de pronto el paso y pegó más el cuerpo al suelo, con las orejas aplastadas contra el cráneo y agitando la cola.
Marrock alzó la mano y la columna se detuvo.
—Quédate atrás, muchacho —ordenó—. Si hay combate, busca a Gar.
Corban asintió, pero avanzó de todos modos; quería llegar hasta Tormenta. Al posar la mano sobre su lomo, notó cómo un gruñido le empezaba a crecer en el pecho.
Los guerreros los rebasaron por ambos lados. La tensión era palpable. Gar apareció junto a él y eso lo tranquilizó.
Marrock se había adelantado una docena de pasos y no despegaba la mano de la empuñadura de la espada mientras escrutaba el bosque. Se quedó inmóvil un instante y luego echó a correr. Los demás se congregaron en torno a él. Corban y Gar permanecieron detrás del grupo.
El suelo estaba pisoteado y encontraron varios cadáveres entre la maleza, dos con la capa roja y uno con la capa gris. Marrock se arrodilló junto a otro cuerpo que yacía apartado de los demás, también con la capa gris. Tenía un tajo en el cuello.
Corban sintió que se le revolvía el estómago al reconocerlo.
Era Ronan.
Los guerreros se pusieron a explorar los alrededores. Conall se agachó y recogió un cuchillo del suelo. Se lo mostró a Marrock.
—Es de Cywen —afirmó Corban.
—¿Estás seguro, muchacho? —preguntó Halion.
—Es suyo. Seguro. Es uno de sus cuchillos arrojadizos.
—Peinad la zona —ordenó Marrock.
Mientras la docena de hombres se desplegaba, Corban se arrodilló junto al cuerpo de Ronan.
Lo recordó riendo con ellos, tomándole el pelo Cywen, siempre protegiendo a Edana.
Las lágrimas le nublaron la vista. Vio la espada de Ronan en el suelo y la recogió, le colocó la empuñadura en la mano y le dobló los dedos ya rígidos en torno a ella.
Gar le posó una mano en el hombro. Corban se enjugó los ojos y se puso en pie.
—Siguen vivas —dijo Marrock cuando los hombres se reunieron de nuevo a su alrededor—. De eso estoy seguro. Aquí las capturaron, creo. El rastro se desvía de la dirección que llevaban y gira hacia el este. Debemos continuar.
El cazador miró a Corban, que susurró algo a Tormenta y esta reanudó la marcha con el hocico pegado al suelo.
Avanzaron deprisa, al ritmo que marcaba la lobona. Sabían que se estaban acercando y cada vez había más tensión en la columna.
Aun así, tras lo que a Corban le pareció una eternidad, el bosque empezó a oscurecerse y no habían hallado nuevas pistas de su presa. Marrock dio el alto y Corban bebió agua de su odre.
—Pronto será de noche —dijo Marrock a los guerreros reunidos—.
Aquellos a quienes seguimos acamparán y se dispondrán a pasar la noche, pero nosotros tenemos la opción que nos brinda el olfato de esta lobona.
Podemos hacer lo mismo, acampar y continuar al alba, o seguir el rastro durante la noche.
Yo soy partidario de seguir avanzando para reducir la distancia que nos separa de ellos —añadió—, siempre que lo podamos hacer en silencio.
Las cabezas asintieron en torno a él. Marrock esbozó una sonrisa adusta y la cicatriz le torció la boca.
—Bien. Corban, guíanos.
Se pusieron en marcha bajo la luz cada vez más tenue del atardecer, ahora con mayor cautela, con Tormenta trotando unos pasos por delante.
Corban tropezó de nuevo cuando se le enredó la bota en las zarzas que cubrían el suelo. Marrock lo agarró para que no se cayera.
Llevaban ya mucho tiempo caminando en la oscuridad. Tormenta era una mancha blanca a unos diez pasos por delante. De pronto se detuvo y Corban estuvo a punto de chocar con ella. La columna de guerreros se detuvo detrás de él.
—¿Qué ocurre? —susurró Marrock.
Tormenta no se movía. Permanecía medio agazapada, con las orejas tiesas y la mirada fija en la oscuridad. Sus labios replegados componían un gruñido silencioso, y el pelo del lomo erizado era una cresta rígida entre sus hombros.
—Creo que hay alguien ahí —dijo Corban en voz baja—. Más adelante.
