CAPÍTULO CUARENTA Y SEIS. VERADIS
CAPÍTULO CUARENTA Y SEIS
VERADIS
Veradis cepillaba a su caballo; el movimiento lento y rítmico le ayudaba a calmarse. Se sentía inquieto.
Era la víspera del solsticio de invierno. Habían pasado cuatro noches desde que había presenciado la discusión entre Nathair y Fidele. Si bien aún no había ocurrido nada relacionado con la advertencia de la reina, su amenaza parecía flotar sobre Veradis como una pesadilla persistente y acechante.
Era cierto todo lo que Fidele había dicho; por lo tanto, solo era cuestión de tiempo que Aquilus oyera los mismos rumores y fuera a pedir explicaciones a Nathair.
La verdad saldría a la luz.
Y esa no era una discusión que deseara presenciar. Nathair le había asegurado que iba a hablar con su padre y contarle lo de los Vin Thalun y lo útiles que podían ser. Solo estaba esperando el momento adecuado. Veradis esperaba que llegara antes de que Aquilus se enterara por boca de otro.
Y al día siguiente ya era el solsticio de invierno. ¿De verdad el sol se volvería negro?
Nunca había dudado de Nathair, y eso incluía la predicción de los acontecimientos de ese día señalado.
Además, había visto con sus propios ojos transformarse a Calidus, aunque lo recordaba muy lejano, inconsistente, como un sueño que se desvanece.
El día del solsticio de invierno era trascendental, crucial para todo lo que había sucedido desde la asamblea de Aquilus, como si todo condujera a este único instante.
Marcaría el comienzo de... ¿qué? Una nueva era, como lo denominaba Nathair.
Habían llegado noticias de que reyes y reinas se reunían a lo largo y ancho de las Tierras del Exilio. Pero ¿y si el sol no se volvía negro?
Había oído historias de presagios similares.
Se contaba que una estrella roja como la sangre que había caído a la tierra había anunciado el Azote de Elyon, cuando el mundo era diferente, incluso en su forma.
Pero eso no dejaba de ser una leyenda. Durante más de mil años, los Exiliados habían vivido en las Tierras del Exilio sin noticias de una guerra entre Elyon y Asroth, sin señales preternaturales en el cielo.
Suspiró y apoyó la cabeza en el cuello de su tordo.
—¿Qué nos deparará el día de mañana? —murmuró. Se enderezó y se puso a deshacer los nudos que su montura tenía en la crin.
«Lo que haya de ser será —pensó—. Una cosa es segura: pase lo que pase, soy el hombre del príncipe. Lo seguiré hasta el final.»
El sol se alzó en un cielo despejado el día del solsticio de invierno.
Un viento cortante bajaba de las montañas y la tierra estaba dura como hierro helado.
Era media mañana cuando Veradis se detuvo en el pasillo frente a la puerta de la cámara de Nathair.
Esperó un momento, enderezó los hombros y llamó.
Nathair respondió enseguida. Una capa de marta caía de sus hombros y el águila blanca de Tenebral brillaba en su pulida coraza negra. De la cintura le colgaba la espada corta.
—¿Listo? —preguntó el príncipe a Veradis. Parecía contento.
—Sí.
—¿Se ha reunido mucha gente?
—Bastante, aunque tu padre aún no ha salido de la torre.
—Bien. Pues vayamos.
Encontraron a Aquilus y a Fidele en el salón de banquetes, con un pequeño grupo reunido a su alrededor. Peritus estaba allí, al igual que Armatus, el maestro de armas. Aunque Veradis lo había derrotado recientemente, el guerrero canoso seguía siendo la primera espada del rey Aquilus.
El rey Mandros de Carnutan, con el rostro empapado en una expresión agria, conversaba con Aquilus.
Había llegado tarde el día anterior y su rostro ojeroso delataba el cansancio.
La noticia de su primer encuentro se había extendido por la fortaleza; Mandros casi había acusado a Aquilus de soltar a los Vin Thalun en su reino.
Veradis lo observó con suspicacia, pues no le gustaba la idea de que Nathair y Aquilus tuvieran enemigos tan cerca.
Detuvo los ojos en la espada de Mandros.
Junto a Fidele había un hombre muy alto. Meical había regresado.
El consejero del rey había estado ausente desde antes de que partieran hacia Tarbesh.
No era habitual que un consejero se ausentara tanto tiempo, pero había sido decisión de Aquilus enviarlo en misiones tan largas.
Cuando Veradis se lo había mencionado a Nathair, este se limitó a responder que su padre era testarudo y aceptaba pocos consejos.
No obstante, era lo apropiado que Meical estuviera presente ese día, pues, al fin y al cabo, él había encontrado el libro que los había llevado a todos hasta ese instante.
Meical se inclinó y susurró algo a Aquilus cuando Nathair y Veradis se acercaron. El rey se volvió y clavó la mirada en su hijo.
—Padre —dijo Nathair, inclinando la cabeza—. El día largamente esperado por fin ha llegado.
—Sí —respondió Aquilus con sequedad—. Acompáñame. Iremos a buscar un sitio en las murallas para verlo mejor.
Salieron de la torre y fuera les esperaba una escolta de guerreros. Se dirigieron a la muralla almenada que rodeaba la fortaleza y subieron por los amplios escalones tallados por gigantes para contemplar la llanura y el lago.
Docenas de personas se apiñaban en la orilla del lago y las murallas y las calles de Jerolin estaban abarrotadas; todos miraban al cielo.
El sol brillaba alto en un pálido cielo azul. Todo parecía normal.
Veradis tragó saliva; tenía la boca seca.
Miró alrededor y vio al jefe de cuadras Valyn un poco más allá en la muralla, también mirando el cielo.
Se rascó la cabeza e intentó reprimir un bostezo mientras recorría la multitud con la mirada, hasta que sus ojos se posaron en Meical.
El consejero sacaba casi una cabeza a todo el mundo y las cicatrices de su rostro tenían un brillo plateado a la luz del día.
A diferencia de la mayoría, él no miraba el sol sino a la multitud, estudiando, analizando todo y a todos, hasta que se fijó en Veradis.
Al darse cuenta de que el guerrero lo observaba, le devolvió la mirada, con una expresión inescrutable.
Veradis recordó las palabras de Nathair acerca del papel que Meical había desempeñado en los planes de Aquilus.
El hombre de cabello oscuro apartó la mirada y alzó los ojos al cielo.
De pronto, casi al unísono, la multitud dio un grito ahogado. Veradis levantó la cabeza bruscamente y, protegiéndose los ojos con las manos, miró el sol.
A través del resplandor vio algo: una hendidura en el borde occidental del cegador disco. Parpadeó y se frotó los ojos. La marca seguía allí cuando volvió a mirar, como un dedo curvado acariciando el borde del sol.
La gente gritaba señalando el astro. La mancha negra se expandió poco a poco por el sol. Veradis se estremeció, exhaló un largo suspiro y vio condensarse su aliento delante de él. Hacía más frío, mucho más que cuando había subido a la muralla.
Un sonido, un movimiento atrapó su atención. Meical se tambaleaba y se aferraba a la piedra negra del parapeto. Junto a Veradis, Nathair murmuró algo y se apoyó contra él.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Veradis, de pronto alarmado.
Nathair se desplomó.