Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO SESENTA Y TRES. CYWEN
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CAPÍTULO SESENTA Y TRES. CYWEN

CAPÍTULO SESENTA Y TRES

CYWEN

A Cywen no le gustaban los establos de Uthandun: todo parecía demasiado nuevo.

Ese día iba a salir a caballo con la princesa Edana y sus padres.

La mayoría de sus caballos estaban estabulados en praderas fuera de la fortaleza, pero las monturas reales se guardaban dentro de las murallas de Uthandun.

Frunció el ceño y se estremeció sin saber por qué.

No se sentía cómoda en ese sitio. Quería volver a casa.

«No seas una cría.» Sacó de las riendas a su caballo ensillado hasta el patio, donde Edana ya estaba montada.

Y, en realidad, no tenía motivo alguno para sentirse así.

Más bien al contrario. Ronan le había pedido que paseara con él la noche anterior.

La había hecho reír y sonrojarse a partes iguales.

Había hablado de ellos dos como de una pareja, de pedir permiso a su padre para cortejarla.

Solo de pensarlo sentía mariposas en el estómago; aún le parecía notar el sabor de sus labios.

Sacudió la cabeza y miró alrededor con timidez, como si los demás pudieran adivinar sus pensamientos con solo mirarla.

Pero nadie le prestaba atención. Salvo Ronan, claro. Se sonrieron.

Iban a dar un paseo a caballo por el Bosque Oscuro, pues el rey Brenin había comentado al rey Owain que le gustaría conocer algo del bosque. Owain había puesto de inmediato un guía a su disposición.

La reina Alona también quería acompañar a su marido, lo que significaba la presencia de Tull y de una veintena más de guerreros de rostro severo. Cywen montó en silencio.

Se oyó el tableteo de cascos y Vonn entró en el patio a caballo. Inclinó la cabeza ante Alona.

—El rey Brenin envía sus disculpas —dijo con rigidez—, pero él y mi padre no pueden salir hoy. Se han visto retenidos por un asunto ineludible.

—Oh —respondió Alona, molesta—. Este lugar es tan aburrido —añadió con un suspiro—. En fin, ya que estamos todos aquí y preparados, podemos ir sin ellos. ¿No te parece, Tull?

—Lo que deseéis, mi señora.

—¿Vienes con nosotros, Vonn? —preguntó ella.

—Me temo que no —contestó el joven—. Mi padre me ha pedido que regrese en cuanto haya transmitido el mensaje.

—Entonces no te entretengo más —dijo Alona.

—Mi señora. —Vonn inclinó la cabeza y volvió grupas.

—¿A qué viene esa cara tan larga, Vonn? —preguntó Edana al cruzarse con él.

—¿Eh? Nada. —Se encogió de hombros—. Mi padre... —murmuró, y negó con la cabeza—. Nada. O nada que pudieras entender tú, en todo caso.

Edana parecía contrariada.

Cywen miró con desagrado a Vonn, y recordó de pronto aquel día en el potrero, cuando se había enfrentado a Ban y Escudo había matado al perro.

—A lo mejor le has roto el corazón, Edana —dijo—, ahora que sabe que nunca enlazaréis las manos.

Era de dominio público que Evnis había estado maniobrando para presentar a Vonn como posible esposo de la princesa Edana. Según Edana, la noche anterior su padre había dejado claro a Evnis que eso nunca sucedería.

Vonn le dedicó una sonrisa sin alegría y se inclinó sobre la silla.

—¿Quieres oír un secreto? —dijo en voz baja, sin esperar respuesta—. Me alegra que no nos unan. Me alegra de verdad. Amo a otra.

—¿A quién? —preguntaron las dos muchachas al unísono.

Vonn sonrió abiertamente, y de pronto resultó apuesto. Se llevó un dedo a la nariz en gesto de confidencia, espoleó el caballo y abandonó el patio.

Pronto estuvieron todos reunidos para la cabalgata, con una veintena de guerreros de capas grises rodeándolos.

Tull encabezaba la columna; su cabeza sobresalía por encima de Alona y el guía de capa roja, un cazador de Uthandun.

Partieron por las calles de tierra apisonada de la ciudad, salieron a la colina verde y, de repente, Cywen sintió que se le aligeraba el ánimo.

Vio a Corban junto al puente tendido sobre el río.

Solo hubo tiempo para sonreírle antes de dejarlo atrás, cruzar a medio galope el puente y girar hacia el oeste por la orilla, hasta que el guía se internó bajo los árboles del Bosque Oscuro.

—¿Quién crees que es? —preguntó Edana a Cywen mientras avanzaban al trote por un sendero moteado, donde el sol dibujaba sombras cambiantes en el suelo al mecerse las ramas sobre sus cabezas.

—¿Quién? —preguntó Cywen.

—La chica misteriosa de Vonn.

