Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO CINCUENTA Y CINCO. VERADIS
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CAPÍTULO CINCUENTA Y CINCO. VERADIS

CAPÍTULO CINCUENTA Y CINCO

VERADIS

Un terror absoluto, paralizante, se apoderó brevemente de Veradis mientras contemplaba a los hombres que descendían en tropel por la colina.

El estruendo de su carga retiñía en sus oídos.

Se precipitaron contra la masa de guerreros al pie de la loma como una avalancha de carne y hierro.

El caos estalló de inmediato y los hombres chillaban y morían.

En cuestión de segundos quedó claro que los recién llegados no atacaban a los hombres de Tenebral, sino a los de Mandros.

Veradis soltó con un largo suspiro el aire que retenía sin darse cuenta.

Gundul había cumplido su palabra.

Víctimas del efecto sorpresa, los hombres de Mandros empezaron a retroceder; aquellos que podían hacerlo se encaramaban unos sobre otros, desesperados por huir de las espadas enemigas.

Muchos yacían muertos o agonizantes tras esos primeros instantes frenéticos, y los hombres de Peritus se lanzaron de nuevo al combate con fuerzas renovadas.

Gundul descendía como un rayo a lomos de su caballo negro, directamente hacia su padre.

—¡Mandros! —bramó Veradis, que avanzaba otra vez, ahora vigilando de no salir de la línea de escudos.

Durante unos momentos encontraron resistencia y siguieron repartiendo muerte.

La línea de árboles estaba ya a apenas cuarenta pasos, y el terreno ante él hervía de combatientes. Veradis recorrió con la mirada aquella masa buscando a Mandros, y lo vio erguido sobre la silla, descargando la espada contra el casco de otro jinete.

La ira lo consumió. Mandros, matarreyes. Se lanzó hacia delante, embistiendo con el escudo, apartando cuerpos, golpeando todo lo que se interpusiera entre él y el rey de Carnutan. Y entonces lo tuvo delante: Mandros gritaba con furia, tratando de contener la huida de los suyos.

Veradis salió disparado hacia el rey con la espada en alto, pero un caballo se interpuso.

Era un miembro de la guardia de honor. El jinete lo empujó hacia atrás de una patada y agarró las riendas del caballo de Mandros para sacar al rey de la batalla y llevarlo hacia los árboles.

El espacio entre ellos y Veradis se llenó de guerreros y Veradis contempló encolerizado cómo Mandros se desvanecía en la penumbra del bosque, rodeado por su guardia de honor.

Otros jinetes bloquearon el paso para contener a Gundul y a los suyos.

Veradis se dio la vuelta y recorrió el campo de batalla con la mirada.

Lejos de la entrada del bosque, casi toda la lucha había terminado.

Aquí y allá aún resistían pequeños grupos de los guerreros de Mandros, pero la mayoría yacían muertos o se habían dispersado.

Vio a Peritus, junto a las orillas removidas del río y echó a correr hacia él.

—¡Mandros ha huido! —gritó jadeando al llegar junto al general—. ¡Necesitamos caballos para alcanzarlo! ¡No podemos permitir que llegue a Dun Bagul!

Peritus asintió y se limpió la sangre de los ojos, que le corría desde un tajo superficial en el cuero cabelludo.

En cuestión de segundos, reunió a un puñado de guerreros montados y exploradores.

Veradis y el general se subieron a las sillas, remontaron al galope la pendiente de la ribera y se lanzaron de nuevo al fragor del combate.

La retaguardia de Mandros luchaba con la furia y el desenfreno de quien ya ha aceptado la muerte.

Veradis desvió una espada entre resuellos y respondió con un tajo que trazó una línea roja a lo largo del muslo de un guerrero. Peritus hundió su hierro justo debajo de las costillas del jinete, que se tambaleó, cayó de la silla y desapareció bajo los cascos que batían el suelo.

Veradis clavó los talones en los costados de su montura y continuó avanzando.

Y entonces la espada de Gundul se hundió en el pecho del último defensor y todo acabó.

Veradis se acercó al hijo de Mandros y enfundó la espada.

—Te lo agradezco —dijo con la respiración agitada.

Todavía dominado por el frenesí de la batalla, Gundul tenía los ojos desorbitados cuando miró a Veradis. Esbozó una sonrisa feroz al reconocerlo.

—Nathair sabrá de esto —prometió Veradis—. Hoy te has convertido en amigo de Tenebral.

Gundul asintió.

—Mi padre...

—Lo sé. Ha huido. Debemos atraparlo antes de que alcance Dun Bagul, de lo contrario...

—No llegará a la fortaleza. He apostado hombres más adelante, en el camino, al otro lado del bosque. Pero mi padre es astuto. Ahora que me he descubierto, podría abandonar la carretera e internarse entre los árboles.

—Entonces no esperemos más —terció Peritus—. ¿Tienes hombres que conozcan el terreno?

—Sí.

—Guíanos. Sin demora.

Enseguida se encontraron galopando por un camino moteado de luz, rodeados de árboles imponentes. La columna se detuvo para que el rastreador examinara el suelo.

—Un grupo salió del camino aquí —dijo el hombre, enjuto y de facciones afiladas—. No todos..., alrededor de una docena. El resto siguió adelante.

