CAPÍTULO CINCUENTA Y OCHO. CORBAN
CAPÍTULO CINCUENTA Y OCHO
CORBAN
Corban se deslizó bajo la valla del potrero e inspiró hondo. El aire era fresco y cortante, frío hasta el punto de que le ponía la carne de gallina pese al cielo azul y el sol brillante. El verano se desvanecía y el otoño avanzaba sin hacer ruido.
—¡Vamos, Ban! —le apremió Cywen.
Su hermana estaba en el prado, cerca del roble solitario, acompañada por Gar. El jefe de cuadras sostenía las riendas de su gran caballo picazo, Martillo, que llevaba otra silla sujeta en el costado. Escudo galopaba por el prado levantando terrones y alardeando ante su padre.
—¿Estás listo, muchacho? —le preguntó Gar cuando llegó junto a ellos.
—Sí.
—Bien.
Corban desató la otra silla de Martillo, llamó al potro y, con cuidado, la acomodó sobre su lomo. A continuación, le pasó rápidamente la brida por encima de las orejas.
Escudo permaneció tranquilo. Corban lo había habituado al peso de la montura. Pero ese día iba a ser distinto. Ese día iba a montarlo.
—Arriba, Ban —dijo Gar mientras apretaba la cincha.
Corban pasó la pierna por encima del lomo del potro, se irguió con cautela y tomó las riendas de manos de Cywen. Chasqueó la lengua.
—Adelante —ordenó Gar, a la vez que tiraba con firmeza de la brida.
Escudo se resistió un instante, dio un paso con rigidez, luego otro, hasta que volvió a caminar con soltura.
Al cabo de un rato, Corban se dejó mecer por el rítmico cabeceo del caballo y el constante movimiento de sus músculos debajo de él. Caminaban en paralelo a la Calzada de los Gigantes; un fino penacho de humo señalaba la cabaña de Brina.
A su lado, Gar chasqueó la lengua y echó a correr con su cojera para que Escudo se pusiera al trote.
—¿Listo? —preguntó a Corban, mirándolo de reojo.
—Sí.
Gar soltó la brida y Escudo se alejó a media carrera con Corban. Su torpeza inicial desapareció cuando ganó confianza a medida que trazaban un círculo amplio por el potrero antes de volver junto a Gar.
—¿Oyes eso? —dijo el jefe de cuadras, ladeando la cabeza.
—¿Qué...? —Entonces Corban también lo oyó: un estruendo lejano.
Ambos se volvieron hacia la Calzada de los Gigantes.
Fueron surgiendo jinetes poco a poco hasta que una larga columna ocupó toda la carretera. Dos hombres la encabezaban, ambos altos y corpulentos y con el cabello y la barba negros.
Uno era Pendathran, con el brazo de la espada inmovilizado en un cabestrillo ensangrentado.
La hueste regresaba del Bosque Oscuro.
El hombre que cabalgaba junto al general de Ardan era idéntico a él salvo porque no tenía hebras grises en la barba. Se trataba de Dalgar, su hijo.
Al acercarse, ambos se volvieron hacia el potrero y Pendathran inclinó la cabeza con gravedad hacia Gar.
En la columna que lo seguía, varios guerreros llevaban de las riendas grupos de caballos sin jinete. Muchos caballos sin jinete. Corban divisó a Halion y le saludó con la mano. Su instructor le sonrió, pero parecía cansado, estaba pálido y una cicatriz reciente le cruzaba la mejilla.
Gar y Corban contemplaron en silencio el paso del resto de la columna por la sinuosa carretera en dirección a Dun Carreg.
El sol se hundía en el oeste y las sombras se alargaban cuando Corban salió de la forja de su padre y enfiló hacia los establos seguido por Tormenta.
Estaba ansioso por enterarse de lo que le había pasado a la hueste de Pendathran. La noche anterior, al volver a casa, poco había sacado en claro salvo que habían regresado menos guerreros de los que habían partido. Y para colmo, hoy su padre lo había mantenido ocupado todo el día en la forja.
«Seguro que Cywen sabe algo —pensó—. Trabaja en los establos, así que es la primera en enterarse de todas las noticias.»
Se estiró y le dolieron todos los músculos tras pasar toda la jornada con el martillo y el yunque. Una cortante brisa marina le atravesó el calor que conservaba de la forja y se ciñó la capa antes de que los establos aparecieran ante él.
Cywen conversaba en actitud conspiradora con Edana y Ronan junto a un barril de agua.
«Perfecto —pensó Corban—. Nada más útil que tener un espía en la fortaleza.»
—¡Ah! Hola, Ban —dijo su hermana.
Corban la saludó con la cabeza y sonrió a Edana y a Ronan. El joven guerrero parecía demacrado y tenía unas oscuras ojeras.
—Edana y Ronan me contaban lo del Bosque Oscuro —dijo Cywen en voz baja, mirando de reojo por si aparecía Gar. Al jefe de cuadras no le haría gracia encontrarla holgazaneando—. Murieron muchos.
—Vi las sillas de montar vacías. ¿Qué ocurrió?
—Nos superaron tácticamente —explicó Ronan con el semblante sombrío—.
La hueste se dividió en tres grupos y durante muchas noches nos adentramos en el bosque.
El plan era sencillo: converger en el centro del bosque y acorralar a Braith.
—Hizo una pausa mientras revivía la mala experiencia—.
No sé cómo, Braith consiguió rodear nuestro flanco.
Habría sido mucho peor de no ser por Marrock y Halion.
