CAPÍTULO CINCUENTA Y OCHO. CORBAN #2
Tormenta caminaba por la hierba a medio centenar de pasos, al mismo ritmo que él. Corban levantó la cabeza y vio que se estaba acercando a Havan. Encima, la lluvia y las nubes ocultaban la fortaleza.
Las calles del pueblo estaban casi desiertas. Solo algunas figuras corrían como él para llegar cuanto antes a su hogar. Corban acababa de poner el pie en el camino serpenteante que llevaba a la fortaleza cuando oyó a su espalda una voz conocida.
—¡Hola, Ban! —dijo Bethan cuando lo alcanzó.
—¿Eh? Hola —dijo al reconocer a la hermana de Dath—. ¿Adónde vas?
—De vuelta ahí arriba, a ver a alguien. —Sacudió la cabeza en dirección a la fortaleza, envuelta en nubes—. He estado ayudando en el ahumadero. ¿Caminamos juntos?
Corban olfateó el aire y arrugó la nariz.
—Creo que has pasado demasiado tiempo en el ahumadero. Caminaré contigo, pero no te acerques demasiado.
Bethan le hizo una mueca.
—¿A quién vas a ver? —preguntó Corban.
—No puedo decírtelo. —Bethan se sonrojó.
—Ay, ay, ay... —Suena interesante. ¿Es que te corteja alguien?
—Tal vez —respondió, feliz, Bethan—. Pronto lo sabrá todo el mundo. Pero primero debe hablar con su padre.
—Vamos, Bethan, dime quién es. No se lo contaré a nadie.
Ella se limitó a sonreír.
Ya habían recorrido un tercio del camino de la fortaleza y se acercaban a un recodo cuando Tormenta se detuvo en seco y puso las orejas tiesas.
Miraba hacia la izquierda, más allá de una gran piedra, donde había unos densos matorrales de espinos inclinados por el viento.
Corban aguzó el oído y percibió unas voces a pesar del viento y la lluvia.
Escrutó los matorrales y creyó advertir un movimiento.
Bethan también las oyó y salió del camino en dirección a los espinos. Se acercaron sigilosamente y se adentraron en los matorrales. Los árboles los resguardaban del estruendo de la lluvia y oyeron las voces con más claridad.
Corban se detuvo detrás de un tronco e hizo un gesto con la mano abierta a Tormenta. Luego fijó la mirada en un pequeño claro cubierto por las ramas de los árboles.
Había tres figuras allí: Rafe y Crain, quien empuñaba una espada de práctica (¡la de Corban!), y Farrell. Rafe dijo algo gesticulando con vehemencia y luego escupió en la cara a Farrell.
El muchacho grandote se lanzó hacia Rafe con las manos extendidas hacia su cuello, pero Rafe saltó hacia atrás y Farrell lo embistió y le rozó la mejilla con un puño.
Rafe se tambaleó y Farrell lo agarró. Pero entonces Crain le asestó un porrazo en la espalda con el arma de madera y Farrell tropezó con una raíz y cayó al suelo.
Rafe y Crain comenzaron a darle patadas y golpes con la espada de práctica.
Corban apretó los puños e hizo rechinar los dientes, pero algo le impedía mover los pies.
«Vete —susurró una voz en su cabeza—. No puedes hacer nada. Volverán a hacerte daño, a humillarte.»
Miró de reojo a Bethan y vio su boca abierta en un gesto de horror. La chica dio un paso adelante, pero Corban la sujetó del brazo. Ella lo miró y sus ojos rebosaban compasión, lástima. Corban de pronto sintió que sus pies se movían.
—Quédate aquí —dijo—. Y retén a Tormenta. No dejes que me siga.
Dirigió otro gesto con la mano abierta a la lobona y echó a correr.
Embistió con el hombro la espalda de Crain y lo lanzó contra un árbol.
La cabeza de Crain crujió al chocar con el tronco, el chico se desplomó y ya no se movió.
Un silencio de estupefacción se instaló en el claro cuando Rafe vio a Corban, que apretó los puños y se abalanzó sobre él asestándole puñetazos en las costillas y el mentón.
