CAPÍTULO CINCUENTA. VERADIS #3
Desenvainó su espada corta, levantó el escudo y lo encajó con un golpe seco con el de Rauca a su izquierda y el de Bos a su derecha.
Apenas tuvo un instante para afirmar los pies en el lecho inestable del río y asomarse por encima del borde del escudo al torrente de hombres que se precipitaba hacia ellos.
Esa táctica pareció desconcertarlos. No estaban habituados a luchar así.
La hueste de Veradis debería estar corriendo hacia la orilla para encontrarse con el enemigo y la batalla habría acabado fragmentándose enseguida en un tumulto caótico de combates individuales.
De no ser porque le flojeaban las rodillas, Veradis se habría echado a reír.
Entonces, la masa de guerreros se estrelló gritando contra el muro. Cientos de escudos chocaron con un estrépito ensordecedor. La línea tembló, pero aguantó; el empuje de los que cargaban comprimió las primeras filas en una masa apretada y convulsa de brazos y piernas.
Veradis flexionó las rodillas con el hombro apoyado en el escudo y gruñó bajo el peso brutal de los cuerpos.
Asestó un espadazo tras otro por debajo del borde del escudo y su hierro perforaba músculos y tendones y raspaba huesos.
Sangre caliente le empapó la mano y el brazo; los hombres gritaban, sostenidos en pie solo por la presión de los que empujaban desde atrás.
A ambos lados, sus guerreros hacían lo mismo, administrando muerte con una eficacia implacable.
Gritó una orden por encima del hombro y oyó cómo el guerrero que tenía justo detrás la repetía.
Un instante después sonó un cuerno. Toda la primera fila del muro de escudos dio un paso al frente y empujó a la masa de guerreros que tenía delante; luego otro, y otro más.
La arena y los guijarros que pisaban sus pies fueron sustituidos por la carne, el cuero y la madera de los enemigos caídos.
El río corría rojo a su alrededor y una pila de cuerpos señalaba el sitio donde el muro de escudos había aguantado la embestida.
Poco a poco, de manera inexorable, Veradis y su hueste avanzaban triturando cuanto encontraban a su paso.
Algunas unidades de la fila caían al tropezar con los cadáveres o empujados por la mera fuerza bruta, pero los huecos se cubrían al instante.
Veradis notó que el terreno se volvía más firme bajo sus pies, y la orilla también se tiñó de rojo cuando los hombres comenzaron a caer frente al inexpugnable muro de madera y hierro.
De repente, la presión contra su escudo disminuyó.
Vio que las primeras filas del enemigo se replegaban ladera arriba con miedo en los ojos.
A menudo, el furor de la primera carga, cuando la sangre estaba caliente, decidía las batallas.
Aquello debería haber sido una matanza, pues habían sorprendido a un enemigo inferior en número y metido hasta las rodillas en un río turbulento.
Sin embargo, la mayoría de los guerreros caídos pertenecían a las fuerzas de Mandros.
Veradis sintió cómo una fuerza renovada inundaba sus brazos y piernas y avanzó con ímpetu redoblado, seguido por sus guerreros.
Ahora era más fácil abrirse paso. El suelo que pisaban era más firme y los hombres que tenía delante atacaban con menos ferocidad. Más soldados de Mandros se arremolinaban en los flancos de su línea mientras los de Peritus salían ya del río y recuperaban con alivio su estilo de combate habitual.
Sin prestar atención a nada más, la hueste de Veradis siguió avanzando, arrollándolo todo a su paso.
Entonces un clamor salvaje comenzó a abrirse paso poco a poco por el fragor de la batalla.
Veradis alzó la vista y vio una figura montada cerca de la linde del bosque; entornó los ojos, sorprendido de tener la arboleda tan cerca.
La figura montada era el propio Mandros, que gritaba con una mezcla de furia y pánico y los ojos desorbitados al mismo tiempo que azuzaba a sus hombres.
«Mátalo», rugió la voz en su cabeza. Un grupo de guerreros a caballo rodeaba a Mandros, con el semblante tenso y concentrado.
Veradis apretó el paso, apuñalando con furia y adelantando incluso a sus camaradas.
Sintió una punzada de dolor en el costado cuando una hoja superó su guardia, pero la cota de malla desvió el hierro, que resbaló y se le clavó en el muslo; le corrió sangre por la pierna y tropezó cuando las fuerzas lo abandonaron de golpe.
Unos brazos lo agarraron y arrastraron hacia atrás.
Alcanzó a ver a Mandros, maldijo y escupió sangre al suelo. Qué cerca había estado.
Oyó los bramidos agudos de unos cuernos a la derecha. Por un momento, la batalla pareció detenerse y todas las miradas se volvieron hacia el sonido.
En la cresta de la colina que bordeaba el campo de batalla se estaban formando filas de guerreros, la mayoría a pie y una veintena a caballo en la retaguardia.
Veradis vio a uno de ellos desenvainar la espada y alzarla.
Gundul, hijo de Mandros, profirió un potente grito de guerra y sus guerreros se precipitaron colina abajo gritando desaforadamente.