Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO CINCUENTA. VERADIS #2
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CAPÍTULO CINCUENTA. VERADIS #2

—Podríamos asaltar Dun Bagul —sugirió Peritus—.

No es inexpugnable, pero nos costaría hombres y tiempo.

Mandros no es un necio. Y hasta ahora tampoco ha sido un cobarde.

Nuestra mejor oportunidad está aquí. —Puso otro dedo en el pergamino.

Veradis y Rauca se acercaron para observar de cerca el mapa desplegado en la mesa—.

Este río se interpone entre nosotros y Dun Bagul.

No hay puente, solo un vado, salvo que queramos coger un desvío que alargaría el viaje media decena de noches.

El vado está flanqueado por bosque a un lado y colinas al otro.

Es un lugar excelente para tendernos una emboscada.

Seguro que Mandros lo sabe, de modo que, si considera que nuestras fuerzas están igualadas, no dejará pasar la oportunidad.

Veradis esbozó media sonrisa.

—Deja que mi hueste cruce el río en la vanguardia.

Peritus no parecía muy convencido.

—Aunque esperemos una emboscada y vayamos prevenidos, no será un lugar muy agradable donde entablar batalla.

Rauca soltó una carcajada seca que no logró aliviar la tensión.

—Ya estamos hechos a lugares poco agradables. Al menos no tendremos draigs ni gigantes intentando despedazarnos.

—No lo sé —repuso Peritus—. No me entusiasma la idea de regresar a Tenebral sin la primera espada de nuestro nuevo rey.

—Has visto entrenar a mis hombres —replicó Veradis con ardor—. Sabes que somos los más preparados para soportar el primer envite de la emboscada. Nuestro muro de escudos está hecho para eso.

Peritus lo miró un instante y se le dibujó una sonrisa.

—Se nota que eres hermano de Krelis.

Veradis refunfuñó sin saber muy bien qué responder. Krelis había entablado una estrecha amistad con Peritus durante su estancia en Jerolin y le había hablado a menudo del astuto general de Aquilus.

—De acuerdo. Vosotros cruzaréis primero. Nos pondremos en marcha al alba y avanzaremos sin prisa hasta el río. Esperemos que Mandros actúe de acuerdo con la información que sus exploradores le entregarán esta noche.

Dieron unos golpecitos en la tienda de campaña y sonó la voz de uno de los guardias de Peritus.

—Adelante.

Dos guerreros entraron en la tienda flanqueando a otro hombre. Este vestía cuero gastado y una capa oscura. Se quitó la capucha y dejó a la vista una cara ancha y anodina, con las mejillas enrojecidas y unos ojos que se movían con nerviosismo.

Veradis oyó a Peritus ahogar una exclamación. Había visto a ese hombre en la asamblea de Aquilus.

Era Gundul, el hijo de Mandros, y lo miraba visiblemente agitado.

Veradis se metió en las aguas poco profundas del río; el agua helada se arremolinaba en torno a sus piernas, se filtraba en sus botas y le entumecía los pies.

A ambos lados se extendía una fila irregular de unos sesenta hombres.

Los guijarros cedían bajo sus pies y se tambaleaba desequilibrado por el peso del escudo a la espalda.

Frente a él, todavía lejana, estaba la otra orilla, y más allá, una pendiente suave ascendía hacia el bosque.

Se obligó a no mirar hacia los árboles, a no buscar el reflejo del sol en el hierro, y mantuvo la vista fija en el agua. Echó un rápido vistazo atrás y comprobó que casi toda su hueste ya había entrado en el río; los guerreros de Peritus se desplegaban de una manera más desorganizada.

—Ya no hay vuelta atrás —murmuró Rauca a su lado—. ¿A quién se le ocurrió que cruzáramos nosotros primero?

—Bah —desdeñó Veradis, con una media sonrisa asomándole a los labios pese a la sensación de ligereza en el estómago.

Volvió a mirar al frente, atraído sin remedio por la línea de árboles que se extendía a medio centenar de pasos de la orilla.

Si Mandros estaba escondido allí, esperaría a que la hueste estuviera saliendo del río para tener la opción de cargar frontalmente o por alguno de los flancos.

La carga frontal les impediría salir del agua, pero una embestida por sorpresa en el flanco solía causar más daño. Incluso podía decidir la batalla.

Mandros... Pensar en el rey de Carnutan disipó todas sus dudas.

Era evidente que estaba al servicio del Sol Negro.

El muy traidor había apuñalado en la garganta al rey Aquilus con la daga de Nathair y luego se la había hundido al propio príncipe en el costado.

No debería haber permitido que Mandros entrara en aquella cámara.

«Justicia», susurró la voz en su cabeza.

Hoy se haría justicia: una justicia oscura, implacable, sangrienta.

Ya habían cruzado la mitad del río y solo les separaban cuarenta pasos de la otra orilla, treinta, veinte...

De pronto estalló un alarido más allá de los árboles, un grito de guerra ensordecedor.

Los hombres salieron a campo abierto y sus armas de hierro destellaron al salir de sus fundas.

Un estruendo de pasos los acompañaba mientras descendían a la carga por la pendiente en dirección a Veradis y su hueste.

Veradis agarró el escudo que llevaba a la espalda y bramó:

—¡Muro de escudos!