CAPÍTULO CINCUENTA Y CINCO. VERADIS #2
El mundo pareció detenerse y cada segundo se eternizaba. Pero entonces Veradis reculó levemente y bajó la espada.
—No te mataré —dijo, y vio cómo el alivio inundaba los ojos de Mandros—. Te llevaremos a Jerolin y comparecerás encadenado ante Nathair. Allí responderás por tus crímenes.
«No —espetó la voz en su cabeza—. Es astuto. Escurridizo. Encontrará la forma de librarse de su castigo. Y hay que atravesar todo Carnutan para llegar a Jerolin. Escapará.»
Veradis tensó los nudillos en torno a la empuñadura de la espada; la indecisión le hacía temblar de una manera incontrolable.
Mandros estaba herido y tenía la capa desgarrada y una costra de sangre seca en uno de los lados de la cara, pero conservaba el porte de un rey en la mirada, en la firmeza de sus hombros.
El rey de Carnutan resopló.
—¿Mis crímenes? No soy culpable de nada, salvo de necedad, por confiar cuando debería haber desconfiado.
—Silencio, matarreyes, o reconsideraré mi decisión. Reserva tus mentiras para Nathair.
—Debería ser juzgado aquí y ahora —dijo Gundul, que se pasó la lengua por los labios—.
Es demasiado peligroso mantenerlo con vida.
—Miró a Veradis y a Peritus con los ojos a punto de salirse de las órbitas—.
Nathair me lo prometió, y yo he cumplido mi parte: os he ayudado a ganar la batalla.
Pero, si vive, los hombres se aglutinarán en torno a él.
¡Por los dientes del dios, estamos en el corazón de Carnutan!
—Desvió la mirada—. Si lo paseamos por el reino, las cosas se complicarán.
Para mí. La gente debe creer que murió en combate, pensar que soy el pacificador.
Si vive, pareceré... —Se frotó un ojo con el pulpejo de la mano.
—¿Un traidor? —se burló Mandros—. ¿Cobarde? ¿Débil?
Gundul se abalanzó sobre su padre y lo abofeteó en la cara.
—Ya no tengo que escuchar tus insultos —espetó con los dientes apretados.
Peritus lo agarró del brazo para separarlo del rey.
Mandros se limpió el reguero de sangre que corría desde su labio y escupió al suelo.
—Así que has pactado con el cachorro de Aquilus, ¿eh? Perfecto, porque al menos ahora sé que no disfrutarás de los frutos que crees que te ha dado tu traición.
—Cállate —murmuró Veradis. No estaba dispuesto a oír que se mancillara el nombre de Nathair.
—Vamos, Mandros. Se acabó —terció Peritus—.
Te hemos capturado. Por la gracia de Elyon nos hemos internado hasta el corazón de tu reino y te hemos apresado.
Y ahora te sacaremos de él. Has agraviado a Tenebral.
Me has agraviado a mí. En Jerolin podrás hablar todo lo que quieras.
Reserva tus palabras para mi rey. Él las juzgará y te juzgará a ti.
—Tu rey... Querrás decir el hijo de tu rey. Él será vuestra ruina, Peritus. Será la ruina de Tenebral. Juro que yo no maté a Aquilus. Lo hizo Nathair.
Peritus miró a Mandros con los ojos entornados.
—He dicho que te calles —estalló Veradis, que sintió cómo le volvía a hervir la sangre en las venas.
«Sus mentiras se propagarán como el veneno —razonó la voz en su cabeza—.
Nathair no merece esta difamación. Estuvo a punto de morir.
» Los nudillos de Veradis se pusieron blancos alrededor de la empuñadura.
—Hablas desde la desesperación, Mandros. Eso te deshonra —le recriminó Peritus.
—¿De verdad? ¿Crees que yo habría matado a tu rey en sus propios aposentos?
No soy un necio, Peritus, al menos reconóceme eso.
Cuando entré en la cámara, Aquilus ya estaba muerto, aunque en un primer momento no lo vi.
Tu querido Nathair me mostró el cadáver de su padre y luego se clavó su propia daga.
—Mientes. Huiste —le increpó Peritus, aunque en su voz había ahora una nota casi interrogativa.
—¿Qué habrías hecho tú? —replicó Mandros—. ¿Acusar al heredero de haber matado a su padre y apuñalarse a sí mismo y confiar en que la justicia prevalecería? ¿Yo? ¿En el corazón de vuestro reino? ¿Con un rey muerto a mis pies y su hijo herido acusándome?
«No puedes permitir que difunda estas mentiras. Es la herramienta de Asroth; eso es lo que hace y lo que seguirá haciendo. Debe ser silenciado.»
—Es posible que fuera un necio y me entrara el pánico —continuó Mandros—, pero huir me pareció la mejor opción. —Sostuvo la mirada de Peritus—. Nathair mató a vuestro rey, no yo.
«¡Mátalo!», gritó la voz en su cabeza.
De pronto, Veradis se abalanzó sobre él y hundió la espada hasta la empuñadura en el cuello de Mandros. El rey se tambaleó un momento, cayó de rodillas y se derrumbó de bruces al suelo. La sangre oscura empapó la hierba.
El ataque de Veradis había sido tan inesperado y brutal que nadie había tenido tiempo de moverse.
Veradis se quedó plantado junto al cuerpo del rey agonizante, con los orificios nasales dilatados.
