Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO CUARENTA Y NUEVE. CORBAN
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CAPÍTULO CUARENTA Y NUEVE. CORBAN

CAPÍTULO CUARENTA Y NUEVE

CORBAN

—¿Qué quisiste decir? —preguntó Corban.

—¿Cuándo? ¿Sobre qué? —respondió Brina, con los ojos en blanco.

—En el salón de banquetes, cuando dijiste «círculos dentro de círculos». Por lo de la promesa entre Uthan y Kyla.

Brina le lanzó una mirada penetrante.

—Tienes el oído tan afinado como tu don para hacer preguntas.

—Gracias. —Corban sonrió.

—No era un cumplido. Lo que quise decir —prosiguió despacio, escogiendo las palabras con cuidado— es que las cosas rara vez son tan simples como parecen.

—¿Y eso qué...?

—Ah —lo interrumpió Brina alzando un dedo—. Iba a explicarlo, pero si insistes en llenar cada pausa que hago para respirar con otra pregunta, esta conversación acabará aquí.

Corban cerró la boca con un esfuerzo notable.

—En concreto —continuó ella—, Gethin está tejiendo sus propios lazos con el reino de Narvon.

Uthan es el heredero de Owain, así que algún día será el rey, si no consigue que lo maten antes, y Kyla será su reina.

No creo que a Brenin le entusiasme demasiado esa idea.

Los hermanos Gethin y Evnis son ambiciosos.

Buscan elevar su posición, la de su linaje, dentro del reino...

y más allá, por lo que parece ser. Evnis lleva años maniobrando para que su hijo Vonn se comprometa con la princesa Edana.

Corban gruñó. Por alguna razón, esa idea no le gustaba lo más mínimo.

Brina arqueó una ceja.

—Imagínatelo: el hijo de Evnis casado con una reina; la hija de Gethin, con un rey. No hace falta ser muy listo para darse cuenta de que su sangre podría acabar sentada en dos tronos, ¿no?

Corban asintió lentamente.

—La gente es egoísta por naturaleza. —Brina suspiró—. Siempre tratando de mejorar su posición, por pequeña o mezquina que sea.

—No todo el mundo es así —objetó Corban, que se sintió extrañamente ofendido.

—¿No? Tal vez tengas razón. Pero observa a tu alrededor, Corban. Cuando aprendes a reconocer la forma concreta y el hedor de la avaricia humana, empiezas a verla por doquier. Puede resultar bastante deprimente.

—La gente ve lo que quiere ver —declaró Corban, con un tono casi sentencioso.

Brina lo miró de soslayo.

—¿Y de dónde has sacado esa perla de sabiduría? ¿De Heb?

—Ajá —admitió Corban a regañadientes.

Brina resopló y siguió mirando al frente.

Regresaban a Dun Carreg. Hacía tres días que habían partido de Badun.

Desde el norte había comenzado a soplar un viento gélido el día del solsticio de invierno y no había dado tregua desde entonces.

La tierra estaba dura como el hierro y los cristales de hielo centelleaban incrustados en la nieve.

Hacía tanto frío que a Corban le dolían las orejas.

Seguía sobrecogido por todo lo que había vivido en Badun.

El duelo entre Tull y Morcant lo había dejado sin aliento, mareado entre el horror y la exaltación, y después había llegado el solsticio de invierno.

Ojalá no se hubiera perdido nada; según Cywen, había sido algo extraordinario...

, y le avergonzaba haberse desmayado. No le hacía ninguna gracia la idea de que Rafe llegase a enterarse.

Y, sin embargo, se sentía distinto. Más fuerte. A veces le asaltaban fragmentos de recuerdos confusos, como si le hubiese sucedido algo importante, por imposible que le pareciera.

No sabía qué había ocurrido entre Brenin y los demás gobernantes, aunque Rhin se había marchado poco después de que el sol volviese a brillar con normalidad.

Y ahora regresaban a Dun Carreg tras partir al amanecer del día siguiente, acompañados por la misteriosa pareja que había solicitado exilio al rey.

El viaje de vuelta transcurrió sin incidentes.

Gwenith los agarró a Cywen y a él antes incluso de que acabaran de cruzar la puerta de la cocina; los olores del hogar los envolvieron al instante.

Los abrazó largo rato, con fuerza, y Thannon se unió a ellos, rodeándolos con sus poderosos brazos.

Luego exigió oír cada detalle del viaje.

—Bienvenidos a casa —dijo su madre cuando por fin acabaron su relato—. Espero que no haya más viajes durante una temporada.

Los abrazó de nuevo.

La hierba rígida por la escarcha crujía bajo las botas de Corban mientras seguía a Halion hacia el borde de la palestra.

—El trabajo con el escudo no consiste solo en defenderse —explicó Halion, que señaló a dos hombres que se preparaban para combatir con armas de madera—. Observa un rato. Aprenderás más así que con todas las palabras que pueda decirte.

Conall estaba en el centro de la palestra, con el cabello oscuro recogido en la nuca y una sonrisa en el rostro, escudo y espada de práctica listos.

Frente a él estaba Marrock, más alto y delgado, con la cicatriz del rostro roja y viva sobre la piel pálida.

El cazador también empuñaba un escudo y una espada de práctica.

