Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO SESENTA Y NUEVE. CORBAN
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CAPÍTULO SESENTA Y NUEVE. CORBAN

CAPÍTULO SESENTA Y NUEVE

CORBAN

Corban se paseó por el claro sembrado de cadáveres. Era el grupo que había visto salir a caballo con la reina Alona, Edana y Cywen. El pánico le hacía un nudo en la garganta mientras exploraba con desesperación el claro.

Gar iba unos pasos por delante; examinaba los rostros, se arrodillaba junto a los cuerpos y buscaba señales de vida. Se detuvo al llegar cerca del centro del claro, junto a un cuerpo que reconoció. Estaba rodeado de cadáveres con capas rojas.

Corban dio un grito ahogado al llegar a su lado y ver al hombre tendido en el suelo.

Tull.

Los ojos sin vida del guerrero miraban el cielo radiante que se extendía detrás de él.

Tormenta le acarició la mano con el hocico.

—Cywen estaba con ellos —murmuró Corban—. Y la reina Alona, y Edana... —Le sobrevino una arcada y tragó saliva para no vomitar.

—Sigue buscando —dijo Gar mientras caminaba entre los muertos.

Corban se obligó a mirar, luchando contra el miedo que le producía pensar en qué, o a quién, podría encontrar. Finalmente se reunió con Gar junto a un gran roble en el borde del claro. El jefe de cuadras observaba con atención un sendero estrecho y pisoteado que se internaba entre los árboles.

—No están aquí —dijo Corban.

—No.

—¿Qué ha pasado? —musitó Corban.

—Han tendido una emboscada a nuestra reina. Hombres del rey Owain... Pero no tiene sentido —arguyó Gar—. Estamos a su merced en Uthandun. —Se frotó la barba de varios días—. En cualquier caso, Alona no está aquí. Creo que escapó con otros por aquí —añadió señalando el sendero—. O los capturaron.

—Tenemos que seguirlos. Hay que ayudarlos.

Gar lo miró y frunció el ceño.

—Yo seguiré el rastro, Ban. Pero tú debes volver. Hay que avisar a Brenin y enviar ayuda.

—¿Qué? ¡No! ¡Cywen está en algún lado por ahí fuera!

—No, Ban. Es demasiado peligroso. Y necesitaré refuerzos. Son demasiados para ti o para mí. —Añadió con resignación—: Tienes que volver.

Corban lo miró con rabia. Gar le sostuvo la mirada sin alterarse. Permanecieron en silencio hasta que el sonido de jinetes al galope llegó al claro, cada vez más cercano.

Al menos cuarenta hombres irrumpieron en el claro, todos con la capa gris de Ardan. Pendathran encabezaba el grupo.

Tormenta se pegó a Corban y gruñó quedamente.

Pendathran desmontó de un salto y profirió un alarido al ver el cadáver de Tull. Se tomó un momento para asimilarlo y luego fijó la vista en Gar y en Corban; reparó en la lobona.

—¿Qué hacéis aquí? —espetó—. ¡Y con ese lobón!

Detrás de él, los guerreros se dispersaron por el claro examinando los cadáveres. Corban vio que Marrock se arrodillaba junto a Tull; otros guerreros se congregaron alrededor de su líder caído, entre ellos Halion.

—Estábamos en el bosque y oímos la batalla —respondió Gar.

—¿Dónde están Alona y Edana? ¿Qué habéis visto?

—Lo que ves —dijo Gar haciendo un gesto que abarcaba el claro—. Lo hemos encontrado así.

—Entonces, ¿dónde están? —insistió Pendathran.

—Creo que huyeron por ahí. —Gar señaló el sendero—. O las capturaron.

Marrock se acercó a ellos y avanzó unos pasos entre los árboles. Asintió.

—¿Qué ordenas, tío? —preguntó el cazador.

—Deberíamos dividirnos. Si hay la menor esperanza de rescatar a Alona, debemos aferrarnos a ella.

Pero esto... —Deslizó la mirada por el claro con gesto sombrío—.

Esto apunta a algo más. Si el rey Owain está actuando contra Brenin, nuestro rey corre peligro.

