Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO SESENTA Y SEIS. CYWEN
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CAPÍTULO SESENTA Y SEIS. CYWEN

CAPÍTULO SESENTA Y SEIS

CYWEN

Cywen oyó un zumbido en el aire, seguido de un golpe seco, como un hacha abriendo leña húmeda. El guía se derrumbó de la silla con una flecha de plumas negras clavada en el pecho.

—¡Escudos! —rugió Tull, a la vez que se descolgaba el suyo de la espalda. No había acabado de dar la orden cuando una flecha se le hundió en la pierna y otra atravesó el pecho de su caballo.

Estalló el caos en el claro.

Cywen miraba en todas direcciones, presa del pánico.

Los guerreros gritaban y proferían alaridos de dolor, los caballos relinchaban y chillaban mientras las flechas los atravesaban desde todos los ángulos.

La mitad de los hombres ya yacían en el suelo, con saetas clavadas en el cuerpo o atrapados bajo sus monturas.

Los que quedaban se precipitaron hacia la reina Alona, Edana y ella, y levantaron los escudos al mismo tiempo que las empujaban hacia el sendero por el que habían entrado.

Otra andanada de flechas. Más caballos chillaron.

Entonces, hombres con capas rojas irrumpieron desde los árboles que rodeaban el claro y una línea de ellos les cerró el paso por el camino de entrada; otros bloquearon la salida en el lado opuesto del claro; más aún convergieron sobre el grupo de capas grises que resistía en el centro.

Dos jinetes que se mantenían en sus caballos cargaron contra la línea que cerraba la salida.

Uno cayó de inmediato, con las patas del caballo cercenadas bajo él, pero el otro logró atravesar la línea, aunque se balanceaba en la silla mientras su montura se alejaba al galope.

Volaron flechas tras él. Cywen no pudo ver si lo alcanzaban.

El hueco en la línea se cerró al instante.

—¡Es inútil! —bramó Tull por encima del estruendo, plantado junto al caballo de Alona, con el escudo levantado delante de la reina—. ¡Por aquí! —ordenó, tirando de las riendas de la montura de la reina hacia el borde del claro, entre las dos salidas.

Un grupo de atacantes los embistió de improviso, algunos armados con lanzas.

Tull rugió y cercenó el asta que se había colado entre los escudos para clavarse en el vientre del caballo de Alona.

Sujetó a la reina por la cintura cuando el animal se encabritó y cayó hacia atrás.

La depositó con cuidado en el suelo y se lanzó contra los enemigos.

En un abrir y cerrar de ojos, dos habían caído; uno con el rostro destrozado por el umbos de hierro del escudo y el otro aferrándose el vientre abierto.

Ya no quedaba ningún caballo en pie. Tull y media docena de guerreros formaban un círculo en torno a las mujeres y retrocedían poco a poco. Cywen buscó a Ronan entre los suyos y vio con alivio que protegía a Edana con el escudo. Tuvo que contener el impulso de tocarlo.

Más allá de él, feroces rostros de hombres gruñendo cerraban el cerco en torno a los que trataban de protegerla.

Recibieron una embestida y oyó el choque de hierros seguido por un crujido de huesos, el sonido de una espada hundiéndose en carne, gritos.

Aun así, el pequeño círculo resistía. Retrocedieron hacia la izquierda dejando un puñado de atacantes tendidos sobre la hierba pisoteada.

—¡Quiero a las mujeres vivas! —oyó Cywen que gritaba alguien.

Echó un vistazo entre los cuerpos que la protegían y contó al menos una veintena de enemigos frente a los pocos que aún quedaban en pie de los suyos.

Y entonces los hombres de la capa roja volvieron a cargar.

El impacto de nuevo fue breve y brutal. Tull estaba en el centro, rugiendo como una bestia. Cywen recordó de pronto los cuchillos que llevaba en el cinturón, sacó uno a tientas y lo arrojó hacia un rostro bajo una capucha roja. El hombre cayó hacia atrás y se llevó las manos al cuello.

Al fin alcanzaron el borde del claro. A su espalda tenían un árbol ancho.

Solo quedaban en pie Tull y cuatro guerreros de gris. Entre ellos, Ronan. Alona, Edana y Cywen se apretaban tras ellos. Cywen contó los cuchillos que le quedaban en el cinturón: tres.

Los atacantes se habían replegado un instante, pero los tenían acorralados. Superaban en número a los hombres de Ardan, pero ninguno parecía dispuesto a atacar el primero. Otros seguían apostados en las salidas, para impedirles huir.

—No podemos darnos la vuelta y correr —murmuró Tull, mirando por encima del hombro hacia el bosque—.

En cuanto estuviéramos entre los árboles caerían sobre nosotros.

—Hizo una pausa mientras pensaba—. Escuchad bien.

Solo tenemos unos momentos mientras recuperan el aliento y reúnen valor.

Esto es lo que vamos a hacer —dijo, clavando los ojos en Alona—.

Ronan, Ised: cuando os dé la señal, llevad a las chicas al bosque.

Ised delante; Ronan, cubriendo la retaguardia.

Ambos asintieron con un gruñido.

—Alwyn, Taren y yo les conseguiremos algo de tiempo.

—No, Tull... —comenzó Alona.

—Es la única forma. Si no, os capturarán. Y los demás moriremos igualmente. —Le envolvió la mano con la suya—. Si corréis y vivís, nuestra muerte no habrá sido en vano.

Se miraron un instante. Alona asintió.

—Bien —dijo Tull con gravedad—. Muchacha, quizá quieras arrojar otro de esos cuchillos que llevas en el cinturón —sugirió a Cywen—. Conmigo, muchachos.

Tull se lanzó a la carga. Esta vez no rugió. El enemigo pareció vacilar, pues no esperaba un ataque. Taren y Alwyn, veteranos como él, siguieron a la primera espada de Ardan. Se abrieron paso a golpes de espada y escudo, derribando hombres.

—¡Ahora, rápido! —instó Ronan, tirando de la capa de Cywen.

Ella sacó otro cuchillo del cinturón y lo arrojó hacia un hombre que se disponía a desjarretar a Tull. El hombre soltó un alarido y se tambaleó mientras trataba de alcanzar la hoja que se le había clavado en la espalda.

Ronan le agarró la mano y se la apretó con fuerza.

—Por favor, vamos —la apremió, sin dejar de mirar a Tull.

Cywen se dio cuenta de que Ronan lloraba.

Asintió y echó a correr hacia los árboles.

Las ramas les fustigaban el rostro mientras seguían la capa de Edana hacia la penumbra del bosque.

Cywen miró atrás una sola vez. Oyó el rugido de desafío de Tull y vio un revoloteo de capas rojas en el centro del claro. Después ya no pudo ver nada más.