CAPÍTULO SESENTA Y UNO. CORBAN
CAPÍTULO SESENTA Y UNO
CORBAN
Corban corrió por el terreno irregular, cubierto de hierba corta como recién segada, hasta que alcanzó el terraplén de la Calzada de los Gigantes y lo trepó con rapidez, ayudándose con la espada de práctica, que aún aferraba para impulsarse.
Se detuvo un instante, jadeando, y echó un vistazo atrás para comprobar si lo seguían.
La lluvia caía en densas cortinas y las nubes desdibujaban la fortaleza, pero creyó distinguir el bosquecillo donde acababa de pelear con Rafe como una mancha más oscura en la ladera.
En su cabeza seguían resonando sus gritos. Esperaba que Bethan estuviera bien; la había visto correr hacia Dun Carreg.
Dun Carreg. Pronto correría la voz y no tardarían en salir en busca de Tormenta.
La lobona estaba sentada a sus pies, tranquila, inescrutable, con el hocico moteado de salpicaduras rosadas.
—Vamos —murmuró.
Se volvió hacia el oeste, en dirección al Baglun, y echó a correr de nuevo. Tormenta lo siguió sin esfuerzo.
Cuando volvió a alzar la vista, le ardían los pulmones y le palpitaban los pies. Ante él se alzaba el túmulo, en la cima de la colina donde había estado la empalizada de Darol. Aminoró el paso sin llegar a detenerse y se internó en el bosque.
El camino desembocaba en un claro amplio; los bloques de piedra daban paso a la tierra y la hierba.
La piedra del juramento se alzaba oscura en el centro.
Se dejó caer al pie del monolito y apoyó la espalda en él, respirando con agitación a causa del esfuerzo.
Tormenta escarbó en la tierra, dio una vuelta sobre sí misma y se tumbó a su lado.
Le dio unos golpecitos con el hocico y frotó la cabeza contra él.
«¿Qué voy a hacer?», pensó, contemplando a la lobona. Cerró los ojos y hundió el rostro en el espeso pelaje de su cuello.
«Debemos huir.» Se imaginó una vida en los bosques, ellos dos solos, tal vez incluso más allá de Ardan.
Con un poco de suerte podría encontrar a Ventos, el buhonero.
Él era su amigo y recorría las Tierras del Exilio.
Seguro que agradecería contar con la protección de Tormenta.
Pero ¿cómo iba a encontrarlo? Y entonces la idea de no volver a ver a su madre ni a su padre, ni a Cywen, ni siquiera a Gar, le pareció insoportable.
Solo de pensarlo se le cortó la respiración.
Se tumbó sobre la hierba empapada y se acurrucó contra Tormenta. Ella le olfateó el rostro y le lamió el corte en el brazo. Corban la rodeó con un brazo y cerró los ojos, ajeno a la lluvia que caía.
Aún llovía cuando se despertó tiritando, si bien ya sin tanta fuerza. El cielo se oscurecía y las nubes eran del color del hierro frío.
Tormenta estaba sentada con la espalda pegada a él y miraba hacia la penumbra de la Calzada de los Gigantes.
Entonces, con una clarividencia súbita, supo lo que tenía que hacer. No era posible huir con la lobona, pues no sobreviviría solo en los bosques ni se veía capaz de separarse para siempre de su familia. Tampoco podía volver con ella a Dun Carreg porque la matarían.
—Debo abandonarte aquí —dijo con la voz quebrada.
Se inclinó hacia ella para acariciarla y siguió con sus dedos las manchas oscuras que resaltaban sobre el blanco de su pelaje. Al menos en el Baglun, si permanecía en sus profundidades, donde la caza abundaba, tendría una oportunidad. Inspiró entrecortadamente y las lágrimas le inundaron los ojos.
Se puso en pie despacio, con los brazos y las piernas yertos, y se apoyó en la espada de práctica que aún sostenía para mantenerse erguido. Dio unos pasos hacia la salida del claro y se volvió. La lobona ya se había levantado y estaba lista para seguirlo.
—¡Quieta! —ordenó, mientras le mostraba la palma de la mano abierta.
Salió con paso rápido del claro. Lanzó una última mirada atrás y Tormenta aún estaba allí, con las orejas erguidas y los ojos cobrizos fijos en él. Luego torció en un recodo del camino y la lobona desapareció de su vista.
Unos instantes después oyó el inconfundible golpeteo de sus patas en el suelo mientras corría para alcanzarlo.
—Por favor —dijo cuando Tormenta llegó a su lado—. No lo hagas más difícil de lo que ya es. ¡No! —repitió, más alto—. ¡Quieta! Le mostró de nuevo la palma de la mano abierta y ella se detuvo obedientemente.
Esta vez Corban caminó hacia atrás, sin despegar la vista de ella, con la mano alzada. Al cabo de un centenar de pasos, cuando Tormenta ya no era más que una mancha pálida en el camino, la lobona comenzó a seguirlo otra vez.
—¡No! —gritó a la vez que blandía la espada de madera—. ¡No!
Tormenta se detuvo y ladeó la cabeza, desconcertada.
—¡No! —repitió Corban, que avanzó hacia ella agitando los brazos.
Tormenta lo miraba inmóvil.
—¡Vete! —bramó.
La lobona se dio la vuelta y caminó unos pasos, pero volvió a seguirlo en cuanto él dio media vuelta.
