CAPÍTULO SESENTA. CAMLIN
CAPÍTULO SESENTA
CAMLIN
Camlin arrastraba los pies y la hojarasca se le apelmazaba bajo las botas.
Tenía frío, un frío que le había calado hasta los huesos.
Y no había esperanza de que aquello cambiara pronto, pensó con acritud, tras alzar la vista hacia los copos de nieve que descendían caprichosos a través del entramado de ramas desnudas que se extendía muy por encima de su cabeza.
Hacía más de una luna que deambulaban por el Bosque Oscuro Braith y lo que quedaba de su banda.
Habían sido más después de aquel día que, por fin, pusieron término al juego del gato y el ratón y se enfrentaron a la hueste de Ardan; algunos habían muerto por las heridas o de fiebre; otros habían huido en la noche.
Camlin tenía un aire de resignación. En cierto modo, no se lo reprochaba.
Pero él no estaba hecho para eso. Llevaba demasiado tiempo allí; la idea de abandonar el Bosque Oscuro, de abandonar a Braith, le resultaba inconcebible.
Algo crujió en la maleza junto al sendero. Desenvainó la espada con rapidez y la hundió en la tierra blanda a sus pies; luego encordó el arco, lo flechó y aguardó.
El ruido se repitió y vio que unos tallos de hiedra temblaban ligeramente. Inspiró despacio y llevó la cuerda hasta la oreja.
—No dispares, Cam, soy yo.
Reconoció la voz. Braith emergió de entre los matorrales con los brazos en alto, con una sonrisa apenas dibujada.
—Nunca he conseguido pillarte por sorpresa, ¿eh?
—No deberías hacer eso —murmuró Camlin, que limpió la hoja de la espada antes de envainarla—. Te podría haber disparado. ¿Y entonces a quién iba a culpar de este lío en el que estamos metidos?
La sonrisa de Braith se ensanchó, aunque Camlin advirtió un cambio en sus facciones, una demacración que no había visto antes ni siquiera en los inviernos más duros ni tras una noche sin dormir.
—Hace un frío de mil demonios —rezongó Braith, que se apartó un copo de nieve de la nariz—.
Mañana iremos hacia las colinas, Cam. Abandonaremos el bosque una temporada.
Una noche más a la intemperie y luego tendremos camas calientes, techo y fuego.
Iremos todos; ya somos pocos para preocuparnos de hacer turnos.
—Ah —exclamó Camlin, incapaz de ocultar el gusto que le producía la noticia.
Cada invierno, los hombres de Braith se turnaban para refugiarse en una aldea de las colinas altas. Estas comenzaban a medio día de marcha del borde noroeste del Bosque Oscuro, y la aldea quedaba a menos de otra jornada desde allí.
—Nos habría venido bien antes —dijo Camlin, sin conseguir reprimir del todo la sonrisa.
—No nos podíamos arriesgar, Cam; lo sabes. Había que asegurarse de que no nos seguía nadie.
—Eso seguro —murmuró—. Cualquiera que lo haya intentado ya debe de haber muerto de frío, o de aburrimiento, con lo que hemos andado vagando por estos bosques desde... —Se interrumpió. A ninguno de los dos le gustaba hablar de aquel día.
—Ajá —musitó Braith. Se tocó sin darse cuenta la cicatriz aún en carne viva que le cruzaba la frente.
Camlin recordó cómo se la había ganado: dos guerreros habían arremetido contra su jefe para alejarlo de Pendathran, que se recostaba en un árbol, con la cara pálida, sangrando abundantemente por un tajo en el brazo.
Recordó sus propios gritos al lanzarse contra el enemigo de Dun Carreg, el alboroto de otros que se congregaban a su espalda. Parpadeó y se frotó los ojos para arrinconar esos recuerdos.
—Ir a las colinas. Eso estará bien, Braith —dijo apretándole el hombro.
—Ve a descansar un poco, Cam. Caliéntate los pies junto al fuego. Yo haré la siguiente guardia.
Camlin dio media vuelta y enfiló el sendero hacia el campamento, mientras desencordaba el arco.
Partieron antes de que despuntara el sol, con un brío que llevaba días ausente. Ni siquiera los pies entumecidos lograron enfriar el ánimo de Camlin.
