Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO CINCUENTA Y CINCO. VERADIS #3
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CAPÍTULO CINCUENTA Y CINCO. VERADIS #3

—La primera espada de Nathair —añadió Peritus—.

Vamos, Belo, he oído que eres sensato. Tu rey ha muerto; ha pagado el precio justo por su iniquidad.

Gundul ha elegido la prudencia, hacer la paz con nosotros en vez de iniciar una guerra costosa.

Y ahora tú guardas el paso a Tenebral, pero tienes una hueste ante ti y otra detrás, ¿no es así?

—Eso parece —reconoció Belo, que no había dejado de mirar a Veradis.

«Así que hay una hueste de Tenebral en las montañas, tal como Peritus planeó», pensó Veradis.

—Pero hay más —continuó Peritus—. Tu rey te ordena que depongas las armas. ¿Será un acto de traición lo primero que hagas bajo tu nuevo rey?

Belo guardó silencio largo rato, sopesando las palabras del general.

—Si Gundul no es rehén, no habrá inconveniente en que me acompañe hasta mis murallas, donde podremos hablar con más detalle de las circunstancias de esta inusual situación.

Siguió otro silencio mientras Gundul miraba a Peritus.

—Por supuesto —respondió el general.

—Bien. Ven, entonces, mi rey —dijo Belo, haciendo un gesto a Gundul.

Veradis hizo una mueca; se olía un engaño.

—¡No os entretengáis demasiado! —les gritó mientras subían la ladera al galope—. ¡Nuestra paciencia no es infinita!

Peritus lo fulminó con la mirada.

—Tienes mucho que aprender —le reprochó.

—Es posible. Pero no somos nosotros los que hemos obrado mal; no pienso quedarme esperando al capricho de Belo.

—¿No hemos obrado mal? —Peritus volvió a mirar la cabeza de Mandros—. Me temo que hay más que bien y mal en todo esto. Y yo, por mi parte, prefiero ser cortés y quizá vivir un poco más. Vamos, al menos dejemos que el sol ascienda un poco antes de lanzarnos a la batalla.

Veradis regresó con Peritus, aunque con el corazón intranquilo.

No confiaba en Gundul: había traicionado a su propio padre, así que la lealtad por la lealtad no entraba en sus planes.

Solo quedaba por ver si Gundul creía que le convenía mantener la paz con Tenebral.

Esa era ahora una cuestión incierta, pues Veradis había eliminado a Mandros del tablero.

Se encogió de hombros; se podría decir que casi recibiría con los brazos abiertos una batalla.

Desde la muerte de Mandros le sorprendía seguir sintiendo tanta ira, agazapada en algún rincón de su mente.

Había pensado que se extinguiría una vez hecha justicia, pero seguía allí, difusa, como una bruma que enturbiaba sus pensamientos.

Quizá fuera por la forma en que murió Mandros, por las palabras que pronunció intentando culpar a Nathair.

No había querido que terminara así, no había querido cargar con la muerte de Mandros.

Pero había sido necesario por el bien mayor.

Al recordar las mentiras sobre Nathair, sintió que la ira volvía a crecer.

Apretó los dientes, desmontó y se sentó en el suelo junto a Rauca y Bos.

Al cabo de un rato, un pequeño grupo de jinetes se aproximó; Gundul cabalgaba entre ellos sobre su corcel negro.

—¿Y bien? —inquirió Veradis, con la vista fija en Belo.

El veterano guerrero le sostuvo la mirada un segundo; luego inclinó la cabeza y miró a Gundul.

—Nuestra paz se mantiene —anunció Gundul en voz alta, en pie sobre los estribos—. Tened por seguro que sois bienvenidos y estáis a salvo en mis tierras. El paso hacia las montañas es vuestro.

Veradis oyó expresiones de alegría a su espalda, pero, por un instante, él se sintió casi decepcionado.

—Te lo agradezco —dijo Peritus a Gundul, que miraba fijamente a Belo.

—No soy más que el servidor de mi rey —respondió el guerrero—. Venid, si estáis listos. Os escoltaremos hasta nuestra frontera.

Peritus dio media vuelta para organizar la marcha.

—Veradis —lo llamó Belo en voz baja.

—Sí.

Belo se inclinó en la silla y dijo quedamente:

—Yo no exhibiría tu trofeo con tanto orgullo, si fuera tú. Gundul es el rey ahora, pero los juramentos prestados a Mandros han durado más de veinte años. A algunos les costará dejar atrás tantos años tan deprisa. Puede ser que no les agrade que un asesino de reyes atraviese sus tierras.

Belo se dio la vuelta y se alejó antes de que Veradis pudiera responder.

Peritus no tardó en disponer la formación de la hueste y pronto reanudaron la marcha. Antes de partir, Gundul prometió acercar sus reinos y entregó a Peritus un pergamino enrollado.

