Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO SESENTA Y SIETE. CAMLIN
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CAPÍTULO SESENTA Y SIETE. CAMLIN

CAPÍTULO SESENTA Y SIETE

CAMLIN

Camlin no daba crédito a lo que veía. Ese chiflado, con una flecha clavada en la pierna, estaba cargando contra ellos desde el otro lado del claro.

Se había distraído un instante al distinguir, entre los rostros de las mujeres, uno que le resultaba familiar. Lo confirmó cuando la vio lanzar un cuchillo; era uno de los críos con los que se habían topado durante la fuga de la fortaleza de Dun Carreg.

Entonces le llegó el silbido de una hoja cortando el aire y vio al chiflado abalanzarse contra su línea, con otros guerreros tras él.

Camlin ocupaba un extremo del cerco que habían formado alrededor de sus casi prisioneras.

Vio al hombretón estrellarse contra el centro y a Digased tambalearse hacia atrás, con sangre en el cuello.

Otro cayó después, uno de los nuevos, con media cara destrozada por el umbos de un escudo.

Todo era confusión y gritos. La línea a la que pertenecía Camlin se cerró para rodear a los pocos guerreros de Ardan que aún resistían.

Avanzó con cautela, el escudo en alto. Había aprendido deprisa lo peligroso que era ese hombre, pues había matado al menos a media docena de los suyos.

Braith apareció de repente corriendo desde una de las salidas del claro, espada en mano. Con él corría el jefe de los nuevos, vociferando algo, casi chillándolo, con los ojos desorbitados. Pero el fragor del combate no permitió a Camlin oír lo que decía.

Uno de los guerreros de capa gris de Ardan cayó, todavía vivo, aunque no por mucho tiempo. Arañaba débilmente la hierba mientras una mancha roja se extendía desde el centro de su espalda. Luego cayó otro capa gris, con la espada de Cromhan hundida en el vientre.

El hombretón rugió, giró sobre sí mismo y estampó su escudo abollado en un rostro. Asestó amplios mandobles hasta que se abrió un espacio a su alrededor teñido de sangre. Se le dibujó una amplia sonrisa en el rostro salpicado de la sangre de otros.

—¿Quién es el siguiente? —bramó con los orificios de la nariz dilatados.

Braith y los suyos ya habían llegado. El hombre que lo acompañaba seguía gritando.

—... ¡se escapan! —gritó el hombre señalando con el dedo.

Camlin miró atrás. Las mujeres habían desaparecido. Alcanzó a ver un destello entre los árboles, un rostro pálido volviéndose hacia él, y luego nada.

—¿Os asusta un viejo? —exclamó jadeando el veterano guerrero en el centro del claro—. ¿Por qué no volvéis con vuestra madre?

Uno de los nuevos dio un paso al frente, un muchacho de rostro duro y ojos fríos. Bajo la capa roja llevaba una cota de malla. Empuñaba la espada con soltura, como alguien que sabía lo que hacía.

El guerrero de Ardan le dedicó un leve asentimiento.

Se lanzaron el uno contra el otro y fue imposible distinguirlos. El hombre grande se movía con una rapidez sorprendente. Cuando se separaron, su adversario tenía un tajo en el muslo.

El gigantón atacó de nuevo y su hierro describió un arco alto y luego otro bajo. Se coló en la defensa del joven y le dio un cabezazo de lleno en la nariz. El chico de la capa roja trastabilló y un instante después su cabeza giraba por el aire.

El hombretón sonrió al cadáver, apoyó una mano en la pierna y respiró hondo varias veces. Tenía una docena de cortes, una flecha con el astil partido clavada en el muslo y la espada mellada. Aun así, no se inmutaba. Se irguió, abrió los brazos y giró despacio sobre sí mismo.

—¿Quién es el siguiente? —repitió, escupiendo sangre a la hierba pisoteada.

«Ni pensarlo», se dijo Camlin.

Entonces la mirada del hombretón se posó en el nuevo jefe. Lo llamaban Cicatriz, por la línea blanca que le cruzaba una mejilla.

—Tú —musitó el corpulento guerrero con los ojos muy abiertos.

—Tull —respondió Cicatriz, inclinando la cabeza como si saludara a un viejo conocido.

—Así que esto es cosa de Rhin... —Asintió para sí al fijarse en las capas rojas—. No creía que Uthan y Owain tuvieran estómago para esta clase de trabajos. —Bufó—. ¿Preparado para tu segunda lección?

Cicatriz sonrió; una mueca leve y sin humor.

—Por mucho que me apetezca, me temo que tendré que rechazar la oferta —dijo—. ¿Me tomas por necio? ¿Con tus tácticas? ¿Un último ardid, quizá? Cada segundo cuenta en una huida, ¿no?

Tull se encogió de hombros y se lanzó contra Cicatriz.

—¡Braith! —gritó este.

El montaraz se descolgó el arco de la espalda, lo flechó y disparó.

Tull rugió cuando la saeta se le clavó en el vientre. Enseñó los dientes y avanzó tambaleándose, alzando la espada.

La siguiente flecha le atravesó el hombro y le hizo girar sobre sí mismo. Tull logró recobrar el equilibrio y dio otro paso. Luego hincó una rodilla en el suelo.

Cicatriz se acercó con paso firme y de un espadazo le arrancó su arma a Tull de la mano ya débil. Permaneció un instante ante el guerrero arrodillado, con la punta apoyada en su pecho, y después le hundió la hoja casi hasta la empuñadura en el corazón.

Tull tosió con la boca llena de sangre.

Cicatriz extrajo la espada de un tirón.

—Aquí termina la lección —dijo, mirando al hombre muerto a sus pies. Luego fue hasta Braith.

Camlin apartó la vista. Ese hombre había tenido valor, y de sobra. No merecía esas últimas flechas. «La vida no es justa, idiota. Creía que ya lo habías aprendido.»

Después, la banda abandonó a sus camaradas muertos en el claro silencioso y se internó en el bosque tras su presa.