CAPÍTULO SESENTA Y UNO. CORBAN #3
Se revolvió en la silla de montar y, distraídamente, dio unas palmadas en el cuello a Escudo.
Era el viaje más largo que su caballo había hecho jamás.
Corban sentía la energía contenida entre sus piernas, el deseo de galopar libre, pero lo mantenía al paso, acompasado a la larga columna de capas grises que se extendía delante y detrás de él.
Brenin y su corte viajaban a Narvon para asistir al enlace de Uthan ben Owain y Kyla ap Gethin. Pero no era solo eso, como repetía Evnis a todo aquel que quisiera escucharlo, también iban a ser testigos de la unión de sus dos reinos.
Gar le había desaconsejado que montara a Escudo; lo consideraba aún demasiado fogoso.
Pero Corban se había negado a ir si no era con él.
Después de perder a Tormenta, no soportaba la idea de separarse también de Escudo.
Al final, Gar había cedido, tal vez influido por las miradas torvas de su madre.
Un cuerno sonó más adelante. Corban se estiró para mirar por encima de la columna. Marrock, que cabalgaba junto a Pendathran, hizo sonar de nuevo el cuerno: una nota larga y clara. Desde Badun llegó la respuesta casi de inmediato.
La ciudad estaba ya mucho más cerca y Corban distinguía las figuras alineadas sobre las empalizadas. Vio abrirse las puertas y salir una escolta de jinetes. Eran Gethin, su hija y una guardia de honor.
Los dos grupos se encontraron en la carretera. La columna se detuvo brevemente. Tras reanudar la marcha pasó junto al gran círculo de piedras; los enormes monolitos se alzaban sobre ella. La comitiva continuó por la Calzada de los Gigantes, bajo las primeras ramas del Bosque Oscuro.
Como en el viaje anterior, Corban cabalgaba en compañía de Brina, pues oficialmente hacía el viaje en calidad de aprendiz de la curandera, si bien todavía no se sentía cómodo del todo con ese título.
Lo cierto era que casi nadie necesitaba una excusa mejor para unirse a la pequeña hueste.
Incluso sus padres habían venido y cabalgaban en alguna posición más retrasada de la columna.
Ya habían pasado una noche en el Bosque Oscuro, y el sol estaba a punto de ponerse otra vez. Al pensar en el Baglun, Tormenta le vino a la cabeza inmediatamente.
Suspiró.
—¿Te sientes segura aquí? —preguntó a Brina.
—¿Segura? Por supuesto. Bueno, tan segura como en cualquier otro sitio.
—Le lanzó una mirada con un ojo entrecerrado—.
Pendathran, aunque es un zoquete torpe y falto de tacto, puede ser muy útil.
Es el sabueso fiel de Brenin, y cuando se le encarga una tarea, sobre todo si implica apuñalar a alguien, es notablemente eficaz.
—Examinó el bosque con la mirada—. Este lugar es seguro.
O al menos eso piensa Pendathran. De lo contrario no permitiría que Brenin lo atravesara.
—Seguro, seguro, seguro —graznó Craf, posado en el arzón de la silla de Brina.
—He estado pensando —dijo Corban.
—Ay, no... —imploró Brina.
—Sobre lo que dijiste antes. Sobre la codicia. Sobre Evnis y su hermano, sobre sus intrigas...
—¿Y?
—¿No podríamos hacer algo al respecto?
Brina soltó un bufido.
—No serviría de nada. Y aunque lo hiciéramos y consiguiéramos detenerlos, surgirían otros veinte como ellos en otra parte. No —sentenció—, son un síntoma triste, deprimente, de estos tiempos, de nuestra lenta deriva hacia...
—No —la interrumpió Corban—. Verdad y valor. Eso me enseñó mi padre. Que la verdad y el valor gobiernen tu vida, y Elyon te ayudará.
—¿De veras? —replicó Brina—. Hubo un tiempo en que habría estado de acuerdo contigo, muchacho. Pero he visto demasiado valor sin recompensa, demasiada verdad pagada con odio y engaño. Ay, si yo fuera joven otra vez...
Craf graznó y agitó las alas.
—¡Verdad y valor! —chilló.
Brina lo fulminó con la mirada.
—¿Quieres decir que no vas a hacer nada? —insistió Corban.
—¿Qué propones?
—No lo sé...
—«No lo sé» —repitió ella, poniendo los ojos en blanco—. El refugio de la juventud. Déjame decirte algo —añadió señalándole con el dedo—: la ignorancia no es una virtud deseable.
—¡Hacer nada! ¡Hacer nada! ¡Hacer nada! —graznó Craf. Batió las alas y echó a volar.
—¿Lo ves? Craf está de acuerdo conmigo —dijo Brina, aunque lanzó una mirada asesina a su cuervo.
—Yo... Yo... —tartamudeó Corban—. Es mejor intentarlo y fracasar que no intentar nada.
Oyó una especie de sonido de succión y notó que algo le aterrizaba sobre el hombro con un plaf. Miró la sustancia blanquecina y viscosa, desconcertado, y abrió mucho los ojos al comprender exactamente lo que Craf acababa de hacerle.
Brina soltó una carcajada.
—Ya lo ves. Eso es lo que Craf opina sobre tu verdad y tu valor.
—Odio a ese cuervo —renegó.
—No es tan malo —repuso Brina—. Tiene sus ventajas tratar con un animal que posee el don.
—Se inclinó hacia Corban y añadió en voz baja—: Craf me cuenta cosas.
Casi siempre sobre el tiempo, o caracoles, o ranas...
—Se estremeció e hizo una mueca de asco—.
Pero a veces son más interesantes. Hoy, por ejemplo, me ha dicho que ha visto algo.
—Lo miró un momento fijamente y luego devolvió la vista al frente—.
Me ha hablado de cierta lobona que nos sigue, a una distancia prudencial para que no la vean.
Es blanca y con rayas oscuras en el lomo.