Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO CINCUENTA Y TRES. CORBAN
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CAPÍTULO CINCUENTA Y TRES. CORBAN

CAPÍTULO CINCUENTA Y TRES

CORBAN

Corban regresaba cabizbajo y arrastrando los pies desde la casa de Brina por la Calzada de los Gigantes, todavía dando vueltas a unos pensamientos que no lograba ordenar.

Un gran carro le cerró el paso, cargado hasta los topes con pieles; junto a él caminaba un perro muy grande.

Corban lo miró sin prestar demasiada atención al principio, pero de pronto apresuró el paso... ¿Era posible que...?

Tormenta dio un paso al frente, con un gruñido a medio formar en la garganta, y lanzó una dentellada hacia el perro.

«Algo no va bien», pensó Corban.

—¿Eres Ventos? —gritó, al tiempo que apartaba a Tormenta con un suave empujón con el pie.

—¿Qué? —respondió el hombre desde el carro—. Sí, soy Ventos. ¿Nos conocemos?

—Nos conocimos el año pasado, en el Festival de Primavera. Soy Corban.

—Pues que me parta un rayo si... —Ventos se pasó la mano por el rostro—. Por los dientes de Asroth, muchacho, ¡casi me mandas al Otro Mundo! —Exhaló largamente.

Saltó del carro y dio unos pasos vacilantes hacia Corban antes de detenerse.

—Te invitaría a caminar conmigo, pero creo que mis caballos saldrían despavoridos y esparcirían mis mercancías entre aquí y el Mar Occidental si tu lobona se acerca un solo paso más.

Corban asintió.

—Atrás —ordenó con sequedad a Tormenta, acompañando la palabra con un gesto breve y firme del brazo.

La lobona lo miró y sus ojos cobrizos centellearon al sol que se desvanecía. Luego se alejó a trote ligero y se detuvo a eso de un centenar de pasos.

Ventos enarcó las cejas.

—Qué lobona más lista —murmuró—. Así que es verdad. Oí hablar de ti en Dun Cadlas y luego en todos los sitios que he visitado entre allí y aquí. No lo creí, claro... Tampoco sabía que eras tú. El joven guerrero que ha domesticado a una lobona... —Soltó un silbido.

—No diría que está domesticada —repuso Corban, pícaro—. Me alegro de volver a verte. —Extendió el brazo y el buhonero le dio el apretón del guerrero.

—Te veo cambiado, muchacho. No te habría reconocido. Salvo por ese pelo revuelto y la ropa llena de barro.

Reanudaron el camino juntos y Ventos trató de satisfacer la curiosidad de Corban con noticias de más allá de Dun Carreg. Se detuvieron antes de entrar en el pueblo. Ventos se puso un grueso guante de cuero en la mano izquierda y sacó un trozo de carne de una bolsa que llevaba en la capa.

Desde el cielo llegó un chillido que rasgó el aire.

Corban alzó la vista y vio la figura de un ave que descendía en picado, trazaba un círculo encima de sus cabezas, recorría la carretera en vuelo rasante y se posaba en el brazo extendido del vendedor.

Era un halcón enorme. Ladeó la cabeza para observar a Corban. Sus plumas doradas, punteadas de azul y rojo reflejaban los últimos rayos del sol.

—Tengo el placer de presentarte a Kartala —dijo Ventos, que hizo una pequeña reverencia con el semblante radiante.

—Es magnífica —articuló Corban, incapaz de apartar la mirada de las garras curvas que se aferraban al guante de cuero.

—Se la gané a los Sirak.

—¿A los Sirak?

—Ajá. Usan halcones para cazar en su mar de hierba, y son muy diestros en ello.

Por suerte para mí, no lo son tanto con el tablero y los dados.

—Sonrió y guiñó un ojo—. Ha sido una compañera fantástica.

Muy útil. Mi sabueso, Talar, atrapa liebres sin dificultad, pero ¿alguna vez has estado comiendo liebre todo un año?

—Se estremeció—. Al final pierde la gracia.

Comercio para poder comer, claro, pero los pueblos no siempre están donde uno quisiera.

Kartala me ha conseguido toda clase de presas, incluso otras aves.

—¿Come cuervos? —quiso saber Corban, al pensar en Craf.

—¿Cuervos? ¿Por qué?

—No importa. —Corban suspiró. «Demasiado peligroso —pensó—. Brina me envenenaría.»

—En fin, será mejor que vaya a presentar mis respetos al barón de la aldea. Torin, ¿verdad? A ver si hay un rincón en la casa comunal donde pueda echarme a dormir. Pásate a verme mañana, ¿vale?

—Vale —respondió Corban.

El repiqueteo de cascos resonó en el camino, procedente del pueblo. Corban levantó la mirada y vio un alto semental tordo que avanzaba hacia ellos al trote. Lo montaba Meical, y de nuevo Corban sintió aquel cosquilleo en la nuca.

Meical aflojó la marcha sin apartar los ojos de Corban; tenía una expresión un tanto fiera. Lanzó a Ventos una mirada, que se entretuvo en el ave de caza, y después devolvió la vista al frente y espoleó al caballo para ponerlo a medio galope.