Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO SESENTA Y CUATRO. CORBAN
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CAPÍTULO SESENTA Y CUATRO. CORBAN

CAPÍTULO SESENTA Y CUATRO

CORBAN

Corban estaba junto al puente, contemplando el Bosque Oscuro, que se extendía al otro lado del río.

Echaba de menos a Tormenta.

Habían pasado dos noches en Uthandun y la incertidumbre empezaba a resultarle insoportable. La noche anterior había preguntado a Brina si Craf tenía noticias de Tormenta. Ella solo le dijo que la lobona seguía allí, merodeando por las lindes del bosque.

El retumbar de cascos lo arrancó de sus pensamientos y lo obligó a apartar la vista del bosque para dirigirla a la colina que descendía desde Uthandun. Un grupo de jinetes bajaba al trote, todos con las capas grises de Ardan, salvo una figura con capa roja que iba en cabeza.

La reina Alona cabalgaba junto al de la capa roja, que por su aspecto y el arco y el carcaj sujetos a la silla de montar debía ser un cazador. A su lado, Tull sobresalía por encima de todos, con un enorme escudo terciado a la espalda. Detrás, Corban distinguió a Edana junto a Cywen.

Una veintena de guerreros de Ardan los seguían, con Ronan a la cabeza.

La mirada de Alona se detuvo en Corban cuando cruzaban el puente.

Él sonrió a su hermana. Ronan le saludó con la cabeza y enseguida pasaron de largo; quienes cruzaban el puente se apartaron para dejar paso a los jinetes.

Al llegar a la otra orilla, abandonaron la Calzada de los Gigantes y el jinete de la capa roja los introdujo en el interior del bosque.

Corban respiró hondo, se echó un pequeño saco al hombro y cruzó el puente con paso decidido hacia el bosque, sin mirar atrás.

Pero algo hizo que se volviera al poco. Se detuvo y miró hacia el puente. Una figura llamó su atención. Permaneció donde estaba mientras aquella silueta se acercaba, avanzando con una cojera inconfundible.

—¿Por qué me sigues? —preguntó Corban cuando Gar estuvo lo bastante cerca.

El jefe de cuadras parpadeó y se ruborizó.

—¿Y tú qué haces metiéndote en el Bosque Oscuro? —replicó.

—No necesito que me sigan. No soy un crío —espetó Corban.

—No, desde luego que no. Un crío suele meterse en menos líos que tú —murmuró Gar.

—Dime, ¿por qué me sigues? —insistió Corban.

—Tu madre me lo ha pedido. Quiere que me asegure de que no te pase nada.

Corban no parecía contento.

—¿Y qué haces tú por aquí?

Corban guardó silencio un instante, sopesando sus opciones. Podía mentir y regresar al otro lado del puente. Pero ya había tomado una decisión, se había aferrado a ella, y no soportaba la idea de echarse atrás. Inspiró hondo.

—Voy a buscar a Tormenta —respondió.

—¿Qué? ¿Pero no estaba en el Baglun?

—Estaba. Ahora está aquí. Brina me lo ha dicho.

Gar calló, pensativo.

—Deberíamos volver. Ahora mismo —dijo al fin, alzando una mano para frenar a Corban, que estaba a punto de protestar—. Sé que la echas de menos. Yo también. Pero ¿qué es lo mejor para Tormenta? Si la ven contigo ahora, todo lo que has hecho por ella no habrá servido de nada. La matarán.

—Yo... solo le llevo comida... —murmuró Corban. Los hombros se le hundieron un instante, pero enseguida negó con la cabeza y se irguió—. No, Gar. Me ha seguido hasta otro reino, casi cien leguas. No sé qué haré después, pero tengo que verla.

Se quedaron en silencio, con el susurro de hojas y ramas sobre sus cabezas y los sonidos lejanos de la fortaleza mezclándose con el murmullo constante del río.

Gar asintió despacio.

—Si ya lo has decidido...

—Sí.

—De acuerdo, entonces.

Corban parpadeó, con la boca entreabierta, preparado para seguir discutiendo. Pero dijo:

—De acuerdo, entonces. Bien.

—Así que, ¿por dónde empezamos? —preguntó Gar.

Corban titubeó.

—Brina dijo que por las lindes del bosque.

—Es un bosque muy grande, muchacho.