—De pronto adoptó un tono resuelto—. Marrock, escoge a un puñado de hombres.

Que sean rápidos..., y que estén dispuestos a pelear cuando llegue el momento.

Yo regresaré a Uthandun. Si Owain aún no ha atacado, sacaré a Brenin de allí y lo llevaré de vuelta a Ardan.

¡Vamos! —Le apretó el hombro—. Ten cuidado, y haz todo lo posible por rescatar a mi hermana.

Si lo consigues, toma la Calzada de los Gigantes en dirección a Ardan, no a Narvon.

Intentaremos encontrarnos por el camino. Y Owain pagará por esto.

Marrock no perdió ni un segundo y pronunció unos cuantos nombres a voz en grito. Una docena de hombres se reunió enseguida en torno a él, entre ellos Halion y Conall.

—Voy con vosotros —soltó Corban de pronto.

—No —replicó Gar.

Marrock negó con la cabeza.

—Cywen, mi hermana, está con ellos. Yo también voy.

La idea de huir le resultaba insoportable. Tenía que hacer algo. Cywen estaba ahí fuera, asustada.

—No, muchacho. Aún no eres un guerrero —dijo Marrock, casi con cariño—. No es lugar para ti.

—Pero... —Miró a su alrededor; en su cabeza solo veía a Cywen corriendo entre los árboles—. ¡Un momento! ¡Tormenta puede seguir su rastro! ¡Nos llevará directos hasta ella! No tendréis que buscar huellas, solo seguirla a ella. ¡Ganaréis tiempo!

Marrock miró a Corban y luego a la lobona.

—Si existe la posibilidad de encontrar antes a Alona, aprovéchala —dijo Pendathran, ya preparado para partir.

Marrock asintió.

—Pero, chico —añadió Pendathran—, asegúrate de que ese lobón no muerda a ninguno de mis hombres. O yo mismo te colgaré de una soga.

—Sí —respondió Corban.

—¡Adiós! —gritó Pendathran al salir del claro. Sus guerreros lo siguieron en medio de un estruendo de cascos y voces.

—Toma esto, Ban —dijo Gar en voz baja, que le entregó una espada recogida de uno de los caídos.

Corban se la quedó mirando un momento y luego se ciñó el cinturón con dedos torpes y se acomodó la funda.

Gar rebuscó entre los cuerpos que rodeaban a Tull, cogió otra espada y se abrochó el cinturón alrededor de la cintura.

—Tú no vienes, lisiado —dijo Conall.

Gar lo miró de reojo, pero no dijo nada y continuó ajustándose el cinturón. Comprobó que la espada saliera con fluidez de la funda.

—¡Lisiado, te estoy hablando! —insistió Conall, casi gritando.

Gar no le hizo caso y se colocó junto a Corban y Tormenta.

Conall se acercó con paso airado y lo agarró del hombro con brusquedad.

—Cuando te hable, me contestas... Y no vas a venir con nosotros —repitió.

—Creo que sí iré —respondió Gar.

—Nos retrasarás. Quítate esa espada y vuelve cojeando a Uthandun, con el resto de las mujeres. —Su cara rezumaba ira.

—Iré adonde vaya el muchacho —dijo Gar sin perder la calma. Hizo rotar los hombros y el cuello le crujió.

—Nos retrasarás —repitió Conall, que se acercó tanto al jefe de cuadras que sus narices casi se tocaron.

—No hace falta que aminoréis el paso por mí —replicó Gar—. Si me quedo atrás, me quedaré atrás.

—Déjalo ya, Conall —le reprochó Marrock—. Gar tiene razón. Si no nos puede seguir, se quedará atrás. Eso no supone ningún peligro.

Conall sostuvo la mirada de Gar un instante más y luego asintió.

—Bien, muchacho —dijo Marrock a Corban—. Veamos si el olfato de tu lobona es tan bueno como dices. Guíanos.

Corban se agachó junto a Tormenta.

—¡Cywen, Tormenta! ¡Cywen! ¡Busca!

La lobona salió disparada al instante y se internó entre los árboles. Corban la siguió. Marrock y una docena de guerreros salieron tras ellos. Gar fue el último en abandonar el claro.