Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO SESENTA Y OCHO. EVNIS
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CAPÍTULO SESENTA Y OCHO. EVNIS

CAPÍTULO SESENTA Y OCHO

EVNIS

Evnis observó desde el adarve de la muralla de Uthandun cómo los últimos miembros del séquito de la reina Alona se internaban en el bosque.

«Ya queda poco», pensó. Sintió un miedo repentino, pues sabía que con la siguiente tirada de los dados se lo jugaba todo.

Aun así, la sensación era embriagadora. Permaneció allí un buen rato; luego regresó por las calles, se introdujo en un callejón penumbroso y entró en una casa vacía.

Respiró hondo, cerró los ojos y se concentró.

— Athru mise, folaigh mise, cloca mise, talamh bri —murmuró.

Se produjeron unas vibraciones, como si la tierra y el aire temblaran.

Se tambaleó un momento y luego sacó un espejo de bronce reluciente para comprobar el resultado del encantamiento.

El rostro que le devolvía la mirada era el de otro hombre, más joven, sin arrugas, con labios carnosos.

Estuvo a punto de reír ante la perfección de su propio hechizo.

Recogió el fardo que había dejado preparado la noche anterior.

Poco después salió de la casa con una lanza de asta gruesa, un casco de hierro y una capa roja.

Sonrió a los centinelas apostados en la puerta de la torre, que le respondieron con un gruñido y le dejaron entrar sin preguntas.

Uthandun estaba lleno de guerreros con capa roja esos días, pues una nutrida guardia de honor había llegado con Owain desde Dun Cadlas, así que uno más no llamaba la atención.

Avanzó con paso decidido por la torre y subió las escaleras hasta los aposentos de Uthan.

El guardia apostado ante la puerta apenas tuvo tiempo de reaccionar.

Evnis siguió sonriendo mientras le hundía la punta de la lanza en la garganta.

Lo sostuvo mientras caía y lo depositó con cuidado en el suelo; luego arrastró el cuerpo hasta un hueco penumbroso.

Uthan era un joven serio, demasiado para alguien de su edad, como bien había comprobado Evnis.

Y cargaba sobre sus inmaduros hombros con el peso de la responsabilidad.

Solía pasar mucho tiempo a solas en sus aposentos.

Y así fue como lo encontró Evnis. El heredero de Narvon estaba mirando por la ventana cuando Evnis se coló sigilosamente por la puerta.

—¿Ya es la hora? —preguntó Uthan al oír que la puerta se abría y volvía a cerrarse, todavía absorto en sus pensamientos.

Al no obtener respuesta, Uthan miró a su alrededor, pero ya fue tarde. Evnis lo agarró del pelo y le deslizó el cuchillo por el cuello con un fluido y brutal movimiento.

Evnis se quedó inmóvil un momento, temblando por la violencia de la situación. Limpió la hoja en la camisa de Uthan y echó un vistazo a las vistas que solo unos instantes antes había estado contemplando el príncipe. A lo lejos, un jinete se alejaba dando bandazos del Bosque Oscuro.

«Si ese es uno de los escoltas de Alona —pensó—, Braith ha hecho su parte del trabajo. Es hora de marcharse.»

Guardó el cuchillo y se cambió la capa roja por otra que llevaba en la bolsa.

La nueva era gris.

Reunió de nuevo su energía y recitó el hechizo en voz baja. El aire vibró a su alrededor y Evnis se tambaleó ligeramente. Cuando se miró en el espejo de bronce, el rostro de Marrock le devolvió la mirada.

Recorrió con calma los pasillos de la torre y salió por la puerta custodiada por los dos centinelas con la capa roja.

—¿Puedo ayudarte en algo, amigo? —preguntó uno de ellos.

Evnis negó con la cabeza, asegurándose de que lo vieran bien. Luego giró sobre los talones de manera que la capa gris se arremolinara detrás de él y se alejó con paso rápido.

Mantuvo el hechizo hasta casi alcanzar las puertas y luego se escabulló por un callejón, donde recurrió de nuevo a su poder para revertir la transformación.

Vonn estaba esperando a su padre montado en un caballo y sujetando las riendas de otro.

Evnis reparó en que parecía malhumorado, pero no sabía si era porque empezaba a sospechar algo o por la reciente discusión, una más, que habían tenido a propósito de la hija del pescador.

Pronto tendría que sentarse con su hijo e introducirlo en el mundo que él transitaba.

Pero aún no había llegado ese momento. Evnis no estaba seguro de que el idealismo juvenil de Vonn hubiera dado paso a algo más práctico, ni de quién sería objeto de su lealtad definitiva.

Divisó al jinete que se acercaba balanceándose en la silla. Llevaba una capa gris. «Uno de los escoltas de Alona, sin duda.»

—Ve al campamento y busca a Pendathran. Dile que han atacado a la reina Alona en el bosque; que reúna guerreros y salga de inmediato, pero sin llamar la atención. Yo llevaré al jinete herido ante Brenin y organizaré nuestra evacuación. Owain está a punto de actuar.

Vonn se quedó mirando a su padre un momento, algo dubitativo. Sin embargo, finalmente salió al galope en busca de ayuda.