—He pensado que estaría hacia el oeste. No demasiado lejos de la fortaleza, si nos ha seguido hasta aquí.

—¿Y tienes algún plan?

—Sí —respondió Corban con una sonrisa—. Adentrarnos lo bastante en el bosque para que no nos oigan desde Uthandun... y empezar a llamarla.

Gar resopló.

—Seguro que eso funciona.

Se internaron entre los árboles, con Corban en cabeza, para intentar seguir el rastro apenas visible de un zorro entre la maleza espesa. Al cabo de un rato llegaron a un arroyo; en la orilla crecían setas en pequeños grupos.

—Aquí mismo está bien —dijo Corban, que de pronto sintió un nudo en el estómago. Se llevó las manos a la boca a modo de bocina—. ¡Tormenta! —gritó.

Repitió el nombre media docena de veces. Luego se sentó en un tocón junto al arroyo y esperó.

No tardó en oír el crujido de la maleza al otro lado del agua y vio un destello blanco. Un instante después, Tormenta corría hacia él. Franqueó el arroyo de un brinco y se le echó encima con tal fuerza que ambos cayeron al suelo, rodando entre hojas húmedas y tierra.

Corban reía sin poder parar, aunque las lágrimas le corrían por la cara. Tormenta lo embestía con la cabeza, gimoteaba y le restregaba el hocico; su aliento cálido le golpeaba el rostro.

—Tranquila, chica —dijo él, que intentó incorporarse mientras la apartaba como podía.

Ella se apartó de un salto, dio una vuelta cerrada sobre sí misma y volvió a abalanzarse sobre él. Corban resbaló y cayó otra vez.

Al final consiguió ponerse en pie. Tormenta lo miraba con los ojos brillantes. Corban volvió la cabeza hacia Gar y vio que el jefe de cuadras sonreía abiertamente. A él mismo le dolía la mandíbula de tanto sonreír.

Tormenta estaba más delgada de lo que recordaba; tenía el pelaje sucio, manchado de barro. Corban abrió el saco, sacó una pierna de cordero que había guardado a escondidas de la cena de la noche anterior y se la tendió. Ella empezó a desgarrar la carne al instante.

Feliz, Corban miró a Gar y luego se arrodilló para hundir el rostro en el pelaje de Tormenta.

Permanecieron así un buen rato. Tormenta devoraba con ansia, partiendo huesos con su poderosa mandíbula para alcanzar el tuétano, y Corban y Gar la observaban en silencio.

De pronto, Tormenta se puso tensa. Alzó la cabeza bruscamente y miró más allá del arroyo. Un sonido llegó amortiguado a través del bosque: ¿Gritos? ¿Alaridos? El choque lejano del hierro contra el hierro.

—¡Vamos, Ban! —dijo Gar, mientras cruzaba el arroyo a toda prisa.

Al principio avanzaron con dificultad entre la espesa vegetación; las zarzas les arañaban la ropa.

Luego dieron con un sendero ancho. En una dirección vieron a un jinete solitario, tambaleándose sobre la silla antes de desaparecer tras un recodo.

Corban creyó distinguir una capa gris. En la otra dirección, cada vez más cercano, resonaba el ruido que los había puesto en alerta.

No cabía duda de que era el fragor de una batalla. Los gritos subían por el sendero, el metal chocaba con el metal.

—Salgamos del camino —sugirió Gar, que se deslizó tras el tronco de un árbol.

Corban lo siguió, con Tormenta pegada a él y el lomo erizado. Gar avanzó con cautela entre los árboles, y Corban y la lobona lo siguieron, moviéndose en paralelo al sendero.

De repente, el estrépito cesó. El silencio que lo sustituyó era tenso, opresivo. Aun así, siguieron avanzando. Corban procuraba no hacer ruido; cada rama que crujía bajo sus botas le provocaba un estremecimiento.

Entonces salieron a un claro.

La luz del sol caía a plomo desde lo alto.

El suelo estaba sembrado de cuerpos; hombres y caballos yacían inmóviles sobre la hierba, empapados en sangre.

Al entrar ellos, una bandada de cuervos alzó el vuelo entre graznidos de protesta.

Uno permaneció posado sobre el flanco de un caballo, con el pico goteando sangre. Las moscas zumbaban en nubes espesas.

Aquí y allá, entre los caídos, se distinguían capas rojas. Pero la mayoría de los muertos vestían el gris de Ardan.