Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO CUARENTA Y SIETE. CORBAN
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CAPÍTULO CUARENTA Y SIETE. CORBAN

CAPÍTULO CUARENTA Y SIETE

CORBAN

Corban alzó la vista al cielo preguntándose qué, si es que iba a suceder algo, estaba a punto de ocurrir.

Las nubes de nieve habían desaparecido; el cielo era de un azul intenso y el sol era un disco pálido y débil.

Se encontraba cerca del círculo de piedras, entre una multitud de curiosos.

Brenin, Owain, Rhin y Rath estaban en el espacio delimitado por los altos monolitos, aunque entre Rhin y Brenin mediaba una gélida separación.

Corban aún rebosaba la emoción del duelo entre Tull y Morcant. Los dos hombres permanecían cerca del círculo, aunque Morcant mantenía la cabeza agachada; el corte en la mejilla, ya cosido, se le veía enrojecido y reciente.

De pronto se produjo un cambio. Empezó a hacer más frío y a Corban se le puso la carne de gallina.

La gente gritaba y señalaba al cielo. Corban entrecerró los ojos para mirar el sol y vio una sombra que se deslizaba sobre él, como si se corriera un velo.

Se tambaleó, repentinamente aturdido y mareado.

Cywen, que estaba a su lado, lo sujetó del brazo y soltó un resuello de fastidio.

Pero sus piernas ya no pudieron sostenerlo y Corban cayó al suelo con la visión nublada.

Estaba solo, aún en el círculo de piedra.

Avanzó hacia dentro, girando sobre sí mismo mientras observaba a su alrededor.

Todo era igual y, sin embargo, distinto.

La niebla se arremolinaba en torno a sus pies.

El cielo era gris y el sol, apenas un resplandor desvaído tras una capa de nubes deshilachadas.

Las piedras parecían más altas, más amenazadoras; el Bosque Oscuro se alzaba ante él como una sombra impenetrable.

De entre esas sombras surgió una figura. Era el hombre que ya había visto antes. Avanzaba hacia él con paso decidido, casi apremiante, con la capa ondeando a su espalda.

—Ha llegado el momento —dijo el hombre sonriendo con calidez al acercarse—. Te he concedido todo el tiempo que era posible. ¿Me ayudarás?

—¿Dónde estoy? —balbuceó Corban.

—En Otro Mundo. El reino del alma —respondió el hombre.

—¿Y tú quién eres?

El hombre sonrió y se le arrugaron las comisuras de los ojos.

—Tu amigo.

Un penetrante y empalagoso olor a putrefacción alcanzó a Corban.

—Ayúdame.

—No... no lo sé —dijo Corban.

El hombre frunció el ceño y apretó los labios.

—He sido paciente, pero no puedo esperar más. No eres mi única opción, ¿sabes? —Hizo un gesto en el aire.

Corban vio aparecer una figura, transparente pero nítida: un hombre apuesto, con pelo rizado y unos llamativos ojos azules.

Caminaba solo por una muralla almenada, contemplando una llanura vacía.

Unas cuerdas, no..., unas cadenas le envolvían muñecas y tobillos, aunque sin apretárselos, y se le movían al andar.

Corban sintió una punzada de preocupación por ese hombre.

«Está atrapado, pero no lo sabe.» La figura desapareció con un golpe de viento.

—Me pueden ayudar otros, pero te quiero a ti. —La última palabra sonó casi como un gruñido—. Has de tomar partido, luchar por lo que es justo. Luchar por mí. Si no lo haces, tarde o temprano acabarás luchando por otro. Y no permitiré que eso ocurra.

De pronto, Corban sintió miedo.

—Los cobardes no me sirven —continuó el hombre—. Necesito valor. Puedo ver tu miedo, olerlo. —Inspiró despacio, regodeándose, y su lengua se agitó en el aire como si lo saboreara—. Debes enfrentarte a tu miedo, vencerlo. No temas la tarea que te encomiendo.

—No es la tarea lo que temo —replicó Corban mirando fijamente esos ojos antiguos, ambarinos—. Es a ti.

El hombre arrugó la cara.

—Es una lástima. —Parecía sinceramente apenado.

Deslizó la mano bajo la capa y la posó sobre la empuñadura de una espada.

Corban vio que vestía una cota de malla, oscura y engrasada, pero, mientras la observaba, centelleó un instante y le pareció que se transformaba en escamas—.

He sido paciente. Ahora debes tomar una decisión. ¿Me ayudarás?

—No —respondió Corban sin saber por qué; solo que todos sus sentidos gritaban al hombre que tenía delante: «¡No!».

El hombre suspiró, negó con la cabeza y desenvainó la espada. Un humo negro se enroscó en torno a la hoja.

Corban se dio la vuelta y echó a correr.

A su espalda, el hombre lanzó un alarido preñado de rabia.

