CAPÍTULO SESENTA Y CINCO. VERADIS
CAPÍTULO SESENTA Y CINCO
VERADIS
—¡Por fin! —exclamó Veradis, tirando de las riendas y protegiéndose los ojos del sol con la mano. Permanecía a la cabeza de una larga y ancha columna de jinetes, flanqueado por Calidus y Alcyon.
—¿Estás impaciente por derramar más sangre de gigante? —preguntó Calidus con una tenue sonrisa.
—No —murmuró Veradis, mirando de soslayo a Alcyon—. Es solo la satisfacción por llegar al final de un viaje. Nada más. —Arrugó el ceño—. Bueno... al final de una parte del viaje.
Los pasos montañosos de las Agullas se habían abierto ese año antes de lo habitual y, en cuanto le llegó noticia del deshielo, Veradis condujo su hueste a través de las cumbres hacia Helveth.
Llevaba todo el invierno preparándose; él y sus guerreros estaban más que listos.
Lideraba a unos quinientos guerreros de Tenebral hacia el norte, y a ellos se sumaba la mitad de ese número de jinetes Jehar, comandados por Akar, el primer guerrero que había conocido en el Valle Oculto.
Al contemplar la columna, Veradis sintió un orgullo indescriptible.
Nunca se había visto una hueste como la suya.
Llevaban casi una luna entera de marcha, cerca de doscientas leguas desde Jerolin, y por fin divisaban el final del trayecto: Halstat. Allí debían unirse a los reyes de Helveth e Isiltir para quebrar, de una vez por todas, el poder de los gigantes Hunen.
Helveth había resultado ser una tierra de grandes lagos en el sur, que daban paso a bosques y valles a medida que avanzaban hacia el norte.
Ahora cabalgaban por una llanura inmensa, plana hasta donde alcanzaba la vista en todas direcciones salvo al norte, donde se alzaban las Bairg, montañas altas y dentadas.
Su destino, Halstat, era una ciudad minera enriquecida por la sal y el hierro extraídos de esas montañas.
Veradis chasqueó la lengua, apretó los talones contra los flancos del caballo y reanudó la marcha hacia la ciudad lejana. La columna se puso en movimiento tras él.
—No somos los primeros en llegar —observó Alcyon cuando se acercaban.
Ante la ciudad se alzaban decenas de tiendas, agrupadas en dos grandes campamentos a ambos lados del camino principal que atravesaba Halstat. A la izquierda ondeaba al viento el estandarte de Isiltir; a la derecha, el negro y dorado de Helveth.
—Más bien parece ser que somos los últimos —repuso Calidus.
—Nuestro viaje era el más largo —replicó Veradis, quizá un tanto ofendido.
Aunque se sentía aliviado por haber dejado Jerolin atrás y estar por fin en campaña, también notaba una presión constante.
En Tarbesh había mandado Nathair. En Isiltir, Peritus.
Esta vez él era el general y la vida de sus hombres dependía de sus decisiones.
El peso de esa responsabilidad se hacía notar.
Y la presencia de Calidus, aunque sabía que no era esa la intención de Nathair al enviarlo, le recordaba a un vigilante silencioso.
Con todo, si volvían a enfrentarse a gigantes, probablemente con Elementales entre ellos, Calidus y Alcyon serían de gran ayuda.
Desde las murallas de la ciudad comenzaron a sonar cuernos cuando se aproximaban, y poco después una pequeña compañía de caballería salió a recibirlos.
—Toma un poco de vino, muchacho —dijo Braster, que le acercó una jarra a la nariz—. Has cabalgado un buen trecho. Siéntate, siéntate. Pero cuidado, esas sillas son más duras que huesos viejos, y bastante dolorido tendrás ya el trasero.
A su pesar, Veradis sonrió al tomar la jarra del pelirrojo rey de Helveth.
Acababa de entrar en la tienda de Braster, convocado de inmediato a un consejo de guerra. Junto al rey de Helveth, se sentaba un rostro que reconoció al instante: Romar, a quien recordaba bien de la asamblea de Aquilus y de lo que vino después.
—Un placer volver a verte —dijo, dedicándole una sonrisa al rey de Isiltir.
Romar no se la devolvió.
—Han cambiado mucho las cosas desde la última vez que hablamos. Me dicen que ahora eres la primera espada de tu rey.
—Así es. Aunque no todo han sido buenas noticias —respondió Veradis.
La imagen de Nathair sentado en un charco de su propia sangre cruzó su mente—.
Pero no es momento para eso. —Sonrió de nuevo—.
Es tiempo de saludos. ¿Cómo está tu sobrino Kastell?
¿Sigues haciendo de niñera en sus disputas con Jael?
Romar apartó la mirada. A su lado se sentaba otro hombre que reaccionó con mala cara ante esas palabras.
De detrás de los hombros le sobresalían las empuñaduras de dos espadas cruzadas.
Braster lo presentó como Vandil, señor de los Gadrai, un regimiento que patrullaba la frontera de Isiltir con el bosque de Forn.
—Entonces conoces bien a los Hunen —dijo Veradis.
—Ajá. Y ellos a nosotros.
—Vamos, siéntate y vayamos al grano —dijo Braster mientras se dejaba caer en una silla que crujió bajo su robusto cuerpo.
Veradis miró por encima del hombro cuando una sombra oscureció la entrada de la tienda.
Calidus entró sin hacer ruido, seguido de Alcyon, que tuvo que agacharse para no golpearse la cabeza.
Se oyeron murmullos alrededor de la mesa; Vandil incluso se levantó de un salto y llevó las manos a las empuñaduras.
