Maldad (Los fieles y los caídos 1) CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO. CORBAN
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CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO. CORBAN

CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO

CORBAN

A Brina le habían cedido una cabaña desocupada para que se alojara mientras estuviera en Badun y, tras ver los cuartos atestados asignados a buena parte de su comitiva, Corban se sintió, por una vez, agradecido de su relación con la curandera.

Esa gratitud, sin embargo, duró poco, pues le puso a barrer la cabaña de arriba abajo.

Más que ofrecer ordenó a Cywen y Gar que compartieran el pequeño espacio con ella y Corban, y ambos obedecieron encantados.

Corban salió a la noche detrás de Gar y su hermana; Brina los siguió. Corban juraría haber oído un frufrú de plumas y visto un ojo negro, pequeño y brillante en el entramado de sombras del techo cuando la puerta se cerró de golpe.

Pronto, las gruesas paredes de madera del salón de banquetes surgieron de la penumbra; a ambos lados de las amplias puertas ardían antorchas empapadas en brea. Fueron de los primeros en llegar; Brina estaba ansiosa por escuchar lo que se dijera en la mesa alta.

El salón comenzó a llenarse; al principio poco a poco y luego en grupos de gente cada vez más numerosos, hasta que el espacio vibró con conversaciones y risas.

Dath entró corriendo y se sentó junto a Corban; poco después llegó Tull con un puñado de guerreros de Dun Carreg.

Finalmente, quienes ocupaban la mesa alta fueron tomando asiento precedidos por los reyes Brenin y Owain.

Rhin fue la última en entrar, envuelta en una capa de marta cebellina ribeteada con una piel blanca de zorro.

La reina de Cambren se sentó y, de manera ostentosa, insistió en que su joven y gallardo paladín se sentara a su lado.

Él subió rápidamente. Corban oyó que un murmullo de descontento recorría el salón y vio malas caras entre los guerreros, ya que, en principio, los paladines no podían sentarse a la mesa alta: era un privilegio reservado a los señores y a sus parientes cercanos.

Ronan abrió paso entre la multitud para que pasara Edana. Cuando la princesa se sentó, el joven guerrero recorrió la sala con la mirada y fue a sentarse al otro lado de Corban. Al pasar junto a Cywen, le guiñó un ojo y sonrió al ver que ella se sonrojaba.

Entonces, un movimiento en el fondo del salón captó la atención de Corban: una figura encapuchada entraba tarde y se detenía en las sombras. El paladín de Rhin se levantó, cruzó la sala hasta el recién llegado y ambos se marcharon juntos.

De pronto, un fuerte golpe resonó en el salón y todas las miradas se volvieron hacia la mesa alta. Gethin se había puesto en pie y golpeaba el fondo de un plato de madera con una cuchara.

—¡Bienvenidos a mi sala y a mi mesa! —declaró—.

Nos hallamos en la más noble compañía que puede haber en el oeste, en la víspera de un acontecimiento trascendental.

—Sus ojos se desviaron hacia Brenin—. Tengo un anuncio que hacer; algo que, espero, aumentará la alegría de esta reunión.

—Miró a la joven que lo había seguido hasta la mesa—. Levántate, Kyla.

La muchacha obedeció un tanto dubitativa, con la cabeza gacha. Un poco más allá, se oyó el chirrido de una silla en el suelo y Uthan también se puso en pie.

—¡Hoy mi hija se ha prometido con Uthan ben Owain! —anunció Gethin con una amplia sonrisa.

Muchos en el salón prorrumpieron en vítores y golpearon la mesa con la jarra. El rostro de Brenin, en cambio, se contrajo en un leve gesto de contrariedad. El paladín de Rhin regresó en silencio a su asiento y se inclinó para murmurar algo en el oído a su reina, cuya expresión se ensombreció.

—Se unirán en primavera —continuó Gethin—. Confío en que su unión estreche la relación con nuestros parientes de Narvon. —Miró al rey Owain, quien asintió.

Junto a Corban, el guardián del conocimiento Heb susurró algo a Brina.

—Círculos dentro de círculos —dijo ella.

De pronto, Rhin se puso en pie y su silla cayó al suelo.

—¿Dónde están? —gritó con los dientes apretados mientras señalaba a Brenin con un dedo con la uña que parecía una garra.

Él le sostuvo la mirada ponzoñosa, pero no dijo nada.

—¡No me tomes por necia! —bramó Rhin, tan furiosa que casi escupía al hablar—. ¡Te conozco desde que mojabas la cama todas las noches! —Se oyeron unas pocas risas—. No me desafíes. Sé que están aquí. Y me los vas a entregar. Ahora mismo.

Brenin cerró los ojos y exhaló un largo suspiro. Cuando volvió a abrirlos, su cara destilaba firmeza y determinación.

—No son de tu propiedad, Rhin. Y me han pedido asilo.

El rostro de la reina se tornó gélido, aterrador.

—¿Se lo has concedido? —susurró, aunque todos la oyeron.

Brenin asintió.

—Sí.

Se instaló el silencio en el salón. Rhin permaneció completamente inmóvil un instante.

