Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO SETENTA Y UNO. CAMLIN
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CAPÍTULO SETENTA Y UNO. CAMLIN

CAPÍTULO SETENTA Y UNO

CAMLIN

—Acamparemos aquí —anunció Braith, que se había detenido en un claro.

Habían caminado sin descanso hasta la puesta del sol.

Camlin iba detrás de las tres mujeres mientras avanzaban por el bosque.

Las prisioneras no habían dado problemas y apenas habían hablado, siempre con la cabeza baja...

, salvo la que Cicatriz había abofeteado.

Esa no dejaba de clavarle la mirada en la espalda y su furia casi se podía tocar.

Braith ordenó a las mujeres que se sentaran con la espalda apoyada contra el tronco de un castaño y las ataron al árbol y unas a otras.

Camlin se fijó en los hombres que preparaban el campamento sin conseguir sacudirse el abatimiento que lo embargaba.

De la veintena de los viejos compañeros de la banda que habían bajado de las colinas con Braith solo quedaban ocho, él incluido.

Los nuevos no habían corrido mejor suerte, ya que solo una docena se movían ahora alrededor del fuego y el arroyo.

Ocho yacían muertos en la hierba del claro.

Se sentó en las sombras, fuera del alcance del fuego, apoyado en un árbol, y se puso a afilar la espada con una piedra.

Tenía un mal presentimiento, un cosquilleo persistente en el estómago y una sensación de angustia que no hacía sino aumentar.

Braith les había dicho que se trataba de un secuestro.

Debían matar a la escolta, llevarse a las muchachas, ponerse las capas rojas de Narvon para despistar y luego sacarle a Brenin una buena bolsa de monedas.

Sonaba bien: dinero y una buena ración de venganza. Pero algo le olía mal.

Braith nunca le había dado una respuesta clara sobre quiénes eran los nuevos ni de dónde habían salido.

Y con el paso de los días había empezado a inclinar la cabeza ante Cicatriz más de la cuenta, como si el verdadero jefe fuera él.

Y hoy había quedado claro que Cicatriz conocía al hombretón; le había llamado Tull.

Es más, al parecer tenían cuentas pendientes.

Y luego se había mencionado a la reina Rhin.

Camlin no tenía nada contra ella; sus problemas eran Brenin y Owain, pero la idea de obedecer órdenes de cualquier rey o reina le revolvía el estómago.

Empezaba a sentirse utilizado, y eso no le gustaba nada.

Y luego estaba la cría, la de los cuchillos en Dun Carreg. La habían atado a un árbol y no despegaba los ojos de Cicatriz, como si quisiera atravesarlo con la mirada.

Él no iba a matar a mujeres ni a críos. Y Braith lo sabía.

Más tarde, cuando vio a Braith internarse entre los árboles, Camlin lo siguió en silencio; esta vez fue precavido y levantó las manos. No le apetecía acabar con una flecha clavada en el pecho.

Braith le saludó con la cabeza, pero no dijo nada. Permanecieron un rato frente a frente, en silencio. Al final, Camlin habló:

—¿Qué está pasando, Braith? Oí lo que dijo ese hombretón en el claro.

Conocía a Cicatriz. Y todo eso que se comentó sobre Rhin...

—Se pasó la mano por el pelo—. ¿Quién demonios es Cicatriz?

¿Y por qué lo tratas como si fuese el jefe?

Tú, que en todos los años que te conozco no has agachado la cabeza ante nadie.

Braith lo miró sin alterar el gesto.

—Te hemos seguido mucho tiempo, Braith. Yo más que nadie. Creo que me merezco que me cuentes la verdad.

—Igual sí. Es posible —reconoció Braith—. Cicatriz es la primera espada de Rhin. Se llama Morcant.

Camlin cruzó los brazos y aguardó a que continuara.

—En la aldea me preguntaste cuál era mi historia, ¿te acuerdas?

—Sí, claro.

—Pues bien, soy un hombre de Rhin. Siempre lo he sido.

Al menos desde que tengo memoria. El rey Owain mató a mi familia, a mis padres, por una disputa de fronteras.

Fue la gente de Rhin, en la aldea a la que te he llevado, la que me crio.

Rhin me envió aquí con la misión de infiltrarme entre vosotros.

Camlin había imaginado muchas cosas, pero nunca esa.

—¿Para qué? —preguntó estupefacto.

—Para sembrar la discordia entre Brenin y Owain. Rhin quiere sus tierras, Cam. Y las va a conseguir. Muy pronto.

—Así que esto... —dijo Camlin, señalando con la mano hacia el campamento—. ¿Esto no va solo de dinero y venganza?

—Claro que no. Estamos prendiendo la mecha de una guerra. Dentro de poco Ardan y Narvon se estarán degollando el uno al otro y la reina Rhin entrará al final para recoger lo que quede.

