CAPÍTULO SESENTA Y CINCO. VERADIS #2
—¿Sierpes? —repitió Veradis. «Primero draigs, ahora sierpes...»
—Sí. Y se están preparando para algo. Para la Guerra de los Dioses.
Veradis notó cómo Calidus se tensaba a su lado.
—Hablas con mucha seguridad —dijo, clavando la mirada en Vandil—. ¿Por qué?
—Capturamos a uno en la última incursión. Lo interrogamos. Dijo que robaban hierro para forjar armas para la Guerra de los Dioses.
—¿Puedo hablar con ese prisionero? —preguntó Calidus.
—No. Rompió las cadenas y se quitó la vida —dijo Vandil con resignación.
—En ese caso, el éxito de nuestro ataque es vital —repuso Calidus—. Hay que aplastarlos antes de que estén listos, antes de que marchen contra vosotros.
—Exacto —convino con vehemencia Braster.
—Sabemos, o al menos hemos oído —prosiguió Vandil—, que habitan al noreste de aquí, en un lugar llamado Haldis.
—El problema —dijo Braster— es cómo obligarlos a enfrentarse a nosotros. No creo que salgan del bosque de Forn para darnos batalla sin más. Tenemos un gran ejército reunido aquí. Hemos pensado en internarnos en el bosque, pero no hay garantía de que nos presenten combate... Y es un bosque inmenso.
—Yo puedo llevaros hasta ellos —dijo de pronto Alcyon. Su voz sonó como una piedra frotando otra. Todos se sobresaltaron.
—¿Cómo? —exclamó Romar—. ¿Guiarnos hasta ellos sin más? ¿Y qué impedirá que se dispersen por el bosque?
—El rumor que habéis oído es cierto. Haldis es su morada. Puedo conduciros allí.
—¿Y no se ocultarán ante una fuerza tan grande como la nuestra? —preguntó Vandil, que se inclinó hacia delante.
—No. Haldis no es una fortaleza como Taur o Burna. Es su cementerio. Es sagrado para ellos. No permitirán que pongáis un pie allí. Lo defenderán. Hasta que no quede uno solo de ellos.
Se hizo un silencio tenso mientras todos miraban al gigante.
Entonces Braster golpeó la mesa otra vez y soltó una carcajada.
—¡Ja! ¡Tienes amigos útiles, muchacho! —Eufórico, miró a Veradis—. Poco comunes, pero útiles.
El sol calentaba el rostro de Veradis. El aroma del pino flotaba dulce y pesado en el aire mientras avanzaban por un camino ancho que serpenteaba entre las montañas.
La hueste de Veradis formaba la retaguardia. Los guerreros de Helveth e Isiltir eran tantos que no alcanzaba a ver la cabeza de la columna, que, junto con sus propios hombres, debía de rondar los cuatro mil.
Como siempre, Calidus cabalgaba a su lado. Alcyon caminaba junto a ellos, con largas zancadas.
—Alcyon, ¿estás seguro de que puedes guiarnos hasta Haldis? —preguntó Veradis.
—Claro.
—Pero los Kurgan vivían en el sureste, ¿no? ¿Has estado aquí antes?
—He estado aquí. Aunque es cierto que mi clan habitaba lejos de estas tierras. He visto Haldis. Y aunque no la hubiera visto, los poderes telúricos me ayudarían a encontrarla.
—Ah. —Veradis no añadió nada más. Todavía se sentía incómodo cada vez que se hablaba de las habilidades de Alcyon o de Calidus.
Aun así, esas habilidades le habían ayudado en el pasado y, con toda probabilidad, también en el futuro. Además, Nathair había insistido en que Alcyon lo acompañara.
«Lo necesitarás más tú que yo —le había dicho—. En Ardan no hay gigantes.»
A esas alturas Nathair ya debía de haber zarpado, pensó Veradis. Cuando él partió de Jerolin, Lykos había dicho que pronto sería seguro cruzar el mar entre Tenebral y Ardan, y de eso hacía ya más de una luna. Nathair podría haber llegado ya a Dun Carreg.
Una punzada de inquietud le retorció el estómago.
Se sentía honrado de encabezar una hueste en aquella campaña, pero siempre estaba intranquilo cuando no era él quien protegía a Nathair.
No obstante, Rauca estaría con él, y Sumur, el señor de los Jehar, junto con varias decenas de sus guerreros.
Entre todos deberían ser capaces de mantenerlo a salvo.
El sonido de cascos lo sacó de sus pensamientos. Dos jinetes se acercaban; uno era mayor, con el pelo antes negro ya surcado de canas, y el otro, mucho más joven, con una mata de cabello rojo rebelde que asomaba bajo el casco de hierro. Veradis los reconoció y sonrió.
—¡Maquin, Kastell! —gritó—. ¡Qué alegría veros!
—Oímos el rumor de que un crío feo y con la nariz rota lideraba la hueste de Tenebral —dijo Maquin—. Kastell aseguró que solo podías ser tú.
Veradis soltó una carcajada.
