Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO CINCUENTA Y SEIS. CORBAN
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CAPÍTULO CINCUENTA Y SEIS. CORBAN

CAPÍTULO CINCUENTA Y SEIS

CORBAN

—¡Eso es! —gritó Corban—. ¡Bien hecho, Dath! ¡Ahora presiona!

Corban estaba en el jardín de su casa, con los brazos cruzados sobre el pecho, observando cómo Dath y Cywen se golpeaban con palos de madera. Dath cojeaba ligeramente y una mancha roja florecía en una de sus mejillas. Cywen estaba ilesa.

Dath se lanzó hacia delante y arremetió con el palo con algo de torpeza contra las costillas de Cywen. Ella retrocedió con agilidad, bloqueó el golpe y su arma descendió cortando el aire hacia la rodilla de Dath.

Sonó un crujido y Dath rodó por la hierba mientras Cywen alzaba lo que quedaba de su arma improvisada.

Corban intervino, procurando no sonreír.

«Pobre Dath.» Resultaba un tanto extraño enseñar el uso de las armas a su amigo y a su hermana, pero por algún motivo le gustaba, probablemente el hecho de poder decirle a Cywen lo que debía hacer con más éxito del habitual. Y Dath lo necesitaba desesperadamente.

Hacía una luna que una hueste había partido de Dun Carreg, encabezada por Pendathran, rumbo a Badun y luego al Bosque Oscuro.

Era el inicio del movimiento de Brenin contra Braith y los bandidos del Bosque Oscuro.

Más de doscientos guerreros acompañaban a Pendathran; entre ellos Halion y Tarben, lo que había dejado tanto a Corban como a Dath sin instructores en el Campo de los Serbales.

Tull se había quedado, había reunido a todos los muchachos que de pronto se encontraron sin maestro y los instruía en grupo.

Dath cada vez se sentía más avergonzado al medir su espada con otros de su edad; era evidente que no progresaba muy deprisa.

En un arrebato de vergüenza y rabia, había pedido a Corban que lo ayudara mientras Tarben estuviera ausente.

Así que se había unido a las sesiones de entrenamiento que Corban dedicaba a su hermana.

—¿Soy el peor espadachín que ha existido jamás? —murmuró Dath mientras Corban lo ayudaba a levantarse.

—Llevo enseñando a Cy un tiempo —dijo Corban—. Desde antes de que pisaras el Campo. Y es mejor que la mayoría de los de nuestra edad.

—¡Bah! —refunfuñó Dath, frotándose la rodilla.

Probablemente no calmara el maltrecho orgullo de su amigo, pero era cierto. Cywen aprendía rápido, tenía buen equilibrio y era veloz, unas cualidades que, como Gar le había repetido innumerables veces, eran la base de cualquier espadachín.

—Vamos, Dath. Quizá la próxima vez te deje ganar —dijo Cywen, burlona.

Él puso mala cara y recogió su palo de práctica.

—No presumas —le advirtió Corban a su hermana—. No está bien.

Cywen puso los ojos en blanco y le sacó la lengua.

—Sé educada —añadió él— o no volveré a enseñarte. Siempre puedes pedirle lecciones a Ronan.

Había visto las miradas entre Cywen y Ronan, cómo ella había observado al guerrero pelirrojo salir por la Puerta de Piedra con la hueste de Pendathran, ajena a todo lo demás. Sonrió al ver que se ruborizaba.

Ella lo fulminó con la mirada, escogió un nuevo palo del montón y adoptó la postura para atacar de nuevo.

—Si regresa con vida del Bosque Oscuro... —añadió Dath.

Cywen se lanzó hacia él y le golpeó en la cabeza.

—¡Ay! ¿Y eso a qué viene?

—Esperad —dijo Corban—. Preparaos. Y nada de trampas.

Se alejó y se detuvo junto a Tormenta, que yacía en la hierba, con los ojos fijos en las gallinas que picoteaban en el otro lado del jardín. Corban se sentó y se apoyó contra ella. Inspiró hondo y sus pulmones se llenaron de los aromas del jardín: flores, hierba, tierra, pelaje, todo mezclado.

—Vamos, Cy —dijo Dath—. ¿Tienes miedo?

Corban alzó la vista y vio a su hermana mirándolo con una expresión indescifrable. Últimamente lo hacía a menudo. Parecía que iba a decir algo, pero en lugar de hablar arrugaba el ceño.

—Claro que no —respondió a Dath, y se abalanzó sobre él.

Corban observó cómo Rafe echaba el brazo atrás, contenía la respiración, apuntaba a lo largo del asta de la lanza y la arrojaba.

La lanza trazó un arco en el aire, una mancha oscura en el cielo azul, y se clavó con un golpe sordo en el blanco acolchado de paja.

—¡Seis! —anunció Tull con su voz profunda y potente.

