Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO CINCUENTA Y CUATRO. VENTOS
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CAPÍTULO CINCUENTA Y CUATRO. VENTOS

CAPÍTULO CINCUENTA Y CUATRO

VENTOS

El aire en la casa comunal era denso y pesado; el humo del foso central ascendía perezosamente y se arremolinaba alrededor del agujero del techo.

La puerta se perfilaba en la luz cenicienta que anunciaba la inminente llegada del alba.

Ventos se incorporó poco a poco, procurando no despertar a nadie.

Del hogar aún manaba un resplandor anaranjado, suficiente para orientarlo y revelar los cuerpos de los demás, miembros del séquito de Torin y otros viajeros, que dormían acurrucados. Buscó sus botas y avanzó con tiento hacia la salida.

Cruzó el pueblo con paso ligero hasta su carro.

Talar salió de debajo, desperezándose, y frotó el hocico contra la pierna de su amo.

Ventos le acarició la cabeza distraídamente mientras levantaba la tapa del asiento del pescante.

Sacó un pequeño cofre y, de él, un diminuto rollo de pergamino, una pluma y un cuerno de tinta sellado.

Rompió el sello con cuidado, mojó la pluma y se puso a escribir.

Al acabar, guardó el pergamino en un pequeño estuche, alzó la vista hacia el cielo, que clareaba por momentos, y chasqueó la lengua. Enseguida, el halcón descendió y miró a Ventos con ojos vivos e inteligentes. Con manos ágiles, Ventos ató el estuche a la pata del ave.

—Vuela certera —murmuró, y siguió con la mirada cómo el halcón remontaba el aire, hasta que el suave susurro de sus alas se deshizo en la niebla nada más desaparecer.