CAPÍTULO CINCUENTA Y SIETE. VERADIS
CAPÍTULO CINCUENTA Y SIETE
VERADIS
—No falta mucho ya —dijo Calidus.
Veradis se inclinó hacia delante para asomarse por encima del hombro de Nathair. El nuevo rey estaba arrodillado en el suelo, intensamente concentrado en el gran huevo que reposaba ante él en un lecho de paja.
Mientras observaba, una grieta fina como un cabello apareció entre el azul y el verde de la cáscara. Se extendió con rapidez, ramificándose desde un punto central que pronto se abrió en un pequeño orificio que fue haciéndose cada vez más grande ante sus ojos.
Un fluido espeso y transparente comenzó a filtrarse por la abertura, y la cáscara se abombó hacia fuera. Sonaron varios chasquidos secos y, de pronto, un hocico achatado asomó al exterior.
—Ayúdalo, Nathair —ordenó Calidus con brusquedad—. Esto debe hacerlo un solo hombre.
Se hallaban en un establo, con Valyn presente y un pequeño gentío congregado más allá de la puerta.
Nathair comenzó a arrancar fragmentos de cáscara para ensanchar el hueco; enseguida tuvo las manos cubiertas por esa sustancia gelatinosa que rezumaba del huevo.
La criatura que había dentro empujó el hocico hacia fuera, seguido de la cabeza, y quedó atascada en los hombros.
Se retorció, mientras abría y cerraba la boca en un intento de liberarse.
Nathair hundió los dedos en la cáscara, alrededor de los hombros del animal, tensó los músculos y, con un crujido seco, el huevo se partió y los trozos cayeron al suelo.
De pie, entre los restos viscosos, quedó una criatura reptiliana de apenas medio brazo de longitud, desde el hocico hasta la punta de la cola.
Un escalofrío recorrió a Veradis al recordar a los de su especie cargando colina arriba hacia él. Tenía el mismo cráneo ancho, hocico plano y cola gruesa. Sus dientes, finos como agujas, relucieron al abrir la boca y soltar un extraño ladrido, casi perruno.
—Aliméntalo. Rápido —indicó Calidus.
Nathair cogió un puñado de carne cruda de un cubo de madera que tenía detrás y abrió la mano ante el hocico de la cría de draig, que olfateaba el aire con avidez y movía la cabeza de un lado a otro con los ojos cerrados.
Al percibir el olor se lanzó hacia delante.
Una lengua larga y sinuosa lamió la mano de Nathair y la carne, y comenzó a devorarla con ruidosa fruición.
—Ahora dale los restos de la cáscara —dijo Calidus en voz baja cuando ya no quedaba carne.
El rey obedeció. El draig trituró los fragmentos con crujidos secos, mientras Nathair le acercaba los trozos a la boca. Unos gruesos hilos viscosos le colgaban de la mandíbula.
—Qué bestia más fea —murmuró Valyn al oído de Veradis. Este sonrió.
Cuando acabó, el draig escarbó en la paja, giró sobre sí mismo y, sin más, se quedó dormido.
—Bien hecho —dijo Calidus cuando Nathair se puso en pie y todos salieron del establo—. Ya está unido a ti, pero debes seguir alimentándolo. Tú y solo tú.
—Así será. ¿Lo oyes, Valyn? Nadie más entrará en este compartimento. Quiero guardia permanente y que me avisen cuando necesite alimento.
—Sí, mi rey —respondió Valyn inclinando la cabeza—. Eh... si no es molestia preguntarlo, ¿cada cuánto exactamente necesita comer?
Nathair miró a Calidus, que arrugó las cejas.
—No estoy seguro. —El Vin Thalun pareció dudar—. Supongo que el draig lo demandará. —Sonrió.
—Usa el sentido común, Valyn —dijo Nathair—. Y ahora tráeme un cubo de agua para lavarme las manos.
La multitud que se había congregado comenzó a dispersarse, y pronto solo quedaron Nathair, Veradis, Valyn, Calidus y el gigante.
—Jinete de draig —dijo Nathair, pletórico—. Alcyon, estoy en deuda contigo.
El gigante no respondió y se limitó a inclinar la cabeza.
—Debes enseñarme todo lo que sabes sobre estas criaturas —dijo Nathair a Calidus mientras salían de los establos.
Valyn seguía asomado a la puerta, observando al draig dormido.
—Por supuesto —respondió el Vin Thalun.
—Bien. Muy bien. Ahora debo atender otro asunto. Mi madre ha pedido verme y aún está delicada. Te mandaré llamar más tarde. Tengo mucho que discutir contigo. Creo que ha llegado el momento de convocar un consejo de guerra.
La luz del sol que entraba a raudales por la ventana abierta era una lanza dorada que escindía la penumbra de la estancia.
Veradis hizo una mueca al contemplar el lago y las llanuras que se extendían más allá de la fortaleza.
Era poco después del mediodía; nubes altas y deshilachadas atenuaban el calor del día.
El contorno de las montañas con las cumbres nevadas trazaba una línea irregular en el horizonte. Suspiró y apartó la mirada.
La última vez que había estado en aquella sala había encontrado a Nathair tendido en un charco de sangre y a Aquilus muerto bajo la ventana.
Cerró los ojos con fuerza.
—¿Te encuentras bien, Veradis? —preguntó Nathair.
—¿Yo? Sí, sí...
Se sirvió una copa de vino de una jarra que había encima de la mesa y ofreció rellenarle la suya a Lykos, que reposaba en una de las sillas dispuestas alrededor. El Vin Thalun extendió la mano con la copa.
