CAPÍTULO CINCUENTA Y SIETE. VERADIS #3
—Tu deseo se cumplirá —murmuraron al unísono Lykos y Calidus.
—¿Por qué no lo anuncias ya? —preguntó Veradis.
No era la primera vez que le oía mencionar la palabra «imperio», pero siempre le había inquietado la idea.
Ahora, sin embargo, tras la campaña contra Mandros y viendo las intrigas de los reyes, le comenzaba a ver el sentido—.
Alza tus estandartes y observa quién se pone a tu lado.
Nathair sonrió.
—Pensaba que tú eras el prudente.
Veradis resopló.
—Lo era.
—Aún no —terció Calidus—. Revelar tu verdadera identidad atraerá a tus enemigos, sin duda.
Y viajar a través de medio mundo, cruzando incontables reinos, sería como un imán para ellos.
Es demasiado arriesgado. Mejor esperar, encontrar el caldero, esa arma, y traerlo a Tenebral.
Entonces será el momento de hacer el anuncio.
Nathair se recostó en la silla y tamborileó con los dedos en el reposabrazos.
—Bien. Seguiré tu consejo. El camino comienza a despejarse ante mí. Pero hay otras dos cuestiones que me ocupan. —Alzó un dedo—. Los maestros espadachines Jehar, los que abandonaron Telassar hace tantos años, ¿dónde están? —Miró a Calidus.
—No lo sé —reconoció Calidus, inclinando la cabeza—. Hasta ahora, mis informadores no han hallado rastro de ellos.
—Es un asunto de la mayor importancia para mí, Calidus. Debo saber adónde fueron y por qué.
—Lo sé. No te fallaré.
—Lo sé, amigo mío. —Le dio una palmada en el hombro—. Y el segundo asunto. Meical, el consejero de mi padre. Huyó cuando mi padre murió. Quiero que lo encuentren.
—¡Ah! Pues sobre eso sí traigo noticias —dijo Calidus esbozando una sonrisa.
—¿De veras? —Nathair arqueó una ceja.
—Hoy mismo he recibido la información. Una información fiable. Han visto a Meical en Dun Carreg. En Ardan.
—Dun Carreg... —murmuró Nathair—. Es la fortaleza del rey Brenin, ¿no?
—Ajá.
—Hummm. —Nathair se quedó pensativo—. Qué interesante. Y queda bastante más cerca de Murias que Jerolin.
—¿En qué piensas, Nathair? —preguntó Veradis.
—Tal vez deba encabezar yo mismo la hueste que envíe a auxiliar a Brenin. Así averiguaré por qué el consejero de mi padre sintió la necesidad de visitarlo. Y, de paso, me situaré a un tiro de piedra de Murias, con una hueste a mi alrededor.
De repente, a través de la ventana sin postigos, llegó el bramido de unos cuernos. Nathair corrió a la ventana y Veradis y los demás lo siguieron.
A lo lejos, en el borde de la llanura, crecía una sombra oscura sobre la que flotaba una nube de polvo que avanzaba despacio. Les llegó el rumor sordo, insistente, de los cascos de los caballos.
—¿Qué pasa? —dijo Veradis.
—¡A las murallas, vamos! —ordenó Nathair.
Subieron a toda prisa por la escalera de la barbacana junto a las grandes puertas de la fortaleza. Veradis subió los escalones de dos en dos y llegó jadeando a lo alto. Allí había guerreros congregados, observando con gesto severo a los que se acercaban.
La hueste estaba ya más cerca, no muy lejos del poblado junto al lago. La empalizada de la aldea estaba atestada de gente.
El sol se reflejaba en las puntas de las lanzas de los jinetes que se aproximaban.
La nube de polvo seguía suspendida sobre ellos y el tronar de los cascos era ensordecedor.
Eran demasiados para contarlos, pero habría al menos un millar.
Veradis entornó los ojos y buscó un estandarte o cualquier indicio que delatara su identidad.
Y entonces, cuando la hueste comenzó a remontar la suave pendiente hacia la fortaleza, los reconoció.
Los Jehar habían llegado.
—¡Veradis, Alcyon, venid conmigo! —bramó Nathair corriendo ya hacia el patio.
Nathair ordenó que abrieran las puertas y salió con Veradis a un lado y Alcyon al otro.
Un hombre cabalgaba a la cabeza de los Jehar, con el cabello negro recogido como Veradis lo había visto en aquella otra ocasión. Pero esta vez venía vestido para la guerra, con una coraza de cuero negro sobre una larga y oscura cota de malla de hierro.
Era Sumur, el señor de los Jehar.
Veradis recorrió con la mirada las filas tras él: hombres y mujeres, todos con las largas espadas curvas colgadas a la espalda. De pronto, algo le chirrió, como si una pieza no encajara. «No llevan escudos.»
Sumur levantó una mano, tiró de las riendas de su montura y la hueste se detuvo poco a poco. El silencio cayó como una losa.
En algún lugar, sobre sus cabezas, chilló un halcón.
Sumur se deslizó de la silla con agilidad y avanzó mientras la hueste entera desmontaba.
—Nathair de Tenebral —dijo Sumur, que se acercó y se detuvo a unos pasos del rey—.
He venido tal como prometí, y traigo conmigo el poder de los Jehar.
—Alzó la vista hacia las murallas de Jerolin, abarrotadas de guerreros, y luego volvió a clavar los ojos en Nathair.
Elevando la voz para que todos lo oyeran, proclamó—: ¡Nathair, te juramos fidelidad a ti, el Seren Disglair!
¡Nosotros, los Jehar, seremos tu mano vengadora!
Sumur hincó una rodilla y bajó la cabeza. Y con un bramido unánime, la hueste hizo lo mismo detrás de él.