Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO CUARENTA Y OCHO. VERADIS
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CAPÍTULO CUARENTA Y OCHO. VERADIS

CAPÍTULO CUARENTA Y OCHO

VERADIS

—¿Seguro que te encuentras bien? —preguntó Veradis a Nathair por enésima vez.

Lo primero que Veradis había pensado al ver que Nathair se desplomaba en la muralla era que había sido víctima de algún ataque: veneno, quizá, o algún tipo de magia elemental.

Solo el pánico absoluto que sintió por él le había impedido atravesar a Mandros con la espada allí mismo.

Estaba convencido de que el rey de Carnutan tenía algo que ver.

Habían llevado a Nathair a las estancias de Aquilus y enviado a buscar curanderos. Sin embargo, el príncipe despertó apenas habían llegado y les había asegurado que se encontraba bien. Y lo repetía cada vez que Veradis le preguntaba. Pero había algo extraño en él. Parecía distraído.

—No puedo creer que me lo perdiera —dijo sonriendo Nathair—. Tanto tiempo esperando... y voy y me desmayo justo cuando el sol se vuelve negro. —Sacudió la cabeza—. Cuéntamelo otra vez, Veradis. Ocurrió de verdad, ¿no?

—Sí. Tal como decía el libro de Halvor. El día se volvió noche. Fue algo... inquietante. No llegó a oscurecer por completo, pero casi, y de pronto hizo un frío helador.

Nathair caminó hasta la ventana cerrada con postigos y la abrió de par en par. Aspiró el aire helado que entró en la estancia y agitó los pergaminos que se amontonaban en las mesas y los rollos de pergamino apilados en las estanterías altas. Veradis observó al príncipe en silencio.

Al cabo de un momento, Nathair se volvió.

—Así que ha ocurrido.

—Sí —respondió Veradis. Al mirar el cielo pálido, todo le parecía ahora un recuerdo vívido, como un sueño del que acabara de despertar—. ¿Y ahora qué?

Nathair cruzó la estancia y se sentó junto al tintero y las plumas dispersas.

—Creo que lo primero es hablar con mi padre. Decirle quién soy. Ha llegado el momento.

Había algo en su voz que hizo que Veradis alzara la mirada. Una determinación nueva.

—¿Estás seguro? —preguntó Veradis—. ¿Te parece que es un buen momento?

—Sí. Tiene que saberlo. Se agota el tiempo...

—Nathair asintió para sí—. Y después tomaremos el control de esta guerra, Veradis.

Dejaremos de esperar a que las cosas sucedan.

Seremos nosotros quienes actuemos. No me quedaré de brazos cruzados aguardando a que el Sol Negro de Asroth se haga más fuerte. Llevaré la batalla hasta él.

Veradis se frotó la barbilla, y se rascó la barba corta y áspera que había empezado a dejarse crecer.

—¿Y cómo, exactamente, piensas hacerlo?

—Acabando lo que hemos empezado. Forjaremos una hueste como jamás han visto las Tierras del Exilio: un ejército, una flota... Someteremos a los débiles. Necesito un control férreo sobre estas tierras para poder cumplir la tarea que Elyon me ha encomendado.

Guardaron silencio cuando oyeron unos pasos en el pasillo. Se abrió la puerta y entró Aquilus, seguido por Meical.

Nathair sonrió a su padre, pero no se levantó de la silla.

Aquilus se quedó inmóvil un instante y observó a su hijo con una expresión de absoluto agotamiento.

El silencio se alargó.

—Meical ha regresado.

—Ya lo veo —dijo Nathair—. No podría haberlo hecho en un momento más oportuno. —Miró al hombre alto y de cabello oscuro. Meical le sostuvo la mirada sin decir palabra—. ¿Dónde has estado?

—En Tarbesh —respondió el consejero.

Veradis sintió que de repente se le desbocaba el corazón y le martilleaba el pecho.

—Rahim no tenía más que palabras de elogio para ti —dijo Aquilus—. Aunque se mostró muy sorprendido por tus métodos. Usar gigantes y hechiceros para seguir el rastro de los Shekam, valerte de una flota para acortar el viaje. Recurrir a los Vin Thalun.

Nathair apartó la mirada y recorrió con los ojos los pergaminos enrollados que llenaban las estanterías de la pared.

—¿No tienes nada que decir? —preguntó Aquilus.

—Era necesario.

—¿Necesario?

—Sí. Lo importante era la victoria. Cumplí la tarea que me encomendaste, padre. ¿Qué importan los medios?

Aquilus acortó con rapidez la distancia que lo separaba de su hijo y descargó el puño apretado sobre la mesa. Volcó el tintero y una mancha oscura se extendió por el tablero hasta que la tinta comenzó a gotear en el suelo de piedra.

—Me mentiste.

—No te mentí. Omití algunos detalles, es cierto, pero solo por un tiempo. Te lo iba a contar —dijo Nathair con la voz temblorosa—. Padre, piensa en los resultados; piensa en las posibilidades...

—No —lo interrumpió Aquilus, ahora más contenido—. Me engañaste. Desobedeciste mis órdenes. Te prohibí cualquier trato con los Vin Thalun.