Llamaron a la puerta y Peritus entró sin esperar respuesta. Tras él avanzó Calidus, con la imponente figura de Alcyon pisándole los talones.
—Tomad asiento —les invitó Nathair con un gesto.
Veradis se sentó junto a Peritus, que le saludó con una leve mueca.
—Este es un consejo de guerra —anunció Nathair—. Desde el solsticio de invierno no lo he tenido fácil. Las secuelas de la herida han durado más de lo que esperaba. Pero mi padre ha sido vengado y estoy plenamente recuperado. Ha llegado la hora de actuar en lugar de esperar.
—¿Y qué entiendes exactamente por «actuar»? —quiso saber Peritus.
—Mi padre puso en marcha unos planes. Quiero ver sus sueños realizados. Planeaba prestar ayuda a quienes acordaron unirse a su alianza: Rahim de Tarbesh, Romar de Isiltir, Braster de Helveth y Brenin de Ardan.
—Ajá —asintió Peritus.
—Rahim ya ha recibido esa ayuda. Los demás, no.
—¿Cuándo partiremos? —preguntó Veradis, que sintió que un destello de expectación se le encendía en el pecho.
Nathair sonrió.
—Paciencia, mi primer espada. Hay mucho que disponer. —Volvió la mirada hacia Peritus—. No deseo que mi hueste personal se divida en estas tareas.
—Ahora eres rey de Tenebral —repuso Peritus—. Sus guerreros están a tu mando.
—Así es. Y los guerreros de mi reino combatirán, harán la guerra, según yo lo disponga.
Peritus torció el ceño.
—Viste mi muro de escudos en acción, ¿no es cierto? —inquirió Nathair, con la mirada fija en el general.
—Lo vi. Fue eficaz.
Nathair bufó.
—¿Eficaz? Veradis regresó con cuarenta hombres menos de los que partieron con él. Tu hueste perdió más de quinientas espadas, y fue Veradis quien encabezó la vanguardia.
—Lo sé bien. Es un muchacho valiente —añadió Peritus.
—Valiente, sí. Pero no hablo de eso. Peritus, no dispongo de un suministro infinito de guerreros...
, en Tenebral eso no existe. No puedo permitirme perder más, innecesariamente.
Si hubieras instruido a tu hueste en el muro de escudos, ¿cuántos habrían caído?
¿Cuántos habrían regresado contigo, vivos para combatir otro día, en lugar de yacer ahora como cadáveres fríos a orillas de un río?
Peritus murmuró algo y miró a otro lado.
—He tomado una decisión. —Nathair se puso en pie—.
Todo aquel que empuñe una hoja en mi reino, que se llame a sí mismo guerrero de Tenebral, deberá aprender esta nueva forma de hacer la guerra.
Deberá aprender a luchar en el muro de escudos.
—Clavó los ojos en Peritus—. No admitiré discrepancias en este asunto.
—Sí, mi rey —respondió Peritus, con el rostro ya convertido en una máscara impenetrable.
—Bien —dijo Nathair, que de pronto parecía contento—. Ya lo verás, Peritus... El muro de escudos nos ayudará a ganar nuestra guerra contra Asroth y su Sol Negro.
—Claro, mi señor. ¿Y cómo piensas llevar a cabo este plan?
—Veradis elegirá varias decenas de hombres de entre los que combatieron con él en Carnutan, los que considere capaces no solo de luchar, sino también de enseñar.
Los enviaremos a mis barones e instruirán a sus huestes.
Serán los cimientos de una nueva estirpe de guerreros que forjará ejércitos como jamás se han visto en las Tierras del Exilio. Nos estamos preparando para la guerra.
Veradis sintió una emoción indescriptible al oír esas palabras. Casi podía ver a los guerreros trabando los escudos, miles en lugar de cientos.
—¿Cuándo? —preguntó.
—De inmediato. Medita bien a quién escoges. En cuanto esté decidido, partirán.
Veradis asintió, pensativo.
—Si tu hueste se divide para instruir a nuevos hombres, ¿cómo vamos a ayudar a Braster y a Romar? ¿O a Brenin?
—Has dado en el clavo, amigo mío. La respuesta es que deberemos esperar un tiempo, hasta que estas nuevas huestes estén listas.
Veradis mostró inquietud.
—¿Cuánto tiempo?
—Dos lunas, como mínimo. Tal vez más.
—Pero entonces el verano habrá pasado y, tras un viaje tan largo llegaríamos a las puertas del invierno.
—Es posible. Y si así fuera, quizá debamos esperar a la siguiente primavera.
—Nathair hizo un gesto de resignación—. Hay mucho más que hacer, Veradis.
No temas, no te mantendré ocioso entre estos muros fríos.
Y si el adiestramiento progresa como espero, aún verás más batalla antes de que el año acabe.
Veradis parecía dubitativo.
—Helveth está cerca. Pero Ardan... queda muy lejos.
—Así es —respondió Nathair—. A pie.
Dirigió la mirada a Lykos, arrellanado en su silla, con las largas piernas extendidas.
—Podría transportar una hueste hasta Ardan sin demasiada dificultad —dijo el corsario—. Aunque cuanto más al norte naveguemos, más traicioneras serán las aguas. Cuanto antes, mejor. La Luna del Cazador sería lo más tarde que podríamos retrasarlo.
Nathair asintió.
—Has sido de gran ayuda hasta ahora, Lykos.
El Vin Thalun inclinó la cabeza.
—Tú y tu flota sois esenciales para mis planes. La rapidez que me habéis brindado ya ha resultado decisiva.