Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO SESENTA Y CINCO. VERADIS #3
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CAPÍTULO SESENTA Y CINCO. VERADIS #3

—Aseguraos de cabalgar bajo el estandarte correcto, amigos míos —dijo muy serio—. Un rey movido por la codicia, dispuesto a ir a la guerra por oro... Eso debería preocuparos. Sobre todo ahora. Todos lucharán, dice Nathair; la cuestión es por quién. Pensad bien a quién servís.

—Bueno, yo sirvo a Kastell —replicó Maquin—, y la mayoría de las veces él solo sirve a su estómago. —Le dio una palmada en la barriga.

—¿Qué dices? ¡Si eres tú quien me roba la comida! —protestó Kastell, divertido.

Cabalgaban juntos todavía un buen trecho, hablando y riendo. Cuando el camino empezó a descender, Maquin y Kastell espolearon sus caballos y regresaron a medio galope hacia la cabeza de la columna.

No pasó mucho tiempo antes de que Veradis divisara por primera vez el bosque de Forn en la distancia: una inmensa muralla de árboles que se extendía hacia el norte, aparentemente sin fin.

El sol se hundía en el horizonte y las sombras de los árboles se alargaban sobre la pradera cuando Veradis condujo a sus hombres fuera de las estribaciones.

Ante el borde del bosque se había montado un campamento fortificado desde el que lanzar el asalto, y la columna atravesó con cansancio las puertas de la empalizada.

A la mañana siguiente, al despuntar el alba, los líderes se reunieron.

—Cuando estemos cerca de Haldis tendremos que desplegarnos y atacar de frente y por ambos flancos —declaró Alcyon—. Hasta entonces avanzaremos en una columna. Aun así, el terreno será difícil.

—Sí. Es lo que habíamos previsto —convino Braster.

—¿Cuántas noches hasta Haldis? —preguntó Vandil.

Alcyon reflexionó un instante.

—Cinco, quizá seis. Yo podría hacerlo en dos, pero con tantos hombres... —Paseó la mirada por la pradera cubierta por la masa de guerreros y pareció dudar—. Ya veremos.

—Vale, pero no quiero que nuestros hombres se queden sin provisiones y tengamos que dar media vuelta antes de llegar —intervino Romar.

—Entonces diles que caminen deprisa —protestó Alcyon.

Romar puso cara de desagrado.

—Podríamos llevar carros con víveres. Iríamos más despacio, pero el tiempo no sería un problema y mis hombres estarían más tranquilos. Es como siempre se ha hecho.

—No —replicó Alcyon con firmeza—. La velocidad es esencial. No debemos dar a los Hunen tiempo para reunir toda su fuerza. Cuanto más esperemos, más trampas podrán preparar sus Elementales. Avanzaremos tan rápido como podáis soportar.

Romar torció el gesto, pero no insistió.

Con un estruendo de cuernos, las huestes se pusieron en marcha. Vandil y los Gadrai encabezaban la amplia columna, todos ellos guerreros duros, de rostros curtidos. Alcyon caminaba a su lado, y no pocos lo miraban de reojo.

Veradis alcanzó la primera fila de su hueste.

—Ha llegado el momento.

Se ajustó el casco de hierro, comprobó las correas del escudo que llevaba a la espalda y el fardo con provisiones sujeto debajo de él. Sintió un cosquilleo en el estómago al saberse al borde de otra batalla y acarició el diente incrustado en la empuñadura de su espada.

Calidus aguardaba junto a los Jehar.

Sonaron los cuernos y la columna se puso en movimiento. El bosque se alzaba ante ellos, oscuro e imponente.

—¿Ha ido todo bien? —preguntó Calidus mientras avanzaban.

—Ajá. Romar ha refunfuñado un poco, pero creo que Braster lo mantiene a raya. Alcyon nos guía.

—Bien. Romar me preocupa —dijo Calidus—. Sus lealtades...

—A mí también —reconoció Veradis.

Calidus guardó silencio un instante, pensativo.

—Es una espina clavada, Veradis. Se opone a Nathair, le molesta que estemos aquí. Y una espina no desaparece sola. Se hunde más, provoca infección, división.

—Si se opone al Seren Disglair —intervino Akar, de los Jehar, con su fuerte acento—, quizá habría que separarle la cabeza de los hombros.

Veradis resopló y soltó una risita, creyendo que era una broma. La idea, sin embargo, tenía cierto atractivo. Pero Akar no sonrió, y se limitó a mirarlo con ojos fríos, inescrutables. La sonrisa de Veradis se desvaneció.

Calidus rio entre dientes.

—Hablaré con él para hacerle entrar en razón antes de considerar medidas más... drásticas —dijo el Vin Thalun—. Además, los Gadrai lo protegen.

Akar exhaló con desdén.

Veradis miró alternativamente a Calidus y a Akar, y recordó las palabras de Nathair: «Tienen licencia para actuar como consideren oportuno en mi favor.

Tú mandas mi hueste, Veradis, pero he puesto a los Jehar bajo el mando de Calidus.

Eres un guerrero, no un político. Lucha contra los Hunen por mí; deja que Calidus se ocupe de la alianza. Ambos haréis lo que sea necesario».

Romar era un problema; cada vez estaba más convencido de ello.

Pero ¿un traidor? De eso aún no estaba seguro.

Y Maquin y Kastell cabalgaban con él. Frunció el ceño, preocupado.

Pero Calidus era uno de los Ben-Elim, un servidor de Elyon.

Sin duda haría lo correcto, ¿no? Al internarse en las sombras de los árboles y dar sus primeros pasos en el bosque de Forn, Veradis sintió que una oscura premonición se cernía sobre él.