Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO CUARENTA Y NUEVE. CORBAN #2
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CAPÍTULO CUARENTA Y NUEVE. CORBAN #2

Corban había notado cambiada a su madre desde su regreso de Badun.

A menudo la sorprendía observándolo, con una expresión indescifrable en la cara.

Y lo tocaba más; no es que antes de su viaje no le hiciera demostraciones de afecto, pero ahora tendía a acercarse a él siempre que estaban en la misma habitación, aunque solo fuera para rozarle el dorso de la mano con las yemas de los dedos. Quizá fuera por su desmayo.

Y no era la única que le prestaba más atención.

Dondequiera que estuviera, veía a su padre o a Gar cerca.

Cuando estaba en casa de Brina cumpliendo con sus tareas, lo que de algún modo había acabado convirtiéndose en algo permanente, Gar solía andar cerca, trabajando con los caballos en los potreros; y si no estaba en la forja con su padre, a menudo sentía la presencia de Thannon, incluso cuando pasaba el escaso tiempo libre que tenía dando vueltas por el pueblo con Dath. Estaba empezando a sacarle de quicio.

—Asegura bien el agarre —dijo Halion cuando Corban levantó un escudo viejo y abollado—. De ello puede depender que acabes o no con un brazo roto.

Se pusieron a entrenar. Halion lo obligó a pensar cada movimiento, y lo castigaba con nuevos moratones por cada error irreflexivo. Pronto el brazo de Corban estaba entumecido y el hombro le ardía por los golpes que absorbía el escudo.

Halion esbozó una sonrisa lupina.

—Es suficiente por hoy, muchacho.

—Vale —aceptó Corban a regañadientes. Le escocían los ojos por el sudor.

—Lo haces bien. Muy bien con la espada, y el escudo tampoco se te da mal. Pero tenemos que centrarnos en el arco y la lanza.

—Bah —exclamó con desdén Corban—. Con una espada basta. Los guerreros no usan el arco. ¿Para qué necesito aprender?

—Porque los guerreros también comen —replicó Halion—. No siempre habrá otros que te consigan comida. Tendrás que poner de tu parte. Y quizá algún día tengas que cazar para comer. Entonces agradecerás haber dedicado tiempo a aprender.

Corban no respondió. Sabía que Halion tenía razón, pero ansiaba mejorar con la espada.

No había honor en el arco, salvo para los cazadores como Marrock.

Ya lo había probado, supervisado por Halion, con resultados desastrosos: más de una vez se había despellejado el antebrazo con un disparo mal calculado.

Miró hacia las dianas en el fondo del Campo.

Allí estaban Tarben, alto y desgarbado, y Dath, recto como una lanza, clavando flechas con precisión en los blancos de paja.

El hijo del pescador había aprendido a manejar el arco con una facilidad sorprendente, aunque no estaba demasiado contento con su nueva destreza: lo que anhelaba era ser espadachín.

Solo así lo aceptarían como guerrero en el séquito de algún barón, y ese era su sueño secreto: escapar de la barca de su padre, de la pesca, del mar, y labrarse una vida como guerrero.

—Hoy no, muchacho —dijo Halion, al ver su gesto avinagrado—. Hemos acabado. Te espero mañana.

Corban salió del Campo arrastrando los pies. Tormenta se levantó de debajo del primer serbal del camino.

La gente abandonaba el Campo en solitario o en pequeños grupos. Corban apenas reparó en ellos hasta que Tormenta gruñó muy flojo y alzó la vista. Rafe estaba allí, con Crain. Se inclinaban para recoger grava y lanzarla a alguien que caminaba delante.

Corban aceleró el paso.

Delante de Rafe había un chico alto y corpulento, que caminaba con la cabeza gacha mientras las piedras le rebotaban en la espalda.

Rafe reía.

—Igualito que su padre —decía el hijo del cazador—. Aquí no hay sitio para cobardes. Ni para hijos de cobardes.

La figura que caminaba delante se detuvo en seco y se dio la vuelta. Era Farrell, el hijo de Anwarth, el guerrero sobre quien corría el rumor de que había fingido caer herido en el Bosque Oscuro cuando Rhagor murió. Tenía los puños apretados, el rostro rojo y crispado, surcado de lágrimas.

