CAPÍTULO CINCUENTA Y NUEVE. KASTELL
CAPÍTULO CINCUENTA Y NUEVE
KASTELL
Kastell se sopló las manos ahuecadas y el vaho le envolvió la cara. Se las frotó y tiró de los guantes.
—¡Montad! —oyó gritar a Orgull a su espalda.
La pequeña partida de guerreros montó en silencio.
Maquin apagó de una patada las últimas brasas del fuego.
Kastell miró el río, ancho y negro en la penumbra gris del alba; la barcaza mercante a la que escoltaban era apenas una sombra más oscura sobre sus aguas.
Un copo de nieve descendió perezosamente y le hizo cosquillas al posarse en su mejilla.
Alzó la vista: la pálida bóveda de luz sobre su cabeza era un recuerdo lejano del mundo que había fuera del bosque.
Orgull se llevó el cuerno a los labios y sopló una sola vez. Esperaron en silencio. Su capitán, calvo y de cuello grueso, poseía una fuerza casi monstruosa; llevaba la trenza de guerrero prendida a la barba corta.
Los remos asomaron por la borda de la barcaza y se hundieron en el agua; la embarcación comenzó a deslizarse río abajo con lentitud.
Con un tintinear de arneses, Orgull condujo a los jinetes por la orilla, manteniéndose en paralelo a la embarcación.
Bajo los cascos crujía una fina capa de nieve helada.
Maquin apretó los talones y alcanzó a Kastell a medio galope.
—No todo es matar gigantes, beber y cantar hazañas alrededor del fuego, ¿eh? —dijo, mientras se sacudía la escarcha de la barba entrecana.
—Hummm —gruñó Kastell.
Escoltaban una barcaza cargada de sal y hierro que descendía por el Rhenus procedente de las minas de Halstat.
Eso era, en verdad, la esencia de ser un guerrero Gadrai, pues el Rhenus era la gran arteria comercial entre Helveth e Isiltir, y durante unas diez leguas se internaba en el extremo suroeste del bosque de Forn.
Todo lo que navegaba por ese tramo del río sumido en la penumbra de los árboles era presa fácil.
Kastell cabalgaba por la ribera oriental, la más peligrosa, acompañado por una veintena de Gadrai. Cada uno había abatido al menos a un gigante; la mayoría, a varios. Otra media docena vigilaba a bordo de la barcaza, por si algún ataque lograba superar la patrulla de la orilla.
En las cuatro lunas que llevaba en el bosque, Kastell había presenciado dos emboscadas de gigantes. En ambas, el terror le había licuado las entrañas.
Una docena de guerreros había muerto en esos ataques y Kastell había sumado dos gigantes más a su cuenta, dos muescas nuevas en la funda de su espada junto a la que marcaba el día que mató al primero. Miró de reojo a Maquin mientras rememoraba aquella jornada que ahora parecía tan lejana.
—Prefiero esto a enfrentarme a los Hunen cualquier día —dijo a su amigo.
—Bien dicho, muchacho —se complació Maquin mientras escrutaba la oscura línea de árboles a su derecha.
La otra labor que consumía la mayor parte del tiempo de los Gadrai era mantener despejada la ribera oriental del Rhenus.
Cabalgaban por una franja amplia, de unos treinta pasos entre el agua y la arboleda, desbrozada con esmero para impedir que nuevos brotes echaran raíces.
Era un trabajo formidable y cuadrillas de guerreros se dedicaban a él todos los días del año.
Era una tarea agotadora, pero mejor recibir el ataque de los gigantes a campo abierto que en la densidad del bosque.
Y los gigantes no eran el único peligro.
Los lobones merodeaban la zona, si bien la mayoría ya había aprendido a mantenerse al otro lado de los límites marcados por los Gadrai.
También los draigs, que iban adonde les placía; murciélagos del tamaño del escudo de Kastell que podían desangrar a un hombre; y ejércitos de hormigas como el que había visto en Tenebral, capaces de dejar un cuerpo limpio de carne en un suspiro.
Procuraba no pensar en los muchos otros horrores sin cara.
Sintió un cosquilleo en la nuca y se volvió. Maquin lo observaba.
—Ya llevamos aquí un tiempo. ¿Tienes ganas de irte? ¿Te arrepientes de haber venido?
—¿Qué? —balbuceó Kastell—. No. Nada de eso. —Sonrió a su amigo con franqueza. La sensación de felicidad era cada vez más frecuente desde que se alejara de Mikil—. Mi único pesar es no haberte hecho caso antes. He hecho lo correcto.
Maquin esbozó una gran sonrisa.
—Además, me gusta estar aquí —añadió Kastell, mirando el río a un lado y los imponentes árboles al otro.
Los Gadrai, los guerreros que patrullaban las orillas del río, lo habían acogido sin preguntas sobre su pasado, salvo las referentes al gigante que había matado.
Se sentía más cercano a ellos que a nadie más, al menos desde la muerte de su madre y su padre.
Sentía que había encontrado su lugar en el mundo. Allí era feliz.
—Me alegro. —Maquin asintió y detuvo su caballo para pasear la mirada por la linde del bosque. Ladeó la cabeza y aguzó el oído.
—¿Qué ocurre? —susurró Kastell, escudriñando las sombras bajo los primeros árboles. No vio nada.