Marrock retrocedió por la fila y regresó al poco con Conall y Halion. Sin decir palabra, ambos se internaron entre la maleza, uno a cada lado de la lobona, y desaparecieron en la oscuridad.
Corban se agachó junto a Tormenta y aguzó el oído.
La espera se le hizo eterna; solo oía los latidos de su propio corazón, el rumor de hojas y ramas encima de su cabeza y la respiración lenta de Marrock detrás de él.
Pero entonces oyó algo más, o eso le pareció.
Un golpe sordo. Volvió a forzar el oído, pero no se repitió.
Un momento después, una figura surgió delante de él, una sombra más densa en la oscuridad. Era Conall, que regresaba arrastrándose por el suelo.
—Viene bien tener esta lobona cerca —dijo en voz baja a Marrock.
—¿Había alguien?
—Pues sí. Un hombre con capa roja, de guardia. Ahora tiene una sonrisa roja a juego con la capa. Halion está ocultando el cuerpo.
Marrock hizo una señal para que los demás se acercaran.
—El campamento no puede estar lejos —les explicó—. Hemos matado a un centinela.
Halion emergió de la negrura en ese momento y asintió con la cabeza.
—Esperaremos aquí hasta el amanecer —continuó Marrock—. Falta poco, y no quiero irrumpir en su campamento a ciegas.
Se acomodaron entre la maleza. Corban se apoyó en Tormenta y la lobona le acarició la mano con el hocico.
—Buena chica —susurró, y le tiró con suavidad de una oreja.
Gar se sentó a su lado.
—Cuando empiece la lucha, no te separes de mí.
—Cywen está ahí.
—No usarán palos de madera, Corban. Cuando salga el sol, morirán hombres. Quédate a mi lado, por favor.
Corban no respondió. Pensó en los cuerpos del claro, en Tull, en Ronan tendido en el bosque. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Cerró los ojos y apoyó la cabeza contra el costado de Tormenta.
Se despertó sobresaltado cuando Gar le sacudió el hombro con suavidad. Tormenta le lamió la cara y le apretó los colmillos contra la mejilla.
El bosque había adquirido un tono grisáceo. Una claridad pálida se filtraba entre las copas, como un halo que empezaba a abrirse paso.
—Es la hora —anunció Gar, que señaló a Marrock, reunido ya con los demás.
Corban se levantó con rigidez y se acercó al grupo. El miedo regresó de golpe. Las palabras de Gar resonaron en su cabeza: «Morirán hombres.» Tragó saliva. Por un instante deseó estar en cualquier otro lugar. Luego lo asaltó la vergüenza. Cywen estaba ahí.
Conall regresó con un cuchillo ensangrentado.
—El siguiente centinela no verá gran cosa —informó a Marrock.
—Nos dividiremos en dos grupos —explicó Marrock a Corban—. Yo lideraré uno y Halion el otro. Estoy pensando que tú deberías quedarte aquí y esperarnos.
—¿Qué? ¡Pero Cywen está ahí! —soltó Corban.
—Si estamos aquí es gracias a él —terció Halion—. Se ha ganado el derecho a hacer algo más que quedarse aquí como un crío.
—Ajá —reconoció Marrock a regañadientes.
—Y su lobona podría sernos útil —añadió Halion.
Marrock examinó a Corban un instante y asintió.
—Está bien. Vendrás conmigo, Corban.
Se pusieron en marcha de inmediato.
—Espera mi señal —dijo Marrock a Halion antes de separarse.
Halion condujo a los suyos hacia la izquierda y Marrock hacia la derecha. Corban se mantuvo pegado al último guerrero. Tormenta avanzaba junto a él y Gar inmediatamente detrás.
Un sonido distinto empezó a imponerse al murmullo del bosque.
Agua corriente. Cada vez más nítido. Enseguida llegaron a un arroyo ancho y oscuro y torcieron para seguirlo.
Avanzaron despacio, casi en absoluto silencio, entre espesas espadañas y juncos altos.
De pronto oyeron un chapoteo en el agua —un topillo, o quizá una rata asustada por su presencia— y todos se quedaron clavados en el sitio. Corban contuvo la respiración.
De repente estaba aterrorizado y le sudaban las manos. «Morirán hombres.» Inspiró hondo, temblando, y musitó una plegaria a Elyon.