Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO CINCUENTA. VERADIS
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CAPÍTULO CINCUENTA. VERADIS

CAPÍTULO CINCUENTA

VERADIS

Veradis observaba desde un montículo de guijarros con los brazos cruzados sobre el pecho enfundado en cuero.

Cuarenta naves estaban fondeadas en la bahía que habían hallado, tripuladas por hombres a los que, hasta hacía poco, habría considerado enemigos. Ahora eran aliados, y lo acercaban a aquello que más ansiaba.

Mandros.

La orden de Orcus desde la cámara de Aquilus para apresar al rey de Carnutan había llegado demasiado tarde.

Mandros había huido, sin siquiera reunir a todos sus guerreros en su apresurada fuga de Jerolin.

La Guardia del Águila lo había perseguido, pero la ventaja que le llevaba era insalvable.

Mandros no tuvo miramientos en su huida: perdió hombres en las laderas escarpadas y en las zanjas cubiertas de nieve de las Agullas, aunque logró ampliar la distancia entre él y sus perseguidores.

Casi una luna después, quienes habían partido para traer de vuelta a Mandros regresaron a Jerolin con la cabeza gacha y las manos vacías.

Para entonces ya se había celebrado el funeral de Aquilus. Los barones de Tenebral se reunieron para rendir un último homenaje a su rey caído mientras se alzaba un túmulo sobre su cuerpo y juraron lealtad a Nathair, todavía débil y pálido.

El cuchillo no le había alcanzado órganos vitales, pero el príncipe había estado a un suspiro de morir desangrado en la cámara de su padre, mientras aguardaba la llegada de los curanderos con la mano aferrada cada vez con menos fuerza a la de Veradis.

Por enésima vez sintió que una llama prendía dentro de sí.

Durante los primeros días tras el solsticio lo había consumido la rabia.

Se había sentido profundamente avergonzado por haber permanecido con los brazos cruzados en un pasillo mientras su rey era asesinado y su príncipe y amigo, apuñalado y dado por muerto.

Desde entonces, toda emoción en él se había destilado, reducida a la esencia pura de una cólera fría y permanente como jamás había experimentado.

Mandros pagaría.

Había estado tentado de partir en cuanto los que habían salido persiguiendo a Mandros regresaron sin su presa, pero Nathair seguía débil y los pasos de las Agullas eran infranqueables para cualquier grupo de guerreros lo suficientemente numeroso como para hacer salir a Mandros de su guarida.

Para entonces ya estaría a salvo en su reino de Carnutan, rodeado de sus huestes, vigilando los pasos que daban acceso a sus dominios.

Lykos, a quien Nathair había mandado llamar poco después del ataque, aceptó transportar un ejército hasta la costa de Carnutan, aunque aconsejó no navegar durante las lunas de la Tempestad y de la Nieve.

Así que aguardaron, trazaron planes, reunieron provisiones y hablaron de objetivos y estrategia.

Nathair confió a Peritus el mando general de la campaña, para sorpresa de Veradis. «Ha pasado por muchas campañas —había dicho Nathair—. Al margen de mis diferencias con él, sabe lo que hace, y su odio hacia Mandros arde tan fuerte como el tuyo. Obsérvalo. Aprende.»

Veradis había aceptado a regañadientes, y no tardó en comprender que Nathair tenía razón.

Peritus era un estratega perspicaz y poseía una capacidad de organización excepcional.

Y así es como había ido a parar a una playa de la costa meridional de Carnutan, desde donde observaba cómo desembarcaban de una flota de naves Vin Thalun centenares de guerreros bajo el águila de Tenebral.

Habían empezado a descargar los barcos al amanecer, primero una veintena de exploradores con sus caballos, que se desplegaron con rapidez más allá de la playa. Ahora era casi mediodía.

Mientras observaba, una docena de hombres gritaron. El carro que bajaban por una rampa ancha se desvió de repente, y una rueda quedó suspendida un instante antes de volcar sobre las olas y desparramar la carga en medio de una explosión de espuma.

Maldijo entre dientes mientras calculaba el retraso que supondría intentar recuperar lo que se había perdido.

—Paciencia —dijo una voz a su lado.

Se volvió y vio a Peritus a unos pasos de él.

Veradis asintió y devolvió su atención a la playa.

Los guerreros se dividían en dos grupos.

El menor era su hueste, formada por unos seiscientos hombres, todos ellos supervivientes de la campaña de Tarbesh y con un diente de draig colgado del cuello.

Sumados a la hueste más numerosa de Peritus, en total se quedaban un poco por debajo de las tres mil espadas.

No era un ejército grande para internarse en el corazón de territorio enemigo, pero confiaban en que el sigilo jugara a su favor.

Mandros seguramente contaba con que esperarían al deshielo de la primavera y cruzarían las Agullas en gran número cuando se abrieran los pasos, y para eso aún faltaba al menos media luna.

Los exploradores habían informado de que se estaban concentrando guerreros en Tarba, la fortaleza que vigilaba el paso montañoso de entrada a Carnutan.