Después de tantos años de robos, incendios y asesinatos, Camlin debería haber sospechado algo así, o al menos no sorprenderse. En cambio, se sentía estúpido. Y traicionado. Había confiado en Braith.

En algún lugar del bosque, un zorro emitió un chillido que sonó como el grito de un crío.

—Podrías salir bien parado de esto, Cam —dijo Braith—. Podrías venirte conmigo. Pronto regresaré al lado de Rhin. Tienes buena cabeza, y en tiempos como estos siempre hacen falta hombres capaces de hacer nuestro trabajo.

Esperó su respuesta.

—¿Y si no lo hago? —preguntó Camlin.

—Entonces quédate aquí. Hazte con el mando, al menos por un tiempo.

Habrá botín fácil mientras los reyes Brenin y Owain estén distraídos.

Claro que, cuando Rhin intervenga, tendrás que buscarte otro oficio.

No va a permitir que gente como tú ande por sus tierras tomando lo que le apetezca cuando le apetezca.

—Dejó salir un carraspeo que no llegó a risa—.

Los tiempos cambian, Cam. O te adaptas o te pasan por encima.

Hemos pasado mucho juntos, tú y yo. Me enorgullecería tenerte a mi lado.

Le apretó el hombro.

—Hummm. —A Camlin, con la cabeza hecha un lío y conteniendo el impulso de sacudirse la mano de Braith, aquello no le gustaba nada.

Él estaba hecho para vivir en el Bosque Oscuro.

Siempre había tenido un jefe, claro, pero eso no era lo mismo que un rey o una reina que te manipulase como si fueses una marioneta.

La otra opción era quedarse en el Bosque Oscuro y convertirse en su propio jefe.

Eso tampoco le entusiasmaba. Y, si era verdad lo que Braith decía sobre Rhin, tampoco parecía una solución duradera.

—Entonces, ¿cuál es el plan ahora, Braith? —preguntó, con un tono neutro que le costó mucho mantener.

—El plan es cruzar el río con las mujeres, llevarlas a la aldea de las colinas y entregarlas a Rhin. Y cobrar —añadió sin inmutarse—. Después, la decisión es tuya.

—¿Y por qué no las habéis matado sin más? A las mujeres, me refiero. La esposa y la hija de Brenin muertas en el claro habrían sido la forma más rápida de provocar la guerra.

—Rhin quiere tener algo con lo que poder negociar, por si las cosas no salen como espera. Vivas o muertas, Brenin creerá que Owain está detrás. Por las capas rojas, claro.

—De acuerdo —aseveró Camlin—. No voy a participar en el asesinato de mujeres y críos, Braith. Ya te lo dejé claro en Dun Carreg.

—Sí, me lo dejaste claro.

—Y no pienso permitir que les pase nada.

—Permíteme que te aclare algo yo, Cam —dijo Braith con una nota de crispación en la voz—.

Formamos parte de algo mucho más grande.

El paladín de Rhin... No me asusta enfrentarme a ningún hombre, pero con ese no me precipitaría.

Lo he visto hacer picadillo a hombres. —Hizo una pausa—.

Por lo que sé, ninguna de esas mujeres corre peligro...

, salvo que intenten huir o se pongan a gritar como locas.

Pero quiero que entiendas una cosa: ahora mismo no estás en posición de dar órdenes a nadie.

Todavía no. Si decides ser jefe, perfecto.

Pero, por ahora, quien manda aquí es Morcant. Y después de él, yo. No lo olvides.

Camlin frunció el ceño en la oscuridad.

No dijeron nada más. Al cabo de un rato, Camlin regresó al campamento. Por el camino se desabrochó la capa roja y la dejó caer al suelo.

Camlin se despertó al amanecer. Una luz gris se filtraba perezosamente por las copas de los árboles y la niebla ascendía del arroyo en espirales densas que se deslizaban entre los hombres dormidos.

Miró al otro lado del fuego, hacia el árbol al que estaban atadas las mujeres, y vio que la muchacha del estanque lo miraba fijamente. Se levantó y se acercó.

—Te conozco —dijo ella en cuanto Cam pudo oírla.

Camlin no respondió y le alargó el odre de agua.

—Mis manos... —dijo ella arqueando una ceja.

Claro. Estaban maniatadas, además de ligadas entre ellas y al tronco. Acercó el odre a sus labios. Ella los mantuvo apretados un instante, sin apartar la mirada. Al tenerla tan cerca, Camlin distinguió los surcos que las lágrimas habían dejado en su rostro sucio y manchado de sangre.

—Bebe. Solo te perjudicarás a ti misma si no lo haces.

Ella lo fulminó con la mirada un segundo más, luego abrió la boca y bebió con avidez.