—Se acabó —dijo, paseando una mirada feroz por el pequeño grupo de guerreros.
Peritus fue el único que le sostuvo la mirada.
—Trae su cabeza —murmuró Veradis a Rauca mientras se internaba en el bosque envainando la espada.
Tarba, una fortaleza baja y siniestra de piedra oscura, se alzaba recortada sobre el sol naciente cuando Veradis dejó atrás un espeso bosque y se adentró a medio galope por una llanura de suaves ondulaciones. Peritus y Gundul cabalgaban delante de él y conversaban en voz baja.
La fortaleza custodiaba los pasos montañosos que conducían a Tenebral.
Veradis la estudió con atención. Estaba bien situada, sobre una colina baja que dominaba una amplia llanura antes de las primeras laderas de las montañas con las cumbres nevadas.
Inspiró hondo. Mucho dependía de lo que ocurriera esa mañana, pues la guerra y la paz eran los únicos resultados posibles.
Belo, primo de Mandros, gobernaba la fortaleza. Según Gundul, era un hombre astuto y prudente.
Habían tardado diez noches en llegar desde el lugar de la batalla contra Mandros y, si Peritus había calculado bien, una hueste de Tenebral debería de estar en ese momento apostada en los pasos cercanos, esperando su llegada.
Peritus quería evitar la lucha armada. Confiaba en que el hecho de que Belo tuviera enemigos a ambos lados, además de la presencia de Gundul y la cabeza de Mandros clavada en una lanza, convencería al señor de Tarba de deponer las armas.
Pero, a medida que el sol ascendía, divisaron figuras moviéndose en las laderas frente a la fortaleza y los destellos del sol reflejados en el hierro. La colina estaba cubierta por una extensa masa de hombres: la hueste de Belo.
Veradis miró por encima del hombro, hacia los guerreros que salían del bosque y entraban en la pradera.
Para su sorpresa, su hueste había sufrido pocas bajas en la batalla del río, menos de treinta hombres.
Los seguidores de Peritus no habían tenido tanta suerte, pues contaban alrededor de quinientos guerreros muertos.
La hueste de Mandros había pagado un precio mucho mayor, por supuesto: unos dos mil de los suyos yacían en la orilla del río, convertidos en alimento para los cuervos.
La hueste de Gundul había engrosado sus filas; aun así, solo sumaban unas tres mil quinientas espadas. En las laderas frente a ellos había bastantes más.
Veradis exhaló un largo suspiro ante la lucha inminente.
«Si el día se tuerce, mi muro de escudos abrirá un camino hasta las montañas, o morirá intentándolo.
» Sabía, sin embargo, que incluso su letal muro de escudos probablemente caería ante tantos hombres.
Si lo flanqueaban con el número de guerreros suficiente, lo harían trizas.
Intercambió una mirada sombría con Rauca, que cabalgaba a su lado, cuando vieron que un pequeño grupo de jinetes se dirigía hacia ellos.
—Es Belo —murmuró Gundul.
—Vamos, entonces —dijo Peritus—. Veamos qué tiene Elyon dispuesto para nosotros. Será mejor que vengas con nosotros, y trae tu trofeo —ordenó a Veradis, mientras señalaba la cabeza de Mandros, ensartada en la punta de su lanza—. Belo querrá saber quién mató a su rey.
—¿Es prudente? —preguntó Veradis.
—Una imagen así puede reforzar su voluntad o quebrarla. Y en cuanto a si es prudente o no, ese lujo nos fue arrebatado en un claro del bosque. —Peritus se demoró un instante y luego espoleó su caballo tras Gundul.
Veradis no dijo nada e hizo una mueca. Se arrepentía de lo que había hecho; en algunos momentos se sentía avergonzado, o al menos una parte de él.
Otra parte se regodeaba, pues sabía que se había hecho justicia, que Aquilus había sido vengado y que un poderoso servidor de Asroth había sido eliminado de la inminente guerra.
Belo era un hombre alto, entrado en años pero erguido, y de mirada afilada. Media docena de hombres lo acompañaban, todos con penachos de crin negra en los cascos. Sus ojos recorrieron el grupo cuando se aproximaron y se detuvieron en la cabeza que coronaba la lanza de Veradis.
—Parece que estoy algo anticuado —comentó Belo, que dejó de mirar las facciones ya descompuestas de Mandros y asintió hacia el general—. Peritus. No esperaba encontrarme contigo en tales circunstancias. Debes saber que no puedo dejarte pasar, ni siquiera con el hijo del rey como rehén.
—No soy ningún rehén —protestó Gundul, adelantando su caballo.
—Entonces, ¿cómo explicas esto? —replicó el señor de Tarba con recelo.
Gundul se irguió en la silla.
—Como puedes ver... —Alzó la mirada involuntariamente hacia la cabeza de Mandros—, ya no soy solo el hijo del rey. Ahora soy el rey de Carnutan, y he hecho la paz con Tenebral.
—¿Paz? —espetó Belo—. ¿Paz con los asesinos de tu padre?
Veradis se adelantó.
—Mandros cayó en combate —dijo—, cosa que no puede decirse de nuestro rey, asesinado en sus propios aposentos, sin espada en la mano.
Belo posó unos ojos fríos en él.
—¿Y tú quién eres?
—Veradis ben Lamar —respondió, sin dejar de sostener la mirada feroz del viejo barón.