—De acuerdo. Que dicte sentencia el Juicio de las Espadas. Morcant —dijo a su paladín.

El guerrero se levantó con un movimiento fluido y sonriendo. Tull también se puso en pie y avanzó hasta situarse entre la multitud y la mesa alta.

—¿Qué? No, no. Rhin, no debes hacer esto —protestó Brenin, que también se incorporó.

—¿Que no debo? Te olvidas de tu posición.

—Pero mañana... Nuestro pacto...

—Deberías haberlo pensado antes —lo interrumpió Rhin—. Obtendré lo que me pertenece legítimamente. Y no pienso negociar ni suplicarte, Brenin.

Brenin abrió la boca para protestar, pero Rhin no había acabado su diatriba.

—Nos convocas, a mí la primera, como si fuéramos tus vasallos. He venido, sí, pero tú y tu honor habéis ido demasiado lejos. Cosecharás lo que siembres. Seguro que tu padre te enseñó eso.

Clavó los ojos en su paladín.

El joven asintió y avanzó para encararse con Tull.

—Que el Juicio de las Espadas decida este asunto. Ahora —aseveró Rhin.

Brenin endureció el gesto y se aferró a la mesa.

—Así sea —contestó.

Tull avanzó, desenvainó la espada y tocó con ella el arma ya desenfundada de Morcant para aceptar el desafío.

Morcant rio. Tull hizo como si no le importara y retrocedió sin despegar los ojos del paladín de Rhin. El aire silbó cuando cortó el aire con la espada e hizo rotar sus enormes hombros.

El salón estalló en un estruendo cuando la gente saltó de sus asientos y formó un semicírculo alrededor de los contendientes.

Las monedas tintineaban al cambiar de manos entre los apostantes.

Corban pudo ponerse en primera fila porque nadie se atrevía a empujarlo debido a Tormenta, que observaba a los duelistas con desconfianza.

Corban no daba crédito a lo que estaba ocurriendo.

El corazón le aporreaba el pecho. Nunca había presenciado un duelo.

Había visto combates a espada y entrenamientos con hojas de madera o acolchadas, pero nunca con afiladas espadas de hierro forjadas para matar.

De repente tenía miedo... y también una emoción desbordante.

La fama de Tull era inmensa y, viéndolo allí en persona, resultaba difícil imaginar que alguien pudiera derrotarlo.

Y, sin embargo, no sabía por qué, el paladín de Rhin lo inquietaba. Su seguridad resultaba perturbadora.

Un silencio expectante se posó en el salón cuando ambos se acercaron a la mesa alta. Tull se agachó, cogió un puñado de ceniza del borde del hogar para frotar la empuñadura de su espada. Luego ambos hicieron una reverencia a Rhin y a Brenin y se pusieron cara a cara.

Corban esperaba que se embistieran nada más empezar, espadazos brutales, pero nada.

Morcant comenzó a caminar en círculo alrededor de Tull lentamente y el veterano guerrero giraba también para no perderlo de vista con la punta de la espada hacia abajo.

De repente, Morcant se lanzó hacia delante y su hierro serpenteó en el aire tan rápido que Corban no pudo seguirla con la vista.

Tull desvió la estocada sin esfuerzo y convirtió el movimiento en una acometida; su espada silbó en el aire y Morcant retrocedió con pasos ligeros.

Volvió a caminar despacio alrededor del corpulento paladín, asestando ataques que no tenían nada que envidiar a la velocidad de una serpiente.

—Se están midiendo —le explicó Gar a Corban.

Él asintió, incapaz de despegar los ojos del duelo.

Entonces Morcant se lanzó hacia Tull y, en vez de asestar un solo espadazo, en esta ocasión realizó una vertiginosa combinación de tajos y arremetidas.

Tull los detuvo todos al mismo tiempo que retrocedía hasta quedar muy cerca del borde del semicírculo.

Corban distinguió el sudor en los inmensos hombros desnudos del hombretón y las manchas oscuras en su chaleco de cuero.

Tull gruñía con cada bloqueo, sin levantar los pies del suelo; luego se apartó con agilidad y la hoja de Morcant cortó el aire vacío.

El paladín de Rhin dio medio paso en falso hacia delante y, de pronto, fue él quien se vio a la defensiva, retrocediendo ante los amplios y poderosos espadazos de Tull.

Corban resistió el impulso de taparse los oídos cuando las espadas de hierro chocaron y resonaron con estrépito.

El paladín de Brenin le sacaba casi una cabeza a Morcant, era fuerte como un buey y, para su tamaño, sorprendentemente rápido.

Su ataque era implacable, y Morcant ya no tenía esa sonrisa burlona en la cara, sino un gesto de concentración mientras detenía uno tras otro los golpes de Tull, todos lo bastante potentes como para abrir en canal a un jabalí.

Pero el paladín de Rhin era veloz y poseía una fuerza férrea en ese cuerpo más esbelto.

Desvió un golpe descendente empujando la espada de Tull hacia abajo y a un lado, dio un paso al frente para colocarse dentro de la guardia del hombretón y giró sobre sí mismo al mismo tiempo que lanzaba un tajo hacia atrás.