Por lo general, era de los pocos que preferían pasar el invierno en el Bosque Oscuro, pero incluso él agradecía ahora la idea de un techo y una cama. Y, más aún, la sensación de estar a salvo.
El Bosque Oscuro había sido su hogar durante más años de los que podía recordar, y siempre le había parecido más seguro que cualquier fortaleza.
Sin embargo, desde que había regresado de Dun Carreg lo perseguía una inquietud persistente, como si alguien siguiera sus pasos.
Se había reprendido una y otra vez por ello y maldecido por necio.
Se había dicho que, una vez de vuelta en el Bosque Oscuro, todo volvería a su cauce.
Pero ese presentimiento oscuro lo había acompañado hasta el fatídico día.
Habrían podido hacer que la hueste de Pendathran diera vueltas y más vueltas por el bosque, o simplemente desvanecerse.
Pero Braith estaba cansado de huir y no habían advertido que Gethin y su hueste se acercaban por la espalda.
Caminaron durante horas a través del bosque, hasta que Braith avanzó con cautela, con el arco flechado.
Camlin y los demás, apenas una veintena, salieron tras él a terreno abierto y descendieron hasta la orilla de un río.
Allí apartaron un amasijo de juncos y helechos que ocultaba el paso y dejaron al descubierto una docena de botes cuidadosamente apilados junto al agua.
Rebuscaron hasta dar con los remos. Braith empujó la primera embarcación, con dos hombres a bordo, hacia la corriente. El bote se dejó arrastrar un instante y luego comenzó a trazar una línea oblicua sobre el río cuando sus ocupantes empezaron a remar.
—El siguiente —ordenó Braith.
No tardaron en estar todos cruzando el río. Camlin iba sentado tras Braith, remando con cadencia firme hacia la orilla norte.
Enseguida alcanzaron la otra orilla, ocultaron las embarcaciones y emprendieron el camino hacia las estribaciones.
La pequeña partida ascendió sin pausa y el terreno rápidamente se transformó en colinas escarpadas y valles arbolados, surcados por arroyos impetuosos.
Por fin, en uno de aquellos valles, entre dos ríos turbulentos, apareció la aldea.
Desde la casa comunal se elevaba una deshilachada columna de humo; alrededor se alzaban una veintena de construcciones más bajas de tepes y turba.
Del hogar central emanaba el calor en ráfagas que envolvían a Camlin y penetraban poco a poco en el frío que le había calado hasta los huesos. El usque que bebía ayudaba a acelerar el proceso, pues lo calentaba desde las entrañas.
Los otros hombres de Braith rodeaban el fuego y bebían y comían junto a los inquietos aldeanos, y la expresión de agobio de los últimos días empezaba a desvanecerse.
—¿Y ahora qué, Braith? —preguntó por fin Camlin.
Se hizo un silencio. Camlin pensó que habría sido mejor mantener la boca cerrada, no formular esa pregunta, pero Braith respondió:
—Pasaremos aquí el invierno. Recuperaremos fuerzas y ánimo.
Camlin respiró hondo y decidió insistir.
—Me refiero a después. ¿Qué haremos luego, Braith? ¿Las cosas en el Bosque Oscuro volverán a ser...? —Dejó la pregunta a medias, incapaz de expresar en palabras lo que sentía.
—¿Como antes? —replicó Braith, mirándolo fijamente.
Se encogió de hombros—. Todo cambia. Pero sobreviviremos.
Eso es lo que hacen los hombres como nosotros.
—Guardó silencio unos instantes—. Vendrá más gente al Bosque Oscuro para unirse a nosotros —añadió al fin—.
Siempre ha sido así, ¿no? Y después, quién sabe.
—Su rostro se endureció; tensó la boca bajo la barba clara—.
Venganza, Cam. Eso es lo que hay en mi corazón, al menos.
Todos nosotros tenemos una cosa en común: el mundo nos ha tratado mal.
Nuestra familia, nuestros señores, los que se creen mejores...
Pero un hombre solo puede huir y esconderse durante algún tiempo.
Va siendo hora de devolver algo, digo yo.
—Insinuó una sonrisa, y el hombre severo de un instante antes se desvaneció, o quedó oculto tras ella—.
Además, para los hombres como nosotros no hay lugar mejor, ni más seguro, que el Bosque Oscuro.