Se saludaron con la cabeza y Conall se lanzó al ataque al instante, lo que obligó a Marrock a retroceder atropelladamente.

—¿Lo ves? —murmuró Halion—. Mi hermano no usa el escudo solo para detener la espada de Marrock. Intenta desequilibrarlo con él, abrir su guardia.

Corban asintió. Conall bloqueó un golpe descendente con el escudo, empujó hacia arriba y adelante y arremetió con el umbos contra el rostro de Marrock.

El cazador saltó hacia atrás y respondió estrellando su propio escudo contra el costado de Conall cuando este lo embistió, de manera que hizo que su oponente se tambaleara.

Halion parecía complacido.

—El escudo también es un arma. En combate real llevaría borde y umbos de hierro.

Un buen golpe puede decidirlo todo. Claro que usar escudo limita la espada que puedes empuñar.

Algunos prefieren una hoja más larga y pesada, para blandirla a dos manos.

Eso te proporciona más alcance, más potencia en los golpes.

Para usar escudo necesitas una espada más ligera, a menos que seas un buey como tu padre...

, o como Tull. Ellos pueden permitirse usar lo mejor de cada opción.

—Halion miró de arriba abajo a Corban y le dio una palmada en el hombro—.

El trabajo en la forja de Thannon te vendrá bien.

Brazos y hombros fuertes. No creo que llegues a ser tan grande como tu padre, pero sí más fuerte que muchos.

Halion hizo una pausa. No solía hablar tanto, salvo cuando se trataba del arte de la espada.

—¿Por qué no estuvisteis en el banquete de Badun? —preguntó Corban al recordar que no los había visto durante el banquete ni el duelo.

—¿Qué? Ya hace algunas lunas de eso —dijo Halion.

—¿Y qué? —Corban tenía mucha curiosidad—. Todo el mundo estaba allí y te perdiste el duelo. Quería hablar contigo de ello.

—Tenía mis razones —respondió Halion apretando los labios—. Ahora presta atención. —Devolvió la vista al combate entre Marrock y su hermano.

Ambos intercambiaban golpes feroces: amplios espadazos, estocadas veloces, bloqueos y acometidas que encadenaban sin respiro.

—Marrock es un rival a la altura de mi hermano —dijo Halion—.

Es un estratega, mientras que mi hermano es una fuerza de la naturaleza.

Si no fuera tan bueno, su ira lo habría matado hace mucho tiempo.

Hay hombres así, Corban; se les ve en los ojos.

Y eso también puede ser un arma. Los hombres cometen errores cuando están enfadados.

—Lo sé. La ira es el enemigo, como decía G... —Corban se interrumpió. Halion lo miró de reojo, pero no dijo nada—. ¿Conall prefiere luchar con escudo?

—A veces. Si la situación lo requiere. Prefiere dos espadas, o espada y cuchillo. —Sonrió—. Como te dije, no es un hombre paciente. Pero es rápido. El más rápido que he visto jamás.

Como si quisiera demostrarlo, Conall aceleró el ritmo del ataque.

Su brazo y su espada eran un borrón a los ojos de Corban.

Avanzó de golpe, embistiendo con el escudo, mientras mantenía la espada pegada a él, oculta a la vista de Marrock.

Lanzó un tajo a las costillas; cuando Marrock reaccionó para bloquearlo, Conall frenó el golpe, giró la muñeca y describió un arco bajo el borde del escudo contrario.

La punta de su arma de madera se clavó en el vientre del cazador.

Marrock se quedó quieto un instante, desconcertado, hasta que comprendió que el combate había terminado. Inclinó la cabeza ante Conall, que ya volvía a sonreír.

—Muchos creen que la fuerza es decisiva en el manejo de la espada —observó Halion—, y a menudo es cierto.

Pero los expertos, los que tienen la intención de alargar lo máximo su vida, saben que lo decisivo es el engaño, hacer creer al enemigo que atacarás por la izquierda y golpear por la derecha, fingir un tajo y lanzar una estocada.

Engaño. Eso es lo que ha hecho Conall. Su espada no estaba donde Marrock pensaba, así que su guardia, su peso, su atención...

estaban en otra parte. Y el escudo ayudó a reforzar la mentira. ¿Lo has visto?

—Eh... Sí, lo he visto.

—En cuanto al duelo de Badun entre Tull y Morcant —continuó Halion—. Aunque no estuve allí, me contaron cada golpe.

Corban asintió con fervor. ¡Había sido inolvidable!

—Tull ganó gracias al engaño. Al lanzar los juncos al rostro de Morcant.

Tiene una mente afilada, tan peligrosa como su espada.

Muchos creen que vence solo por su tamaño, pero se equivocan.

Piensa. Y pensar cuando estás luchando por vivir no es poca cosa.

Vamos, muchacho. Ya has visto lo que puede hacer un escudo.

Veamos ahora cómo te desenvuelves tú con uno.

Corban lo siguió hasta el armero. Había practicado con escudo muchas veces, pero aún no se sentía cómodo con él. Con Gar siempre entrenaba con espada a dos manos; era el arma favorita del jefe de cuadras, y la que a él le resultaba más natural.

Echó un vistazo alrededor mientras cruzaba el Campo helado y vio a Tull, erguido ante un pequeño grupo de guerreros a los que estaba instruyendo.