CAPÍTULO SETENTA. CYWEN
CAPÍTULO SETENTA
CYWEN
Cywen parpadeó para expulsar el sudor de los ojos y se tropezó al engancharse con la raíz de un árbol. Ronan extendió la mano y la sostuvo antes de que cayera.
—No te pares —dijo el joven guerrero, que iba echando un ojo por encima del hombro.
Detrás, el bosque estaba vacío, o al menos lo parecía.
Llevaban corriendo lo que se le antojaba una eternidad.
Cywen había perdido toda noción del tiempo, pero juraría que había oscurecido y que las sombras eran más densas.
¿Estaba anocheciendo? «De noche será más seguro.
Será más difícil seguir nuestro rastro, ¿no?
» Miró a Ronan; tenía el cabello rojo empapado en sudor y pegado a la cabeza, y el rostro demacrado por la preocupación.
Asintió y obligó a sus piernas a moverse; le ardían los pulmones.
Edana iba apenas unos pasos por delante, deslizándose entre la maleza espesa, y Cywen intentó apretar el paso para alcanzarla.
Su mundo se redujo al espacio inmediato ante ella; a concentrarse en cada pisada, en sortear las rocas cubiertas de musgo, en no perder a sus compañeros.
No daba crédito a lo que había sucedido. ¿Qué planes tenía el rey Owain? ¿Se proponía conquistar Ardan? ¿Y qué sería de los que aún estaban en Uthandun: ¿el rey Brenin, su madre y su padre, Corban, Gar...?
La idea de que murieran, de no volver a verlos, le cayó como un mazazo. Sintió náuseas y dio un traspié. Las figuras a las que seguía aminoraron el paso hasta detenerse. Como a ella, les faltaba el aliento para hablar.
Ronan y el otro guerrero, recordó que se llamaba Ised, intercambiaron unas palabras en susurros apremiantes; Ised señaló hacia dentro del bosque.
—¿Creéis... que... nos... seguirán? —preguntó Edana, entre jadeos.
Ronan se mordió la lengua y no respondió.
—Por supuesto —dijo la reina Alona—. Owain ha cruzado una línea. Ya no dará marcha atrás. La oscuridad es nuestra mayor esperanza; si conseguimos mantenernos por delante de ellos, alcanzar la carretera...
En el bosque, por donde habían venido, los pájaros prorrumpieron en graznidos.
—Será mejor que nos movamos —dijo Ronan—. Ised conoce los bosques; debería guiarnos él. Yo solo conseguiría que nos perdiéramos. —Hizo un intento de sonrisa—. Yo cubriré la retaguardia.
Ised partió el primero, con Alona y Edana pegadas a él. Mientras Cywen recobraba el aliento y reunía fuerzas, Ronan le aferró la muñeca.
—Si hay pelea, quédate cerca de mí. He jurado lealtad a Edana, pero yo... —Bajó la mirada—. No permitiré que te pase nada. No te separes de mí.
Cywen sonrió. A pesar de que estaban en medio del Bosque Oscuro, con la muerte echándoles el aliento en la nuca, la invadió una felicidad súbita. Se inclinó hacia él y le rozó la mejilla pecosa con los labios.
—No pienso hacerlo —se negó, y echó a andar tras los demás.
Siguieron avanzando trabajosamente, hasta que Cywen advirtió un movimiento con el rabillo del ojo y oyó un estrépito de pasos.
—Corre —siseó Ronan, y la empujó hacia delante.
El pánico se apoderó de ella y apretó el paso. Sus perseguidores les daban alcance. Todos corrieron más deprisa, pero el estruendo de la persecución no paraba de crecer. Cywen tanteó el cinturón hasta que encontró las empuñaduras de sus dos últimos cuchillos.
—No hay nada que hacer —dijo Ronan—. Los tendremos encima en cualquier momento.
Ised oyó a Ronan y se detuvo ante el grueso tronco de un olmo.
—Pues aquí les haremos frente —anunció, respirando agitadamente.
—Vienen por detrás —masculló Ronan.
Ambos desenvainaron las espadas y se colocaron uno junto al otro, encarando las sombras.
Cywen sacó un cuchillo y miró fugazmente a la reina Alona y a Edana.
Un movimiento captó su atención, una figura que se les venía encima a toda prisa. Apuntó y arrojó el cuchillo; lo oyó clavarse con un golpe seco en la madera. Maldijo entre dientes y empuñó el último.
Entonces estalló el caos.
De la oscuridad irrumpieron unos guerreros que se lanzaron hacia Ised y Ronan. Un hombre gritó y cayó a los pies de Ronan; su cabeza sin vida quedó muy cerca de Cywen, que miró largamente esos ojos apagados.
Ised gruñó y clavó una rodilla en el suelo, y casi en el mismo momento una hoja le hizo un tajo en el cuello y su cuerpo se derrumbó de lado.
Edana gritó.
Un guerrero con capa roja avanzó hacia Ronan; de la penumbra fueron saliendo otros, todos con la espada desenvainada. Diez, doce, más... contó Cywen. «Estamos muertos.»
—¡Alto! —gritó una voz, y el hombre que estaba delante de Ronan se quedó quieto, aunque no bajó el arma.
Otros dos hombres dieron un paso al frente. Uno era más joven y tenía una cicatriz debajo del ojo. Cywen dio un grito ahogado cuando reconoció a ambos. El paladín de Rhin que se había batido en duelo con Tull la víspera del solsticio de invierno. Se llamaba Morcant. «¿Qué hace aquí?»
El otro era Braith. Jamás olvidaría su rostro después de aquella noche en Dun Carreg.
—Podríamos servirnos de este —sugirió Braith a Morcant—. Mejor que el mensaje le llegue a Brenin de boca de uno de los suyos que de uno de los nuestros.
Morcant sostenía la espada desenfundada, aunque con aparente descuido. Vaciló un instante.
«Un mensaje. Por favor, Elyon, que le perdonen la vida a Ronan, que lo envíen ante Brenin.»
Morcant alternó la mirada entre Ronan y Braith. El joven guerrero movía los pies con nerviosismo y un temblor le sacudía el brazo con la espada.
De pronto, Morcant se lanzó al ataque, tan rápido que Cywen no alcanzó a seguirlo con la vista.
Se oyó el rechinar del hierro contra el hierro y Ronan giró sobre sí mismo, profirió un alarido y se desplomó sangrando abundantemente por el cuello.
Cywen tardó un segundo en comprender lo que había ocurrido, y entonces gritó y se arrojó hacia él.
Le presionó el cuello con la mano para contener la hemorragia, pero la sangre se le escapaba entre los dedos.
«¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No!», gritaba por dentro mientras el peso de Ronan la empujaba hacia el suelo.
Sostuvo su cabeza sobre el regazo. Los ojos de Ronan buscaron los suyos, parpadearon una vez y después se apagaron.
Una mezcla de rabia y dolor se apoderó de ella y se lanzó contra Morcant para apuñalarlo con el cuchillo que aún aferraba.
Morcant dio un salto atrás y soltó una maldición cuando la hoja impactó en su cota de malla y resbaló por ella. Enrabietado, propinó una bofetada con el dorso de la mano a Cywen, que cayó al suelo con el sabor metálico de la sangre en la boca.
—Atadlas —ordenó.