—No imaginaba que se llegase a enamorar. Siempre me ha parecido demasiado arrogante.

—Pero siempre hay mujeres revoloteando a su alrededor —observó Edana.

—Como moscas —murmuró Cywen.

—A lo mejor es que huele mal —replicó Edana.

Cywen soltó una carcajada.

—Pero nunca le he visto interesarse de verdad por ninguna —añadió Edana.

—¿Pensabas que solo tenía ojos para ti? —dijo Cywen—. ¿Te molesta?

—No digas tonterías —respondió Edana con sequedad—. Lo que me molesta es no saberlo. Tendremos que vigilarlo de cerca mejor cuando volvamos a casa.

—¿Vigilar a quién? —preguntó Ronan, que se había acercado a medio galope.

—A Vonn.

—¿A Vonn? ¿Y eso?

—Porque tiene un secreto —contestó enigmática Edana.

—¡Cywen! —la llamó la reina Alona desde la cabeza de la columna—. ¡Ven a cabalgar conmigo!

Cywen adelantó su caballo. Edana arqueó las cejas.

—He visto a tu hermano en el puente —dijo Alona.

—Yo también.

—¿Cómo está... desde ese asunto de su lobona?

—Bien... Triste, claro —respondió, dudando hasta dónde debía sincerarse—. Por las noches le oigo llorar en su cuarto —confesó compungida—. Estaban muy unidos.

—Fue una desgracia —dijo Alona—, pero no había otra salida después de lo que hizo.

—Ellos se lo buscaron —replicó Cywen con brusquedad—.

Rafe desenvainó la espada. Estoy segura de que habrían matado a Corban y a Farrell, incluso a Bethan.

Tormenta los salvó. No hizo nada distinto de lo que habría hecho el perro de mi padre, y sin embargo la castigan a ella, no a Rafe ni a Crain.

Ban fue a ayudar y también lo castigan. No es justo...

—Se sonrojo y cerró la boca. Eran pensamientos que le rondaban desde hacía muchos días, pero nunca había tenido la intención de decirlos en voz alta delante de la reina de Ardan.

Tull gruñó a su lado, y pareció que, con la mirada, le daba la razón. Alona lo miró muy seria.

—¿Y si hubiese sido Corban el que perdía un brazo? ¿O Farrell? —replicó la reina—. Tu juicio no es imparcial, Cywen. Era la única decisión posible. Esa lobona debería haber sido sacrificada. —Hizo una pausa—. Aparte de eso, ¿has notado a Corban distinto en algún otro sentido?

—No... —dijo Cywen.

En realidad, su hermano sí estaba cambiando en todos los sentidos.

Desde que aquel hombre, Meical, se marchó, parecía más callado, más reservado.

Había querido hablar con él y contarle lo que había oído, pero siempre que se decidía a hacerlo, algo la detenía, ya fueran unas circunstancias o un presentimiento.

Y otras veces volvía a ser el de antes, solo que más seguro, más firme, sobre todo cuando les enseñaba a ella y a Dath a manejar las armas.

Sin darse cuenta, Corban se había convertido en su líder, en la cola que los mantenía unidos a todos.

—No demasiado —se corrigió—. Echa mucho de menos a Tormenta. Y pronto afrontará su Noche Larga, la prueba de los guerreros. Supongo que está creciendo.

Alona asintió despacio.

—Tull, ¿cómo se desenvuelve Corban en el Campo de los Serbales?

—¿Corban? Bien, mi señora. Muy bien. Podría llegar a ser un maestro con la espada, aunque... —De repente le cambió la cara.

—¿Aunque qué?

—No es nada —dijo el guerrero—. Solo que su estilo es distinto. Quizá porque Halion lo entrena. —Se encogió de hombros—. Con la lanza cumple. Ni destaca ni desentona. Con el arco... Bueno, digamos que no es lo suyo.

—Gracias.

Tull guardó silencio un momento y añadió:

—Tiene agallas... Valor. Del de verdad. Nunca lo había visto tan claro en alguien tan joven.

Siguieron avanzando un rato en silencio. El chacoloteo de los cascos y el tintineo y el crujido de los arneses colmaban el bosque.

—Hay un claro un poco más adelante, mi señora —anunció el guía—. Buen sitio para que descansen los caballos y para beber algo.

Entraron en el claro y la luz del sol los cegó de pronto. Cywen seguía en cabeza, junto a Alona, Tull y el guía, que se internaron hasta el centro. Los demás —Edana, Ronan y los guerreros— se desplegaron alrededor de la reina. Algunos desmontaron.

Cywen alzó la vista, entrecerrando los ojos y protegiéndolos del resplandor del sol. El claro vibraba con el canto de los pájaros; las abejas zumbaban perezosas sobre los macizos de campanillas blancas y borbonesas.

Entonces silbó la primera flecha.