CAPÍTULO CINCUENTA Y NUEVE. KASTELL #2
Las palabras de Maquin tenían sentido. Sin embargo, Kastell estaba harto de huir. De los Hunen, de Jael...
Del tumulto surgió Orgull a lomos de un caballo de huesos anchos y larga crin.
—¡Cabalgad! —gritó el capitán, clavando los talones en su montura.
Un guerrero se levantó del suelo balanceándose y Orgull le tendió la mano y lo aupó sin detenerse para sentarlo detrás de él.
Maquin volvió a tirar de las riendas de Kastell para que su caballo girara y juntos se alejaron de la emboscada, al galope por el sendero junto al río.
Kastell echó un vistazo por encima del hombro y vio que un puñado de gigantes se subían a una especie de barca y se dirigían hacia la barcaza, donde las dos sierpes permanecían enroscadas.
Ya no se movía nadie en cubierta. En el camino, la lucha había terminado y los gigantes se aseguraban de que no quedara ningún hombre vivo.
Algunos de ellos echaron a correr con esas largas zancadas suyas tras ellos.
—Otra vez no —suplicó Kastell, y se pegó al cuello del caballo.
Durante un día y una noche no se detuvieron más que lo imprescindible. Los gigantes no se rendían; a veces eran solo una sombra detrás de ellos; a veces conseguían acercarse más. Kastell contó al menos cinco.
—Pronto se darán por vencidos —le dijo Alaric al oído, y Kastell se estremeció al notar su aliento—. Nos estamos acercando demasiado a Brikan.
—Eso espero. —Kastell apretó la mandíbula.
Estaba agotado y las piernas y el culo le dolían más de lo que había creído posible.
Brikan era la base principal de los Gadrai en el bosque de Forn, las ruinas de una fortaleza de los Hunen abandonada.
Nunca le había gustado. Pero ahora mismo, volver a verla le produciría más alegría incluso que la noticia de la muerte de Jael.
—Aún queda más de un día para llegar a Brikan —dijo Orgull, que cabalgaba junto a ellos—, pero rezo para que Vandil tenga una patrulla por esta zona.
—¿Qué interés podrían tener en esa barcaza? —preguntó Maquin.
El capitán no lo sabía.
—Iba cargada de estaño y hierro. Han pasado muchas como esa por el río, pero nunca había visto a los Hunen atacar con tanta fuerza. Serían cuarenta o cincuenta.
—Ajá. Más las sierpes.
Orgull torció el gesto.
—He intentado no pensar en eso.
Continuaron cabalgando en silencio. Kastell luchaba por mantener la atención en el camino. El bosque tembló con el rugido lejano de un draig. Entonces Kastell oyó un estruendo a su espalda y se volvió. Allí estaban los gigantes, alargando la zancada y recortando la distancia.
—¡Saben que Brikan está cerca y que se les acaba el tiempo! —gritó Orgull—. ¡Exigid el máximo a vuestras monturas y los dejaremos atrás! —Tocó el cuerno, que resonó como una explosión.
Una bandada de cuervos echó a volar desde un roble centenario y ascendieron en espiral graznando.
Kastell clavó los talones en su montura y sintió que el caballo intentaba ir más deprisa, pero apenas se notó nada. Un temblor recorrió el costado del animal.
—¡Vamos! —rugió Maquin, que iba a su lado.
Orgull empezaba a poner distancia con ellos.
Y, de pronto, Kastell voló... Se estrelló contra el suelo y rodó por la costra de nieve. Sintió un dolor atroz en el hombro. Se puso en pie como pudo y desenfundó la espada.
Su caballo intentaba levantarse sin dejar de relinchar de dolor. Una lanza le sobresalía del flanco. Los gigantes retumbaban hacia ellos. Eran tres, uno de ellos una hembra; la delataba que no tenía bigote.
Maquin se detuvo en el sendero para interponerse entre Kastell y los gigantes y desenvainó. Más adelante, Orgull bramó de nuevo.
Y entonces los gigantes cayeron sobre ellos.
El caballo de Maquin se desplomó en medio de una explosión de sangre y huesos, con un hacha clavada en la cabeza.
Kastell no llegó a ver lo que le había pasado a Maquin, pues se agachó para evadir un martillazo, arremetió con la espada contra la muñeca de la mano que lo blandía y sintió que la hoja rebotaba en cuero duro.
El gigante le dio un rodillazo en el pecho y lo lanzó por el aire.
Kastell se deslizó por el suelo y se detuvo a un palmo del río, ya sin espada. Obligó a su cuerpo a levantarse.
Orgull regresó al galope por el sendero y dejó su hoja hundida en el pecho del gigante que se abalanzaba sobre Kastell.
La mole cayó encima de él y lo aplastó contra el suelo.
La sangre le inundó la nariz y la boca. Se atragantó y el pánico se apoderó de él.
No podía respirar. Gruñó, empujó, se retorció...
, y consiguió escurrirse por debajo del cuerpo del gigante.
Era la hembra. Se levantó escupiendo y con arcadas.
Maquin y Orgull estaban juntos frente a dos gigantes.