Rafe estaba llevando a cabo las pruebas del guerrero en el Campo del Serbal. Muchos no le prestaban atención y continuaban entrenando como siempre, aunque un pequeño grupo se había detenido a mirar. Corban era uno de ellos.

Un acierto más y Rafe completaría la primera parte de las pruebas y ganaría su lanza. El hijo de Helfach caminó hasta el blanco, arrancó el arma y giró sobre los talones con el rostro tenso. Midió cuarenta pasos, se dio la vuelta, apuntó y lanzó de nuevo.

—¡Siete! —retumbó Tull.

—Hummm. —Dath parecía decepcionado—. Esperaba que fallara.

—Pues sí —repuso Corban en voz baja.

Estaban con un pequeño grupo de muchachos, aquellos cuyos maestros de armas habían acompañado a Pendathran al Bosque Oscuro. Todos observaban a Rafe con envidia.

El hijo del cazador sonrió al arrancar la lanza del blanco y volverse hacia Tull, que avanzaba sosteniendo un escudo abollado. La sonrisa de Rafe se desvaneció.

—Lo siguiente es la montura a la carrera —susurró Dath.

Rafe cogió el escudo y ajustó la empuñadura. Tull se volvió y llamó con un gesto a Gar, que sujetaba las riendas de una yegua parda alta a cierta distancia. Rafe cerró los ojos, respiró hondo y asintió.

Gar chasqueó la lengua, puso a la yegua al trote y soltó las riendas. Dijo algo y el animal se puso a medio galope directamente hacia Rafe.

Rafe echó a correr, acompasando su paso al de la yegua cuando esta llegó a su altura.

Durante un instante avanzaron lado a lado; luego él aceleró, se inclinó hacia el caballo y aferró con la mano libre la oscura crin, mientras sujetaba con firmeza escudo y lanza en la otra.

Se impulsó en el aire, buscando apoyo para sus piernas en la silla de cuero blando.

Por un momento, Rafe se balanceó y Corban creyó que iba a caerse.

Pero logró enderezarse, encontró las riendas y buscó entre la multitud a su padre mientras alzaba el escudo y la lanza en señal de triunfo.

Helfach estaba solo, con un orgullo feroz grabado en el rostro. Levantó el brazo con el puño apretado cuando sus miradas se cruzaron.

Pocos de sus camaradas permanecían en Dun Carreg; la mayoría de los hombres de Evnis habían partido con la hueste de Pendathran para limpiar el Bosque Oscuro de bandidos.

Debido a los peligros del viaje, Brenin había prohibido el enlace de la sobrina de Evnis con Uthan, así que Evnis esperaba que, con su ayuda y la de sus guerreros, se acelerara la tarea.

Según Edana, ni Gethin ni Evnis estaban satisfechos con el retraso.

De modo que Helfach veía a su hijo afrontar las pruebas del guerrero solo en el Campo de los Serbales.

Por la expresión de su cara, sin embargo, habría sido imposible saber si estaba en mitad de una batalla.

Sus ojos no se despegaban de Rafe, que sonrió con fiereza cuando detuvo a la yegua y esta levantó terrones con los cascos.

Los otros espectadores lo aclamaron y golpearon los escudos con armas. Corban lo celebró también. Aunque detestaba a Rafe, había algo especial en ese momento, algo casi sagrado.

Miró a su alrededor y vio la imponente figura de Farrell en el borde del grupo. Había visto al aprendiz de herrero varias veces desde aquel día con Rafe, pero siempre se había sentido incómodo; evitaba su mirada, incluso fingía no verlo.

Respiró hondo y se abrió paso por la multitud hasta quedar junto a él.

—Algún día nos tocará a nosotros —dijo Corban, con la cabeza inclinada hacia atrás para mirar a Farrell, que le sacaba casi una cabeza.

Farrell lo miró un instante.

—Ajá —se limitó a decir, y devolvió la vista hacia Rafe.

Permanecieron en silencio un rato, observando cómo Rafe desmontaba y pasaba a medir su habilidad con la espada frente a Tull. Corban carraspeó.

—Lo siento —dijo con torpeza.

Farrell volvió a mirarlo, pero no dijo nada. Corban notó que se le enrojecía el cuello.

—No quise ofenderte —añadió—. Aquel día, con Rafe. Yo ya he sido objeto de sus burlas. Solo me enfadó verle hacer lo mismo con otro.

El muchacho corpulento seguía mirándolo desde arriba. Asintió lentamente para darle a entender que lo entendía.

El estrépito de las espadas de madera hizo que los dos devolvieran su atención a Rafe. Estaba atacando a Tull; el paladín de Brenin permanecía firme, con los pies plantados, rechazando la acometida algo frenética de Rafe.

Tull condujo al hijo del cazador por todas las formas, para comprobar que dominaba cuanto debía saber un guerrero aún no probado en combate real. El enfrentamiento se prolongó; Rafe rodeaba al hombretón y efectuaba estocadas, tajos y fintas con la espada de práctica.