En Jerolin sí se estaba reuniendo otra hueste para cruzar las montañas con el deshielo, pero esperaban haber capturado a Mandros para entonces.

Ahora el objetivo era marchar hacia el norte, hasta la propia fortaleza del rey de Carnutan.

Lykos le había asegurado que Mandros se había escondido allí, como un zorro en su madriguera para escapar de los perros.

En la playa, uno de los hombres se separó del grupo de guerreros de Veradis y alzó un brazo hacia él. Era Rauca. Subió con paso decidido por el montículo de guijarros salpicado de matas ralas y se detuvo a su lado.

—¡Nos dedicarán canciones! —exclamó pletórico—. Los muchachos soñarán con ser como nosotros y las muchachas simplemente soñarán con nosotros.

Veradis resopló. La sonrisa de Rauca se ensanchó.

—Procura que no sea un canto fúnebre —apuntó Peritus.

—De eso nada. No pienso despegarme de Veradis hasta que acabe la batalla.

Veradis sacudió la cabeza y los tres contemplaron en silencio cómo los últimos hombres desembarcaban de las naves Vin Thalun junto con una veintena de carros, que arrastraban por la playa hasta terreno firme.

La flota empezó a maniobrar; las naves viraron y Veradis asintió, complacido, al ver cómo se dividían en dos grupos: uno puso rumbo este y el otro, oeste.

—¿Por qué hacen eso? —preguntó Rauca.

—Van a hostigar las fortalezas de Mandros a lo largo de la costa —respondió Peritus—. Así, si alguien ha avistado la flota, pensará que se trata simplemente de incursiones de corsarios.

El general se volvió hacia Veradis.

—Me cuesta aceptar la ayuda de los Vin Thalun —reconoció—, pero tienen valor estratégico, eso no puedo negarlo. Nathair tiene buen juicio.

—Sí —dijo Veradis. No deseaba pensar en eso en ese momento; le traía recuerdos demasiado recientes de Aquilus reprochando a Nathair su alianza con los Vin Thalun.

Nathair no había compartido con él lo que había hablado a solas con su padre, pero confiaba en que se hubieran reconciliado antes del trágico final.

El final. Sus pensamientos derivaron hacia Meical y la conversación que habían mantenido al abandonar los aposentos del rey.

Había decidido pedir más respuestas al consejero, pero descubrió que se había marchado de Jerolin poco después de que se difundiera la noticia de la muerte de Aquilus.

Valyn le aseguró que Meical había ensillado su caballo junto a los guerreros que partieron en persecución de Mandros.

El jefe de cuadras supuso que cabalgaría con ellos, pero no había sido así.

Eso inquietaba a Veradis. ¿Adónde había ido el consejero? ¿Y por qué tanta prisa? Nathair lo necesitaba.

Suspiró y se frotó los ojos con la mano.

—Vamos —dijo al fin—. Nos espera una larga marcha hasta Dun Bagul.

Habían decidido no llevar caballos: Lykos solo había podido reunir cuarenta naves y los animales ocupaban más espacio que los hombres, de manera que habían sacrificado la velocidad a cambio del sigilo.

Además, el ritmo lo marcaban los carros, y la mayoría prefería combatir a pie, sobre todo los guerreros de Veradis.

Este ansiaba formar un muro de escudos contra hombres y no contra draigs o gigantes.

—Ajá —murmuró Peritus—. A Dun Bagul y a por la venganza.

—Nos han descubierto —anunció Peritus con gravedad cuando Veradis entró en la tienda del general. Rauca se deslizó tras él antes de que la lona volviera a caer y dejara fuera la noche.

Peritus estaba inclinado sobre una mesa, frente a un pergamino extendido.

—No está mal haber llegado hasta aquí —replicó Veradis con aceptación. Aún no divisaban la vieja fortaleza de Dun Bagul, pero debía de hallarse a no más de una jornada.

—Sí. Pero ahora caminamos por el alambre. Mandros debe de tener a su alrededor una hueste al menos tan numerosa como la nuestra, probablemente más.

—Perfecto. Tal vez así se sienta tentado de salir de su madriguera para enfrentarse con nosotros.

—Enviará mensajeros para pedir refuerzos.

—Peritus puso un dedo en el pergamino—. Sus bastiones más cercanos son Raen al este e Iska al oeste.

No tenemos hombres suficientes para impedir que algunos logren atravesar nuestras líneas.

Pero, si nuestros aliados Vin Thalun están en lo cierto, sus guarniciones son escasas, pues envió a la mayoría de sus guerreros al este con el convencimiento de que entraremos por las montañas.

—El general se estiró con gesto cansado—.

Debemos sacarlo de su guarida, obligarle a combatir antes de que llegue la ayuda.

—Ajá —gruñó Veradis—. Si no sale a dar la cara lo deshonraré delante de los suyos, relataré a gritos lo que hizo... —Hizo una pausa y un temblor le recorrió el cuerpo. «Asesino», susurró una voz interior—. Le retaré al Juicio de las Espadas... Lo que sea con tal de sacarlo de sus muros.