Se olieron algo raro y, gracias a eso, tuvimos tiempo de descolgarnos los escudos y desenfundar las espadas antes de que comenzara la lluvia de flechas.
Murieron muchos. Y más habrían muerto, porque estábamos atrapados, pero ese loco...
—Resopló y sacudió la cabeza—. Ese loco de Conall echó a correr hacia ellos.
Saltó del caballo, levanto el escudo y corrió a ciegas hacia un muro de árboles y bandidos que intentaban llenarle el cuerpo de flechas.
—Soltó una carcajada—. No hizo falta más.
Pendathran fue tras él, luego Dalgar; fue como si reventara una presa.
Esos bandidos eran valientes detrás de un árbol, con un arco en la mano, pero no tanto cuando llega el momento de sacar la espada.
—¿Entonces os plantaron cara? —preguntó Cywen—. Quiero decir... ¿cuerpo a cuerpo?
—Ya lo creo —respondió Ronan—. Aunque algunos más que otros. La mayoría están acostumbrados a saquear aldeas o tender emboscadas a pequeños grupos de guerreros. Aun así, nos superaban en número cuando trabamos combate con ellos. Al menos hasta que llegaron Gethin y Evnis, y Uthan un poco después.
—¿Quieres decir que ellos también participaron? —preguntó Corban.
—A su manera —puntualizó Ronan con gravedad—.
Depende de a quién le preguntes. Cualquiera de la hueste de Evnis te dirá que ellos ganaron la batalla.
—Resopló—. Si me preguntas a mí, te diré que llegaron cuando ya estaba todo decidido.
La batalla se habría alargado y tal vez habríamos tenido un par de bajas más, pero el resultado habría sido el mismo.
—¿Y Braith? —preguntó Corban, pensando en el hombre que le había hecho un juramento en esa misma fortaleza. Y lo había cumplido.
—¿Braith? Estaba allí. Más de uno quería su cabeza. Pendathran llegó primero. —El joven guerrero echó un vistazo en derredor y bajó la voz—. Si sigue vivo solo es por la gracia de Elyon. Ese Braith sabe usar una espada.
—¿Y qué pasó luego? —preguntó Edana—. Ni siquiera mi padre me lo ha contado
—Braith le hizo un tajo a Pendathran en el brazo con el que maneja la espada y, cuando estaba a punto de acabar con él, esos dos hermanos se le echaron encima: Halion y Conall. Los dos se lanzaron contra Braith blandiendo las espadas como si fueran auténticos Kadoshim de Asroth.
—No digas eso —murmuró Edana. Hizo la señal contra el mal.
—Es la verdad —dijo Ronan convencido—. Fue así. De no haber sido por ellos, habríamos vuelto con el cadáver de Pendathran.
—¿Lo mataron? A Braith, quiero decir —insistió Corban.
—No. Varios hombres acudieron en su ayuda y contuvieron a los hermanos. Halion me dijo después que uno de ellos era el forajido que teníamos preso aquí, al que atrapamos en el Baglun.
Corban miró de reojo a Cywen y tragó saliva. Sin saber por qué, se sintió aliviado al enterarse de que Braith no había muerto.
—En fin, entonces llegaron Gethin y Evnis. Y a la mayoría de los bandidos se les quitaron las ganas de luchar en ese preciso momento. Braith escapó con unos cuantos compinches. Pero no muchos. Apostaría a que no volverán a darnos problemas. Al menos en unos años..., si es que vuelven alguna vez.
—Mejor así —dijo Corban, con firmeza.
—¿Te hirieron? —preguntó Cywen.
—¿A mí? No... Solo tengo unos rasguños. Ha sido la primera vez que mato a un hombre. Pero no recibí ninguna herida. No todos pueden decir lo mismo.
Cywen alargó la mano con timidez y rozó el brazo de Ronan con las yemas de los dedos. Él se la cogió y se la apretó.
—Así que ahora el Bosque Oscuro está limpio —dijo Corban mirando con el ceño fruncido a su hermana.
—Ajá. Tan limpio como lo estará jamás —respondió Ronan.
—Evnis casi daba saltos de alegría —añadió Edana con un tono de censura.
—¿Por qué? —preguntó Cywen.
—Porque ahora nada impide que su sobrina se case con Uthan. Pobre Kyla.
—¿Qué tiene de malo Uthan? —quiso saber Corban.
—No es tanto él como su padre, Owain. Ay. —Edana se estremeció—. Y esto ha dado nuevo ímpetu a Evnis para emparejarme con Vonn. —Se enfurruñó.
—¿Cuándo será el enlace de manos? —preguntó Cywen.
—En primavera, creo. El invierno ya está demasiado cerca.
—Siempre y cuando Braith no vuelva a llenar de bandidos el Bosque Oscuro para entonces —murmuró Corban.
Ronan negó con la cabeza.
—El invierno es duro en todas partes, pero vivir a la intemperie en ese bosque... No. Como he dicho, tardará años en reunir tantos hombres como matamos. No puede hacer nada.
La lluvia fría y punzante azotaba el rostro de Corban. Bajó la cabeza, se ciñó la capa y siguió caminando pesadamente y refunfuñando. La Luna del Cuervo era mala época para quienes vivían junto al Mar Occidental.
Volvía a casa después de ayudar a Brina, y apresuró el paso al pensar en el pan caliente y el estofado que lo estaban esperando.
Últimamente notaba diferente a la curandera, menos arisca, menos brusca, por no decir más agradable. Y había comenzado a encargarle tareas más interesantes, como preparar cataplasmas y mezclar hierbas y remedios, lo que le permitía aplicar los conocimientos que llevaba inculcándole un año.