—Así que habéis venido a probar suerte matando gigantes. —Maquin lanzó una mirada de soslayo a Alcyon.
—Oí que necesitabais ayuda —replicó Veradis, pensando en el diente de draig incrustado en la empuñadura de su espada.
—Curiosa compañía, dada la tarea que tenemos entre manos —murmuró Maquin—. ¿Es de fiar?
Veradis suspiró y volvió a explicar cómo Alcyon había luchado a su lado en Tarbesh contra los Shekam.
Se dio cuenta de que se había acostumbrado tanto a la presencia del gigante que ya no le resultaba extraña.
Es más, empezaba a sentir cierta necesidad de defenderlo, de verlo como algo más que un simple compañero de viaje. Comenzaba a considerarlo casi un amigo.
—Y bien, ¿qué tal la vida en Mikil? ¿Has logrado evitar otra paliza de tu primo Jael? —preguntó, cambiando de tema.
Maquin y Kastell se miraron brevemente.
—Nos hemos ido de Mikil —respondió Maquin—. Ahora formamos parte de los Gadrai.
—¿Por qué? —Veradis frunció el ceño al recordar la reacción de Romar cuando había mencionado a Kastell en la tienda.
—Me peleé con Jael —contestó Kastell—. La cosa fue demasiado lejos. Pensé que sería mejor marcharme. Además, los Gadrai nos tratan bien. Y en Isiltir, al menos, es el sueño de todo guerrero unirse a ellos.
Veradis observó a Kastell con más atención.
Estaba más delgado; había perdido la grasa que le sobraba, la mandíbula se le marcaba con más firmeza, el vientre estaba más plano.
Pero no era solo eso. Había en él una seguridad nueva que se notaba en la forma de sentarse en la silla.
Parecía un guerrero. En todo salvo en los ojos.
En ellos aún había algo de tristeza, de vacilación; seguían siendo los ojos de un muchacho.
—He conocido a vuestro jefe, Vandil —dijo Veradis—. ¿Así que ahora vivís en el bosque de Forn, protegiendo la frontera de Isiltir?
—Exacto —respondió Maquin.
—Pero ahora cabalgáis con Romar y Jael. Los he visto a ambos.
—En cierto modo. Cabalgamos con los Gadrai, pero Romar sigue siendo nuestro rey —explicó Maquin.
—¿Y hay tensiones con Romar y Jael?
—Puedes decirlo así —respondió Kastell con gesto sombrío—. Con Jael, desde luego. Romar cabalgaría junto a cualquiera si con eso pudiera recuperar su preciada hacha.
Calidus, que hasta entonces había cabalgado algo apartado, se acercó.
—¿Hacha? —preguntó.
—Sí. Él la llama su hacha, pero es una reliquia de antes del Azote.
Un Tesoro de los gigantes, si crees las leyendas.
Sea lo que sea, Romar quiere recuperarla.
Llegaban peregrinos de todos los rincones de las Tierras del Exilio para verla; el oro fluía hacia Isiltir como un río. Hasta que los Hunen la robaron.
—¿Y estáis seguros de que la tienen ellos? —preguntó Calidus—. ¿Cómo lo sabéis?
—Yo los vi llevársela —dijo Kastell, que se encogió como si recordara algo doloroso.
Calidus cruzó una mirada con Alcyon.
—Se están preparando, sin duda —murmuró.
—Nos conviene —respondió el gigante— que hagan el trabajo por nosotros. Ahora solo tendremos que recuperarla.
Calidus sonrió, asintió a Maquin y Kastell, azuzó su caballo y se acercó a Alcyon para hablarle en voz baja.
—De verdad que te rodeas de compañías poco comunes, Veradis —dijo Maquin.
—No eres el primero que me lo dice.
—Gigantes, y ese... —Señaló a Calidus—. Apostaría a que no es hombre de Tenebral. Y además circulan rumores en nuestro campamento. Dicen que traes contigo a otros: guerreros sombríos vestidos de negro, con espadas curvas..., incluso mujeres entre ellos.
—Así es —respondió Veradis, que sonrió al recordar su propia sorpresa cuando los conoció.
—¿Quiénes son? —preguntó Kastell.
—Se hacen llamar los Jehar. Los encontramos en Tarbesh, durante una campaña contra otra amenaza de gigantes. Tenéis razón, no son comunes. Pero son feroces. Y leales.
—¿Y por qué cabalgan contigo? —insistió Maquin.
Veradis se encogió de hombros.
—Se están reuniendo fuerzas, tal como predijo el rey Aquilus en su asamblea. Ellos han elegido apoyar a Nathair.
Por un instante pensó en Calidus en Telassar, con las alas desplegadas, revelado en toda su naturaleza.
Deseó contárselo a sus amigos, pero Calidus le había hecho jurar guardar el secreto.
Aun así, no pudo evitar sentir inquietud por Maquin y Kastell, unos hombres honrados que podrían acabar en el bando equivocado si sus sospechas sobre Romar eran ciertas.