Y entonces el bosque vibró con el bramido de los cuernos.
Una multitud de jinetes llegó por el sendero y salieron guerreros de entre los árboles.
Uno de ellos empuñaba dos espadas que blandía con una velocidad pasmosa.
Era Vandil, el señor de los Gadrai. Se deslizó para esquivar la acometida de un gigante y asestó dos espadazos simultáneos.
El gigante se desplomó y sus entrañas se esparcieron sobre sus pies.
El otro permanecía inmóvil bajo los golpes de los hombres de Vandil.
Y así, de pronto, todo acabó.
—¿Dónde está el resto de tus hombres? —preguntó Vandil.
Orgull hizo una mueca.
—¿Qué ha pasado?
—Una emboscada. Al menos cuarenta Hunen. Unas sierpes atacaron la barcaza.
Varios guerreros se quedaron paralizados al oír lo de las serpientes blancas.
—¡Jefe! ¡Este está vivo! —gritó alguien, a la vez que daba un puntapié a uno de los gigantes caídos.
—Atadlo y llevadlo a Brikan.
Brikan era una torre baja y ancha, gris, rodeada por una muralla de piedra derruida y cubierta de enredaderas.
Había sido un puesto fronterizo de los Hunen de cuando su reino se extendía al norte, al sur y al este.
Estaba en la otra orilla del río, y un ancho puente de piedra era el único modo de cruzar dentro de los límites del bosque.
Los Gadrai sumaban unas cuatrocientas espadas, aunque en Brikan rara vez se reunía más de la mitad, pues el resto patrullaba o escoltaba convoyes.
Kastell cabalgaba de nuevo junto a Maquin, ambos en monturas cedidas por sus hermanos de armas. Más adelante, el gigante iba colgado en una especie de camilla entre dos caballos, ya que pesaba demasiado para que uno solo lo soportara. Por lo que Kastell podía ver, seguía inconsciente.
Cruzaron el puente. Kastell saludó con la cabeza a los guardias envueltos en pieles de oso.
Atravesaron el arco de la puerta y entraron en un patio adoquinado donde los hombres se congregaban para mirar.
Nunca se había capturado a un gigante vivo.
Vandil ordenó que ataran al cautivo a un poste de entrenamiento del patio.
—Despertadlo —ordenó.
Le arrojaron un cubo de agua a la cara. El gigante gimió.
En la sien tenía un corte cubierto por una costra negra.
Kastell lo observó con una fascinación amarga; jamás había tenido ocasión de observar a uno de cerca.
Su piel era pálida y gris, casi translúcida en algunas partes, con venas oscuras visibles.
Unas cejas espesas sobresalían sobre ojos pequeños y negros; nariz y pómulos eran angulosos.
Un bigote negro caía alrededor de sus labios finos y exangües.
El gigante miró alrededor mientras se le aclaraba la vista. Tensó los músculos para tantear las cadenas y el tatuaje de una vid con espinas que tenía en el antebrazo se onduló. Por un momento, Kastell temió que fuera a romperlas, pero entonces el gigante se dejó caer y murmuró algo ininteligible.
—¿Qué queríais de la barcaza? —preguntó Vandil.
No era un hombre imponente: estatura media, delgado, cabello ralo, en la parte superior de su oreja derecha faltaba un trozo.
Orgull era más alto que él, pero Kastell había visto al líder de los Gadrai combatir, le había visto matar a dos gigantes a la vez con la espada.
Nunca había visto a nadie moverse tan deprisa.
— Mise toil abair tusa faic —dijo el gigante.
—En nuestra lengua —ordenó Vandil—. Sé que sabes hablarla.
El gigante lo fulminó con la mirada.
Vandil se volvió hacia el herrero que había fijado las cadenas y le cogió el martillo.
—Te lo preguntaré una vez más —advirtió al gigante—. Esa barcaza llevaba estaño y hierro. ¿Para qué los queréis?
El prisionero arrugó el ceño, apretó los dientes y escupió.
Vandil le trituró los huesos del tobillo de un martillazo. El gigante echó la cabeza atrás y aulló; se le marcaron las venas y los tendones en el cuello.
Vandil alzó el martillo de nuevo. El gigante se retorció contra el poste, escupiendo maldiciones.
—Conseguiré una respuesta —dijo Vandil, y volvió a golpearlo, esta vez en la rodilla. Sonó un crujido horripilante.
Kastell se estremeció y cerró los ojos. Por mucho que los gigantes fueran el enemigo, era duro presenciar la escena.
El gigante chilló hasta quedarse ronco. Al final se limitó a mirar con ferocidad a Vandil, con la respiración jadeante.
Vandil levantó el martillo una vez más.
— Muid ga an iarann go cearta airm, ar an cogadh —masculló el gigante.
—En nuestra lengua —dijo Vandil sin bajar el martillo.
—Necesitamos el hierro para forjar armas, para la guerra —dijo el gigante en la lengua común, aunque un tanto vacilante, con voz áspera y grave.
—¿Qué guerra?
— An dia cogadh ... La Guerra de los Dioses.