—Te conozco —repitió cuando acabó—. No eres uno de los hombres de Owain ni de Uthan.

—Será mejor que te guardes lo que sabes —le aconsejó Camlin, y pasó a la siguiente muchacha, que acababa de despertarse.

Dio de beber a todas las prisioneras. Dejó para el final a la mayor, Alona, la reina de Ardan.

—Gracias —dijo ella después de tomar un sorbo de agua.

Camlin le respondió con un sonido grave y permaneció en cuclillas a su lado.

—Debes saber que no saldréis bien parados de esto —añadió ella en voz baja—. Mi marido montará en cólera. Pero será agradecido, generoso con cualquiera que me ayude... que nos ayude —se corrigió, y miró hacia las muchachas que tenía a ambos lados.

—Yo no puedo hacer nada —respondió él—, salvo ofrecerle un trago de agua a una dama.

—Y agradezco tu amabilidad —respondió ella con una sonrisa triste.

—Tú —sonó una voz a la espalda de Camlin—. Apártate.

Camlin se puso en pie y vio a Morcant acercarse con zancadas firmes, seguido por dos de los suyos empuñando lanzas. Braith venía tras ellos.

—¿Qué estás haciendo? —espetó Morcant al llegar.

—Darles agua —contestó Camlin mientras mostraba el odre.

—¿Por qué? —preguntó Morcant con ojos de furia.

—He pensado que tendrían sed —dijo Camlin sin inmutarse—. Hoy nos espera una buena caminata.

El resto de la cuadrilla empezaba a despertarse. Camlin vio aproximarse a Cromhan, atento a la escena. Gochel echó a andar por el sendero para relevar al que estuviera de guardia.

—Perfecto. Ya has hecho tu buena acción. Ahora lárgate.

Camlin miró fijamente a Morcant y sintió que le hervía la sangre.

—Que yo recuerde —dijo despacio—, Braith es mi jefe. —Se frotó la barbilla—. Y las órdenes las recibo de él.

Después de lo que Braith le había confesado, con la herida de la traición aún reciente, ese imberbe que se pavoneaba y se daba aires de señorito empezaba a resultarle difícil de soportar.

Morcant deslizó la mano hacia la empuñadura de su espada.

—Anda, vete ya, Cam —intervino Braith, que se acercaba.

Cruzaron las miradas un instante. Camlin asintió y se marchó.

Morcant se agachó frente a las mujeres y las miró una a una.

—Nos espera una larga caminata —dijo—. No causéis problemas y no tendréis nada que temer. Pero si intentáis alguna tontería...

«Así que ahora se dedica a amenazar a mujeres y crías», pensó Camlin.

Regresó junto a Braith y se plantó a su lado, con los brazos cruzados.

Sabía que no era prudente: si Braith temía a Morcant, no había hombre que no debiera hacerlo.

Pero no se fiaba de él. Sin venir a cuento, acudió a su mente el recuerdo de su madre y de Col, tendidos sin vida uno junto al otro en el patio de su casa.

Echó un vistazo alrededor y sacudió la cabeza, como si pudiera espantar la imagen. Le asaltó la preocupación al darse cuenta de que Gochel ya debería haber vuelto.

—Rhin nunca se saldrá con la suya —dijo Alona.

—Ya lo ha hecho —repuso Morcant con una sonrisa torcida—. Y ahora compórtate, majestad. Ahórrate ese tono altivo, si eres tan amable. Recuerda que eres mi prisionera y que os llevaré sanas y salvas a Cambren. A ti y tu cría. —Le dedicó una sonrisa a Edana.

—Qué valiente eres, ¿no? —terció Cywen—. Amenazando a mujeres. A mujeres atadas.

Morcant bajó la vista hacia ella.

—¿Y tú quién eres?

—Desátame y veremos si sigues siendo tan valiente —respondió Cywen, con rabia.

Algunos de los hombres del campamento soltaron una risotada.

—Te he preguntado que quién eres. ¿Cuál es tu linaje?

—Mi padre es herrero en Dun Carreg. Y te matará cuando te encuentre.

—Ah, ahí está el problema —dijo Morcant, manifiestamente satisfecho—.

Dudo mucho que llegue a encontrarme. Y tú no me sirves de nada.

Es más, eres una carga, una boca más que alimentar, otra persona a la que vigilar.

Y, para colmo, me resultas insoportable.

—Se volvió a uno de los guerreros que lo acompañaban—. Mátala.

El hombre no había calado aún la lanza cuando Camlin se puso en movimiento y desenvainó la espada; partió el asta en dos de un espadazo y se colocó delante de la muchacha.

—Déjala en paz —se oyó decir.

Morcant sonrió y también desenfundó la espada.