La punta de la espada se hundió en el costado de Tull e hizo brotar la primera sangre del duelo.

Corban soltó un grito ahogado.

—Así que sangras como los demás —se burló Morcant.

Tull se palpó la herida, retiró los dedos manchados de rojo, gruñó y volvió a atacar. Morcant bailó bajo otra lluvia de golpes, de los que se defendía como podía. Tull aminoró el ritmo un instante y Morcant aprovechó para lanzarse contra él y obligarlo a retroceder.

Continuaron combatiendo de un lado a otro del semicírculo.

Corban perdió la noción del tiempo. Las llamas del hogar conferían a los duelistas un aspecto demoníaco, como si fueran auténticos Kadoshim de Asroth.

Al fin se separaron y dieron unos pasos atrás como si hubieran llegado a un acuerdo tácito. Ambos jadeaban.

Tull tenía la cintura empapada en sangre y una línea roja le recorría el brazo del escudo desde el hombro hasta el codo. Morcant no tenía ninguna herida.

Tull resopló y reunió fuerzas. Empujó a Morcant hacia atrás y alzó la espada para un golpe descendente.

A mitad del movimiento soltó la empuñadura, la agarró con la mano izquierda y cambió el tajo vertical por uno diagonal.

A pesar de que Morcant logró ajustar el ángulo de su defensa, la hoja de Tull lo rasgó desde el hombro hasta el ombligo y le dejó un rastro sanguinolento en el cuerpo.

—¡Ja, abuelo! —exclamó Morcant ya fuera del alcance de su rival—. ¡Eres víctima de tu fama! Me conozco todos tus trucos.

Por primera vez, Tull vaciló.

Corban miró a Brenin. El rey tenía el semblante tenso, preocupado.

El choque de los hierros atrajo de nuevo su atención al combate.

Ahora era Morcant quien presionaba en ataque y su espada se movía como si fuera un torbellino.

Tull reculaba, con un atisbo de descontrol, de desesperación, en sus movimientos mientras bloqueaba y desviaba la lluvia de golpes.

Brotó sangre de su antebrazo cuando la hoja de Morcant lo alcanzó, luego en el pecho, en el muslo.

Su espalda chocó con una columna de roble.

Morcant volvió a arremeter con su hierro y saltaron chispas cuando las espadas se deslizaron la una por la otra hasta que los duelistas quedaron pecho contra pecho, muñeca contra muñeca, trabados por un instante.

—Ha llegado tu hora, abuelo —sentenció Morcant.

Con un esfuerzo brutal, Tull empujó a Morcant y lo apartó fuera de su alcance, pero en vez de seguirlo, Tull apoyó una mano en el muslo, clavó la punta de la espada en el suelo y aspiró aire en bocanadas profundas y entrecortadas.

—Debo... confesar —jadeó— que eres... bastante bueno.

Morcant sonrió y se irguió. Estaba cansado, sí, pero no tanto como Tull.

—¿Listo para morir, abuelo?

—Aún no —respondió Tull entre dientes. Levantó la espada con un brusco giro de muñeca y arrojó un montón de juncos y tierra al rostro de Morcant.

El paladín de Rhin se llevó las manos a los ojos y cedió terreno con la espada en alto para protegerse la cabeza y el pecho, pero Tull no dirigió hacia allí su ataque, sino que avanzó un paso y asestó un golpe bajo y demoledor contra el tobillo de Morcant.

Sonó un crujido seco. Morcant se tambaleó un instante y se desplomó sobre el suelo con gran estrépito.

Tull saltó hacia él, le pisó fuerte la muñeca de la mano que empuñaba la espada y apuntó con su hierro al pecho del hombre caído.

—¿Mi rey? —preguntó Tull, sin apartar la mirada de Morcant.

Solo los resuellos de los dos paladines y el crepitar del fuego rompían el silencio que reinaba en el salón de banquetes. Corban, con las manos sudadas y agarrotadas, contuvo la respiración. Todas las miradas se volvieron hacia Brenin, pues sabían que Tull esperaba que su señor dictara sentencia.

El rey de Ardan inclinó la cabeza y miró a Rhin.

—Que viva —aseveró.

Tull permaneció inmóvil un instante y luego se encogió de hombros y escupió sangre y saliva a los juncos que había junto a la cabeza de Morcant.

—Como desees.

Retiró la punta de la espada del pecho de su rival caído, pero la deslizó lentamente por el cuello y el mentón de Morcant hasta que alcanzó el pómulo y, una vez allí, con un rápido giro de muñeca, le hizo un corte profundo debajo del ojo.

—Aquí termina la lección —declaró el veterano paladín. Se dio la vuelta y salió cojeando del salón. Tarben y un puñado de guerreros de Dun Carreg se apresuraron a seguirlo.

Rhin fulminó a Brenin con la mirada y se ciñó la capa sobre los hombros.

—Creo que he perdido el apetito —dijo, y se marchó sin dedicar ni una mirada a su paladín derrotado.