—Nosotros también deberíamos dividirnos —sugirió Gundul.

—¿En qué dirección debe de haber ido Mandros? —preguntó Peritus.

—Creo que se ha internado en el bosque. Supondrá que el camino está bloqueado.

—¿A qué esperamos? —espetó Veradis con los dientes apretados, y espoleó a su caballo hacia los árboles.

Gundul lo siguió.

El bosque era espeso y avanzar a caballo pronto pasó de difícil a imposible.

Desmontaron y llevaron los caballos por las riendas.

Veradis vio que Rauca le había seguido junto con Peritus y una decena larga de hombres.

La lentitud del avance avivaba su ira, y el temor de que Mandros escapara lo corroía por dentro.

Casi se alegró cuando dejaron los caballos y siguieron a pie al rastreador a través del bosque.

El hombre avanzaba con paso seguro, examinando el suelo, tocando de vez en cuando una rama de helecho partida, el musgo arrancado de una roca o la corteza arañada de un tronco.

Marchaban en un silencio que solo rompían el sonido de sus pisadas en la tierra y sus gruñidos a medida que la tensión le crecía en el pecho.

A Veradis le ardía el muslo por la herida, pero apretó los dientes y no le prestó atención.

Entonces, al irrumpir en un pequeño claro, algo chocó con él.

Era el rastreador, con la moharra de una lanza hundida en el pecho.

Veradis se agachó, rodó hacia un lado y se descolgó el escudo al mismo tiempo que se incorporaba con una rodilla clavada en el suelo. Desenfundó la espada y se puso en pie.

Delante de él había un puñado de hombres con la espalda pegada a una enorme roca. En el centro estaba Mandros.

Veradis se lanzó a la carga poseído por una cólera fría y trató de esquivar una lanza, pero la recibió de lleno en el escudo y la apartó de un golpe. Asestó un espadazo y el lancero se derrumbó hacia atrás con un tajo sanguinolento en la garganta.

El impulso lo llevó a estrellarse contra otro hombre y los dos rodaron por el suelo, con la espada de Veradis atrapada entre ambos cuerpos.

Le llegó el fragor del combate y vio botas cruzando su campo visual mientras forcejeaba con su enemigo. Lanzó un cabezazo y el borde de hierro de su casco machacó una nariz. La sangre le salpicó el rostro. Se liberó y se incorporó a trompicones mientras buscaba la empuñadura de su espada.

Su rival tardó un instante más en levantarse, chorreando sangre por la nariz, y el hierro de Veradis se hundió en su pecho antes de que lograra ponerse en pie.

El combate hervía a su alrededor: el rechinar del metal contra metal, hombres que gritaban, gruñían y chillaban.

Alcanzó a ver a Rauca intercambiando golpes con un guerrero corpulento; su amigo descargó un hachazo en la rodilla del hombretón.

Luego vio a Mandros, arremetiendo contra un hombre más bajo: Peritus.

El general era más rápido, y obligó al rey a retroceder con espadazos y estocadas vertiginosos hasta que Mandros chocó con la roca que tenía detrás.

La espada de Peritus centelleaba con cada una de sus acometidas.

Los dos hombres quedaron pecho contra pecho durante un instante, pero Mandros asestó un rodillazo a Peritus en la entrepierna y a continuación le dio un porrazo con la empuñadura de la espada.

El general se derrumbó y Mandros levantó la espada.

Veradis se abalanzó sobre él y le hundió la hoja en el hombro. El rey gritó y soltó la espada al desplomarse contra la roca.

Veradis arrancó la espada con un tirón seco y apoyó la punta, todavía ensangrentada, en la garganta del rey.

De manera tan súbita como había comenzado, la batalla acabó. Solo dos miembros de la guardia de honor de Mandros permanecían en pie, pero al ver a su rey apresado dejaron caer las armas.

Un silencio tenso descendió sobre el claro. Todos miraban a Veradis, expectantes.

Él solo veía a Mandros. Recordó su rostro al salir de los aposentos de Aquilus y huir de la torre. Recordó a Nathair tendido en un charco de sangre y los ojos sin vida de Aquilus.

—Asegúrate de que se haga justicia —le había dicho Nathair, en el muelle azotado por el viento, antes de zarpar.

—¿Justicia? —había dicho Veradis—. ¿Qué quieres decir exactamente?

—Peritus encontrará a Mandros y te ayudará a derrotarlo. Pero Peritus es un político. Es posible que vea alguna utilidad en Mandros, alguna oportunidad.

—¿Qué quieres que haga?

—Una vida por una vida —había respondido Nathair con una voz tan fría como el mar que los rodeaba—. Eso es justicia. Sin negociación. Sin compromisos.

—Me aseguraré de que así sea —había jurado Veradis.

Ahora, sin embargo, con la espada en la garganta de Mandros, algo le frenaba el brazo. «Hazlo —susurró la voz en su mente—. Mátalo. Es lo que se merece. Es un traidor. Es justicia.»

Peritus se incorporó con lentitud, ayudado por Rauca.

—Veradis —dijo—. Lo tenemos. Hemos vencido. Retrocede, muchacho. No deberías cargar con la muerte de un rey.

—¡No! —terció Gundul, que, sin poder evitarlo, avanzó un paso—. ¡Mátalo! ¡Merece morir!