—Tranquilos. Están conmigo —dijo Veradis—. Calidus es consejero de mi rey. Y este es Alcyon, su guardaespaldas.
Veradis se sentó a la mesa y Calidus hizo lo propio a su lado. Alcyon permaneció de pie detrás de ellos.
—Esto es... inusual —dijo Vandil, que se sentó despacio, sin apartar la vista del gigante—. ¿Tengo que recordarte por qué estamos aquí, hombre de Tenebral?
—Para quebrar el poder de los Hunen —respondió Veradis con calma.
—Ajá. Gigantes.
Calidus rio entre dientes.
—Los gigantes guerrearon entre ellos durante mucho más tiempo del que han combatido contra nosotros. No tenéis motivo para desconfiar de la presencia de Alcyon ni de su lealtad.
—Ha luchado a mi lado y me ha salvado la vida —añadió Veradis—. Al servicio de Nathair ha dado muerte a gigantes, a los Shekam de Tarbesh.
—¿De qué clan eres? —preguntó Vandil sin despegar los ojos del gigante.
—De los Kurgan —respondió Alcyon.
Veradis rompió el silencio que siguió:
—Mi rey os envía sus saludos. Os agradece que mantengáis la alianza iniciada por el rey Aquilus. Espera que veáis mi presencia aquí como prueba de su compromiso con vosotros y con los ideales de su padre.
—Por supuesto, por supuesto —masculló Braster.
Romar miró a otro lado.
—¿Cómo se encuentra Nathair? —preguntó Braster.
—Ya se ha recuperado por completo, aunque le llevó muchas lunas. Mandros le causó graves heridas.
—Lástima que no fuera juzgado por aquello de lo que se le acusaba —dejó caer Romar.
Veradis se sonrojó; esas palabras le tocaron la fibra. Lamentaba haber tenido que matar a Mandros. Odiaba que ahora lo llamaran «matarreyes». «No tenías elección —susurró una voz interior—. Y Romar no estaba allí. ¿Quién es él para juzgar?»
—Luchó y perdió. Yo lo juzgué —aseveró Veradis—. Y recibió más justicia de la que él dio al rey Aquilus. ¿Acaso lo pones en duda?
—Sí. Un rey debe ser juzgado por reyes —contestó Romar sosteniéndole la mirada.
—En un mundo ideal, sería como dices —terció Calidus—. Pero en batalla no hay garantías. ¿Debo recordarte que Mandros huyó de Tenebral, que atacó a Peritus y a Veradis, que les tendió una emboscada mientras cruzaban un río...?
—Algunos sostendrían que atacó a una hueste que había invadido su reino —lo interrumpió Romar.
—Mandros era culpable —replicó Veradis, con la sangre hirviendo—.
Yo estaba junto a la puerta cuando... cuando cometió el crimen.
Lo vi huir. Vi a Nathair con un cuchillo clavado en el costado, vi a Aquilus...
—De pronto resonaron en su cabeza, nítidas y cortantes, las palabras que Mandros había pronunciado en el claro del bosque: «Nathair mató a Aquilus...
». Se frotó la frente y cerró los ojos un instante.
«No escuches sus mentiras», murmuró la voz interior.
—¿Te encuentras bien? —Calidus le tocó el codo.
—Sí. —Se enderezó en la silla—. Mandros era un asesino, un mentiroso, un cobarde.
—Aun así —insistió Romar, con un gesto de la mano—, eso no cambia nuestra antigua ley, traída desde la Isla del Verano, que dicta que solo un rey puede juzgar a otro rey. Y no soy el único descontento con lo ocurrido. He oído lo mismo de Brenin, en Ardan.
Braster golpeó la mesa con el puño.
—¡Eso ya pasó, Romar! ¡Es agua pasada! —rugió—. Y no nos hemos reunido aquí para discutir ese asunto. Tenemos la oportunidad de librar nuestras fronteras de los Hunen. ¿Vas a echarla a perder?
Romar lanzó una mirada a Veradis, luego a Calidus y finalmente a Alcyon, que se alzaba imponente detrás de ellos.
—No necesitamos... —comenzó.
—Yo digo que sí —lo interrumpió Braster—. Y además di mi palabra a Aquilus. Y no la di a la ligera.
Los dos reyes se miraron durante unos instantes tensos. Al final, Romar apartó la vista y asintió.
—Bien. Hablemos entonces de cómo erradicar a los Hunen.
Se inclinó hacia delante.
—Pero sabed una cosa: cuando todo esto termine, exigiré una investigación sobre lo ocurrido en Carnutan. La muerte de un rey no es asunto menor. Mi apoyo a la alianza quedará en suspenso hasta que quede satisfecho. Si es que eso pasa.
Calidus tenía un aire de irritación.
—¿Qué sabemos del enemigo? ¿Conocemos cuántos son?
—preguntó Veradis, agradecido por dejar atrás el asunto de Mandros.
No le habían gustado las preguntas de Romar, sus acusaciones.
Las palabras de Nathair acudieron a su memoria: «Los poderes se están reuniendo.
Todos lucharán, por la Estrella Brillante o por el Sol Negro.
La pregunta es: ¿quién luchará conmigo y quién contra mí?
No confíes en nadie.» Miró a Romar con recelo.
—No con certeza —respondió Braster.
—Pero en cada incursión son cada vez más numerosos —apuntó Vandil—. Antes eran grupos de diez o veinte. En la última, en la frontera de Isiltir, eran cuarenta o cincuenta. Y llevaban sierpes.