CAPÍTULO SESENTA Y UNO. CORBAN #2
—Tu hijo participó en un acto deshonroso, Helfach. Ha traído la deshonra a tu casa. Cierto es que no merecía una herida tan grave. Lo ocurrido es una tragedia, y tú y los tuyos tenéis mi compasión. No obstante, no hallo culpa en ninguno de los aquí presentes.
—¿Deshonroso? Eso será solo si dais crédito a lo que ha dicho él —replicó Helfach, que señalaba a Corban— y desestimáis todo lo que Crain ha contado.
—No creo a Crain —aseveró con frialdad Brenin—. El relato de Corban está respaldado por dos testigos, Bethan y Farrell. Ese corte en el brazo de Corban se ha hecho con un filo, y Farrell tiene las marcas de muchos golpes, más de los que una sola persona le podría haber propinado.
Helfach resopló, pero guardó silencio.
—Mi señor... —terció Evnis—. Una pregunta.
Brenin hizo un leve gesto con la mano.
—¿He de entender que esa lobona no goza de vuestra protección?
—¿Mi protección? ¿Una lobona? Desde luego que no —respondió el rey con sequedad.
—Entonces no os importará que la cace, ¿verdad? A modo de compensación para Helfach y Rafe.
Brenin apretó los dientes, pero asintió.
—Haz lo que estimes oportuno. Lo que elijas cazar en el Baglun es asunto tuyo, siempre y cuando camine sobre cuatro patas y no sobre dos.
Evnis inclinó la cabeza escuetamente.
Corban sintió que algo se retorcía en su interior, como si una mano le estrujara el corazón.
«Cazar a Tormenta.»
—El otro asunto es Rafe —prosiguió Brenin—.
Ha desenfundado la espada contra quienes no han pasado aún su Noche Larga ni superado las pruebas de guerrero.
Todo el mundo sabe que eso está completamente prohibido.
Las habilidades que se enseñan en el Campo de los Serbales tienen un solo propósito: defender a nuestro pueblo, a aquellos que no pueden defenderse por sí mismos: mujeres, niños y ancianos.
—Hizo una pausa—. Se le retirarán la espada y la lanza a Rafe y no se le devolverán hasta que yo lo estime oportuno.
—Sí —dijo Helfach, y añadió—: Mi rey.
—Bien. Aquí acaba este asunto. Ahora, marchaos.
La estancia se vació con rapidez. Cuando Corban estaba a punto de salir, Brenin lo llamó.
—¿Sí, mi rey?
—No te alejes demasiado de la fortaleza durante un tiempo. Y mantente lejos del Baglun. No quiero oír que has sufrido alguna clase de accidente de caza.
—Sí. —Corban tragó saliva.
—Eso es todo, muchacho.
—Gra... gracias —murmuró Corban, y salió.
Su familia lo esperaba en el pasillo. Cywen le cogió la mano y se la apretó. Después recorrieron en silencio la torre, salieron a la lluvia y volvieron a casa.
Corban se sentó en la cocina mientras su madre le preparaba un cuenco de caldo.
Bebió un poco, aunque le costaba tragar.
Al cabo, alegó cansancio y se retiró a su cuarto.
Cerró la puerta y se dejó caer sobre la cama.
Las lágrimas regresaron. Su cuerpo se estremecía, sacudido por sollozos ahogados mientras hundía el rostro en las mantas.
Y en su mente no resonaba otra cosa que el aullido de Tormenta mientras se alejaba de ella corriendo.
Badun apareció a lo lejos, perfilada sobre una colina, con la mancha oscura del Bosque Oscuro extendiéndose detrás de ella desde una punta a la otra del horizonte.
Habían pasado tres lunas desde el día que Corban abandonó a Tormenta en el Baglun; faltaban apenas seis noches para la Luna del Nacimiento.
Aún sentía su ausencia como si le hubieran amputado una parte del cuerpo.
A veces creía atisbarla con el rabillo del ojo, siguiéndolo, pero el dolor desgarrador que había sentido al principio se había atenuado con el tiempo.
Había llorado hasta quedarse dormido durante más de una decena de noches; contenía las lágrimas hasta que cerraba la puerta de su cuarto y estaba seguro de que nadie lo veía.
Había luchado contra el impulso de ir al Baglun, pues sabía que, si volvía a verla, todo habría sido en vano.
No le había ayudado que algunas noches la hubiera oído aullar al otro lado de las murallas de Dun Carreg.
Dath le había dicho que algunas noches se había visto a Tormenta más allá de Havan, lanzando aullidos hacia la fortaleza.
Evnis había salido todos los días con guerreros de su séquito, acompañado de Helfach y sus sabuesos, para cazar a Tormenta.
Y todos los días habían regresado con las manos vacías.
Según fue pasando el tiempo, sus salidas se hicieron menos frecuentes, hasta que para el solsticio de invierno ya se habían dado por vencidos.
Rafe se había recuperado. Le había quedado una cicatriz profunda en el brazo, pero el ataque de la lobona no le había dejado ninguna otra secuela.
Corban apenas había vuelto a verlo, y en las raras ocasiones en las que se encontraban se sentía incómodo, pues lo asaltaba el recuerdo de aquel instante entre los árboles.
A pesar de que Rafe había dado una paliza a Farrell e intentado hacer lo mismo con él, lo que sentía era sobre todo tristeza.