Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO CINCUENTA Y DOS. CYWEN
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CAPÍTULO CINCUENTA Y DOS. CYWEN

CAPÍTULO CINCUENTA Y DOS

CYWEN

Cywen se secó el sudor de los ojos. El aire era frío y limpio, y un viento constante y cortante soplaba desde el mar, pero había estado trabajando duro. Había pasado casi toda la mañana y buena parte de la tarde domando un potro para que se acostumbrara a la silla.

De malas maneras, Gar le dijo que ya había acabado por ese día. Lo notó distante.

—Necesito que traigas a Martillo de los prados —le dijo—. Si sales ya, volverás a tiempo para la cena.

Cywen se enfurruñó. Había una buena caminata hasta los prados. Si lo hubiese sabido antes, habría pedido a Ban que la esperara, pero su hermano ya se había marchado. Se resignó.

—Venga, muchacha, en marcha —dijo Gar mientras se alejaba.

Cywen echó a andar hacia la Puerta de Piedra.

A mitad de camino, cerca del puente, recordó que había olvidado recoger la verdura para la cena. Su madre se enfadaría. Murmuró para sí y cambió de dirección para correr hacia su casa.

Estaba vacía. Ni siquiera Buddai se calentaba junto al fuego.

Se apresuró a recoger la verdura, pero no podía dejar de pensar en Ronan y su sonrisa cada vez más perturbadora. Siempre la miraba... aunque fingiera que no. Sintió que se le dibujaba una sonrisa.

Entonces oyó un ruido en la cocina: era la puerta del huerto que se abría.

Cywen se escondió detrás de un árbol instintivamente. Vio a su madre asomarse al jardín; luego la puerta se volvió a cerrar.

«Pero ¿qué estoy haciendo?», pensó, frunciendo el ceño mientras se acercaba a la cocina.

Entonces oyó pasos: varias personas entraban en la cocina. Pero lo hacían en silencio, lo que le pareció extraño. No hubo saludos, solo el chirrido de las sillas y el sonido del líquido vertido en copas.

Cywen se asomó por la rendija entre la contraventana y la pared.

Sus ojos tardaron un momento en acostumbrarse a la penumbra.

Su madre estaba de pie en un extremo de la mesa, con una expresión casi asustada en el rostro.

Sentados enfrente de ella estaban Thannon, Gar...

y el hombre que había llegado esa misma mañana: Meical.

Gwenith bebió de su copa; le temblaba la mano. El silencio era tenso.

—¿Dónde está el muchacho? —preguntó una voz potente, melodiosa. Meical.

—En casa de Brina. Una curandera —respondió Gar—. Vive fuera del pueblo.

—¿Y vuestra hija?

—No está aquí. Lo he comprobado. Estamos solos —dijo Gwenith.

—Bien —aprobó Meical.

—¿Por qué? ¿Por qué has venido? —le interrogó por fin Gwenith.

—El rey Aquilus ha muerto.

Cywen no veía la cara de su padre, pero su madre se quedó boquiabierta y Gar se limitó a mirar fijamente a Meical.

—¿Cómo? —musitó Gwenith.

—Asesinado. En su propia cámara —Meical inclinó la cabeza—. Es una pérdida terrible.

—¿Quién lo ha hecho? —quiso saber Gar.

Meical se frotó los ojos.

—Me han dicho que ha sido Mandros, el rey de Carnutan. Se oponía abiertamente a Aquilus. Es orgulloso y arrogante. Y ha huido. Pero sospecho que hay algo más. Veo la mano de Asroth en todo esto.

—¿Algo más? ¿Qué quieres decir?

—Aún no lo sé. Quizá debí permanecer más tiempo en Jerolin. Pero cuando ocurrió... sentí un terror como jamás había sentido. Tenía que ver al muchacho.

—Pero dijiste que no volveríamos a verte hasta el momento señalado. El peligro... ¿y si te siguieron? —dijo Gwenith elevando la voz.

—Tranquila —contestó Meical alzando una mano—.

Soy consciente de tu preocupación; también es la mía.

Pero tenía que verlo, asegurarme de que estaba bien.

Y he tomado precauciones. Crucé las Agullas antes de que cerraran los pasos, y nadie puede igualar la velocidad de Miugra.

Lo he llevado al límite de sus fuerzas. No es posible que me hayan seguido.

—Se recostó en la silla—. Parece que el muchacho está bien.

Gwenith sonrió.

—Así es. Es un buen chico.

Cywen no podía creer lo que oía. Se le habían entumecido las piernas de tenerlas quietas tanto tiempo a la vez que intentaba no hacer ruido al respirar.

Se sentía perdida entre tantos nombres y lugares: Aquilus, Jerolin, Carnutan.

