Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO CINCUENTA Y UNO. CORBAN
62%

CAPÍTULO CINCUENTA Y UNO. CORBAN

CAPÍTULO CINCUENTA Y UNO

CORBAN

Corban miró con los ojos entrecerrados al hombre que estaba con Gar.

—¿Meical, has dicho?

—Sí —asintió escuetamente Cywen sin alzar la vista, y se volvió a concentrar en el casco que sostenía entre las manos—. Acaba de llegar. Estoy enamorada de su montura... mírala bien. Apostaría a que es el caballo más veloz que he visto jamás.

Corban dirigió una breve mirada al semental que había detrás del hombre del cabello oscuro; era un tordo rodado alto, de huesos finos, elegante.

Pero casi de inmediato sus ojos regresaron al recién llegado.

Antes de darse cuenta de lo que hacía, estaba caminando hacia el jefe de cuadras y su acompañante.

Tormenta lo siguió a un paso de distancia.

Gar estaba hablando, pero paró al ver que se acercaba.

—¿Ban? —dijo el jefe de cuadras.

Corban se quedó plantado ante ellos, sin saber muy bien qué decir ni por qué había ido hasta allí.

—¿Necesitas algo, Ban?

—Yo... eh... Tienes un caballo magnífico —tartamudeó sin apartar la vista del desconocido.

—Gracias —respondió el recién llegado.

Era muy alto, extraordinariamente alto. Su silueta se recortaba en el sol, que estaba a su espalda. Tenía algo que resultaba inquietantemente familiar; era como si un recuerdo le hiciera cosquillas en la memoria como se las haría una araña que se deslizara por su nuca.

Se miraron y el silencio se alargó.

—Este es Meical —dijo por fin Gar, visiblemente incómodo.

—Encantado —dijo Meical, con una leve sonrisa en los labios.

Corban asintió.

El silencio volvió a instalarse entre ellos. Meical tenía unos ojos oscuros y profundos que parecían atravesarlo. No solo lo miraban; lo escrutaban. Como si de alguna manera lo analizaran. Pero entonces Meical sonrió.

—Te rodeas de compañía poco común. —Bajó la mirada hacia Tormenta.

La lobona se había pegado a la cadera de Corban, como hacía siempre que lo notaba inquieto o preocupado. Tenía las orejas erguidas, el lomo erizado y el hocico adelantado mientras olfateaba.

Meical se agachó sin despegar los ojos de ella y le ofreció la mano para que se la oliera. Al menos un palmo de sus colmillos asomó por encima del labio y le tocaron los dedos, pero él no los apartó.

Al cabo, Tormenta bufó, arañó la tierra con una pata y se tumbó a los pies de Corban.

—Se llama Tormenta —dijo él.

—Es un buen nombre.

Meical se incorporó con rapidez y se tambaleó un instante.

—Disculpad —dijo—. He cabalgado mucho y sin descanso.

—Vamos —dijo Gar—. Estabularemos a tu caballo. Parece tan cansado como tú.

El jefe de cuadras miró a Corban.

—¿Vas a la cabaña de Brina?

—Sí.

—Pues date prisa, antes de que te encuentre algo que hacer por aquí.

—Bah —protestó Corban. Pero se quedó donde estaba un momento más, con ese hormigueo persistente del recuerdo que se negaba a aflorar.