Al poco, una línea de jinetes apareció en una cresta, todos con el águila de Tenebral en el escudo. Era la hueste que Peritus había dispuesto.

Un hombre gigantesco descendió para recibirlos. Era Krelis.

—Bien hallado, hermanito —dijo cuando se acercaron.

Veradis no pudo evitar sonreír, aunque la última vez no se habían despedido en buenos términos. De pronto se dio cuenta de cuánto había echado de menos a su hermano. Se inclinó hacia él y le aferró el brazo con fuerza.

—Nathair consideró oportuno colocar unos miles de espadas a mi espalda. ¿Eran necesarias?

—No, en absoluto —respondió Peritus, sonriendo al hombretón.

—Sigues provocando problemas allá adonde vas, ¿eh? —dijo Krelis al general. Le dio una palmada en la espalda con buen humor y estuvo a punto de derribarlo de la silla.

—Esta vez no he sido yo —replicó Peritus—. Es tu hermano a quien hay que vigilar en ese sentido. Suplicó ser el primero en entrar en una emboscada... atravesando un río.

—Nunca fue el más inteligente de los dos —repuso Krelis, divertido.

Veradis notó que se ruborizaba. Se sentía bien por primera vez desde antes de la muerte de Aquilus.

—¿Y Mandros? —dijo Krelis al ver la cabeza en la lanza de Veradis—. Así que ha respondido por su crimen.

—Ajá. —Peritus inclinó la cabeza.

—¿Murió bien?

—Lo suficientemente bien —murmuró Peritus. Veradis apartó la mirada—. Tu hermano se encargó.

—Bien. Es lo justo —dijo Krelis con voz áspera—. Aquilus fue un gran hombre. Un gran rey. —Suspiró y se pasó una enorme mano por los ojos—. En fin, asunto concluido. Supongo que regresamos a Jerolin.

—Pues sí —asintió Peritus.

—Vamos, entonces. Estoy harto de estas montañas —retumbó Krelis.

Juntos emprendieron el camino de regreso a Tenebral.

Veradis entró en el patio de Jerolin con Krelis y Peritus y vio a Nathair de pie al fondo. Fidele estaba a su lado, con la Guardia del Águila a su espalda, enfundados en cuero y hierro relucientes.

Los tres hombres desmontaron y doblaron una rodilla ante Nathair.

—Levantaos —ordenó el nuevo rey de Tenebral.

Veradis lo vio aún pálido, con ojos demacrados, pero mucho mejor que la última vez.

—Bienvenidos a casa —dijo Nathair, estrechando los brazos de Krelis y Peritus por turno y luego abrazando a Veradis. Retrocedió y los contempló—. Elyon ha escuchado mis plegarias. Mis generales han regresado a mí, tras superar innumerables peligros.

—Yo solo estuve sentado en una ladera durante diez noches —terció Krelis—. Fueron ellos quienes arriesgaron vida y miembros; lo peor que me pasó a mí fue acabar con el trasero húmedo.

—Habrías arriesgado todo, si hubiera sido necesario —dijo Nathair, sonriendo—. Y tu sola presencia desempeñó un papel importante para persuadir a Belo de que concediera paso seguro, de eso estoy seguro. —Hizo una pausa, cogió la mano de su madre y la apretó con fuerza—. ¿Y mi padre ha sido vengado?

—Sí —respondió Peritus con un temblor en la voz.

—¿Dónde está Mandros? —preguntó Nathair.

Veradis se acercó a su caballo, desató un saco de cáñamo sujeto a la silla y lo arrojó al suelo, a los pies de Nathair y Fidele.

La cabeza de Mandros salió rodando. Tenía la piel moteada, la carne se desprendía de los huesos y el cabello se caía a mechones, pero aún se reconocía al rey de Carnutan.

Fidele arrugó la nariz, pero no retrocedió.

Nathair asintió lentamente. Miró la cabeza cercenada, con un brillo de triunfo en los ojos. Al cabo suspiró.

—Venid. Debéis de tener mucho que contar. Iremos a mis aposentos y pediré que nos traigan comida y vino.

Entonces sonó un toque de cuerno desde las almenas y se volvieron hacia la puerta.

Una silueta enorme avanzaba por la pradera más allá de los muros de la fortaleza, atravesando las huestes combinadas de Peritus y Krelis, cuyos guerreros se apartaban a su paso. Era Alcyon.

—Un día de visitas agradables —murmuró Nathair.

El gigante inclinó la cabeza hacia Veradis al acercarse y se volvió hacia Nathair.

Hincó una enorme rodilla en el suelo, rebuscó bajo la capa y extrajo un huevo, mayor que una cabeza humana.

Su superficie brillaba con tonos ondulantes de azul y verde, como si la luz se deslizara bajo la cáscara.

Lo sostuvo con ambas manos ante Nathair como si fuera una ofrenda.

—Mi señor —retumbó Alcyon—. He cumplido mi promesa. Te traigo mi regalo: un huevo de draig.