¿Se referían al rey Aquilus, el mismo que había convocado al rey Brenin a una asamblea?

Sin embargo, de repente le quedó clara una cosa: por alguna razón estaban hablando de Ban. Su Ban.

—¿Cómo van las cosas con él? —preguntó Meical.

Gwenith asintió y sonrió; miró a Gar y luego a Thannon.

—Es especial, claro..., es mi hijo. Pero desde que viniste a vernos y nos lo contaste...

—Hizo una pausa y torció el gesto—. Lo he observado...

He intentado observarlo con objetividad.

Es despierto, fuerte, honrado en su mayor parte.

Bondadoso. Y es feliz, eso espero. No has venido para llevártelo, ¿verdad?

—dijo de repente con una voz que rezumaba fiereza—. No lo permitiré.

—Nadie se lleva a nuestro chico a ninguna parte —aseveró Thannon. Estiró una mano y envolvió la de Gwenith.

—No he venido por eso —dijo Meical—, aunque ya os advertí que llegará el día en que deba marcharse. Ir a Drassil. Pero no solo. Con vosotros, y con Gar, por supuesto.

—Aja, o sea que es por eso —respondió Thannon—.

La verdad es que ha pasado mucho tiempo desde que viniste a vernos...

—Suspiró y se frotó los ojos—. Solo soy un herrero y no sé nada sobre todo eso de lo que hablas.

Y fue hace tanto... Hasta hace poco pensaba que todo había sido un sueño, pero han estado ocurriendo cosas. Cosas extrañas...

—Sí. La oscuridad caerá sobre nosotros pronto.

—Sí. Bueno. Corban es un buen muchacho. Estoy orgulloso de él. No podría haber pedido un hijo mejor. Y tengo miedo por él...

Gwenith hizo un ruidito con la garganta y apartó la mirada.

—Lo hemos preparado lo mejor que hemos sabido —continuó Thannon—. Le hemos enseñado a leer, las historias, el valor del trabajo duro, la verdad y el coraje, el bien y el mal, eso espero. Y Gar también ha cuidado de él, lo ha entrenado, y se lo agradezco.

—Mi gratitud —dijo Meical—. Se os pidió mucho. Y aún se os pedirá más.

—Es mi hijo, sangre de mi sangre, mi corazón, mi alegría, mi aliento. Nadie tiene que pedirme nada. Haré todo lo que esté en mi mano por él. Lo protegeré. Lucharé por él. Moriré por él, si es necesario.

Meical asintió y miró a Gar.

—¿Y tú? He pensado mucho en ti estos años. No es una carga fácil.

Gar se encogió de hombros.

—Es el mayor honor de mi vida. He aprendido que no toda la gloria proviene del campo de batalla. Es como dicen: inteligente, fuerte, justo. Ha aprendido bien a manejar las armas, más que bien. Destaca.

—Todo un elogio —dijo Meical.

—Ha tenido sueños —añadió Gwenith—. Pesadillas.

—¿Ha hablado de ellos con vosotros?

—No. Nunca. Gritaba en mitad de la noche. Se despertaba sudando, asustado. Pero han pasado. Hace ya algunas lunas que no grita en sueños.

Meical sonrió.

—Bien. La búsqueda de Asroth no se ha limitado a este mundo de carne. Pero el caído se ha frustrado. Por un tiempo, al menos. ¿Y la lobona? Explicadme cómo ha sucedido.

Gwenith alzó las manos, con las palmas hacia arriba.

—Ban la salvó cuando era un cachorro. La ha criado desde entonces, pese a toda oposición.

—Hummm —gruñó Thannon.

—Muy bien. Nunca sobran los guardianes, y algo me dice que la lobona lo protegerá mejor que la mayoría.

Hablaré con el rey Brenin antes de marcharme.

No creo que volvamos a hablar hasta... —Se puso en pie y la silla rascó el suelo—.

Ojalá pudiera quedarme con vosotros, aliviar vuestra carga, pero mi presencia atraería miradas.

Debemos darle al chico todo el tiempo que podamos.

—Hizo una pausa, con gesto preocupado—. Sería bueno que pasara aquí su Noche Larga.

Después se le podrá contar todo. Manteneos alerta: las cosas se mueven más deprisa de lo que había previsto.

Creo que debería viajar a Drassil para asegurarme de que todo está dispuesto.

—Miró a Gar—. Tu padre sabrá de tu lealtad.

El jefe de cuadras se puso derecho en la silla y sus ojos se iluminaron.

Meical avanzó hacia la puerta, pero se detuvo un momento y dijo:

—No os fieis de nadie. Ni siquiera si la propia sangre de Aquilus entra por la Puerta de Piedra. Confiad solo en Brenin.

Y abrió la puerta y salió a las calles de Dun Carreg.