De pronto se levantó una ventolera y se oyó el estrépito del batir de unas alas.

Unas figuras se posaron en el suelo en torno a él y el viento de sus alas coriáceas estuvo a punto de derribarlo.

Eran seis; todas vestían una cota de malla oscura y empuñaban una espada, un hacha o una lanza envuelta en humo.

Tenían un rostro humanoide pero afilado, con rasgados ojos reptilianos.

Avanzaron hacia él para cortarle el paso.

—Por favor —suplicó Corban.

—Ya es tarde para eso —dijo el hombre de ojos amarillos, que tenía detrás.

Desde el cielo llegó un sonido extraño... ¿Un toque de cuerno?

Corban alzó la vista y vio otras figuras que irrumpían a través de las nubes y se lanzaban hacia él como flechas. En cuestión de segundos, los meros puntos que veía a lo lejos crecieron hasta alcanzar el tamaño de un hombre.

—Los Ben-Elim —soltó una de las criaturas cercanas.

Aterrizaron alrededor de Corban y sus grandes alas de plumas blancas se plegaron a su espalda antes de, sin mediar palabra, enzarzarse en un combate salvaje con las criaturas que lo acorralaban.

El ataque fue tan feroz que Corban se quedó atónito.

No hubo amenazas ni negociación alguna, solo una violencia primitiva, salvaje.

Un guerrero de alas blancas descargó un tajo que atravesó un hombro y siguió su curso, cercenando también un ala correosa.

La criatura chilló y se desplomó en el suelo, retorciéndose, mientras un humo negro manaba de la herida.

Una cabeza rodó por el suelo ante Corban; a su alrededor resonaban el choque de las armas, los gruñidos y los alaridos de combate.

Dos figuras se elevaron en el aire mientras se arañaban y desgarraban mutuamente.

Unas manos aferraron a Corban y, de pronto, lo alzaron en volandas; unas grandes alas blancas lo impulsaban hacia el cielo. Corban se revolvió, pero lo sujetaban con firmeza.

—No te muevas —le roncó una voz al oído.

Se encontró mirando un rostro adusto, curtido en mil batallas, con unos ojos oscuros teñidos de morado que lo observaban fijamente. Una mano se alzó y le tocó la sien, y oyó unas palabras susurradas antes de que la oscuridad se lo tragara.

Abrió los párpados con un temblor. La oscuridad era casi absoluta y solo una luz tenue se filtraba por los márgenes de su visión.

«¿Dónde estoy?»

Parpadeó y vio cómo unas vigas de madera se definían poco a poco en la penumbra encima de él. Comprendió que estaba tendido bocarriba.

Levantó la cabeza despacio y se incorporó sobre los codos. Intentó mover los pies, pero descubrió que no podía.

Un ruido estalló encima de él: un aleteo, un graznido.

—Despierto, despierto, despierto —pronunció una voz áspera desde un lugar indeterminado en las vigas del techo.

Se abrió una puerta, se oyeron pasos y un rostro ocupó todo su campo visual.

Brina.

La curandera le apoyó una mano fría en la frente. Tenía la piel áspera. Le palpó las sienes y le tanteó el cuello.

—Vivirás —sentenció. Le sonrió y eso lo asustó más que cualquier otra cosa. Estaba mucho más acostumbrado al gesto ceñudo de la vieja curandera.

Notó que algo se movía a sus pies, trepaba por el catre en el que yacía y, de pronto, su rostro quedó sepultado en pelo, aliento caliente y una lengua húmeda.

Tormenta.

Feliz, Corban la apartó con suavidad para sentarse en la cama.

Cywen, Gar y Dath aguardaban detrás de Brina.

La mirada de Dath iba de Corban al techo, donde Craf saltaba de un lado a otro sobre una viga, arañando la madera y murmurando cosas ininteligibles.

Corban nunca había visto más preocupado a Gar.

Cywen se abalanzó sobre él y lo abrazó con fuerza. Corban dejó escapar un gruñido y la abrazó también.

—No sabes lo angustiada que estaba —le confesó su hermana con la cabeza pegada a su cuello.

—¿Qué... qué ha pasado? —preguntó Corban—. ¿Cómo he llegado aquí?

—Te desmayaste, Ban —dijo Dath. Se acercó y le dio un golpecito en el brazo—. Allí mismo, en la nieve. El sol se puso negro y te caíste.

—Ah —masculló Corban.

Cywen lo soltó, dio un paso atrás y se secó los ojos.

Brina salió como un rayo de la habitación.

—No sabíamos qué hacer —dijo Cywen.

—Cy no paraba de gritar —terció Dath por encima del hombro de Cywen.

—No sabíamos qué hacer —repitió su hermana, que fulminó con la mirada a Dath—. Gar te echó sobre su caballo y te trajo aquí al galope.