Rafe perdió el equilibrio un instante y cayó de rodillas al suelo.
—¡Me las vas a pagar! —vociferó Rafe. Se levantó de un salto y propinó un gancho brutal hacia la cabeza de Corban.
Corban no dijo nada; hacía tiempo que había pasado el momento de las palabras.
Se agachó, acortó la distancia con Rafe y lo dobló por la mitad de un puñetazo en el estómago antes de dirigirle un gancho a la sien.
Rafe cayó al suelo, rodó unos metros y consiguió ponerse en pie tambaleándose y sacudiendo la cabeza.
—¡Eres tú el que va a pagar! —espetó Corban, con más de un año de rabia acumulada estallándole en las venas—. ¡Eres un guerrero! ¡No puedes tocar a los pequeños! ¡Tull te quitará la espada por esto!
—No si no se entera —espetó Rafe, que desenvainó la espada.
Corban retrocedió con los ojos muy abiertos.
Rafe lanzó un tajo algo torpe, pues todavía se resentía de los golpes que había recibido.
Corban saltó hacia atrás. La segunda acometida fue más certera y la punta de la hoja le trazó una línea roja en el antebrazo.
De pronto sintió un estallido de dolor en la espalda y cayó de bruces sobre las hojas y la tierra húmeda.
Se dio la vuelta y vio a Crain erguido a su lado.
El muchacho arremetió contra él con la espada de práctica, pero Corban logró atraparla al vuelo y arrancársela de las manos.
Pero Rafe le plantó una bota en el pecho, lo aplastó contra el suelo y alzó la espada.
«¡Voy a morir!», pensó Corban. Abrió la boca, pero de ella no salió sonido alguno.
Justo en ese momento, un proyectil de pelo y colmillos impactó en el pecho de Rafe.
—¡No! ¡Tormenta! —gritó Corban, que se incorporó como pudo con la espada de madera aún en la mano y la espalda palpitándole de dolor.
Tormenta y Rafe rodaron por el suelo. Farrell intentaba levantarse, con los ojos inundados de la sangre que le caía desde una brecha en la cabeza. Bethan entró corriendo en el claro con la mirada clavada en Tormenta.
—¡Intenté detenerla...! —gritó.
—¡Tormenta, AQUÍ! —bramó Corban en vano—. ¡Corre, Beth! ¡Ve a buscar ayuda! —gritó mientras la empujaba hacia el camino.
Ella miró atrás una sola vez y echó a correr.
Rafe chilló cuando las garras de Tormenta le rasgaron la pierna; y chilló de nuevo, esta vez con una voz más aguda, cuando los dientes de la lobona le apresaron el brazo y Tormenta sacudió la cabeza. Entonces se oyó un sonido de desgarramiento y Rafe consiguió soltarse.
—No... —musitó Corban.
Tormenta estaba frente a él, con las patas abiertas y jirones de carne colgándole de las fauces.
Rafe logró ponerse en pie. Tenía el brazo hecho un revoltijo de sangre, tela y carne. Corban alcanzó a ver el brillo del hueso. Rafe inspiró hondo y profirió un alarido.
Corban asió a Tormenta por el pelaje del cuello y la zarandeó.
—¡Conmigo! —ordenó. Dio media vuelta y abandonó corriendo el claro; las ramas y las espinas le arañaban la piel. Tormenta galopaba a su lado. El pánico retumbaba en su cabeza como si fuera un tambor.
La lluvia y el viento lo golpearon de lleno cuando salió de los árboles y diluyeron la sangre que ensuciaba la boca de Tormenta hasta tornarla de color rosa.
—Pero ¿qué has hecho? —se le escapó—. Ahora seguro que te matarán.
Cerró los ojos un instante y respiró hondo, como le había enseñado Gar. Luego reanudó la carrera colina abajo, en sentido contrario a Dun Carreg. Tormenta lo seguía.
A su espalda, los gritos de Rafe se iban apagando lentamente.