—¿Qué pasa? —preguntó insolente Rafe, que se le acercó con aire despreocupado.

Farrell estaba temblando.

—Para... para ya —dijo.

Crain se colocó junto a Rafe.

—No —replicó Rafe—. El Campo de los Serbales es para entrenar guerreros. Vete al pueblo. ¿Por qué no te pones a limpiar pescado con las mujeres?

—¿Por... por qué eres...? —balbuceó Farrell.

Corban llegó hasta ellos. Una sensación abrasadora le subía desde el estómago.

—Dejadlo en paz —se le oyó decir.

—¡Vaya! —exclamó riendo Crain, que se había vuelto hacia Corban—. ¿De dónde salen tantos cobardes?

Tormenta dio un paso al frente, gruñendo y mostrando los dientes. Un hilo de saliva le colgaba de la boca. Rafe y Crain retrocedieron instintivamente.

—Creo que no le gusta tu tono —dijo Corban acariciando el costado de la lobona.

—¿Ahora te crees un héroe, saliendo en defensa de otros cobardes?

—espetó Rafe—. Tú y él podríais formar vuestra propia hueste.

Solo para cobardes. Lárgate, hijo de herrero...

Ya te llegará tu turno, pero aún tendrás que esperar un poco.

Dentro de dos lunas pasaré mi Noche Larga.

Ni Tull podrá salvarte cuando tú pases la tuya. Te estaré esperando.

Corban hizo como si no le importara.

—Dejadlo en paz —repitió. Miró a Farrell e intentó sonreírle. Dio un paso hacia él, pero Farrell lo agarró de pronto por los hombros y lo levantó un palmo del suelo.

—¡No te metas! —rugió el corpulento chico con vehemencia, que fulminó a Corban con la mirada.

Sin pensar, Corban lanzó una patada con los dos pies y le golpeó las espinillas. Farrell lo soltó sin avisar y Corban perdió un poco el equilibrio al retroceder.

—¡Solo intentaba ayudarte! —protestó Corban aturdido.

Farrell lo miró con rabia, con los ojos inyectados en sangre, y luego se dio la vuelta y huyó corriendo.

Rafe y Crain se carcajearon mientras se alejaban tranquilamente.

—¡Deberías esforzarte más en hacer amigos! —gritó Rafe todavía riendo.

Corban se quedó allí, furioso y confuso.

Solo había querido ayudar. Sabía lo que era que Rafe te convirtiera en el blanco de sus burlas.

Echó a andar, dando patadas a la grava, y recordó la primera vez que Rafe le había pegado, en el Festival de Primavera, lo asustado, furioso y avergonzado que se había sentido por no haber hecho nada.

Y luego Cywen había intervenido en su defensa.

Él tampoco se lo había agradecido entonces.

Pensó en ello un rato. Tal vez intentaría hablar con Farrell y le pediría perdón.

Odiaba a Rafe. «Te estaré esperando», le había dicho el hijo del cazador. Pues vale.

Al levantar la vista, se dio cuenta de que había llegado a las cuadras. Cywen estaba en el potrero, con la pata de un caballo apoyada en la rodilla mientras le limpiaba el casco con un pequeño cuchillo. Corban se apoyó en un poste a unos pasos de ella y esperó a que acabara.

De pronto sintió un extraño escalofrío que le bajó desde el cuello por la espalda y los brazos y se le puso la carne de gallina.

Alzó rápidamente la vista y vio a Gar junto a las puertas del establo, acompañado de un hombre alto y con el cabello oscuro que sostenía las riendas de un enorme semental tordo.

El hombre tenía en el rostro unas cicatrices profundas que parecían la marca de un zarpazo. Ambos lo observaban.

—¿Quién es ese que está con Gar? —preguntó a su hermana.

—¿Eh? —Cywen estaba concentrada en el casco que tenía entre las manos. Lanzó una mirada fugaz hacia el jefe de cuadras—. ¡Ah! Ha llegado hace un rato. ¿Cómo dijo Gar que se llamaba...? Meical, creo.