—No estoy seguro. —Maquin aguzó el oído—. Me ha parecido oír algo. —Se encogió de hombros y espoleó de nuevo a su montura.
Un suave chapoteo hizo que Kastell girara la cabeza hacia el río. Algo se movía bajo la superficie turbia y las ondas se expandían formando una gran V. Entrecerró los ojos. Fuera lo que fuese, se dirigía hacia la barcaza. Y rápido.
Los demás también lo habían visto. Orgull hizo sonar el cuerno y unas figuras se asomaron desde la cubierta.
La criatura era enorme; Kastell se dio cuenta en cuanto la vio deslizarse junto a la nave, casi tan larga como ella.
Un guerrero arrojó una lanza, pero falló el tiro y el río se la tragó.
Los remos crujieron y se astillaron cuando lo que quiera que fuera aquello embistió la embarcación desde abajo.
Estallaron gritos y la barcaza se escoró.
Entonces emergió una cabeza escamosa, blanca y brillante y se alzó por encima de la borda.
Semejaba la cabeza de una serpiente, pero era descomunal.
Se lanzó hacia delante, atrapó a un hombre con los dientes y lo arrastró por encima de la baranda.
Sus alaridos cesaron de golpe bajo la superficie del río.
—¿Qué era eso? —farfulló Kastell.
—Una sierpe —respondió Maquin al mismo tiempo que aferraba la lanza.
El agua volvió a agitarse, ahora en la popa, y otra serpiente gris blanquecina surgió del agua y se precipitó sobre la cubierta.
Su cuerpo mojado se hinchó y enroscó sobre la madera y avanzó sinuosamente.
Kastell vio unas figuras, sus hermanos de lucha, que le plantaban cara gritando y blandiendo armas.
Uno de los guerreros se lanzó hacia el monstruo y le asestó un espadazo.
La cabeza del monstruo salió disparada hacia él, lo levantó en el aire y comenzó a tragárselo. A Kastell se le revolvió el estómago.
Una segunda sierpe irrumpió en la proa; levantó una fuente de agua negra e hizo que la nave escorara peligrosamente cuando se deslizó por la cubierta.
—Que Elyon los ampare —rezó Maquin.
En la cabeza de la columna, Orgull gritaba órdenes. Entonces otro clamor surgió de los árboles, a su espalda. Kastell se volvió y vio que unos gigantes salían de las sombras, algunos arrojando lanzas. Un caballo cayó con una explosión de sangre y su jinete rodó por el suelo hasta el río.
—¡A por ellos! —bramó Orgull, que lanzó su montura contra los gigantes mientras desenvainaba su espada larga, que llevaba a la espalda.
Kastell volvió grupas, desenfundó la espada y cargó. Oyó a Maquin maldecir.
Vio a los demás seguir a Orgull. Los gigantes surgían de las sombras rugiendo y enarbolando hachas y martillos.
A Kastell le bastó un instante para comprender que estaban en inferioridad numérica.
Era una batalla perdida y sus hermanos de lucha eran hombres muertos.
Solo quedaba decidir cómo morirían y a cuántos enemigos arrastrarían con ellos.
Un gigante macho, con bigote oscuro y que echaba saliva por la boca al proferir su grito de guerra, corrió hacia él.
El caballo embistió al monstruo. Kastell quedó a la altura de sus ojos.
Ambos se tambalearon. Kastell asestó un tajo y la hoja raspó la cota de malla.
El gigante agarró la crin del caballo, tiró con fuerza hasta que la montura relinchó de dolor y levantó un martillo de guerra.
Kastell arremetió de nuevo con la espada, pero apenas abolló el casco del enemigo.
El impacto le entumeció el brazo desde la muñeca hasta el codo.
De pronto, una lanza brotó de la garganta del gigante y manó sangre oscura alrededor. El gigante intentó respirar, se atragantó y se derrumbó.
Maquin gritó algo al oído de Kastell, pero este no le hizo caso. Ahora estaba en la retaguardia de la columna, así que rugió y espoleó a su montura para meterse en el tumulto del combate.
Desde algún lugar delante de él le llegó la voz de Orgull y vio al capitán erguido sobre la silla, trazando un amplio arco con su espada larga. Brotó un chorro de sangre y una cabeza de gigante voló girando por el aire. Kastell volvió a perder de vista a Orgull.
Su montura resbaló al pisar las entrañas de un caballo muerto. Kastell tiró de las riendas y consiguió mantenerlos a ambos en pie. Delante de él, un gigante derribó a un hombre de la silla de montar de un martillazo y oyó el crujido de huesos cuando el pie del jinete quedó enganchado en el estribo.
Kastell propinó un espadazo al gigante y encontró el hueco que quedaba entre la cota de malla y el casco para tajarle el cuello.
Más sangre. El gigante se dio la vuelta y descargó un puñetazo que alcanzó de lleno el hocico del caballo.
Este relinchó y se encabritó, y los cascos de sus patas delanteras golpearon al gigante y lo lanzaron hacia atrás.
Maquin espoleó a su caballo, apareció delante de Kastell y agarró las riendas de su montura.
—¡Es inútil! —gritó para hacerse oír por encima del fragor—. ¡Son demasiados! ¡Sería mejor avisar a Vandil y a los demás en Brikan!