El rey pareció vacilar un instante y alargó la mano para apoyarse en la mesa.

—Padre, yo... lo siento. No quise fallarte. Solo quería que te sintieras orgulloso de mí. Todo lo que he hecho ha sido para ganarme tu favor... —A Nathair se le quebró la voz y se le llenaron de lágrimas los ojos. Agachó la cabeza para ocultarlas.

—¿Mi favor? —repitió Aquilus, negando con la cabeza—. Sabes perfectamente a qué nos enfrentamos, Nathair. Sabes lo que intento lograr. Debemos estar preparados para la Estrella Brillante.

Nathair se irguió y tomó aire para responder, pero Aquilus continuó:

—¿Cómo voy a confiar en ti? ¿Cómo voy a hacerte objeto de mis confidencias? —El rey suspiró—. Ahora cuéntame toda la verdad sobre lo ocurrido en Tarbesh. Necesito saberlo todo antes de hablar de lo que ocurrirá a partir de ahora.

—¿Qué quieres decir con «lo que ocurrirá a partir de ahora»? —preguntó Nathair.

—Haz lo que te ordeno —le dijo Aquilus de forma amenazante.

Nathair miró con dureza a su padre y luego empezó a hablar.

Relató su viaje a Tarbesh, habló de Lykos y su flota, de la información proporcionada por Alcyon y Calidus, cuidando de no mencionar el nombre de este último.

Contó las dificultades de Rahim para encontrar a los Shekam, la ayuda de Alcyon y Calidus para localizar a los gigantes, cómo neutralizaron la niebla del hechizo, y la batalla.

Lo contó todo, salvo su viaje a Telassar. De eso no dijo una palabra.

—... así que ya ves, padre, siempre he tenido un solo objetivo en mente, el tuyo: derrotar a Asroth y a su Sol Negro.

Solo he empleado medios poco habituales.

Con demasiada frecuencia estamos encadenados a la tradición, a las viejas formas de hacer las cosas.

Yo digo que lo que importa son los resultados.

A veces hay que hacer sacrificios por el bien mayor.

—He oído esa frase antes —dijo Meical en voz baja, casi para sí—. Hace mucho tiempo. Y entonces tampoco trajo nada bueno.

—Hablas fuera de lugar —le reprochó Nathair con frialdad—. Eres un consejero. Habla cuando se te pida consejo.

Meical sostuvo la mirada del príncipe; solo la leve dilatación de sus fosas nasales delataba su ira.

—Meical es más, mucho más que un consejero —espetó Aquilus.

—¿Más? ¿Qué quieres decir?

—Esperaba hablar contigo de eso —respondió Aquilus—. Pero no ahora, no después de esto. Verdad y valor, Nathair. He intentado enseñarte lo importantes que son, ¿no es así?

Nathair se lo quedó mirando sin saber qué decir.

—Confianza, Nathair —prosiguió el rey, con severidad y tristeza a un tiempo—. La confianza es esencial entre nosotros. Es el mortero que nos protege de las intrigas y engaños de Asroth, lo que nos mantiene unidos. Y ya no confío en ti. En ti..., mi único hijo.

—Eso es absurdo, padre...

—¿Quién era ese Vin Thalun? —interrumpió Meical.

Nathair vaciló. Frunció el ceño.

—El que te guio por Tarbesh, el compañero del gigante. ¿Cómo se llamaba?

Nathair negó con la cabeza.

—Eso no importa.

—¿Cómo se llamaba? —insistió Aquilus.

—Calidus —confesó Nathair.

Aquilus se quedó inmóvil, mudo. Miró a Meical, que por primera vez parecía algo más que preocupado, casi asustado. Entonces Aquilus se abalanzó sobre Nathair, lo agarró y zarandeó.

—¿Sabes lo que has hecho? —le rugió a la cara.

Antes de darse cuenta de lo que hacía, Veradis se adelantó con la espada a medio desenfundar, pero una mano se cerró alrededor de su muñeca con la fuerza del hierro y lo giró.

—Detente, hombre del príncipe —dijo Meical.

Aquilus soltó a Nathair, que retrocedió tambaleándose y chocó con la mesa. Su cara era la viva imagen de la devastación.

—¿Te atreverías a desenvainar tu espada contra mí? —Aquilus miraba duramente a Veradis.

—Yo... no, mi rey —respondió, con la mirada baja, de pronto avergonzado.

Meical lo soltó y Veradis volvió a guardar la espada en la funda.

Aquilus suspiró, se frotó los ojos y caminó hasta la ventana abierta.

—Veradis.

—¿Sí, mi rey?

—Debo hablar con Mandros cuanto antes. Ve a buscarlo y tráelo ante mí.

—¿Es prudente? —soltó Veradis. Mandros era el enemigo, de eso estaba convencido.

—Ha visto cómo el día se convertía en noche, ha visto cumplirse la profecía de Halvor —respondió Aquilus—. Debe de sentirse humillado, dispuesto a unirse a mí.

«No si es un servidor de Asroth —pensó Veradis—. No si lo que pretende es allanar el camino al Sol Negro.» Miró de reojo a Nathair y el príncipe asintió con la cabeza.

