CAPÍTULO SESENTA Y DOS. CORBAN
CAPÍTULO SESENTA Y DOS
CORBAN
—¿Cuánto falta para llegar a Uthandun? —preguntó Corban.
—Deberíamos ver sus murallas antes de que se ponga el sol.
—Ah.
Corban sintió una punzada de inquietud al pensar que el viaje tocaba a su fin.
Cuando Brina le había dicho que Tormenta los seguía, había sentido a la vez preocupación y emoción.
La preocupación se había desvanecido mientras atravesaban el bosque al no advertir ningún rastro de ella ni oírla.
Le reconfortaba saberla cerca y, al mismo tiempo, empezaba a confiar en que mantendría las distancias y no se delataría.
Lo que haría al llegar a su destino era otra cuestión muy distinta.
La ansiedad comenzaba a apoderarse de nuevo de él.
La larga columna cruzó un puente. Uthandun se alzaba ante ellos, sobre una colina. Corban no dejaba de revolverse en la silla y lanzar miradas por encima del hombro hacia el bosque.
—Por el amor de Dios —murmuró Brina con aspereza—, intenta ser más discreto. O lograrás que todo el ejército de Brenin se ponga a mirar atrás.
Corban hizo una mueca y procuró sentarse erguido.
—Craf —llamó Brina. Se inclinó hacia el ave y le susurró algo. Con un graznido y un batir ruidoso de alas, el cuervo alzó el vuelo y regresó por el camino que habían recorrido en dirección a los árboles del Bosque Oscuro.
—Ya está —dijo Brina—. Ahora tranquilízate.
—Gracias —murmuró Corban.
Brina resopló.
Uthandun era una ciudad austera y ordenada, donde todo estaba en su sitio. Empalizadas altas cercaban con pulcritud cada edificio, cada espacio, incluidas las vastas extensiones de potreros.
Al norte de la fortaleza, la colina descendía suavemente hacia un pequeño valle, y fue allí donde el rey Brenin y su séquito tuvieron que acampar, pues dentro de las murallas no había espacio para albergar a todos.
Brenin se negó a separarse de los suyos, y eligió el valle antes que una cámara en la fortaleza.
Esa misma noche, Corban se sentó con su familia en torno a una hoguera.
Los acompañaban Gar y Brina. Craf revoloteaba alrededor de la curandera y picoteaba ruidosamente las tiras de cordero que de vez en cuando le arrojaba.
A diferencia de Dath, cuyo padre no le había dejado ir, Farrell también estaba.
Había ido a ver a Corban al día siguiente de que Tormenta mordiera a Rafe y lo encontró en el jardín, sentado sin hacer nada, falto de voluntad para cualquier cosa.
—Yo... quería hablar contigo —había dicho el altísimo aprendiz de herrero.
Corban alzó la vista hacia su rostro magullado. Ya le habían limpiado y vendado los cortes.
—Ajá. ¿Y bien? —respondió.
—Quería darte las gracias —dijo Farrell—. Por lo que hiciste.
Corban le restó importancia con un gesto.
—Habría acabado mal... —añadió Farrell—, si no hubieras intervenido.
Corban no había sabido qué decir. El otro chico había permanecido allí unos instantes más y luego se había marchado.
Desde entonces, sin embargo, lo había visto con frecuencia. No hablaba con él, simplemente lo veía cerca, rondando.
Una figura surgió de la oscuridad, envuelta en una de las capas grises de la comitiva.
—¿Puedo sentarme con vosotros? —preguntó Heb, el guardián del conocimiento, mirando alternativamente a Gwenith y a Brina.
—Claro —respondió Gwenith. Se volvió hacia los demás—. Haced sitio.
—Bah —protestó Brina, aunque se movió para dejarle hueco junto al fuego—. ¿A qué debemos tal honor? ¿Cómo es que prefieres nuestra hoguera a la de Brenin?
Heb le lanzó una mirada feroz.
—Por muy desagradable que pueda resultar tu compañía, querida dama —dijo forzando una sonrisa—, es infinitamente más llevadera que la de quienes buscan congraciarse con Brenin.
—Ah, ¿sí? —replicó Brina—. ¿Uthan no es de tu agrado?
—No me refiero a Uthan —dijo Heb de mal humor—.
Es bastante soso, cierto, pero el pobre chico no puede evitarlo con un padre como Owain.
No, lo que me irrita es el cacareo de Gethin y la zalamería de Evnis.
Cree que todos somos necios, ciegos ante sus torpes maniobras para presentar a Vonn como candidato para Edana.
No es que me importe en exceso. Brenin la puede casar con quien desee, aunque dudo que sea con ningún hijo de Evnis.
Lo que no soporto es que me tomen por idiota.
—Entonces quizá hayas elegido mal la hoguera —repuso Brina, y provocó una risotada general.
—Una cosa es que te llamen necio y otra muy distinta que te traten como tal, querida —replicó Heb, con una media sonrisa—. Al menos aquí la conversación me mantendrá despierto.
Corban sonrió, pues consideraba que Brina y Heb estaban casi a la par en ingenio y lengua afilada. La velada prometía.
Thannon se inclinó hacia él y le dio unas palmadas en la rodilla con su mano grande y callosa.
—Ya falta poco para tu onomástica, Ban —dijo quedamente.
Un escalofrío de emoción recorrió a Corban.
—He estado pensando —continuó Thannon—. Cuando regresemos, deberíamos empezar con tu espada.
A Corban se le dibujó una sonrisa de oreja a oreja.
—Eso estaría bien —respondió. Por fin, una espada de verdad, hierro sólido en lugar de un palo de madera—. Muy bien.
Thannon le devolvió la sonrisa.