—¡Te matarán! —gritó con la voz rota. La empujó con la espada de madera, pero ella no se movía—. ¡Vete o te matarán! —rugió con lágrimas en los ojos, y la golpeó con la espada.
Tormenta emitió un gañido y se encogió con las orejas aplastadas contra el cráneo. Corban se dio la vuelta y echó a correr.
Al mirar atrás la vio dar un paso vacilante tras él, así que se detuvo, le tiró la espada y volvió a correr cegado por las lágrimas.
Al principio solo oía los latidos de su corazón y sus propios sollozos.
Luego, a su espalda, Tormenta aulló. El sonido, largo y melancólico, atravesó el bosque y se hundió en el corazón de Corban como si fuera un cuchillo afilado, pero él siguió corriendo, llorando, trastabillando, hasta que salió del bosque y cruzó el vado a trompicones.
Al pasar junto a la colina de Darol, una figura surgió en el camino, un jinete, y la sombra oscura de un perro junto a las patas del caballo. El hombre desmontó cuando lo vio acercarse.
—¿Ban? ¿Eres tú, hijo? —gritó una voz conocida.
Corban se arrojó a los brazos abiertos de su padre y permaneció allí un buen rato. Buddai lo olfateaba y Thannon lo sostenía en silencio y le acariciaba el pelo mojado con sus grandes manos.
—¿Dónde está Tormenta? —preguntó finalmente.
—Se... se ha ido —balbuceó Corban.
Otro aullido lejano desgarró la noche.
—Vamos, hijo —dijo Thannon—. Debo llevarte ante Brenin.
Lo levantó con delicadeza y lo sentó sobre su enorme caballo, se montó detrás de él y juntos emprendieron el regreso a Dun Carreg.
El salón de banquetes estaba casi vacío cuando Corban lo atravesó siguiendo a su padre. Los criados estaban retirando los restos de un ciervo asado del hogar apagado.
Thannon lo precedió por una serie de pasillos y se detuvo ante una puerta ancha custodiada por un guerrero.
—¿Estás preparado, Ban? —preguntó.
Corban respiró hondo.
Brenin y Alona fueron las primeras personas que vio, sentadas en sillas con el respaldo alto.
Tull y Pendathran estaban de pie detrás de ellos.
Delante de los reyes había un pequeño grupo de gente.
Corban vio a Cywen, que intentó sonreírle, y a su madre al lado, pálida y tensa.
Al ver a Bethan sintió un enorme alivio.
Evnis lo miraba fijamente, junto a Helfach y Crain. Corban desvió la mirada hacia el rey y la reina.
Un silencio sepulcral se instaló en la cámara cuando entró. La figura colosal de su padre tapaba el hueco de la puerta detrás de él. El rey Brenin frunció el ceño y le indicó que avanzara.
—¿Cómo... cómo está Rafe? —preguntó Corban en voz baja y con la cabeza gacha.
—Brina está con él. Dice que vivirá —respondió Alona.
Corban exhaló un largo suspiro.
—Me alegro —balbuceó.
—No será gracias a ti —espetó alguien detrás de él.
Corban supuso que era Crain, pero no se volvió para comprobarlo.
—Silencio —ordenó Brenin—. Todos tendréis la oportunidad de hablar, a vuestro debido tiempo.
—Recorrió con la mirada la pequeña multitud—.
Corban —prosiguió—. Lo que ha pasado es grave.
Rafe está gravemente herido. Podría haber perdido la vida a causa de una criatura que estaba bajo tu cuidado, tu responsabilidad, tal como decretó mi mujer en esta misma cámara.
Antes de dictar sentencia, me gustaría conocer con detalle los hechos.
Por eso estamos aquí. Dime: ¿qué sucedió?
Corban comenzó a hablar, un tanto titubeante al principio, pero poco a poco su voz fue ganando firmeza, casi como si explicara algo que le había sucedido a otra persona.
Había llorado en silencio durante todo el camino de regreso a la fortaleza, procurando que Thannon no lo advirtiera, y ahora se sentía entumecido, vacío.
Se concentró para ceñirse al relato de los hechos, a no permitir que sus pensamientos se desviaran hacia Tormenta, sola en el Baglun.
Cuando acabó, Brenin llamó a Crain y oyó una versión muy distinta de la historia.
Según él, Farrell les había tendido una emboscada a él y a Rafe y luego Corban había azuzado a Tormenta para que los atacara.
Tras Crain declararon otros: Bethan, Farrell y, por último, Helfach, que había sido el primero en llegar al claro con Bethan.
La reina Alona los interrumpió en varias ocasiones para formularles preguntas incisivas.
Cuando todos hubieron hablado, se hizo un largo silencio. Brenin meditaba con semblante serio.
—Aquí hay dos asuntos —dijo al fin el rey, rompiendo el silencio—.
El primero es mi decisión sobre Corban y esa lobona.
—Hizo una pausa y adoptó un aire solemne—.
La verdad, tal como yo la veo, es que Tormenta actuó como habría actuado cualquier perro, aunque con consecuencias más funestas. ¿No es así, Helfach?
El cazador se removió incómodo.
—Supongo que sí... —balbuceó.
—Si el animal aún estuviera aquí —continuó Brenin—, habría que sacrificarlo, pues ha demostrado que no es apto para vivir entre nosotros. Pero el hecho es que no está. El Baglun es un lugar adecuado para una lobona, así que, mientras no vuelva, no tomaré más medidas contra ella.
—¿Cómo? —estalló Helfach.