A mitad del ejercicio, Tull lo detuvo y le entregaron un escudo. Rafe lo sopesó un instante y el combate se reanudó, esta vez con Tull presionándole y poniendo a prueba sus defensas.

Por fin Tull levantó una mano.

—Ya está —declaró. Llamó a Helfach con un gesto.

El padre de Rafe se adelantó con una espada envainada en las manos. Se detuvo ante su hijo, que hincó una rodilla en tierra.

—Rafe ben Helfach —proclamó Tull con voz atronadora—.

Llegaste al Campo como un muchacho; lo abandonas como un hombre, como un guerrero.

Ahora levántate, coge tu espada y aférrate a la verdad y al valor con la misma firmeza con que empuñas el arma.

Halla fuerza en esas tres cosas durante tu Noche Larga: verdad, valor y espada.

Rafe se puso en pie frente a su padre. Helfach sostenía la espada por la vaina, ofreciendo la empuñadura. Rafe la asió, desenvainó la hoja y la sostuvo en alto.

Un clamor recorrió el pequeño grupo, más fuerte entre los amigos de Rafe, reunidos cerca de Corban y Farrell.

—Ahora haz tu juramento —dijo Tull.

Rafe juró lealtad a Elyon, Ardan y el rey Brenin. Acabó haciéndose un corte en la palma de la mano con la espada y la sangre goteó al suelo desde su puño apretado.

Helfach colocó un torques recién forjado alrededor del cuello de su hijo y lo abrazó mientras le golpeaba la espalda con fuerza. Poco a poco, la multitud comenzó a dispersarse. Rafe se soltó al fin del abrazo de su padre y, tras intercambiar unas palabras con él, se dirigió hacia sus amigos.

—¡Toma, ya no la necesito! —dijo, y lanzó la espada de práctica por el aire hacia Crain.

Corban lo observó y recordó con una claridad repentina el día que Rafe se la arrebató.

Rafe lo miró de soslayo y le guiñó un ojo. Corban apartó la vista.

Poco después, Corban y Dath avanzaban por las anchas calles empedradas, camino de la casa de Corban, donde Cywen los esperaba. Tormenta caminaba unos pasos detrás.

—¿Crees que superará su Noche Larga?

—¿Quién?

—¡Rafe! Es esta noche.

—Ah. Sí, ¿por qué no?

La Noche Larga era la última de las pruebas del guerrero, cuando un muchacho se convertía de verdad en un hombre.

Rafe debía abandonar la fortaleza antes de la puesta de sol, armado con su nueva espada, su lanza y un pequeño saco de provisiones, para pasar la noche solo al aire libre, lejos de la seguridad de Dun Carreg y Havan.

Se suponía que debía mantenerse en vela, en silenciosa soledad, meditando sobre quienes lo habían criado y protegido durante sus años de formación.

—No sé... —murmuró Dath—. Ojalá fracase.

Corban se encogió de hombros.

Llegaron a su casa. Al cruzar la cocina, Corban lanzó a Dath un trozo de pan con miel aún templado del horno. Por la ventana vislumbró a Cywen, de pie en el fondo del jardín, junto al muro de los rosales.

—Ve saliendo, Dath. Voy a por los palos de práctica.

Habían reunido un buen montón de palos que usaban para entrenar, los que más se asemejaban a una espada.

Corban los guardaba envueltos en un paño en su cuarto para que no se estropearan con la lluvia y la escarcha.

Avanzaba deprisa por el pasillo cuando vio que la puerta de sus padres estaba abierta.

La luz del sol entraba sin obstáculo por la ventana sin postigos y bañaba la estancia. Se detuvo en seco y miró dentro.

Su madre estaba sentada en el borde de la cama, de espaldas a él. Sin pensarlo, entró en la habitación.

Ella se sobresaltó y se dio la vuelta.

—¡Ah! Eres tú, Ban —murmuró, mientras se secaba la mejilla.

—¿Qué haces, mamá? —preguntó.

En el regazo de su madre descansaba un trozo de tela vieja, junto a un pequeño trozo de madera.

Corban sonrió al reconocerlo: una talla que había intentado hacer cuando no era más que un niño.

Se suponía que representaba una estrella; guardaba un vago parecido, pero era muy tosca y no la había terminado.

No sabía que su madre la hubiera conservado.

—Solo recordar —dijo ella, y se sorbió la nariz. Le rodeó la cintura con un brazo y lo abrazó.

—¿Y eso? —preguntó él, señalando la tela.

—El primer bordado de tu hermana.

—No es muy bueno —observó Corban.

—Ya —convino ella.

—Pero... ¿por qué te hace llorar?

Su madre lo abrazó más fuerte.

—El tiempo pasa demasiado deprisa. —Apoyó la cabeza contra su cintura y él le acarició el cabello—. Te quiero —susurró Gwenith.