—Como ordenes, mi rey.

—Meical..., me gustaría hablar con mi hijo. A solas.

Meical miró alternativamente al rey y al príncipe.

—Vamos —dijo a Veradis, y abandonaron juntos la estancia; Aquilus y Nathair quedaron frente a frente, en silencio.

—Tu lealtad es admirable —comentó Meical mientras se alejaban por el pasillo.

Veradis no respondió.

—Pero procura que sea merecida.

Veradis se detuvo en seco y se volvió hacia él.

—¿Estás hablando mal de Nathair?

—Solo digo la verdad tal como la veo —respondió el altísimo consejero.

—Es el príncipe de Tenebral, y no encontrarás a nadie mejor que él.

Meical se encogió de hombros.

—Sus decisiones son... discutibles. Y las compañías que elige...

—De Calidus no hay nada que cuestionar. El que me preocupa eres tú —replicó Veradis.

—¿Yo? —Meical bufó con desprecio—. Vivo para servir a Elyon y a su Estrella Brillante.

Veradis se desesperó.

—Tu Estrella Brillante está aquí, necio. En el último piso de esta torre.

Meical entornó los ojos.

—No creerás de verdad que... ¿Nathair?

—¡Ja! —soltó Veradis—. Habéis tenido la verdad delante de los ojos todos estos años y no habéis sabido verla. Tengo un encargo que hacer.

Echó a andar en dirección a los aposentos de Mandros. No miró atrás hasta que llegó a la puerta, y cuando lo hizo, Meical ya había desaparecido.

El rey de Carnutan era un hombre de huesos anchos, antaño musculoso, ahora fofo; el vientre le sobresalía por encima de un ancho cinturón trenzado en plata.

Veradis le transmitió la petición de Aquilus y Mandros acudió casi de inmediato, seguido por dos guerreros. Aún tenía el rostro pálido y ceniciento y los ojos hundidos, como en la muralla, incluso después de que el sol hubiera recuperado la normalidad. «Ya no está para burlas», pensó Veradis.

Lo condujo en silencio a la torre, a las cámaras de Aquilus, y pasaron junto a Orcus, el guardia personal del rey.

—El arma —ordenó Veradis a Mandros.

De ninguna manera iba a permitir que ese hombre se acercara a Aquilus o a Nathair con una espada colgada de la cintura. Seguía convencido de que Mandros había tenido algo que ver con el desvanecimiento del príncipe en la muralla.

De mala gana, Mandros se desabrochó el cinturón y le entregó la espada.

Nathair abrió la puerta cuando Veradis llamó.

—Espera aquí —le dijo Veradis cuando Mandros entró en la cámara.

La puerta se cerró tras ellos con un chasquido seco y Veradis se quedó en el pasillo acompañado únicamente por los dos guerreros de Mandros.

Se apoyó en una pared cubierta de tapices.

Había sido un día largo. Recordó el rostro de Nathair durante la discusión con su padre.

El príncipe estaba devastado; incluso había llorado.

Al menos Aquilus no se parecía a su propio padre.

Lamar lo habría abofeteado por una reacción tan poco viril.

Se compadeció del príncipe, pues era evidente que actuaba movido por la necesidad de reconocimiento y de aprobación paterna.

Sabía bien lo que era eso. Hacía tiempo que había levantado muros contra ese dolor, pero seguía ahí, como una espina clavada en la carne.

Se llevó los dedos a las sienes. Todo se había complicado terriblemente.

La puerta de la cámara del rey se abrió y Mandros salió como una exhalación, aún más pálido, si cabía.

Le temblaban las manos cuando Veradis le devolvió la espada y el cinturón antes de cerrar rápidamente la puerta y enfilar el pasillo, con sus dos guerreros casi corriendo tras él para no quedarse atrás.

Cuando desaparecieron por la escalera, Orcus miró a Veradis, inquieto. Tenía razón: algo iba mal.

Veradis se acercó a la puerta y aguzó el oído. No se oían voces. Solo silencio..., y luego una tos. El pánico se apoderó de él y embistió la puerta con el hombro.

Nathair yacía apoyado contra la gruesa pata de la mesa, incorporado sobre un codo. La sangre le empapaba el costado y se acumulaba en un charco en el suelo.

—Ve... Veradis... —balbuceó el príncipe.

—¡Orcus! —gritó Veradis mientras se arrodillaba junto a él.

El mango de un cuchillo le sobresalía del costado, justo bajo las costillas. Nathair le daba débiles manotazos; le temblaban los párpados y tenía el rostro exangüe.

—No te muevas —dijo Veradis.

Orcus irrumpió en la estancia y se quedó paralizado un instante.

—¿El rey? —preguntó.

Veradis se lo quedó mirando sin responder.

—¿Dónde está Aquilus? —bramó Orcus.

—Allí... —masculló Nathair agitando una mano.

En las sombras, debajo de la ventana abierta, yacía una figura derrumbada.

—No... —murmuró Veradis.

Unos ojos vacíos, sin vida, le devolvían la mirada.