—¿Dónde es «aquí»?

—La cabaña donde nos alojamos —respondió Dath mientras se sentaba al pie de la cama.

Brina regresó con una bandeja en las manos en la que llevaba una taza y un cuenco.

—Toma, bebe esto —dijo. Le tendió la taza, le pasó un brazo por debajo del suyo y lo incorporó, sin demasiada delicadeza, para ponerlo en una posición mejor. Gar se apresuró a ayudar.

—¿Qué es? —inquirió Corban, al olisquear con recelo el vapor que ascendía de la taza. Arrugó la nariz.

—¿Tú qué crees? —espetó la curandera.

Corban se concentró y volvió a oler.

—Cicuta..., y algo más.

—Ajá —confirmó Brina—. Cicuta y ajenjo, si tanto te interesa. Ahora bébetelo. Te hará bien.

Corban apretó los ojos con fuerza y dio un sorbo.

El sabor amargo de la pócima le arrancó una mueca y se tapó la nariz para tragarse todo el contenido de la taza.

Pensó que era mejor hacerlo así, antes de que Brina le apretara la nariz y se lo hiciera beber a la fuerza.

La había visto hacerlo demasiadas veces con quienes estaban a su cuidado.

—Buen chico —dijo Brina, sonriendo con dulzura—. Ahora cómete esto. —Le pasó el cuenco y una cuchara de madera—. Solo es avena, antes de que empiecen otra vez las preguntas. Para combatir el cansancio.

Corban asintió y se llevó una cucharada de gachas a la boca.

Cywen rio.

—Bueno, Brina, tendrás que enseñarme tu secreto. Nunca había visto a Ban obedecer tan mansamente cuando se le pide que haga algo que no quiere.

—Acabo de despertarme —alcanzó a decir Corban con la boca llena—. Se está aprovechando de mí.

Dath rio, pero se le atragantó la risa cuando Craf salió revoloteando de la oscuridad de arriba y se posó en un poste de la cama, a los pies del catre, justo al lado de Dath. El hijo del pescador miró al cuervo con cautela.

Tormenta empujó la mano de Corban con el hocico al intentar meterlo en el cuenco de avena.

—No se ha separado de ti, Ban —dijo Cywen. Corban rascó detrás de la oreja a la lobona y dejó que lamiera los restos de avena del cuenco.

—¡EXTRAÑO! —graznó de pronto Craf al oído de Dath, que se levantó de la cama con un brinco, como si se hubiera sentado sobre brasas encendidas.

—Oh, calla —dijo Brina, que espantó al cuervo con un gesto.

Dath se había puesto rojo y tenía los ojos a punto de salírsele de las órbitas.

—¿Cuánto tiempo llevo aquí? —quiso saber Corban.

—No mucho —respondió Brina—. Lo que se tarda en hervir una olla de agua y machacar un poco de avena.

—¿Qué me pasó? —insistió.

—Te desmayaste —dijo Brina sin más.

De pronto un recuerdo luchó por abrirse paso en su mente, tenue, como una polilla golpeando unos postigos de madera. Oyó el batir de alas, percibió un olor a podrido, vio unos ojos morados... Y luego todo se desvaneció. Se pasó la mano por la cara y se presionó la frente.

—¿No notáis un olor raro? —preguntó.

—¿Eh? —se sorprendió Brina—. No. Y no cambies de tema.

—¿Está bien? —preguntó Gar preocupado.

—Bueno, no le ocurre nada grave, por lo que alcanzo a ver.

Aparte de sus dolencias crónicas, claro: terquedad, estupidez, esa manía de soltar preguntas absurdas y una capacidad extraordinaria para sacar de quicio al mismísimo Elyon.

—Se cruzó de brazos y volvió a sonreír. Cywen le dio la razón con un resoplido.

Corban puso los ojos en blanco. «Cuanto menos tiempo pase Cywen en compañía de esta mujer, mejor.»

—Pero ¿por qué ha pasado? —insistió Gar, sin relajar el gesto.

Brina no tenía la respuesta.

—Mucha gente se desmaya —dijo, escrutando a Corban—. Una impresión fuerte, falta de comida, agua o aire... Hay muchas razones.

—¿Lo ves, Cy? Estoy bien. Y no hace falta que se lo contéis a mamá ni a papá. No hay necesidad de preocuparlos, ¿verdad?

—Bueno, Ban, no lo sé.

—Por favor, Cy. Si vuelve a pasar, se lo dices. Si vuelve a pasar, se lo diré yo mismo. Pero no volverá a pasar.

—Esta conversación no tiene sentido —terció Gar—. Yo se lo contaré a tus padres en cuanto volvamos a casa. Y hablando de casa, más vale que os preparéis. El rey Brenin ha concluido su reunión con los otros reyes. Se marcha.