Camlin asintió. Braith tenía razón. La batalla en el bosque había sido una lección amarga, sin duda, pero seguía sin existir refugio más seguro para la gente como ellos.
Dio otro trago a su jarra de usque. Brenin le había sorprendido; casi parecía justo, honrado. Lástima que no hubiera más señores en Ardan como su rey. Escupió al fuego.
—¿Estás bien, Cam? —preguntó Braith.
—¿Bien? Sí, supongo. Como dices, he sobrevivido.
—Sonrió sin humor—. Pensaba en Evnis —añadió despacio—.
Dijiste que nos ayudaría y, sin embargo, en el Baglun nos traicionó.
Hizo matar a Goran e intentó matarme a mí.
Y si no hubiera aparecido con la hueste de su hermano a nuestra espalda aquel día en el Bosque Oscuro, el resultado habría sido muy distinto, Braith.
—Sí, Cam, lo sé. —El jefe de los bandidos resopló—. Ese tiene cuentas pendientes, desde luego. Me da igual a quién pueda molestar.
—¿Qué quieres decir, Braith? ¿A quién vas a molestar?
—No es nada. —Braith bebió un largo trago—.
A veces todo se complica. Lo que hacemos, por qué lo hacemos...
se vuelve confuso. —Bebió de nuevo—. Pero la venganza es un asunto sencillo, ¿no?
Y que Asroth me oiga: entre todos tenemos de sobra por lo que vengarnos.
Venganza, Cam. La venganza será lo que nos mueva ahora.
Extendió el brazo y se lo ofreció a Camlin, que lo estrechó con fuerza.
—Sí —afirmó Camlin, sosteniéndole la mirada—. ¿Cuál es tu historia, Braith? —preguntó de pronto—. ¿Qué te llevó al Bosque Oscuro?
Conocía la de todos los demás, pero nadie sabía los motivos de Braith. Simplemente había aparecido, y era conocido por no querer hablar de su pasado.
Braith se lo quedó mirando y luego sonrió.
—Eso sí que es complicado —dijo—. Otro día, Cam. No es una historia breve y yo ya me voy a la cama. —Se puso serio de repente—. Mañana partiré antes del amanecer. Estaré fuera dos días, quizá tres. Mientras tanto, tú serás el jefe, Cam.
—¿Qué...? ¿Te vas? ¿Adónde?
—Chsss, Cam, no gastes aire. Se acabaron las preguntas. Lo sabrás cuando regrese. Pero tú mandarás hasta que vuelva, Cam, ¿me has oído?
—Claro, Braith. Si eso es lo que quieres.
—Pues sí.
Braith se levantó, volvió a sonreír y se internó en las sombras.
Camlin no sentía gran estima por el mando.
Quizá habría sido distinto si estuviera al frente de una incursión, pero allí no ocurría nada.
El primer día tras la partida de Braith transcurrió sin incidentes.
El segundo empezó a sentirse inquieto, aburrido, y no fue el único.
Para el tercero, pasaba casi todo el tiempo mediando entre compañeros tensos y cada vez más indisciplinados.
Al cuarto día se levantó con el sol y caminó lleno de inquietud hasta el borde de la aldea. Un ruido atrajo su atención y deslizó la mano hacia la espada instintivamente.
Una fila de hombres coronaba la colina. Contó diez, doce, más.
Ya estaba a punto de echar a correr hacia la casa comunal cuando distinguió a Braith entre ellos.
La columna descendió con paso firme hacia el poblado, con Braith al frente, enfrascado en una conversación.
Eran cerca de veinte hombres adustos, curtidos, armados.
Camlin vio brillar la cota de malla en uno de los hatillos cuando cruzaron el arroyo chapoteando y pasaron junto a él.
Braith se detuvo. El hombre con quien hablaba (cabello oscuro, apuesto salvo por una cicatriz bajo un ojo) siguió caminando hacia la casa comunal.
—¿Qué sucede? —preguntó Camlin.
—Reclutas —respondió Braith sin apartar la vista de los recién llegados.
—¿Reclutas? Apostaría a que no son montaraces, Braith. ¿De qué va esto?
—Es complicado, ¿recuerdas? Pero para ti y los demás basta con que recordéis una palabra —dijo su jefe con gesto sombrío—: Venganza.