CAPÍTULO CINCUENTA Y SIETE. VERADIS #2
—Podemos hacer más que transportar a tus guerreros. Combatiremos por ti. Derramaremos nuestra sangre por tu causa. Creemos en ella. Creemos en ti.
Peritus miró al Vin Thalun con los ojos entornados.
—Lo sé. Y tendréis muchas ocasiones de hacerlo, amigo mío.
—Nathair los observó a todos con intensidad—.
Los Vin Thalun son bienvenidos aquí. Son un aliado valioso.
Debemos hacer cuanto esté en nuestra mano por ayudarlos, pues al ayudarlos me ayudáis a mí, nos ayudáis a todos.
—Se irguió de nuevo y fijó la vista en Lykos—. ¿Cuántos hombres puedes transportar?
—¿Ahora? Unos tres mil, no más.
—Os construiremos barcos. Tenebral posee vastos bosques, y necesitaré trasladar más de tres mil hombres cada vez antes de que esta guerra concluya. Trae aquí a tus constructores navales para que supervisen la labor. Juntos construiremos una flota.
—Así se hará —respondió Lykos, y los anillos de hierro en su cabello tintinearon suavemente al asentir.
Nathair se acercó a la ventana y contempló el lago y la llanura.
—Mi padre esperaba que muchos se unieran a su alianza tras el solsticio de invierno. No ha sido así. Carnutan está asegurado, por supuesto, tras los recientes acontecimientos. En Gundul puedo confiar.
«Mientras le seas útil», pensó Veradis.
—Pero del resto... solo he recibido silencio. He enviado mensajeros. Quiero saber dónde se sitúan los reinos de las Tierras del Exilio. Si no están conmigo, deberé considerarlos en mi contra.
—Tal vez la muerte de Aquilus los haya inquietado —sugirió Peritus.
Nathair apretó los labios.
—¿Y por qué habría de cambiar eso nada? Mi padre puede haber muerto, pero la alianza debería mantenerse. El sol se oscureció el día del solsticio de invierno, ¿no fue así?
—Sí, mi rey —murmuró Peritus.
Nathair parecía frustrado.
—Pero probablemente tengas razón. Los reyes de estas tierras son volubles.
Incluso Romar, que juró ayudar en la asamblea, ahora se muestra vacilante.
He recibido un pergamino suyo solicitando una explicación detallada de las circunstancias que rodearon la muerte de mi padre.
Incluso expresó... ¿qué fue lo que dijo...
? —Rebuscó entre los documentos sobre la mesa hasta hallar uno enrollado—.
Ah, sí. Expresó su decepción por la muerte de Mandros antes de un juicio.
—Arrugó el pergamino y lo arrojó al suelo antes de regresar a la ventana—.
Haremos cuanto podamos. Nos prepararemos para la guerra. Y después haremos lo que sea necesario.
El silencio se adueñó de la estancia y creció hasta que dio la impresión de que Nathair había olvidado que había gente con él. Peritus se movió en la silla y una pata raspó el suelo. Nathair entrecerró los ojos, atraído por un movimiento que se producía fuera.
—Un jinete acaba de cruzar nuestras puertas. Uno de los mensajeros de los que hablaba, creo. Peritus, ve y averigua qué noticias trae.
Peritus se levantó y salió sin decir palabra.
Nathair regresó a la mesa.
—Amigos míos —dijo—, vosotros cuatro formaréis mi círculo más íntimo; sois en quienes confío sin reservas.
Otros podrán ser útiles. —Lanzó una mirada hacia la puerta por la que había salido Peritus—.
Pero en nadie confío como en vosotros. —Inclinó la cabeza y, por un instante, pareció preocupado—.
Elyon me habla. Sueño, casi todas las noches.
Debo hallar el caldero. Se me ha dicho que es esencial para nuestra causa... , un arma. ¿Podéis ayudarme?
—En todo lo que esté en mi mano, señor —respondió Lykos—. Solo tienes que pedirlo.
Nathair asintió.
—Lo sé, lo sé. Son muchas las tareas que debo acometer. Siento su peso con intensidad.
—Yo puedo ofrecer alguna ayuda respecto al caldero del que hablas. Dispongo de información —intervino Calidus.
Veradis miró al anciano consejero. Aún le costaba creer que ese hombre fuese uno de los Ben-Elim, los hijos de los poderosos guerreros alados de Elyon. Comprendía la necesidad de mantener su identidad en secreto, pero ansiaba el día en que revelara su verdadera naturaleza. Y tenía alas...
Nathair se enderezó en la silla.
—Habla.
—He reunido ciertos conocimientos acerca de ese caldero. Hace muchísimas generaciones, antes del Azote, una estrella cayó del cielo. Entonces los clanes de los gigantes eran distintos, menos belicosos. Forjaron objetos a partir de esa piedra. Tal vez hayáis oído hablar de los Siete Tesoros.
—Sí, por supuesto —respondió Nathair.
Veradis asintió con la cabeza.
—Parece ser que hay algo de verdad en esas leyendas, ¿no es así, Alcyon?
—Así es —dijo el gigante—. Antes de que los clanes se multiplicaran, solo había uno.
Mis antiguos parientes vivían en el noreste, más allá del bosque de Forn.
Entre los guardianes de los conocimientos se recuerdan Siete Tesoros forjados con la piedra de las estrellas: una lanza, un hacha, un cuchillo, un torques, un cáliz, un collar y un caldero.
Veradis se revolvió en su asiento.
—¿Dónde? ¿Dónde está? —susurró Nathair.
—Los Tesoros fueron dispersados —respondió Alcyon con aire resignado—.
Cuando ocurrió la Escisión, cuando el único clan se convirtió en muchos, hubo un gran éxodo hacia el norte.
Los Tesoros fueron trasladados allí; se libraron guerras por ellos.
La mayoría se perdieron, o al menos no se sabe dónde están. Así lo cuentan las leyendas.
—He recibido noticia de que el caldero se halla en Murias, una fortaleza del clan de gigantes Benothi —dijo Calidus—. Creo que la información es veraz.
—Murias... —murmuró Nathair—. Es un viaje muy muy largo para una hueste, incluso por mar.
Necesitamos paso franco por los reinos que se interponen.
—Miró el mapa extendido sobre la mesa, sujeto por pesos en todas las puntas, y trazó una línea con el dedo—.
Helveth, Carnutan, Isiltir, Ardan, Narvon, Cambren... todos están entre nosotros y Murias.
—Carnutan, como has dicho, ya no es un problema —apuntó Veradis—. Y la mayoría de los otros son reinos a los que se ha prometido ayuda. Seguro que podemos valernos de ello.
—Sí. Muy bien, Veradis. Ayudaremos a esos reinos.
Haremos lo que sea necesario para que quienes detentan el poder escuchen nuestra voz.
—Puso cara de preocupación—. Sin embargo, no me gusta depender de la buena voluntad ajena.
Como le dije a mi padre, estas alianzas son frágiles.
Un imperio sería más práctico, ¿no creéis?